viernes, 28 de abril de 2017

EL TROPEZÓN QUE SE DIO EL POETA

Resultado de imagen para POETA ELIO MARTINEZ VILLA DE CURA ARAGUA VENEZUELA



EL TROPEZÓN QUE SE DIO EL POETA

                                  Oscar Carrasquel


Por culpa del estallido
de las calles
un tropezón en la acera
hizo trastabillar al poeta

No se cayó del todo
su robusto cuerpo.

-Pienso para mi adentro-
que fue adrede la caída,
pues dos chicas que pasaban,
a enderezar su cuerpo 
enseguida le cayeron

Y al tratar, 
la más airosa de las muchachas,
de alzar su pesado tronco,
pecho con pecho,
y cara con cara se rozaron

Y siguió la calle andando 
el poeta de Funda Villa,
sonriente
tranquilo de eterno enamorado.

AYER LA VI…


Por Oscar Carrasquel



En la tarde de ayer
me encontré con ella
al fin la vi
como una promesa cumplida 
frente a un jardín de flores
marchitas.
Hubo un gigante lirio
enganchado en su ramaje
que con furia se posaba en su dulzura
Como el vuelo enloquecido 
de un colibrí sobre una rosa.



La Villa de San Luis (Jardín de “La Ermita”)
20 de abril 2017

INGRID CHICOTE… SU CUMPLEAÑOS EN VERSOS.


Por Oscar Carrasquel


          INGRID

Un año más 
entreteniendo con su sabiduría
y el espíritu como una flor de cayena
abierto a la fraternidad
Sigue ahí hilvanando tus sueños 
componiendo versos a la vida
a través del tiempo.
Para que sigas bordando
con fina aguja la poesía
donde se encuentra 
rediviva los sentimientos del alma. 
Felicitaciones en tu cumpleaños.


La Villa de San Luis, 15 de diciembre.
El poeta Elio Martinez se une en un abrazo para felicitarte en tu cumpleaños. 



viernes, 14 de abril de 2017

“AMOR”… SENCILLAMENTE "AMOR"


Hay momentos  en que el pecho se nos llena de tristeza, ratos en que estamos tranquilos y de pronto las lágrimas  se vuelven un  ramillete que van haciendo cicatrices en el alma. Y entonces se cierran las puertas de la alegría... Hoy viernes 15 de septiembre recibimos la dolorosa noticia de la muerte de la paciente hospitalizada con más tiempo del hospital doctor José Rangel de Villa de Cura. No podemos llamarla sala de hospitalización por todo lo que sabemos, sino su casa desde que abrió los ojos al mundo, hasta hoy que ha tenido el destino final que Dios le tiene reservado en el cielo, ese paraíso lleno de paz, de juguetes y de flores que ella se merece.Ya lo de ella es una historia imborrable. Tiempo final inolvidable AMOR...SIEMPRE AMOR. Como un sencillo homenaje que nos sale del alma compartimos la nota que como un regalo del Niño Jesús te dedicamos todos los años en diciembre.  Oscar Carrasquel

Villa de Cura
Estado Aragua

Por Oscar Carrasquel


Hace exactamente veintiocho (28) años el valle villacurano como un corazón humano la recibió con hunildad estirando su generosa y hospitalaria mano. Ciertamente,  nuestro cielo todavía encapotado por nubarrones, y la placita Simón Bolívar rodeada de verde vegetación la oyó pegar su primer leco tal como una nota musical. Se expandió tronante en todas direcciones su primer lloro. Se ha dicho por los que conocen  la historia, que fue  allí donde la párvula logra por primera vez  abrir sus achinados ojitos a este mundo.
  
Tal día, a tal hora, de tal año,  llegó la recién nacida como un soplido de la brisa al servicio de pediatría del hospital Dr José Rangel vía La Romana y  desde entonces tomó su lugar en una habitación del nosocomio local como perfecta y perenne inquilina.   Su llegada a este mundo hubo de haber ocurrido en algún momento.

Cuentan que la criatura cerca de las seis de la mañana, fue dejada desguarnecida, igual que un objeto sin dueño, sobre uno de los escalones en la estatua  pedestre de El Libertador en Villa de Cura, arropada en un pañal de crehuela blanco. La encomienda la dejó el rostro de una mujer joven, modesta en su apariencia, que salió a pasos apresurados del pedestal de bronce  por una de las coordenadas de la plaza. Así lo contaron quienes la vieron.

No tardó mucho tiempo, apenas unos minutos, en pasar por el lugar un par de agentes del orden público quienes la rescataron y la llevaron en una patrulla a la sala de emergencia del Hospital Doctor José Rangel de Villa de Cura. Nunca se sabrá si llegó   de la dispersión de la ciudad o  la abandonó en el lugar una precipitada madre atormentada por la pobreza tratando de ocultar su miseria.. 

Desde ese tiempo para acá cada uno de los latidos de su corazoncito quedó encerrado entre cuatro paredes en el Hospital Doctor José Rangel, bajo el cuido y atención de médicos residentes y especialistas, además del personal de enfermeras y camareras que nunca se separan de su cabecera. Hay quienes se les ha impregnado los ojos de lágrimas por esta historia de pena en medio de un silencio que aturde..

Pero como Dios está en todas partes y usa su poder para socorrer al necesitado, hay un grupo de ángeles de por medio que la cuidan día y noche. La criatura fue creciendo  bajo el manto de pantalones, faldas, gorros, y batas blancas, al calor y cariño de una nueva familia. A su manera buscaban aquellos  ojitos escudriñadores descubrir el por qué las luciérnagas alumbran la penumbra de sus noches.



Fueron transcurriendo los primeros años y la niña iba creciendo, sin sentir lo que es  jugar,  ni corretear por los pasillos del hospital, sin poder correr detrás de caballitos voladores, ni oír a los pajaritos en sus discusiones anunciando los amaneceres; sin saber lo que es jugar con vajillas de cocina, con  muñecas que caminan y  lloran. Impedida de contar los luceros que habitan la colcha oscura de la noche. Nunca podrá ver el brillo del sol, ni cuándo llega el día y cuándo la noche, ni cuándo la luna comienza y termina su viaje por el ancho cielo. Se sabe que el tiempo sin ningún significado es como la eternidad.

¿Cómo pudo hacer todas estas cosas? Si esta señorita es de condición especial;  desde que nació hace 28  años pertenece al mundo vivo, pero según demostraron los exámenes científicos padece de "estado vegetativo persistente", es decir, tiene vida pero carece de impulsos voluntarios. Un mundo de expresiones tiene su sonrisa y su mirada un universo de inocencia y orfandad.

De pronto dirige la mirada a lo alto buscando dialogar,  sin que ninguno lo sepa, con Dios y la Virgen María,  aunque nunca pueda sentir ni escuchar estos nombres. Se pasa todo  el tiempo con su cabeza apoyada sobre una almohada, procurando  estirar su ilusión, tratando de mover su cuerpo.  A veces se encoge de hombros en un gesto de impotencia. Algunas veces percibe de manera intuitiva los movimientos y la voz de las personas que la rodean,  meneando  unos ojos grandes que casi se salen de sus órbitas.

