viernes, 25 de enero de 2019

LA “LECHE DE BURRA” PRODUCIDA EN LA BODEGA "EL SAMÁN" DE DON EUSEBIO COLMENARES .


Imágen referencial bajada de la Web

La leche de burra producida en la bodega el saman de don eusebio colmenares
                                                                    Por Oscar Carrasquel

  

                                                                                                           

La leche de burra genuina es un alimento láctico, como es sabido extraído de la ubre asnal, con infinidad de propiedades terapéuticas. Se dice que antiguamente en algunos países se usaba como suplemento de la leche materna. Según la creencia mitológica, "Popea, la mujer de Nerón, el emperador romano, siempre mantenía un rebaño de burras parías, las cuales hacía ordeñar para luego bañarse con la leche" con el fin de  conservar su lozanía. Extremadamente beneficiosa para la piel.

Sin embargo la “Leche de Burra” a que me voy a referir es otra; la que popularizó en una  época ya lejana en Villa de Cura el comerciante de ganado don Eusebio Colmenares. La comerciaba en una bodega bien surtida de su propiedad con cancha para bolas criollas, ubicada a orilla de la carretera vía a San Juan de los Morros, en el sector  El Samán. Hablo de las décadas de los años 50 y 60. Hasta hace pocos años existió la casona de bahareque y tejas a la entrada de unos potreros, sombreada por un frondoso árbol de samán.

La citada  Leche de Burra es una bebida espirituosa. Una especie de ponche riquísimo que, antes,  no faltaba en la nevera de cualquier hogar por humilde que fuese; se  utilizaba para brindar en reuniones de familiares y amigos, especialmente cuando nacía un bebé. La ingerían nuestras mujeres reunidas en casa para dar gracias a Dios y brindar cuando salía del fogón  la primera cocinada de hallacas en fecha próxima al 24 de diciembre. Uno muchacho,  probaba una copita y sentía como  un escalofrío en todo el cuerpo.

La "Bodega El Samán" tenía aparte una pieza donde funcionaba un pequeño laboratorio de donde salía la exquisita bebida. Quien sabía la formula fue un maestro villacurano de respeto, talentoso, llamado Juan Daniel Guirados, quien trabajó muchos años como empleado de confianza de don Eusebio, además de ser su cuñado.
 
El secreto de la receta no se la revelaba Guirados a ninguno, pero después se regó que se trataba básicamente de un batido de yema de gallina criolla, nuez moscada rayada, raspadura de papelón, cáscaras de limón verde,  cerveza inglesa “La Perrita”,  leche condensada y le agregaba agua de  coco, mezclados todos estos ingredientes con aguardiente claro. 

Las puertas de la bodega estaban abiertas desde temprano, y cualquiera se fijaba en la fila de hombres y mujeres mayores que acampaban afuera sentados en las gruesas raíces del frondoso samán, allí se apilaban pendientes de la hora que tuviera listo el cóctel, al cual como se corría entonces, se le atribuía efecto fortificante   para abrir el apetito masculino.
  
Se comentaba que la receta original  de la Leche de Burra llegó a manos de don Juan Daniel Guirados, de parte de unos hermanos Matheus o Matos que llegaron  a La Villa de la Península de Paraguanà; mientras otros compañeros sostienen que fueron unos individuos provenientes de la región de los Andes, quienes comenzaron  preparando y vendiendo de manera ambulante  la "Chicha Andina", la bebida  típica de los Andes y la convirtieron después en un rico ponche.

Lo cierto es que los automovilistas que se dirigían al llano los fines de semana y gente mayor de edad que transitaba a pie la carretera a San Juan de los Morros, a darse un baño en las pozas del río Guárico, no seguían sin antes pararse a llevar la Leche de Burra que  vendía Colmenares  a tres bolívares la botella, camuflada en papel periódico..Igualmente se comentaba que de Caracas la venían a buscar y se la llevaban por cajas.

Tuvo gran fama esta antigua "Bodega El Samàn" donde usted encontraba de todo; desde el genuino gofio hecho de maíz cariaco que fabricaba la señora Emilia Guirados, esposa de don Eusebio y hermana de Juan Daniel. Además expendía catalinas, hamacas, alpargatas, papelón, queso de mano, queso  llanero, mortadela, aperos de talabarteros,  pero particularmente la gente se paraba a solicitar la Leche de Burra que, hace más de medio siglo, antes de clarear el día, salía de la bodega de don Eusebio, .



                                                   Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, diciembre  2018 


martes, 22 de enero de 2019

¿DÓNDE ANDARÁ DON DÁMASO TOLEDO...QUÉ SE HABRÁ HECHO?



¿DONDE ANDARÁ DON DÁMASO TOLEDO...QUE SE HABRÁ HECHO?


                                                         Por Oscar Carrasquel

Don Damaso Toledo fue un ser de la vida para no olvidar...Todo un personaje popular trajinando como una bola la vieja comarca enclavada en estos hermosos valles aragüeños. Un juglar y músico del pueblo de Villa de Cura que cantó con verdadero amor y sentimiento. Símbolo de la bohemia villacurana de una época cuando casi podíamos tocar a Dios. Le encantaba serenatear, divertirse a la luz de las estrellas Muchos de nuestros coterráneos seguramente lo recuerdan.
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De aquel Dámaso Toledo tenemos algunas cosas que contar en esta columna. Genial con una guitarra grande en las manos. La cuidaba y la consentía, le daba caricias y  la tocaba muy bien, aunado a ello, tenía una fuerte y melodiosa voz para el canto. No me  lo van a creer, pero la vida con todos sus laberintos, para él no fue fácil.
 
