miércoles, 30 de agosto de 2017

"LA GARITA" Y "EL CHORRITO" DOS CANTINAS DE ANTIGUA ESENCIA VILLACURANA

Carlos Almenar a las puertas de La Garita

                                                                                                           

                                       Con especial dedicatoria  a mi amigo Williams Saldeño, 
                                        más valioso  que  lo que pesa una  Morocota.



Uno a veces se pone a recordar  los años  de las décadas del 50 y 60, dos sitios en Villa de Cura que fueron ejemplo de ingenuidad, eran como un remanso de agradable reunión y de tertulia pueblerina. Pacifica y monótona discurría la vida villacurana en aquellos días. Juglares, nocherniegos, músicos serenateros, coleadores de mi pueblo,  estudiantes de liceos y  aficionados al juego de  bolas criollas y dominó, buscaban estos dos sitios afanosamente, muy especialmente los fines de cada semana.

BAR “LA GARITA”

Tal fue  el conocido “Bar La Garita”, situado en el límite de lo que es  la calle Sucre, doblando hacia calle Jaime Bosch, fundado a mediados del siglo XX por Carlos Avelino Almenar Rojas (1913-1997) natural de un pueblo muy sano llamado Belén, municipio Carlos Arvelo estado Carabobo, hijo de Justiniano Almenar y de Berta Rojas de Almenar, casado con Amanda Rodríguez de Almenar; de cuya unión nacieron seis hijos: Berta Josefina, Carlos Ramón, Amanda Leonor, Carmen Genoveva, Milagros Rafaela y María Clemencia. Supo este gran señor encaminar a sus hijos, todos lo recuerdan hoy como un padre ejemplar y un  responsable esposo.

Todo el mundo en La Villa sabía donde quedaba “La Garita” este refugio para las soledades. Uno entraba y el primero en mirar era al señor Carlos Almenar, recostado del estante para las botellas, quien residía a pocas cuadras de su negocio.  No creció mucho, catire; para unos de carácter taciturno pero  atendía a todo el que llegaba con la misma gentileza. Calladito, de trato amable para todos los tiempos, por duros que fueran. Terminó su vida siendo un hombre sencillo y peculiar de la villacuranidad, el pequeño valle  que quiso y habitó casi toda su vida con la  pureza y claridad de un manantial.

Su primer ayudante era un individuo que fue inseparable amigo de don Carlos, llamado Francisco Zapata, trigueño, agachadito, que al caminar cojeaba un poco, diligente como pocos; el hombre siempre andaba impregnado de humo de tabaco y siempre llevaba encima una bata blanca bien planchadita que parecía un enfermero. Quizá muchos no saben que el nombre  “La Garita” dado a este botiquín y la esquina donde estaba ubicado, se lo arriman  porque diagonal existía en la época gomecista una guarnición militar.

A su interior se pasaba a través de cualquiera de tres  puertas que dan a la calle y  la sensación que  daba, era que uno  iba entrando a una de esas tabernas que salen en las películas  del lejano oeste, porque debías empujar  un par de portezuelas batientes con el pecho; lo cierto que algunos al salir medio prendidos, las querían apartar de un solo manotazo, dejándolas chillando, creyéndose un vaquero forajido como Clint Eastwood, el protagonista del film “Por unos dólares más”.

Yo de verdad no niego mi presencia en esta cantina en infinidad de ocasiones. Para las tertulias de la peña fue un sitio muy especial; cuando no se reunía en El Cortijo, se congregaba en El Espinal, o en casas de amigos; en algunas ocasiones nos instalábamos bajo la sombra vegetal del Samán, con Teobaldo Parra  exhibiendo sus dotes de bolerista y declamador. Aquí coincidimos en  una oportunidad y nos tomamos unas cervezas con el periodista y poeta Pedro Ruiz y el concertista de guitarra española Efraín Silva, afinando y tocando su instrumento.

Recuerdo que hace años su amigo el brillante poeta J, M, Morgado, en un hermoso poema, y este servidor mediante una crónica, lo metimos de lleno en las páginas del quincenario El Vigía, de cuya dirección se encargaba nuestro recordado amigo José Seijas.  En esos momentos a Carlos se le celebraban los 80 años de recorrido en la vida.  Animado y contento en extremo se le vio en esa ocasión rodeado de familiares y amigos.

Basta ahora  que pase la gente de mi generación por el frente de lo que fue el “Bar La Garita” para que los arrope la nostalgia. Hoy ese portento de buenos recuerdos es un cascaron de soledad impresionante, cansado de tantas noches y de días, de  inviernos y  veranos. Sobrevive una fachada fatigada de musgos y plantas trepadoras que van extendiéndose hacia su roja techumbre. Subsiste hoy con el  aromas de sus hojas pero plagado de parasitas en todo el centro del patio donde se jugaba bolas criollas, un robusto árbol de samán en donde llegaba la potente brisa en los arreboles, metiéndose entre su enramada a rochelear  con las paraulatas y los cristofués.