En sus años que van de prisa no ha podido elegir qué le van a regalar en Navidad o en un inexistente cumpleaños. Nunca ha podido contar las veces que su cuarto en el hospital se lo pintan los obreros  con Solintex color “amarillo pollito". En un tiempo se llenaba de regalos, de cintillos y bonete pascual  y de mensajes de texto que le mandaban llenos de palabras lindas, y sus cuidadoras se los leían buscando inútilmente que los oyera. Ella es aguda en sus observaciones, lo  intuye meneando sus grandes ojos  arriba y abajo. 
De pronto dibujan sus labios una tendida carcajada como el  eco de un ave de grandes alas cuando se libera de su cautiverio. Por supuesto, no tiene documentación de reconocimiento en el Registro Civil, ni partida  de bautismo en los libros de la Iglesia parroquial.



Fue bautizada, por  así decirlo, por la comunidad del hospital  “Doctor José Rangel” que a pesar de su incesante rutina le dio un nombre  romántico y poético, brotado de la sensibilidad de las damas, quizá arrancado de las páginas de un viejo cancionero para que los poetas le regalaran el tino de su poesía y los juglares de la Villa le dedicaran sus canciones favoritas. Había que buscarle un nombre y le pusieron uno de hermosa estampa:  “Amor”.  Así es su nombre, singularmente "Amor".

"AMOR" no ha escapado de la crisis que  asfixia, y sus cuidadoras y cuidadores,  tampoco... Hoy en día se la ven “fritos” y se “rascan la cabeza”  cuando se trata de conseguir la ropa, lencería y el inventario de artículos de uso personal que la mujer necesita. La dieta alimenticia no es la adecuada y  las medicinas, porque su salud  no es plena, ya no llega puntualmente, ni se consiguen fácilmente en farmacias, y por   la misma situación económica que arropa, la gente ahora es  poco dadivosa.

Acá en el hospital  Dr Josè Rangel de Villa de Cura, tanto la dirección como el personal continúa  aportando su valioso granito de arena. Al menos, tiene compañía, tiene techo, abrigo, atención médica; le aseguran los comestibles y algunos medicamentos. El personal médico residente, de enfermería, administrativo, de laboratorio y obreros que por años llega a este hospital , pernoctan, deben irse por traslado u otra causa, pero sin olvidar a "AMOR" y su triste realidad,.Siempre preguntan por ella y están al tanto de su salud. El personal del hospital le celebra su cumpleaños que no tiene fecha, puede ser cualquier día del año. Y hasta en los peores momentos el cuarto se lo llenan de cajas de regalos adornados con lazos sin que ella sepa su significado..

Me han informado sus cuidadores que esta niña-mujer ahora es cuando  más necesita del apoyo, del cariño y la solidaridad de todos. Porque sentimos que lo que hacemos a favor de ella pudiera ser poco, debe ser por la asfixiante situación que se vive.  La exhortación es para que reflexionemos y que repitamos juntos aquello que nos recuerda el apóstol Mateo en sus palabras: “Lo que quiero en que seas compasivo, sin que tengas que ofrecer demasiado sacrificio”. Como familia ojalá le tendamos la mano amorosa a AMOR esta Navidad, como lo hace todo el año año el Niño  Jesús.







La Villa de San Luis, Navidad de 2020

Fotografías y diagramaciòn estuvo a cargo del retratista Ramón Alfredo Corniel.



sábado, 8 de abril de 2017

MISTER ALBERT


Por Oscar Carrasquel


Ternura y dulzura de abuelo,
sonrisa de chiquillo espabilado
y su mirada camina como el sol

A  esos árboles que brotan
en la llanura, se asemeja
.
El tiempo le dejó
unos hilos de cabellos
de oscura belleza 
como tierra recién arada.

A veces bien temprano
nos brinda un guiño de saludo.

Baja el vidrio de su camioneta
y bambolea  sus manos
cual caminante peregrino.

De frente nos vemos súbitamente,
por el  estrecho de una vereda,
de sombras de eucaliptos y palmeras.

Ataja el ritmo de su camioneta
y  baja del asiento a saludarnos

Mira con optimismo 
a través de unos lentes cristalinos 
de buen capitán

De un azul marino la camisa
destilando esencia de fino perfume.  

Yo, con un roble 
de una montaña,
también lo comparo

Es fuerte, castaño, da sombra,
y  se asoma de noche,
a contar uno a uno los luceros.

Hoy mi verso 
como lejano relámpago
se  antoja en felicitarlo,
así no celebre su cumpleaños.



                    Guacara, Semana Santa de 2017

lunes, 3 de abril de 2017

FÉLIX LISANDRO

       

    Por Oscar Carrasquel




FÉLIX LISANDRO


Ya su maciza corpulencia acusa,

un doblar de cartílago vencido
por el paso inclemente de los años

Baja y sube

diez peldaños de grada
para salir afuera.

Agachadito… 

como aquel que pasa debajo
de un árbol derribado por la brisa.

Lentamente…
sus pasos se deslizan
auxiliado por un tambaleante 
bastoncillo

Cruza la romántica calle

de sol matinal,
mientras el “tictac” de su bastón
márcale la senda por el frente.

Sencillo, 

desprendido de cualquier
afición de grandeza,
camina como Jesús sobre la arena

Si una  dama

de colorida  gracia se le acerca,
alza su voz de sonoro acento,
eleva  la vista, 
detiene el paso.

Y a la bella, 

enseguida le lanza
una fulgida flor 
abrevada de sus labios.



                                               La Villa de San Luis, abril de 2017



!CUÁN BELLO FUE EL OFICIO DE COSER AJENO!!

                                

                                                            Por Oscar Carrasquel

Se nombra costurera a aquella mujer  encargada de cortar y confeccionar ropas  en  una jornada de labor de todos los días, incluyendo domingos y días feriados, sentada desde que “Dios amanece” hasta que oscurece,  pedaleando una máquina de coser, dedicada a producir trajes completos para damas, pantalones, blusas y elaboración de ropa para niños.
 
La mayoría combina su faena con las labores propias de la casa. Generalmente cortan y diseñan a la medida de figurines y en revistas especializadas. Anteriormente se acostumbraba que las marchantes retiraban la ropa y pagaban el importe por cuota sabatinas o al final de quincena, según como fuera acordado.

Comencé  a convivir con costureras desde mis años de niño en Villa de Cura, rozando la quinta década del siglo pasado. Mi madre llegó procedente de la Villa de Todos Los Santos de Calabozo  comenzó  por elemental necesidad a desempeñar el oficio aquí en La Villa, me contó una vez: "lo aprendí desde chiquita con las viejas Madera”, lo traía moldeado de la familia de su papá padrino el médico calaboceño Carlos Segundo Madera, hogar donde se crió apenas nació y allí se levantó hasta su casamiento con J E Carrasquel.
 
Mi mamá era muy respetuosa de la dignidad humana, hasta el punto que su mayor clientela estaba concentrada en el entorno de la festiva  Alameda, "mujeres de bares" pero al mismo tiempo eran madres para todas las penas y alegrías, responsables, pagaban la costura de contado y muchas veces por adelantado.
 