Esa Villa de Cura representado en estos hombres como don Dámaso Toledo ya no existe... Estos hombres no se han visto más, lo venimos a saber ahora que vivimos una nueva realidad. Hoy día no es posible salir libremente a parrandear, tampoco a ofrecer serenatas, y menos cargar una costosa guitarra marca Tatay en las manos.

Con demasiadas ganas le ponía empeño a su trabajo, se levantaba todas las madrugadas a ejercer su oficio de panadero. Aprendió en su juventud a fabricar  panes en una panadería, a elaborar tortas y confites de todas clases, esa era su especialidad laboral. La ciudad  era  entonces más pequeña, Dámaso la recorría a pie, de confín a confín, palmo a palmo se conocía su perímetro urbano y también los barrios aledaños que se estiran en sus orillas.

Aprovechaba las horas de la tarde y  la noche de un fin de semana y sabía cómo disfrutarlas a plenitud. Cualquier día era bueno para recorrer la ciudad, unido a su inseparable guitarra, y otras veces con un requinto debajo del brazo. Tapaba su pelo con un sombrero ala ancha y su bien sacado bigote igual que el actor mexicano Pedro Armendáriz,.vestía ropa pulcra  y unos zapatos de patente tipo italiano.

Lo cierto es que se convirtió en un bohemio y un perenne despechado. "Maldigo el amor y sigo amando". Uno oía esta voz y además el sonido de una guitarra grande cuando transitaba apresurado por las puerta de una cantina, y sabía que era don Dámaso entregado a su pasión.

Y uno francamente se hizo su  seguidor por disfrutar tantas veces las placenteras canciones que se anidaban en su alma de trovador, las mas románticas y nostálgicas; esas que convierten en fuego a las almas enamoradas. En su repertorio había de todo, un tango, después un bolero, seguido de un pasillo de Olimpo Cardenas y una ranchera de Vicente Fernández titulada "Por si no te vuelvo a ver", las interpretaba sin mucho esfuerzo hasta el final. Las canciones las volvía pétalos de rosas, pero otras las convertía en filosos puñales que remueven viejas heridas; pero también sacaba, como una piedra de jugar dominó, aquellas que sirven para apaciguar  un tormento. 

Muchas veces oímos su guitarra en el cierre de una medianoche al pie de una ventana acompañándole boleros y tangos al doctor  Eladio Lovera, Vinicio Jaén y Antonio Martínez Santaella. Los racimos de flores de cayenas en los tapiados de las casas de El Rincón se estremecían al oírlo que transitaba sus aturdidas calles sonando una canción,  con su instrumento musical cruzado en el pecho.

Dámaso Toledo fue un ser honesto y trabajador, vivía en dos dimensiones, primero al levantarse de madrugada se iba para su trabajo de unas horas corridas   que, le imponía los deberes en la Panadería Central de Villa de Cura. La otra vertiente, el cotidiano andar de bar en bar en la ciudad rompiendo con toda tristeza y silencio.

Apenas llegaba la noche del viernes se instalaba en el bar La Garita donde solía concurrir; lo primero en decir en tono bajo es que no le hablaran de trabajo, "de esas pendejadas", y que le pidieran a don Carlos que por favor silenciara un momento la Rokola.

Mostraba en su rostro una sencilla y clara sonrisa sin ningún tipo de poses.. Enseguida colocaba el pie derecho sobre un taburete, alzaba la lira en su regazo, la colocaba sobre la pierna derecha y la apoyaba bajo la barbilla, y de su voz trasnochadora comenzaban a brotar boleros de Julio Jaramillo, los Ángeles Negros, también se sabía las canciones rancheras de José Alfredo Jiménez, compartiendo su espíritu bohemio con todo el que llegaba. A todos sabía llegar con su simpatía y talento.
  
El grupo de parroquianos  que ya lo conocían, acostumbrados a su rutina, comenzaban a arrimarle tragos, uno tras otro, y al final de cada interpretación llegaban los aplausos y ovaciones con entusiasmo. La voz como la guitarra de Dámaso no cansaban ni aburrían. 

Llegada la medianoche,  el cielo de Las Mercedes bellamente enlunado y con el espectacular brillo de las estrellas, comenzaba a oír su voz que resonaba en cada cuadra, ahogando el silencio de la calle Jaime Bosch y las "Cuatro Esquinas", en donde no se oía otra cosa, sino el eco de sus canciones fraternas, que junto al sonido de su requinto  llegaban a las ventanas con el soplido de la brisa nocturnal.

Don Dámaso con su paciencia se sentía dueño y señor de la ciudad. De pronto, ya paloteado, le provocaba dar una vuelta  por el centro, lentamente avanzaba calle abajo con su sonrisa característica, atravesando tentaciones de riesgo, porque la ciudad no era la misma de antes, ya se había vuelto  peligrosa.