Gracias a sus afanes de conservar las huellas de “La Garita” y   como un hermoso legado de su padre, bajo el techo de lo que fue la casa de la niñez con sus viejos y amplios corredores, le quedó a sus hijos algunos objetos del negocio que a pesar de tanto tiempo se mantienen intactos: una rokola marca Wurlitzer con la amenidad de música de moda de la década del 50 y 60, repleta se mantiene de discos de 45 rpm de tangos, boleros tropicales, rancheras y pasajes románticos que se escucharon en las  horas de reposo y calma infinidad de veces en la vecindad de Las Mercedes. Se junta una gordinflona nevera marca Westinghouse que todavía se encuentra apta para dejar arropaditos las botellas con escarcha; y recostada en un una pared, libre del polvo de la calle la gruesa caja registradora de caudales marca National,  que arrastra  la gaveta de caudales por medio un teclado de clavijas y de activar  una manilleta. 

BAR “EL CHORRITO”

Al costado derecho por  la misma calle Sucre, cruce con calle Rivas Castillo estaba situado el “Bar El Chorrito”, una cuevita que fue inspiración de  poetas y despechados. Nosotros jóvenes entrábamos a este rinconcito como río crecido a los conucos. Su dueño mandaba a pintar sus paredes en todo tiempo de  color verde porque era afecto al partido democrático Copei. Antiguamente el agua no venia por tubería de acueducto sino que se cogía de pilas o fuentes colocadas en algunas esquinas, es muy probable que de allí se derive el nombre del negocio y de la esquina “El Chorrito”.

Detrás del mostrador un hombre bajo, virtuosísimo echando cuentos del acervo cotidiano y mamador de gallo llamado Andrés Gómez, que por su trato franco y simpático cosechó muchas amistades. La presencia frecuente de la muchachada villacurana de aquel tiempo los arreglaba con guarapo de limón y panela que preparaba Gómez para la venta, bien heladito.

Cómo no recordar cuando  llegaba una tromba de jóvenes liceístas luego de haber cumplido con su horario de clase y  ordenaban: ¡Rafael, danos una tanda de cerveza y un bolívar sencillo para la rokola! Y  empezaba el bachiller Francisco Ojeda, como eterno enamorado, a puyar una selección de discos en las voces de Julio Jaramillo y el Indio Araucano. Marcaba dos y tres veces un tema de Héctor Cabrera que se titula “Te necesito”; y de Alfredo Sadel “Reloj no marques las horas”. Durante otros intervalos seleccionaba música criolla, interpretada por Mario Suarez y Magdalena Sánchez. La monedita (un bolívar) que aun no había sido devaluado daba derecho para escuchar cinco canciones elegidas.

EPÍLOGO

Abrumados por el tiempo quedaron hoy  “La Garita” y  “El Chorrito” en la calle Sucre de Villa de Cura. Fue destruida la casa que albergaba el bar “El Chorrito” -la antigua sede-  en su lugar existe ahora una vivienda moderna. Hoy  lo que queda de “La Garita” son unas cuatro paredes y dos portezuelas demacradas. Hoy es un caserón vacío de puertas añosas clausuradas. Es muy probable que algunos  habitantes de  vieja data los guarden todavía  en su memoria. Separados uno de otro apenas por unas dos o tres cuadras, vivieron muchos años asentados en nuestro amado pueblo estos dos sitios de grato reencuentro y recordación.
                         
                                   
                                                Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 25 de agosto de 2017 



NOTA: Las siguietes fotos corresponden  a La Garita y fueron compartidas gentilmente por la prof. Milagros Almenar, hija de Carlos Almenar.

 
La nevera Westinghouse, casi 100 años y aun funciona.


Oleo de la fachada de La Garita, interpretaciòn  pictòrica de Chicho

Caja Registradora marca National. Aùn funciona.



Francisco Zapata, dependiente de La Garita

En estas latas de avena Quaker se guardaban
las monedas que utilizaban  los clientes para hacer sonar
las rockolas 

Interior de La Garita inmortalizado por Carlos Martinez CJ

Botellas y latas de aquella època

Muchos fueron los caballeros que tomaron asiento en este banco



Rockola Wurlitzer


Diagramación y coordinación por la poeta María Teresa Fuenmayor       


COMENTARIOS:      
                           
Marisol Ramos Precioso relato. A veces se añoran épocas que ni siquiera viviste. Villa de Cura tenía mucha magia.

Mercedes Josefina Cáceres Pinzón Famosas cantinas Villacuranas.

Judith Araujo DON CARLOS

Elsa Diaz Saquen el Calvario, la Casa del Santo y no cantinas, por favor 

           
Victor David Parra Recuerdo a finales de los ochenta asistía a esos lugares con el poeta Elias Alvarez, nos arropaban las madrugadas empapados en alcohol y serenatas cuando aun mi pueblo era sano y uno salia ileso
 30 de agosto a las 18:36

Norma Elena Morales Bonito !! Recuerdos.
30 de agosto a las 21:46

Francisco Arteaga Delgado EL CHORRITO, CALLE LA CHANCLETA ( CALLE SUCRE), VENDIAN UN GUARAPO A 5 CENTIMOS UNA PUYA BIEN FRIO ERA ROJO VEGETAL, AZUCAR E HIELO . LA GARITA DE DON CARLOS ALMENAR, MEDIA JARRAS POLAR, CARACAS POR EL VALOR DE UN BOLIVAR DE PLATA, Y SE JUGABA BOLAS


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