Recuerdo que en una pieza de casa había un espejo grande de escaparate donde se asomaban ellas  para  medirse los vestidos. No decían nada, porque en medio de tremenduras de muchacho, uno las fisgoneaba cuando alguna entraba al vestuario a medirse las telas.
 
Recuerdo  que en aquellos tiempos de bailes de carnaval en La Alameda,  mamá les hacia a las mujeres de La Alameda los suntuosos disfraces de “Negrita”, “Conejitas”” y unos gabanes de relucientes colores que llamaban “Dominó”. Igualmente fabricaba vestidos para niñas  los cuales envolvía en papel trasparente y los ubicaba en la bodega de la esquina El Sapo (Urdaneta con Sucre) propiedad de don Lope Esaá.  A la par hacia los uniformes a las peregrinas en tiempo de Peregrinación. Un detalle novedoso y muy peculiar es que a mamá no le gustaba coser ropa masculina. Pero cada traje de mujer o niña  que hacía era una creación.

En aquellos años de la década del cincuenta hubo  una gran cantidad de costureras  exponentes del arte en Villa de Cura. De estas señoras solo quedan recuerdos en la memoria, extraje los nombres de Ana Isabel Domínguez de Lombano, María Flores de Carrasquel, Isabel de Hernández, Claudia de Pálima, Rosita Acosta, María Luisa Nieves, María Ambrosia de Sanabria, Sinforosa Núñez, María Desideria López, María Teresa Castillo de Hernández, Esther de Parra, Eduviges Hurtado, Providencia de Montesino, María Eugenia Morgado, Damiana de Ascanio, Josefina Silva, Josefa Peña de Martínez, Mercedes López, Angelina de González, Josefina Rodriguez, Inés de Costerman, Matea Galindo, Beatríz de Terán, Aura Terán, Ana Morales,, Irma de Botello, Mercedes de Socco, Enma Castillo, Teófila Ramírez, Ana Lucrecia Nieves de Yusti, mejor conocida como "doña Lucrecia", otros le redujeron el nombre y cariñosamente la llamaban "doña Lucre", el oficio de costurera lo desempeña hoy en día su hija María Yusti de Pérez, . Doña Lucre, en los años 50, le cosía a las sastrerías más nombradas de La Villa. Hubo muchas más

En los días que corren a causas de cambios inesperados de la economía han mermado las costureras.  Sin embargo, en estos momentos algunas mujeres de forma valiente se encuentran representando este arte tradicional en la Villa. Son aquellas especialistas en la confección de vestidos para ocasiones especiales, como graduaciones, fiesta de 15 años y bodas. 

Para paliar esta difícil situación, no tardaron en aparecer también las llamadas costureras exprés, aquellas que se encargan de adaptar y corregir tallas de ropa según  los antojos de la clientela. En época pasada en Villa de Cura algunas se dedicaron a ser auxiliares de sastres para la confección de trajes  para caballeros. Había muy buenas costureras en La Villa, un sastre veterano lo sabía. Ella era quien daba el toque final a la costura, el sastre solo trazaba, cortaba y punteaba.
 
Algunas costureras por la apremiante situación económica se especializaron y dedicaron su vida en hacer figuras de títeres, artesanía y crear muñecas de trapo. En la Villa hubo dos muñequeras artísticas muy especiales que fueron leyendas nacional, la señora Emiliana de Nadal y doña Angelina  Bolívar de Utrera, esposa del maestro Inocencio Utrera.
 
Antes de poner punto final a este trabajo quiero referirme a un detalle muy peculiar. Resulta que hace como dos décadas  atrás, cuando pasaba un traje de moda, o las damas  cambiaban de talla, por regla general  regalaban la ropa de poco uso a una amiga o a un allegado de la familia; ahora, con este brinco que hemos dado, lo pasa a un comercio nuevo denominado “Venta de garaje”. Un espacio estratégico  de la casa para exhibición y venta de toda prenda de vestir y zapatos ancianos. Muchos integrantes  de la casa participan y  se resuelven en este tipo de negocio en virtud de los precios tan elevados a que ha llegado la ropa y el calzado. 




Oscar Carrasquel. La Villa de San Luis de Cura, marzo de 2017 




jueves, 30 de marzo de 2017

EN LA VILLA CERRARON LAS SASTRERÍAS YA NADIE QUIERE SER SASTRE


Don Diego Rattia creador de Sastería La Criollita. Foto propiedad de Editorial Miranda. Retocada por Ramón Alfredo Corniel

EN LA VILLA CERRARON  SUS PUERTAS LAS SASTREÍAS YA  NADIE QUIERE SER SASTRE
Por Oscar Carrasquel


Aquellos que son de nuestra generación llevan en su memoria los talleres de sastrería que existieron en Villa de Cura. Los talleres de costura eran unos salones reducidos; con un mesón en el medio; cabían una máquina de coser de pedal y otra de motor eléctrico.  En la máquina de costura siempre estaba sentado una persona que entre puntada y puntada se encargaba de darle forma a fluxes y pantalones elaborados a mano  con rigurosa medida. Lo demás instrumentos son unas tijeras, metro de cinta, tizas, figurines y moldes de cartulina,  hilos y piezas completas de telas sobre un armario. La sastrería según opiniones diversas, más que un oficio, es un arte que ya casi nadie desea aprender.  

No se sabe porqué las mujeres  nunca mandaban a coser en  sastrerías, seguramente cuidando su feminidad, preferían sus modistas de confianza, este criterio de la moda poco a poco fue cambiando. Algunas costureras fueron auxiliares de estos artesanos. Las costureras tienen una historia aparte que en el futuro voy a referir.

El sastre se encarga de tomar medida, trazar,  punteaba y cortaba.  Pero la operaria mujer, generalmente era quien cosía a máquina para que terminara de nacer la criatura. Un traje  hecho a medida implicaba probarlo o medirlo hasta dos y tres veces para que quedara ajustado al cuerpo de la persona.
Se cuenta que en Villa de Cura el pionero de los sastres, en las primeras décadas del siglo pasado fue un señor llamado Plácido García Zamora, muy conocedor del oficio, tenía su local ubicado en la calle del Comercio frente a la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes.  En aquella época fue jefe del Registro Subalterno del Distrito Zamora, pero ello no le impedía su desempeño como sastre. Asentó familia y multiplicó descendencia  en la calle Carabaño casi llegando a la calle Páez.