En última instancia hacía una parada final en el Bar "La Astorga" en la avenida Lisandro Hernández, con su guitarra agarrada por el diapasón para echarse la del estribo;  después continuaba despacito, como agua que corre por un manantial, para su lecho ubicado en la barriada de El Rincón.
 
Quizás por nuestra ausencia de Villa, se nos perdieron sus pasos bohemios. Antes de ayer me escribieron sus compañeros que partieron primero,  me dijeron que lo  habían visto que andaba con un dúo de turpiales ahogando de silbidos y de canciones  dando serenatas por la calles del cielo. No he vuelto a ver a don Dámaso Toledo en mucho tiempo. Debe ser por eso que, a veces, en el silencio de una noche de insomnio yo también me pregunto: ¡DONDE ANDARÁ DON DÁMASO TOLEDO! QUE SE HABRÁ HECHO!
 


Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, enero de 2019
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FOTO. Cortesía de Inocencio Chencho Adames


miércoles, 16 de enero de 2019

LAS VIRTUDES DEL “ALMANAQUE ROJAS HERMANOS"

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Villa de Cura
Estado Aragua


Por Oscar Carrasquel

En el cuerpo de este legendario y coloreado almanaque pudieran estar anotado los dos nombres que aparecen en tu pedigrí o el de tus ancestros. Este  calendario venezolano elaborado con el corazón y el buen sentido de sus precursores es de tiempos antiguos, quizá de finales del siglo XIX, pero estuvo a la palestra de la moda en Villa de Cura, estado Aragua, Venezuela, hasta los años 60, más o menos. 

Apenas despuntaban los primeros días de diciembre, cada dueño o dueño de casa estaba pendiente y corría a buscar  el calendario para el año que estaba por venir. En la mente de cada venezolano de aquella época perdura la nostalgia el recuerdo del ALMANAQUE ROJAS HERMANOS. El ejemplar es de un  tamaño estándar todos los años. Tengo conocimiento que mide 60x40 centímetros completamente desplegado. 

En 1871 escriben lo que saben de historia se tiró el primer número en la ciudad de Caracas y siguió imprimiéndose posteriormente  de manera ininterrumpida.  Sus iniciadores fueron los hermanos José María Rojas (que se firmaba: De Rojas); Carlos Eduardo Rojas, Sofía Rojas,  Aurelio Rojas, y el escritor y geógrafo don Arístides Rojas, epónimo de la escuela nacional primaria más antigua de Villa de Cura, nuestro amado colegio Aristides Rojas.

Desde niño lo comencé a conocer. Era un texto de distribución masiva y popular. En Villa de Cura hasta los años 60 lo distribuía la “Farmacia Central”, se lo pedían por teléfono a don Félix Valderrama, y sus empleados Luis Almeida y Víctor Martínez. Al comienzo, la botica lo daba de obsequio sin ningún condicionamiento. Muchas familias lo encargaban con antelación porque no debía faltar en cada hogar. Lo vendió doña Vicenta de Manzo en su librería Las Novedades de la calle Real o calle Bolívar. En algún tiempo lo expendió la librería de la señora Mariana de Storaci diagonal a la Plaza Bolívar. Algunas veces lo vendía al pregón Ismael "Correita".

Cada ejemplar, que yo recuerde, cuando lo conocí por primera vez, costaba 0,50 (un real). Te lo entregaban doblado en cuatro como un mapa. De manera que algunos lo mandaban  a montar en un cuadro de vidrio y se colgaba en la sala o en otro ambiente de la casa. Mi  mamá los coleccionaba, a final de año lo ocultaba dentro de un gran baúl donde guardaba sus cosas. Era un instrumento de obligada consulta..

Sigue circulando  en ediciones limitadas, ello motivado a la difícil situación que atraviesa  la industria gráfica nacional. Estuvo décadas fuera de circulación. A comienzo de 2019 observé con extrañeza desde una unidad colectiva cuando una persona que trabaja de vendedor ambulante lo ofrecía en la isla central de la Avenida Casanova Godoy de la ciudad de Maracay. No me dio chance de tenerlo nuevamente en mis manos, ni conocer su precio. Me dijo alguien que te lo cobran en unidad monetaria de EE UU, como sucede con todo.

El calendario tiene un diccionario de nombres parecido a un Larousse o a una guía telefónica, por la cantidad de nombres. Trae la influencia de los Astros; el santoral eclesiástico del día para colocar el nombre al recién nacido. Había veces veces que tocaba un nombre que no le cuadraba a la jefecita  porque impresionaba en la escuela..

Contiene el calendario citado unas efemérides para saber qué se festeja el día a día.. Igualmente contiene los horarios de salida y puesta del sol, de gran ayuda en la navegación aérea y marítima; es una garantía para que los agricultores de El Cortijo y zonas aledañas conocieran las distintas fases de la luna; anuncios sobre la entrada y salida de aguas, con el fin de tomar decisiones para la época de siembra y el tiempo de cosecha. Había personas que anotaban los pensamientos. Lo consultaban también los metafísicos y naturistas.Total, era un elemento al servicio de la cultura venezolana.

Ocurría una cosa muy singular en esa época. El calendario citado, en la portada tiene dibujada una figura con cuerpo y cabeza de chivo, la ilustración se convirtió en una referencia de filoso humor. De modo pues, que esto sirvió para que en toda la Venezuela de entonces se corriera un certero y famoso refrán, que era utilizado cuando una persona le criticaba la  edad a otra: "Fulano es más viejo que el chivo del almanaque".

Dicen que en la Caracas de antaño uno de esos especialistas en colocar sobrenombre, mamador de gallo, le puso a un periodista de famosa trayectoria el cariñoso mote de "Chivo Negro" , porque su rostro tenía un gran parecido al chivo del almanaque de los Hermanos Rojas. Con la diferencia que el periodista usaba bigotes y un sombrero "ala gacha" al estilo Gardel.

Antiguamente los nombres los ponía o insinuaba la Comadrona o los padrinos, antes del bautizo. Ahora los nombres de las criaturas quienes lo escogen usualmente son los papás, claro que unos prefieren la combinación del nombre de la madre con la del padre. Muchas veces prefieren seleccionar uno extranjero.

Yo recuerdo que en Villa de Cura en los años 50, nuestro cura párroco era el padre César Lucio Castellanos, un cura anciano, gruñón, alebrestado, llegado de Valencia pero  de origen cubano. El  prelado le insinuaba con autoridad a padres y padrinos a la hora del bautismo, que no le pusieran a los párvulos nombres en inglés o combinando el nombre de la madre con el del padre, sino comunes, de figuras religiosas, recomendaba los del  santoral católico.. ¿Tu nombre fue sacado  del ALMANAQUE ROJAS HERMANOS?.


Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, febrero  2019



lunes, 14 de enero de 2019

ROSA CASTRO “ROSOTA” LA ÚLTIMA QUE FABRICÓ EL CARAMELO DE PAPELÓN .




.Por Oscar Carrasquel


Humilde, dando la pelea toda su vida, cariñosa, llena de afectos para todos los que tuvimos la fortuna de conocerla hasta que se apagó su vida...“Rosota” la llamaba todo el mundo en Villa de Cura, omitiendo su nombre de pila. El sobrenombre lo adquiere quizá por su corpulencia y tamaño de casi un metro con ochenta centímetros (1,80). Yo la llegué a conocer, la entrevisté en su casa para la reseña en el periódico El Vigía. De aquellas mujeres trabajadoras de antes que buscaban y encontraban día tras día cualquier oficio para ganarse la  vida, para poder  subsistir y huir de la pobreza.

ROSA CASTRO  fue su verdadero nombre. La escuela que aprovechó  fue el ejemplo y aprendizaje  de su madre de adopción la villacurana doña Froila Salvatierra quien le dio lecciones de vida La precursora de la fabricación de estos caramelos y dueña de sus inicios,  al parecer era vecina la calle Paez este , compartiendo las dos momentos de armonía y familiaridad. En este hogar hacía todos los deberes de la casa mientras aprendía a fabricar el caramelo de papelón. Hace años habitó  “Rosota” una casona ubicada al final de la calle Bolívar en Villa de Cura, al lado de la Casa del Santo Sepulcro. 

Recordar aquella Villa de Cura de calles enripiadas, las casas con cercas de empalizadas de alambre gallinero y el cantío de gallos en la madrugada, o el alboroto  de las chicharras en marzo; es recordar también a una golosina que en tiempos remotos fue dominio de nuestros paladares de muchacho, la cual podríamos catalogar los villacuranos como el confite estrella de aquella época.Se trata nada menos que los llamados: “Caramelos de Papelón”, que entonces se compraban en cualquier bodega, 8 unidades por una locha (doce céntimos y medio) para llevar a la escuela. De niño cuando todavía era un "firifirito" el pulpero me entregaba un puñado de estos caramelos de ñapa. No había bodega donde no los hubiera..

La fórmula para su elaboración fue un secreto bien guardado por la señora Froila Salvatierra, solo conocido por Rosa Castro, la muchacha de su mayor confianza, la cual no era su hija biológica, pero como si lo fuera, porque la crió y levantó desde meses de nacida.

La tradición identifica a este caramelo como una conserva cuya materia prima es el papelón criollo rallado. Tanto Froila Salvatierra como la señora Rosa Castro lo cocinaban en una olla con aleación de metal cobrizo, para que el caramelo adquiera un ligero sabor a ahumado, allí parece que existía lo oculto del asunto.

En la inicial entrevista que le hicimos pudo ver el fotógrafo José Seijas y quien escribe que, en su elaboración se junta  el papelón rayado con una mezcla de varias especies aromáticas, además de una porción de canela y clavo. Parece mentira, pero para matizarlo no debía de faltar una mínima cuota de ron añejo Gran Reserva.
 
Para que la mezcla no se pegara la tenía que remover constantemente utilizando un cucharon o una espátula de palo, mientras lo cocinaba en un fogón de leña. El humo hacía rueditas en el aire. El olfato era mejor que una prueba de laboratorio para saber cuando estaba lista la cocción, ya que el aroma del caramelo inundaba la atmósfera de la casa y llegaba hasta fondo  de la calle Bolívar.