Voy a hablar con el corazón en la mano y no puedo dejar de recordar a un sastre de origen italiano que vino a Villa de Cura  en las décadas del 50 llamado  don Giovanni Donnarumma, su taller de confección estaba ubicado en una pieza  en la calle Bolívar, al lado de la Farmacia de don Félix Valderrama. 
Era mi sastre de confianza, pues además era mi amigo, Don Giovanni Donnarumma, hombre de rigido respeto pero  de buen carácter y voz sonora, fue fundador de una de las sastrerías de vieja data en La Villa conocida como “Sastrería El Deseo”, su principal característica fue su buen humor, elegancia y caballerosidad; su prestigio se debía a la perfecta confección de la ropa y la calidad de las telas importadas que utilizaba. Desde la "Sastería El Deseo" salían los trajes por encargo todo el año. Recuerdo perfectamente su dirección, avenida Bolívar oeste 3-1, su número telefónico era de dos dígitos (creo que 82); sin embargo uno repicaba a la central telefónica por un aparato de manilla y era suficiente con pedir a la operadora: "dáme a Donnarunma", y sin identificar el número enseguida te comunicaba. Cuando yo comencé a trabajar, me confeccionaba un traje de casimir para estrenar el 24 de diciembre, con tela y todo en  100 bolívares, la cuota no pasaba de 10 bolívares mensuales. Don Giovanni Donarunma está retirado de su labor, pero es el único rostro que queda por ahí de los antiguos sastres  desafiando el calendario. Dios le de mucha vida.
  
Me remito a aquellos tiempos y no puedo dejar de recordar que si usted viajaba a una ciudad capital, podía  comprar un flux de los mejores estilos y marcas en cualquier almacén de Caracas, Valencia y Maracay -marca HRH, Rori, Wendel o Montecristo- por la suma de 120 bolívares y le entregaban la corbata de obsequio. Pero quien acude a un sastre está garantizado que se va a poner un traje a la medida y no por talla.

Una de las casas especialistas en trajes de liquilique a la medida en Villa de Cura fue  la recordada “Sastrería Núñez” de don Manuel Núñez, ubicada en la calle Blanca o Miranda,  cuya sastrería siempre exhibía como decoración al frente al negocio, un paltó de liquilique montado sobre un maniquí  con la cara de Carlos Andrés Pérez, y otras veces con el rostro del doctor Rafael Caldera; en los tiempos en que fueron presidentes de la República. Don Manuel era primo de Joselo y Simón Díaz. Se hablaba  mucho de artistas y políticos famosos que venían de todos lugares, especialmente de Caracas a encargar su liquilique y otras vestiduras en este taller de sastrería.  

Plena de vivencias y añoranzas  fue la sastrería “La Fortuna”, instalada en dos direcciones, calle Bolívar y finalmente en la calle el Comercio. La gente de aquí y del llano, mucho antes de salir a  comprar   un liquilique o trajes personalizados en tiendas de Caracas o Maracay, acudía primero a la sastrería "La Fortuna", que también fue perfumería y relojería. En esta tienda de venta por cuota quien llevaba las riendas era el poeta Vinicio Jaén Landa, la música y la poesía le permitió tener muchos amigos. El hombre que cortaba y confeccionaba se llamaba Andrés Delgado, a quien todos conocimos como ”El gallo Andrés”. Allí se respiraba paz y alegría y no se conocía el estrés. En sus ratos libres el  artesano agarraba una guitarra grande, tocaba y cantaba  música argentina. Ángel Custodio Loyola, el Carrao de Palmarito, los músicos del conjunto Serenata Guayanesa, y otros artistas afamados ordenaron más de una vez sus trabajos en esta sastrería.

Otro que se decidió a montar su propio negocio por la calle Doctor Morales  fue un sastre veterano y siempre cordial llamado Víctor Montenegro. De esta cuevita salían hechos trajes y pantalones a la medida. Reparaba y modificaba ruedos de pantalones y tallas. Se tertuliaba en este recinto, recitaban, se cantaba y tocaba; y no faltaba nunca en el patio una olla de hervido o mondongo montada sobre tres topias. Había siempre mesa servida para el que llegara. Su negocio de sastrería era una peña de cotidianos encuentros de la farándula villacurana y foránea.

Un taller de sastrería que en los años 50 parecía  una casa cultural era propiedad de un  caraqueño llamado don Augusto González. Funcionaba por la calle Miranda, frente a la casa de don Rafael Garaicochea. Allí se reunía gente de Caracas, Valencia, del llano y de todas partes.  En este laborioso taller conocí  cuando yo  era un mozalbete, al poeta  Luis Fragachán, tocaba muy bien la guitarra grande, quien además era un  reconocido sastre en Caracas. El merengue “El Norte es una quimera” es una de sus maravillosas composiciones. Fragachan hizo muchos amigos en La Villa. En las  reuniones se compartían historias sobre política (muy calladitos por razones de la época).. Mientras don Augusto González tijereaba empinado sobre un largo mesón,  el grupo celebraba con poesía, valses, joropos  y otras canciones.

Uno de los talleres de sastrerías  más distinguidas y elegantes de la época en Villa de Cura fue conocido con el nombre de Sastrería “La Palma”, propiedad de don Pedro Palma. Estaba situada en la calle Bolívar frente al bar Savery. Sus virtuosas manos confeccionaban un traje de perfecta fabricación  Diariamente tenía en exhibición los trajes y otra ropa por encargo listos para entregar. Allí en vitrinas de exhibición no faltaba una gama de perfumes londineses. 

De amplia trayectoria fue el flaco José Villasana, diseñador, artista del trazado y la costura. No quiero decir que era mejor que los demás, pero la vieja tradición lo  señala que cortaba modelos de trajes perfectos. En estos días yo recordaba su clásica y usual cortesía. Cuando uno se tropezaba con él en la calle o llegaba a su taller,  utilizaba para saludar esta centellante expresión: ¡Caraaaamba!... Desprendido y sencillo, usualmente andaba por la calle sobre una bicicleta de manubrio visitando cantidad de  costureras, como también cobrándoles la cuota a sus clientes. Al parecer murió célibe..

Mi aprecio y reconocimiento a don Edgar Macero apodado "El Niño Edgar", hijo del doctor Leopoldo Tosta, antes de ser camionero se hizo buen maestro del corte y costura para caballeros, fue bajo  la batuta del famoso sastre don Plácido García donde aprendió este arte, a cortar y coser sobre tejidos y diseñar trajes, en el mencionado taller desempeñó  un tiempo su trabajo, pero otro fue su decisión y destino.

Don Jesús Revilla fue un sastre que no era nacido de La Villa, se dedicaba  al ramo de hechura de pantalones, zurcía y corregía medidas y era músico a la vez,  nativo de Churuguara, estado Falcón. Fue un artista destacado tocando la guitarra española; muy atento y amable. Nos hicimos grandes amigos, trabajaba en un pequeño taller de sastrería en su casa de habitación. Era también Luthier, fabricaba y reparaba instrumentos musicales de cuerdas. Vivía como un pájaro en una casita colgada en el cerro Los Chivos donde quedó encerrado todo su arte. Apenas dejaba el trabajo de fin de semana me buscaba para compartir canciones y recitaciones.