Cuando la mezcla medio endurecía los cortaba en forma de cuadritos con un cuchillo, y lo envolvía en pequeños trozos de papel blanco de pulpería. Lo mejor de todo es que eran unos caramelos melcochosos, de color  oscuro, muy divertidos porque cuando uno se los llevaba a la boca disfrutaba su sabor masticándolos por varios minutos, sentía que se metía entre la encía y por la comisura de la dentadura. Y si los agarrabas con la mano entonces te lamías hasta los dedos. Los clientes llegaban como en procesión. Incluso se llegó a comercializar en pueblos aledaños..
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No es que yo quiera hacerles un halago encarecido, sino pregúntenle a cualquier  persona de aquella generación en La Villa para que diga, cuál fue el mejor caramelo que haya probado en la vida. Era como beberse los soles de mediodía y las lunas de medianoche villacuranas convertidas en golosina. 

Yo no estaba en La Villa, se corrió la versión que  la continuadora de este arte, la ultima que fabricó el famoso Caramelo de Papelón tuvo un final trágico, todo parece indicar que todos tenemos un tiempo predestinado. Uno quisiera nacer de nuevo para no tener que repetir estas cosas; se dijo que por despojarla de un viejo televisor pantalla blanco y negro, uno de estos “hombres nuevos” que tanto se pregona  acabó con los días de esta hacendosa mujer.
 
Hoy todo ha cambiado, el tiempo se  ha  llevado nuestras tradiciones con sus rumores y silencios, hasta se llevó la exquisitez de nuestros recordados y sabrosos caramelos de papelón de la niñez que nos hicieron felices que aun fluyen en nuestra mente. Descanse en paz señora Rosa.





En esta foto de grupo vemos a Rosota ubicada en el segundo lugar de izquierda a derecha.




La foto de Rosa Castro en la cocina  es una cortesía del señor Inocencio Chencho Adames

La foto en grupo es una cortesía de Lucy Hernandez, hija del Indio Mara, quien aparece en cuarto lugar de izquierda a derecha.



Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis,  2019





jueves, 10 de enero de 2019

SEMBLANZA DE DON MATÍAS RODRÍGUEZ UN VILLACURANO EJEMPLAR


SEMBLANZA DE DON MATÍAS RODRÍGUEZ EJEMPLAR CIUDADANO

Por Oscar Carrasquel

Entre ese desfile de personajes simbólicos que han surgido de esta noble tierra de Villa de Cura,  escarbando las raíces de nuestro pueblo nos encontramos en la memoria con la figura de don Matías Rodríguez, el cual por sus innumerables virtudes humanas  se sembró en el sentimiento y afecto colectivo. Fue de aquellos ciudadanos que tuvieron en suerte vivir una época distinta. Eran aquellos que veíamos en su diario trajinar sin retroceder ni desviar una pizca su camino. Antes de clarear el día ya andaban en la calle buscando que hacer. Llegar bien temprano y puntualmente a su puesto de trabajo era su norma de conducta. En la conciencia de cada uno de ellos latía la convicción de que eran legítimos servidores públicos y se debían a su gente. Corrían entonces la década de los años cincuenta.

Recuerdo el entusiasmo conque en estos días  se lo refería hablando en una especie de remembranza con mi vecino y amigo Pedro Botello, a quien  detuvimos un día en la calle para que nos diera información sobre el personaje. Hablamos que don Matías Rodriguez fue una de esas personas serias con aptitudes dignas de ser valoradas por su honradez y verticalidad reconocida. 

Puede decirse con justicia y sin temor a equivocarse que don Matías Rodríguez, en el desempeño del trabajo que le toco realizar y en su actitud ante la vida, fue un hombre suficientemente formal, responsable, decente, callado, meticuloso al vestir, cualidades que le distinguieron. Así tuvimos la suerte de conocer en nuestra juventud a este hombre honrado y cabal. 

Angel Matías Rodríguez Sumoza nació en la parroquia Las Mercedes jurisdicción del entonces llamado Distrito Zamora del estado Aragua el 2 de marzo de 1930. En sus pasos infantiles cursó hasta sexto grado en las aulas de la escuela Arístides Rojas de Villa de Cura  con notables maestros como don Víctor Ángel Hernández, quien con el correr de loa años va a ser también su maestro musical.  Hasta allí no llegó su fase de formación educativa ya que pudo estudiar y graduarse en la especialidad de Contabilista en la ciudad de Caracas. Después de llegar a ser un hombre hecho y derecho fue que avanzó en una sola dirección, con  el añadido de más de tres décadas de servicios prestados a la administración pública.

Se caracterizaba por su manera de manejarse eficientemente como escribiente, poseedor de una clara y cursiva caligrafía. En el Ministerio del Interior en Identificación fue rotando prácticamente por todas dependencias de servicio y finalmente le tocó asumir el cargo de Jefe de la Oficina de Identificación y Extranjería en la ciudad de San Juan de los Morros. Fueron más de tres décadas en esto, cuyo cometido llevó a cabo en ese ir y venir cotidianamente desde Villa de Cura con destino a San Juan de los Morros donde se le quería y se sigue recordando en muchos sectores de aquella ciudad.

Don Matías, además  de su sencillez fue un caballero muy cuidadoso al vestir y muy decente en el trato personal, por eso se ganó la consideración y el respeto de sus superiores y también de sus conciudadanos,  muy conocido tanto en La Villa como en la capital del estado Guárico, allí estaba siempre el hombre viviendo sus vicisitudes en el terreno de su labor.

Desde la Oficina de Identificación de aquella ciudad llanera le sirvió a mucha gente que acudía en busca de su ayuda para los trámites en esa dependencia, sirviendo con probidad, esmero y sencillez a la comunidad. Eran aquellos tiempos en que te respondían los “buenos días” y se decía “con su permiso”. Nunca se escuchaba en ninguna oficina de servicio público la frase retrechera casi común en algunos de “cuanto hay pa`eso”.

Cuando era joven además de su largo periplo como empleado publico, su gusto vocacional por la música fue también como un complemento en su existencia, se nutrió de la experiencia y conocimientos del violinista y director de orquesta don Víctor Ángel Hernández, de quien se instruyó  hasta formarse como trompetista. Aprendió también a ejecutar el saxofón bajo la batuta del profesor Germán Cordero Padrón en la Escuela de Música “Rafael Hernández León” fundada en la época en de Villa de Cura;  como es sabido hay que tener vocación para aprender este arte y Matías la tenía de sobra. Cuando eso la ciudad era apenas  un pequeño ámbito pueblerino.

Desde cuando era un joven ya formado, en los días y horas de solaz descanso, cuentan muchas personas vecinos que lo escuchaban ensayar  su instrumento  por entre los solares de empalizadas,  entretenidas las familias con sus interpretaciones en los viejos corredores de las casas de la vecindad.

Don Matías Rodríguez provenía de una familia humilde. Lo trajo al mundo doña  Ramona María Sumoza Reina de Rodríguez, su padre fue don Leonardo Rodríguez González. Resta decir algo muy importante; desde que era un párvulo supo de los cuidados y crianza de su abuela materna doña Josefa Antonia Reina de Sumoza, de familia arraigada en la hermosa y pintoresca comunidad de Nuestra Señora de Las Mercedes.

Don Matías  tuvo tres hermanos varones: Ángel Alfonzo Rodriguez, Ángel Matías Rodriguez y el menor Jesús del Socorro Rodriguez "Chuito". todos ya fallecidos. "Chuito"  fue comerciante, fotógrafo, coleccionista de objetos antiguos y cineasta, reforzado con la venta discos. El maestro clave que le inculcó el arte  fue el señor José Girlando.

La música le viene a nuestro personaje por herencia  que pasa por una cantera de músicos. Los Rodriguez estuvieron emparentados con el maestro Salvador Rodríguez, el cual  como es sabido ejecutaba maravillosamente el arpa y el joropo aragueño  y cautivó con sus composiciones e interpretaciones los estados centrales  Miranda, Carabobo, Aragua y el Distrito Capital.

Ángel Matías Rodriguez Sumoza contrajo nupcias con la villacurana Petra Matilde Aranda Girón de Rodríguez, de la unión de ambos nacieron cuatro hijos, dos varones y dos hembras.  Matías Enrique, es el mayor,  Ingeniero Petrolero graduado en EEUU, uno de los beneficiarios de las becas  de la célebre fundación creada durante el mandato de Carlos Andrés Pérez denominada “Gran Mariscal de Ayacucho”. Desde hace muchos años está residenciado en los Estados Unidos. Le sigue  Asdrúbal Armando y luego Enilda Yakelin, graduada de Ingeniero Agrónomo y Doctora en Educación; y por último Solange Rodríguez Aranda, de profesión abogado.  Fue un dedicado y responsable padre de familia que supo combinar su función de trabajo de viajes constantes a otra ciudad, con la obligación de formar y darle una imperecedera educación  a sus hijos. Su viuda doña Petra Matilde Aranda vive gracias a Dios con la majestuosidad y el arrullo del paisaje villacurano.

Los nietos de Matías Rodríguez son Jacqueline Sophia, de nacionalidad norteamericana, hija de Matías Enrique, y Alejandro, hijo de Asdrúbal Armando, médico de profesión actualmente viviendo en España,  este año 2019 cursando un posgrado en la Universidad de Salamanca. 

Don Matías Rodríguez fue un hombre perseverante con una extraordinaria hoja de servicio.  Tanto sus facultades corporales como su salud fueron disminuyendo, fuimos informados que un infarto fulminante acabó con su existencia. Dios decidió el final de sus luchas a la edad de 76 años cumplidos el 29 de enero de 2006 en Villa de Cura, la ciudad todavía discreta, la ciudad que junto a San Juan de los Morros fue parte de su batallar en la vida y el espacio que tanto amó. Nuestra razón de este escrito fue rendirle un homenaje de admiración y recordación a este ciudadano ejemplar.

Oscar Carrasquel. La Villa de San Luís, enero 2019
Fotos tomadas del álbum familiar
Reconocimiento: Al señor Pedro Botello que fue vena comunicante con la familia 
Diagramación y publicación Ramón Alfredo Corniel.