En la misma calle del Comercio estaba situado el taller de sastrería donde laboraba Juan Terán, mejor conocido como “Juancito Terán”. Así lo llamaba todo el mundo por su  estatura pequeña y  contextura delgada. Fue discípulo de su padre  un sastre caraqueño del mismo nombre quien fue  su consejero, de él tomó la herencia vocacional. Tuvo  una gran pasión por su arte  hasta que le llegó la muerte de manera repentina.
El rol de sastre fue desempeñado también por mujeres. Doña Petra Fernández fue la única mujer que lo desarrolló personalizado  en Villa de Cura, hasta los años 70. La mujer trajo el oficio  de Altagracia de Orituco estado Guárico donde nació comenzando el siglo xx. Alcanzó renombre y mucha notoriedad en la Villa de Cura en aquellos viejos tiempos confeccionando trajes para hombres. Vivía y  trabajaba en una casa por los lados de La Alameda. Exactamente frente a la casa de habitación y barbería de don Luis Botello. Fue conocida por todo el mundo como “Petra La Sastra”; el apelativo no le vino de  casualidad o por tomadura de pelo, sino por su  dedicación toda la vida a este trabajo propio de hombres. Dan cuenta sus vecinos que era dueña de una mansa vaquilla llamaba “Sarita”, a la cual todas las mañanas bien temprano sacaba a comer en la sabana y la regresaba a casa en la tarde. 

Sin embargo, partiendo desde más atrás, me refiere en una nota el profesor O. Botello, respondiéndo amablemente a una pregunta que le formulamos, que “Josefa Peña de Martínez era la que cosía los liquiliques, blusas y calzoncillos rodilleros a los llaneros que venían a traer el ganado de Guárico y Apure, era vecina de La Alameda, vivía en la casa donde después vivió Juan Aguilar,  murió en 1960 a los 92 años. Era la abuela de mi mamá y madre de la mamá de Cira y José Esáa”.

Don Diego Rattia era un hombre muy conocido, panzudo, patilludo, aparentemente taciturno, fundó la sastrería “La Criollita”, diariamente se le veía cortando y trazando telas alrededor de un mesón, con un metro de cinta colgado en el hombro y unos lentes claros que   usaba siempre sobre la frente. En ese oficio pasó toda la vida. Su taller de  sastrería lo tenía en la calle del Comercio.

El gordo Juan Parra, pequeño de estatura, desempeñaba el arte del corte y la costura en un rudimentario local por la calle del Comercio. Una persona con un toque de humor muy colorido, capacitado en su trabajo. Hacer pantalones y todo tipo de traje para un caballero elegante, era su consigna. Pasado el tiempo se fue con su familia a la ciudad de Maracay. Allí en la capital siguió  amansando el amor por su profesión. Como usaba los pantalones sostenidos con bandas elásticas,  el poeta J. M. Morgado, su gran amigo, una vez le soltó esta frase humorística: “¡Cámara, esas elásticas son las que no te dejan crecer!”.

En la calle del Comercio de Villa de Cura trabajó la sastrería en un amplio local el maestro don Héctor Acosta, profundo conocedor del arte de confección de ropa para caballeros;  y también a su lado en  una pieza alquilada don Carlos Freites. Ambos fueron sastres finos en Villa de Cura. Tenía don Héctor Acosta una cantidad de clientes que venían de los estados llaneros. A Carlos Freites no lo volvimos a ver, me informaron que junto a su familia se fue a vivir y trabajar en Maracay, como modista del contingente de las FAV.

Les cuento que en la calle Bolívar y Villegas, por un costado del viejo hospital Dr. José Rangel vivía con su familia el conocido maestro Isidro Díaz. Dedicado toda su vida a trabajar la sastrería. Se pasaba dándole pedal a una máquina de coser, con un mesón lleno de cortes de lino blanco para hacer liquilique; recuerdo que en el mes de diciembre no se daba abasto librando batalla en su módico taller. Pilar y horcón de una bella familia..Ejemplo para las nuevas generaciones aunque ya nadie busca aprender este oficio.
Quizás el último que desempeñó de sastre en Villa de Cura  fue un viejo operario que diseñaba, cortaba y él mismo cosía en una moderna máquina “Triumph”. Su nombre era Ramón Arturo Muñoz. La sastrería fue su pasión y su modo de vivir. Murió hace tres años pero me dejó de recuerdo la foto que les muestro. Vivía  y trabajaba en una pieza al lado del bar El Samán.  Yo lo visitaba con frecuencia, era un hombre muy conversador y contador de anécdotas de sus tiempos en el ciclismo; En la Villa fue animador de las competencias de bicicletas en carreteras. Su taller  era lugar de reunión de ciclistas y deportistas. Don Ramón Arturo Muñoz era de nacionalidad colombiana, excelente persona muy educado.  Villa de Cura, ciudad a la que tanto amó, fue su segunda tierra y aquí reposan sus restos. 

                                    
Don Ramón Arturo Muñoz. Sastre y ciclista. Foto O. C.
Ya se marcharon de esta vida terrenal aquellos sastres de ancianos y blancos cabellos que existieron en nuestro pueblo, se acabaron aquellas viejas sastrerías. Los viejos talleres de sastrerías y aquellos grandes almacenes de telas como "La Tienda de Cuadros", hace  años que cerraron sus puertas. Las nuevas generaciones, como explicamos al principio, no mostraron interés por continuar el  arte, ni le dieron importancia al oficio, a esto se agrega que la industria textil venezolana está en terapia intensiva. Finalmente quiero recordar que en aquella vieja comarca de mediados de siglo xx, el arte de la sastrería era una materia aprendida en la Escuela de Artes y Oficio hoy Centro Superior Leoncio Martínez de Villa de Cura. .




Oscar Carrasquel. Villa de San Luis, verano de 2017


   


                                                





sábado, 25 de marzo de 2017

CAMPO, RUMBO Y CIELO

Por Oscar Carrasquel


Tantea la ruta de su reino 
viaja encima de una hojita seca
valiéndose de los vientos de marzo
Se recuesta del único cerro
sin vestigio de pinos, 
ni monte reverdecido.
Mira a un riachuelo
con un chorrillo que marcha,
busca por entre las nubes grises
la semejanza de vuestra figura
Solo divisa un caminito de polvo
con huellas que andan
Una mariposa extenuada
le guía el rumbo
En secreto, dos iguanas verdes
se entregan abajo,
valiéndose de la espesura
de una hojarasca.
Atiende el trinar de dos paraulatas
arriba de una rama gacha;
¡Allá, en la breve colina
por fin está su hospitalaria casa!
Y desde un fogón de leña
al cielo va la humada
Retorna con el ocaso en alto
bajo las alas de una avecilla 
que en la luz del astro se fía.



La Villa de San Luis, marzo de 2017


Sitio web de la imagen: http://arteoleosmabelarancibia.es.tl/

miércoles, 15 de marzo de 2017

ES JUSTO RECORDAR A DON FELIPE AULAR. MAESTRO DE CASAS Y ESCULTOR


Don Felipe Aular Bolivar foto copiada de Expresión, propiedad de Editorial Miranda


Por Oscar Carrasquel


Vale  recordar que en las décadas del 40 y 50 del pasado siglo xx, decir: Ingeniero, Arquitecto, dibujante de planos, Topografía y Constructor, era exactamente lo mismo que decir Maestro de Obra o Maestro de Casas, era referirse a un aquilatado conjunto de hombres que se encargaban con profesionalidad a dirigir albañiles, carpinteros, cabilleros, ayudantes y  trabajadores rasos, para construir una vivienda de bloques y armadura de concreto; aquellas viviendas nuevas que comenzaron a sustituir las estrechas rancherías de paredes embarradas, de techos de caña amarga y  palmeras, con paredes coloreadas de cal y almagre, en aquella Villa de Cura lejana y semirural de tiempos remotos.
 