 

jueves, 27 de diciembre de 2018

NOVENTA Y CINCO CUMPLE HOY DOÑA DELFINA DE BUITRAGO



DOÑA DELFINA DE BUITRAGO

                  Oscar Carrasquel

Vengan a conocer
lo que son noventa y cinco
 
años de lucha
con el alma y con la vida

Aquí esta ella
fresca, con una sonrisa
de botón de rosa
Igual que el encendido vivo
de una constelación de estrellas


A todas partes trajinando,
largo el camino,

con gigantesca fuerza

Una mujer hecha de fibra,
de los páramos andinos
Cómo hablar de ella
sin nombrar a Gustavo Buitrago
su finado esposo

Una madre}
Comparable con una flor
de frailejón
de aromada esencia

Un ser de elevada nobleza,
pura y resplandeciente
como un 
diamante

Hecha 
para las alegrías,
para las nostalgias y congojas


Capaz de ofrecer su corazón
(y su vida toda)
por lo justo, por lo bello
para sanar una herida.

Testimonio
de amor y ejemplo
del deber cumplido.


Comadre, amiga,
madre, abuela, hermana
bisabuela,
fervor de amor de esposa

No está demás pedir a Dios
que su vida siga siendo
un concierto de armonía,
de salud y vida.

!Feliz cumpleaños
comadre Delfina!.

                                             Oscar Carrasquel, La Villa, 24-12/2023




jueves, 20 de diciembre de 2018

EL REFRÁN EN EL LLANO VENEZOLANO "¡NADIE SABE PARA DONDE VA HASTA QUE NO LLEGA!"


Por Oscar Carrasquel

Una de estas noches de insomnio pobladas de tantos recuerdos me llegaron pasajes de mi infancia vividos en la casa de mi tía paterna Esther Carrasquel, entre 1949/50/51, nacida, criada y avecindada en un caserío situado al sureste del estado Barinas llamado LA UNIÓN, lindante (aguas abajo) con la población de Camaguán, que al igual que el citado villorrio son ribereños del río La Portuguesa.


Pero “como mataguaro no es guabina”; necesario es precisar que Camaguán atañe al estado Guárico, mientras que La Unión está asentada en el municipio Arismendi del Estado Barinas, ambos estados de Venezuela. Bautizado por sus fundadores de esa manera porque en un sitio denominado “Las Dos Bocas”, forman unión los caudalosos ríos Guanare y La Portuguesa, los cuales al encontrarse se convierten en una gran masa torrentosa tributaria del río Apure.

Llanera, chistosa, echadora de bromas y pronunciadora de muchos refranes era la tía; competente cosiendo atarrayas, chinchorros, preparando anzuelos, arpones y boyas para los lances de pesca de su hermano Gregorio Carrasquel y compañía. De hogareños oficios en su fundo de “Pueblito” y pareja en bailes de joropo llanero, una gran mujer a quien “no se le hacía agua el guarapo”.

Todo llanero nativo, desde pequeño, para cualquier situación siempre tiene un refrán a flor de labios, a caso, una manera sarcástica y metafórica para designar cualquier ocurrencia o hecho cotidiano en la vida del llano, una característica de franca costumbre de la cultura y la fantasía en aquellas tierras. La tía solía decir que todo el que nace en el llano sabe qué: “toda vaca da leche, siempre que no sea horra”.

Yo me acuerdo clarito del sordo Macabeo. Acá aparece en la fotografía, dentro del óvalo rojo. Así de simple fue que le conocimos, un hombre lugareño, sencillo, zamarro, extraordinario maraquero, vivía “sólo como alma en pena”, cuyo oficio era amansar potrillos en pelo y pastorear ganado en los hatos. Siempre andaba alerta, despierto “como burro encerrado con vaca”. Recortados los calzones, de alpargatas caladas y de sombrero alón, vecino de solar por medio; quien se acercó clareando el día por el rancho de doble agua de Esther, entre otras cosas, pidiéndole consejo a la tía a ver por qué lugar se podía acortar camino para atravesar a lomo de bestia las abiertas sabanas del hato “Banco Largo”, donde un hermano suyo era peón becerrero, y él también iba en busca de trabajo en el hato torrealbero, buscando “cómo redondear la arepa”.

Esa vez llegó de prisa en su habitual remonta “mas apurado que burro cuando oye ronquido de tigre”, de mañanita, antes que clareara el día. La tía, quien acababa de colar el café, le salió al encuentro por una empalizada de alambre, en su mano un pocillo de hirviente guayoyo; su intempestivo arribo fue saludado por la vieja con un refrán en sus labios de los tantos que hay en el llano: “manirote que cae y cachicamo que le llega”…Luego del habitual saludo y terminar de saborear el café, Macabeo le agradeció con esta frasecita: “Dios te guarde, prima”; volteó, puso el pie zurdo sobre el estribo y partió enseguida: “tengo que apretar batatas porque lo que viene es sabana”, habría dicho. Le restaba aun atravesar el río La Portuguesa en el paso “Manga Izquilera”, con el caballo aboyado y el agua a la altura de la crin.

Como es sabido, el Manirote es una frutilla de jugosa pulpa, de un árbol de ramaje frondoso que crece silvestre en la sabana, apreciado bien madurito por el cachicamo. Se sabe que el armadillo o cachicamo, suele estar bien temprano al pie de la mata, aguardando la caída del fruto para alimentarse, porque como dice un dicho harto conocido en aquellas llanuras: “quien madruga siempre coge agua clara”.