No solo  se dedica  un Maestro de Obra en dirigir la edificación de una casa, sino que se entregaba a replantear el terreno, leía planos, sabía carpintería,  plomaría, electricidad empotrada,  y por supuesto era el responsable directo de las obra. Estaba de moda en esos años 50, que un trabajador raso podía hacer mercado y sacar a pasear  la familia  con un salario de ocho bolívares diarios. La vida entonces no era tan compleja, hay que recordar  que un jornalero  trabajaba siempre satisfecho. Con el estomago lleno aunque fuera con una arepa rellena de caraotas y queso.  En Navidad y Año Nuevo no le faltaba una olla hirviendo llena de hallacas. Don Felipe le pagaba un poquito más a sus trabajadores.

Ellos fueron además fabricantes de torrenteras, cunetas, alcantarillados y aceras de cemento. Cabe mencionar en primer lugar a don Felipe Aular Bolívar, también a los Maestros Juan Vicente Michelena, Carlos López y José Morales, los viales llegaron a ser jefes de cuadrillas del Concejo Municipal del entonces Distrito Zamora. También es digno de aludir a Mister Macklin, un hombre que sigue hablando con frases cortas en inglés, constructor de obras hídricas para el abastecimiento de agua potable  ciudades y caseríos, además  de canales de riego en zonas agrícolas.

Como "toda historia es historia" vengo en primer término a evocar  por medio de la crónica de ese pasado  villacurano a un humilde y laborioso artesano, muy activo, franco en la amistad, de diversidad cultural, que se llamó don Felipe Aular Bolívar. El Maestro quiso mucho a la Villa de San Luis su pueblo natal.

"Maestro Aular", así era como simple y cariñosamente se le nombraba a este hombre trabajador sin tregua, cargado de sueños y esperanzas. Su patria chica y su recinto de siempre, el asiento con su familia fue la quinta que sus propias manos edificaron, situada frente a la Plazoleta Ayacucho,  a pocos pasos de “Puente de Hierro”, salida hacia la carretera nacional. .
Don Felipe Aular era casado con doña Anita Flores de Aular, de cuya unión nacieron: Ana Belén Aular de Salas, Secretaria Ejecutiva y poeta, fueron muchos los detalles que le dedicó a su padre; Felipe Ubaldo Aular Flores, Contador Publico, se desempeñó como Gerente Bancario; Tomàs Emilio Aular Flores, Histotecnòlogo; Raùl Aular Flores, Profesor de Biología, . Casi adolescente fue bombardero de los aviones B-25 Mitchell de nuestra siempre recordada FAV, pero sirvió a la aviación en tiempos de paz; Ana Mercedes Aular de Rodrìguez, profesora, fue directora de la UEE Leopoldo Tosta; y Emiliano Aular Flores, Perito Agropecuario.
  
Respetuoso, serio, sereno, taciturno,  esa forma natural que lo hacia brillar,   nada impaciente; fueron estas las facetas que adornaron siempre  la vida del Maestro Aular. No una, sino muchas veces lo vimos cuando se echaba a rodar ´pueblo arriba y pueblo abajo manejando  un camioncito tipo volteo, marca Ford, casilla de color rojo, modelo 1954. ¿Quièn no sintió en la Villa de Cura de entonces por sus calles encementadas el ruido del motor de ese volteo, que rodando tronaba  como un toro cachilapo?. Con unas letras doradas estampada en ambas puertas donde se podía leer “CONSTRUCCIONES AULAR”. 

En el asiento del copiloto  solía llevar un albañil y un ayudante.   Los materiales e implemento que utilizaba para trabajar a diario los cargaba en el cajón de voltear; lo cierto es que aquel señor trigueño  ostentaba la orgullosa designación de “Maestro de Casas”, como mejor se le llamaba en aquella época a los constructores de casas, quintas y edificios.

Lleno de optimismo, de sabiduría, en esa hora que Venezuela requería de urgente transformación en materia urbana y social. Fue considerado un hombre que abarcaba todos los conocimientos para lucir  esa jerarquía, asumiendo ese trabajo como un don de Dios, porque fue también maestro para trasmitir enseñanzas a las futuras generaciones. Era un hombre de acción que no solo sabía conducir con pericia un camión volteo, sino que animaba, era guía y se metía de lleno a levantar con sus manos callosas quemadas por el sol, una quinta o una vivienda  digna. En ese ayer lejano había que pasar trabajo para ganarse el sustento diario y sostener  una familia numerosa como este señor Aular  logró fundar y levantar.

El Maestro Aular fue además creativo de la cultura y genuino para todo, enalteciendo siempre a su pueblo. Sin ánimo de lucro desarrolló otro arte, arte marcó pauta como experimentado escultor, tanto que, produjo con sus propias manos una escultura de El Libertador que convivió más de 40 años engalanando la pila central de la Plaza Bolívar de Villa de Cura.

Fue sustituida por una estatua pedestre de mármol...En el año 1972 fue irespetada la escultura por los iconoclastas, fue desmontada de su lugar original, ahora puede verse resucitada en una plazoleta  en la comunidad de Los Tanques, a donde fue trasladada después de permanecer abandonada en una pieza del edificio Municipal.. Algo que debe establecerse es que el  Maestro Aular sabia para qué son las estatuas, sabía cuál es su verdadera función, él estaba identificado con los ideales del personaje que había metido en aquella estatua, en especial lo que significa el verdadero culto profesado al  Padre de la Patria.

Ese mismo Simón Bolívar que estuvo muerto... muerto  188 años hasta que fue sacado una madrugada de su sarcófago y expuesto en publico...Bien molesto debió sentirse el viejo escultor don Felipe Aular allá en la tumba de su cuerpo del camposanto villacurano, ya que que la ofensa  jamás podrá ser resarcida.

El busto del humanista Leopoldo Tosta, erigido en la institución que lleva su nombre en Villa de Cura, y también  aquella estatua del ingeniero Alberto Smith, en una plazoleta en el Liceo con su nombre, fueron igualmente otras de sus obras escultóricas más importantes.

No quiero dejar en el olvido que el maestro Aular fue además un hombre de cultura musical. aficionado al canto y ejecutaba muy bien el cuatro llanero. Sola visitarlo en su casa cuando regresaba de Caracas su amigo el profesor musical don Ángel Briceño, quien era flautista solista en la Orquesta Sinfónica de Venezuela.  El viento de la noche sentía soplido de la flauta de Briceño al tiempo que  don Aular chasqueaba el cuatro; sentados ambos evocando los más fraternos recuerdos, en un banco de la placita Ayacucho, donde la pareja de amigos dejaba escuchar el joropo “Adiós”, una de  las piezas inmortales de la extensa producción del maestro Briceño.  En complicidad con unos  palitraques de ron  Santa Teresa...En las noches se formaban grupos de damas debajo de la arboleda de la plazoleta a disfrutar la deliciosa música serenatera. 

En  Villa de Cura  son muchas las viviendas que hoy  pueden conceptuarse dentro del nuevo modelo de construcción que fueron levantadas por  don Felipe Aular... Edificó entre otras en Villa de Cura,  la casa de don  Narciso Pérez Acosta, frente a la Gruta de Lourdes; así como también levantó la residencia de don  Juan Bautista Hernández Pérez y la de José Rafael Hernández Pérez, que todavía señorea en la calle del Comercio. La casa de Don Adolfo Ramírez, en la calle Real con Bolívar y Villegas y el edificio que hoy ocupa la Arepera La Única, en el cruce de la calle Comercio con Doctor Urdaneta ( O. Botello. Expresión No 47/ 2002).

Es bueno recordar que  los habitantes de Villa de Cura se dedicaban fundamentalmente a la alpargatería, la talabartería, a la agricultura  y otros oficios domésticos.  La construcción de viviendas  fue también uno de ellos. La verdad es que nuestro pueblo en aquella época era de lo más tranquilo, distante de tantas penurias, en un ambiente de seguridad y de modesto desarrollo urbanístico.
  
Fueron conocidos  “Maestros de Obra” que  se destacaron en esta especialidad, los cuales se ganaron un espacio en la historia de la construcción de viviendas en Villa de Cura, a quienes hoy  venimos a recordar en lo profundo del dolor, porque ya no están. La lista nos las entregó nuestro amigo Jesús González, un viejo albañil parrandero que por años  se desempeñó en el antiguo INOS, vive en la Parroquia Las Mercedes. Por experiencia nos suministró los nombres de Felipe Aular, Aurelio Pacheco, Juan Vicente Michelena, Carlos López, José Morales, José Isabel Berroterán, Víctor Berroterán, Marcelo Almeida, Juan Berroterán, Tarcisio Moreno, Jesús María Jaspe y Pedro Blanco, artesanos que prestaron su decidida contribución a la apertura de la incipiente edificación de viviendas modernas en Villa de Cura en el siglo pasado.

La existencia es un tiempo que tiene su final. Honda repercusión y consternación colectiva fue el fallecimiento del maestro Felipe Aular Bolivar, cuando contaba 73 años de edad, el 6 de agosto de 1974. Así es amigos. cayó un árbol de roble, un  viejo albañil hijo de la villacuranidad, sin ninguna pujanza económica, lleno por dentro de bolivarismo sin hipocresía, que supo abrir el espíritu al mundo del trabajo y la cultura. En el "Museo de Tradición de Villa de Cura" reposa un compendio de información sobre su extensa obra escultórica y humanística.

De todos los hijos  de don Felipe Aular le sobrevive con 80 años de edad  el profesor Raúl Aular Flores, radicado en Maracay. 
Raúl además sabe impulsar y manejar bien las letras con gran talento, escritor autor de la obra "Analectas pedagógicas", y otro inédito,  conoce y escribe muchas historias de su pueblo.  Egresado del Pedagógico de Maracay. con desempeño docente en el Liceo Alberto Smith, Maestro de la vida hasta el final, hasta que Dios no disponga otra cosa.  La presencia de su esposa, hijos, nietos y biznietos y la oportunidad que les da Dios a la familia de disfrutar de su presencia es mejor que llevar una estrella de oro en la pechera. 

Algo de lo que sabemos nosotros de su tanta ejecutoria debíamos brindar de este modesto y gran villacurano llamado don Felipe Aular Bolivar, a su dignidad, a su singularidad, a fin que su recuerdo lejano no quede hundido en el olvido.

Que en la paz del Señor descanse usted Maestro.
 

Oscar Carrasquel. La Villa de San Luis, marzo de 2019/


domingo, 12 de marzo de 2017

TRANSPORTE EN CARRETA Y BESTIA DE CARGA A MITAD DEL SIGLO XX EN LA VILLA DE SAN DE CURA

Transporte en carreta y bestia de carga a mitad del siglo xx en la villa de San luis de cura

    Por Oscar Carrasquel

En las primeras décadas del Siglo xx cuando en Venezuela no había llegado completo la era del transporte automotor, tanto el traslado de personas como de carga de alimentos del campo a la ciudad y viceversa, se tenía que hacer en carretas tiradas por caballos  o en lomo de burros, o en bestia mular. En cualquier parte, carretera, calle o camino real nos encontrábamos de frentes con ellos.
Por las calles de Villa de Cura, hace casi tres cuartos de siglo,  no era raro encontrarse en las puertas de los comercios los arreos sostenidos  de los  ventanales de los almacenes y las pulperías, o amarrados de una punta de eje de carreta que encajaban en el piso en las esquinas.
Siendo yo un muchacho observaba diariamente los arreos frente a la bodega de don Francisco Martínez y a la entrada de los almacenes de Manuel Melo, Norberto Ramón Vásquez, Francisco Matute y Froilán Aguirre, amarrados con un mecate de los ventanales. Previamente eran recibidos por el comisionista don Alfredo Rodríguez que fue un gran comerciante a pie.
De las primeras décadas del siglo xx se recuerda al humanista doctor Leopoldo Tosta Alfonzo, un villacurano que ejerció la farmacia y la medicina a su modo. Se le conoció mula propia, siempre andaba arriba de su mula dedicado a la prestación de un servicio social, salvando distancias, visitando y atendiendo a personas enfermas en la población urbana y rural.


                                        Mula de silla del doctor Leopoldo Tosta. Foto archivo Editorial Miranda.


En los años 1940 hasta los 50  todavía los arreos de burros y carretas transitaban por trochas angostas o malos caminos, en cuyos predios se cultivaba café, panelas, granos y otros productos, los llevaban a La Villa provenientes de El Cortijo y de las haciendas Santa Rosa y La Violeta, desde  Picacho Blanco, Platillón, Virgen Pura y otras fundaciones. 
José Carrillo,  mejor conocido como “Mano Chico” dice que siendo mozo laboró en la hacienda "La Violeta". Nos dice que  el magnate de esos lares era un señor llamado Ismael Pérez, rico hacendado  propietario del fundo. Tenía un buen arrreo  de burros y  de mulas.  "La Violeta" tenía una pulpería bien surtida, practicaba el truque de fichas por jornal para que sus obreros gastaran en su propia comercio.
Carrillo, muy conocedor nos explica que cada uno de los arreos lo conformaban siete bestias en fila india, tirados por un chicote. Llevaban un pedazos de faldo a los lados de la cabeza para direccionar el campo visual del animal. El primero lo denominaban  puntero o campanero, porque llevaba colgado del cuello una campanilla que sonaba un "tilín" al caminar y marcaba el paso para gobernar el resto de la caravana.
Seis burros llevaban enjalma para aguantar y adaptar la carga. El último  de la fila era el burro sillonero, el único que no llevaba enjalma, sino el sillón de quien era el arriero.  Pendían de la tabla del cuello de los animales unos bolsones llenos de maíz en grano para alimentarlos durante la jornada; bebían  agua en lo que se detenía la caravana en un paso de quebrada. Descendían por el camino  de Santa Rosa para llegar al centro de La Villa. De regreso iban cargados de productos que no se daban en el campo, tales como sal, enlatados, ropa mandada a hacer, alpargatas y herramientas para el trabajo en las haciendas.
Como es sabido, con el paso de las décadas llegaron el jeep y camiones, pero aún en los años 50 del siglo xx la carreta y personas sobre burros, mulos y bestia caballar se podían ver confundidos entre los escasos autos que circulaban. Cuando eso el límite de la Villa llegaba hasta la Alameda y la plaza Bolívar, lo demás como  dice el dicho,  era “puro monte y culebra”..
Cómo no voy a recordar a don Dionisio Infante si fue mi padrino, con toda su pompa montado sobre el lomo de una mula  negra que tenía marcada una  estrella en la frente. En un tiempo fue su medio de transporte desde la “puerta de campo” de su casa de familia  hasta la vaquera de La Providencia. Con frecuencia se oía el rebuzno  del animal y el traqueo de los cascos,  y las personas ya sabían que era el Negro Infante por la calle Sucre.  Regresaba con la ropa  blanca embardunada de orine y estiércol de ganado. Apenas llegaba a su casa, la desensillaba, le daba un baño, le propinaba una nalgada, y la obediente  mula regresaba por el medio de la calle Sucre, sin que ningún muchacho se metiera con ella, hasta llegar a La Providencia..
Los villacuranos de la década del 50 no pueden dejar de recordar a una mujer  llamada Nicolasa López. Era una señora feliz y muy avispada, con rasgos de campesina, vestido largo, blanca, robusta; llegaba los fines de semana, cultivaba productos en un cerro de  “Camejo”, bajaba por un camino a pie echando por delante un par asnos cargados hasta la coronilla de productos agrícolas para comerciar en los negocios de pulpería de La Villa. Compraba mercadería seca y revendía en el campo.
Otro personaje popular era una humilde mujer llamada Juanita Flores, muy conocida en el barrio Las Tablitas, arreaba un burrito  cargado de frutos del campo, bajaba  por el camino de tierra de “Camejo” cercano a Villa de Cura, donde ella tenía una parcela. Entre sus cosas traía plantas medicinales y miel de abeja. Contaban que consiguió un préstamo de 300 bolívares de los antiguos e instaló un puesto de venta dentro del Mercado viejo que quedaba diagonal con la Plaza Miranda. Venía con aves de corral, papelón, postura de gallinas envueltas en hojas de maíz, granos y verdura para darle gusto al hervido.
También  esos años era común observar montando una mula mansa  a un árabe  ya viejo y obeso, quien todo el mundo conocía como “Musiú Samuel”, habitaba una casa de bahareque por la calle Urdaneta o Cuadra Larga, casi a mitad de cuadra la cual también era tienda. En las tardes calurosas se paseaba ofreciendo en las casas cortes de tela por cuota. El viejo poseía una característica, entregaba la mercancía y recibía el pago  sin necesidad de bajarse de la mula (Cuando eso la expresión: “Bajarse de la mula”, no tenía la connotación que tiene ahora, de cobro ilegal). Mi mamá como era costurera de oficio se contaba entre sus marchantes.
Hace más de 60 años vivió en Villa de Cura un personaje peculiarmente y muy querido en el barrio Las Tablitas llamado Rosendito Martínez; hoy en día los habitantes  de la barriada vivirán  añorando a este señor, porque parecía  una panadería ambulante. Cotidianamente andaba montado sobre un burrito con un par de cestas que le colgaban a cada  lado, ofertaba: pan de piquito (parecido al ”pan francés”) pan dulce, tunjas, bizcocho redondo, butaques y catalinas. Su burrito se hizo muy conocido porque caminaba con paso acelerado:  Murió pobre Rosendo y su negocio lo terminó la modernidad, que ahora pasado tanto tiempo puso en boga las ya perpetuadas colas para poder adquirir el pan de panadería.



A este  transitar por calles y caminos utilizando medio de tracción de animal, se agregaban las carretas tiradas por caballos. Un personaje por demás  conocido fue el  señor José Heredia, un hombre pequeño y delgado, usaba sombrero de fieltro ala corta, muy activo; y por su modo rebotado al caminar, por causa de las traidoras niguas,  le pusieron el apodo de “zamuro”. Se dedicaba a transportar enseres de mudanzas,  retirar escombros, cargar material de Tejerías y botar basura. En tiempos de Carnaval lo contrataban para forrar su carreta con vistosas y bellas flores, y por los lados pencas de palmeras;  participaba en los cuatro días de desfiles de carrozas y en la octavita.  Más de una reina de las fiestas carnestolendas de Villa de Cura de la época, paseó y exhibió su belleza repartiendo  sonrisas, papelillos y caramelos montada sobre la carreta de Heredia. 
Otro personaje muy peculiar fue don Benito Pérez, un hombre  trabajador, era renco de una pierna, y se apoyaba en una muletilla para caminar. Siempre lo veíamos  montado sobre un quitrín halado por un viejo caballo. En aquellos lejanos 50 recorría las principales calles de Villa de Cura, surtiendo a la población de leche de vaca recién ordeñada, a real (o.50) cada litro, casa por casa,  procedente  de vaqueras cercanas; y luego se dedicó a la venta de kerosene a domicilio. Don Benito además se convirtió en un experto ensalmador de torceduras, del  mal de ojo y culebrillas.
Y así como en la vieja Caracas existió el famoso cochero don Isidoro Cabrera, símbolo de la vida capitalina del pasado siglo, inmortalizado por Billo Frómeta en ritmo de guaracha,. Igualmente de  nuestra Villa de Cura romántica y antañona quedaron en el recuerdos un montón  de “carreteros”  que con su trabajo pudieron levantar a una familia, como fueron el musculoso Negro Lindo, Ramón Tabares, Simón Méndez, Augusto Pérez, Benito Pérez, José Heredia, Félix Durand, Pedro Palma, Inocencio Vina, Pablo Rodríguez y Jesús María Espi, este último, hermano de don Pancho Espi, vecino de Las Tablitas.
Como es sabido en  la segunda y tercera década del siglo XX, en Venezuela el transporte movido por tracción de sangre comenzó a cambiar, por la presencia de gandolas, camiones, camionetas, jeep, etc.Uno que siente  compasión por los animales le entristece contar que los pobres burritos y bestias mular, la paga que recibieron por su largo y sacrificado trabajo, es que fueron reclutados para saciar el apetito de  animales salvajes amaestrados de  los circos,  y  de los tigres y leones en  parques zoológicos.
Resta por recordar que en aquella época  los conductores de carretas debían poseer  credencial o "título". El desplazamiento  por el perímetro urbano  estaba sujeto a  expresas disposiciones legales...Muy útiles estos medios de transporte en la época, era mejor que andar a pie...
 "!Qué gasolina en dolares náaa!", dijera nuestro paisano y amigo el difunto Sandalio Barrios.

Oscar Carrasquel. La Villa de San Luis, abril 2020


La foto de la mula del doctor Leopoldo Tosta es propiedad de Editorial Miranda, las otras dos bajadas de Internet.