Así fue como transitamos esos rumbos aquellos años cuando muchacho, haciéndole compañía a la hermana de nuestro padre, allá en LA UNIÓN de Barinas, donde nos adherimos en cuerpo y alma a sus dichos y costumbres, recorriendo sus praderas con el silbido de una tonada en los labios “más alegre que turupial cantando en morichal”, oyendo los lamentos del carrao y sintiendo los sutiles vientos que baten de los palmares en las madrugadas, pues “quien a buen árbol se arrima buena sombra lo acobija”.





                               




                               

                                         Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, noviembre 2018

miércoles, 12 de diciembre de 2018

RICARDO "MAPURITE", UN PERSONAJE POPULAR QUE MERECE TODOS LOS HONORES



Por Oscar Carrasquel


Todas las ciudades, pueblos y caseríos en cualquiera época poseen sus personajes simbólicos dependiendo del quehacer humano de cada uno en particular. Esta vez me viene a la mente este  personaje singular llamado Ricardo Antonio Rodríguez Sequeda, así era el nombre de bautizo del afable  “Ricardo Mapurite”, como  se nombraba en Villa de Cura a este hombre por allá en las décadas del 50, 60 y 70. Sus padres eran de origen campesino, su madre era la señora Agripina Sequeda y su padre se llamaba Antonio Rodríguez. Adoptó el sobrenombre de "Mapurite" porque siempre  andaba con unas bragas percudidas.

A simple vista personificaba a  un individuo con instintos inteligentes y un oído fino, aun cuando andaba constantemente trajeado de bragas de trabajo, sucias, percudidas, con una humildad extrema que no era aparentada; dispuesto siempre a adjudicarse cualquier clase de trabajo honesto. Desde mensajero, lavador y pulidor de carros, reparador de toda clase de electrodomésticos y de otras cosas que alguien tuviera que componer en casa,  Reparaba un radio de tubos, una licuadora, relojero, mecánico automotor, cosía alpargatas. Genuino autodidacta, se sabía los secretos de la música, a construir instrumentos y aprendió a conducir automóviles por su cuenta en el Garaje de Palumbo.

En la época cuando  el medio y la locha tenían valor, hacía muchas cosas buenas de trabajo y de artista popular. Un hombre sano, de rectitud comprobada. De tamaño y contextura regular y pelo liso abundante que le caía a un lado en la cara. Era un hombre humilde, sencillo pero distinto a otros. Conversador y echador de broma, en su sencillez dicharachera, divertida, era donde se refugiaba aquel hombre del pueblo que sabía fabricar un instrumento musical de cuerda o de cuero, hasta saber tocar a la perfección la armónica, una guitarra grande, un cuatro, bandola, una marimba, tenía una facilidad natural para ejecutar el piano, sin maestro, sin  que nadie se lo enseñara.

Se relacionaba con gente sencilla del pueblo pero también con personas de renombre.. Fundó hogar con la calaboceña Clara Ramona Rodríguez Gómez, de su misma fragilidad humana, quien vive ya anciana con la espalda doblada por el tiempo en el sector de Aragüita. El grupo familiar vivió muchos años en casa propia en la calle Urdaneta en la entrada del barrio La Represa, bajo el verdor de una frondosa mata de cotoperiz en la esquina “La Tigrera”, de esa unión nacieron tres hijos varones y una hembra.

Frecuentaba el salón de billar del bar Palumbo; también la casa de familia del doctor Chalbaud Troconis; aseaba y mantenía los salones del Bar Savery, a veces vestía  implacablemente y amenizaba una velada musical dominical en la tasca de ese negocio; se podía encontrar reparando un desperfecto a un camión ganadero; a veces en el solar de su casa arreglando un radio picot, o entonando algún instrumento musical; siempre era fácil encontrarlo a cualquier hora. Sus amigos más íntimos entre los cuales se hallaba  Natividad Bermudez “Meneco”, buscándole la vuelta a su apodo, para que sonara distinto, le cambiaban el mote por “Mapuriflor”.

 Mi compadre El Negro Francisco Matute me contaba que Mapurite entraba libremente en la casa del odontólogo Chalbaud Troconis en la calle Miranda, frente a doña Providencia Hurtado, a donde lo querían mucho; lo sentaban en la mesa a saborear sus comidas y bebidas, le regalaban agua de colonia, ropa y zapatos nuevos. Algunas veces lo vestían de paltó combinado con pantalón de gabardina, camisa manga larga, se engominaba el cabello con brillantina Palmolive, y un fin de semana el médico se lo llevaba para Caracas, para que animara con música de piano la tertulia de la familia. El entorno siempre lo convertía en alegría.

Cuando era joven junto con otros de su edad fue convencido por unos cineastas venidos de Caracas para participar en el rodaje de una película sobre la primera batalla del sitio “La Puerta”, en los límites de los estados Aragua con Guárico. Se quejaba porque su intervención fue muy efímera ya que el guión exigía  que cayera mortalmente herido de un certero lanzazo en el pecho. “Yo nací para morir dos veces, en la batalla me mataron, me  falta una muerte”, le comentaba a su gente en un banco de la plaza Miranda.

Una vez conversando con él  me contó que, gozó mucho porque la noche anterior estuvo soñando que se replegaba junto con el oficial Vicente Campo Elías, montado en el anca de su caballo, por la decisión de capitulación del jefe patriota ante la arremetida realista.

Conocimos su mundo de norchienago y su espíritu siempre divertido. "Mapurite" tomaba licor pero nunca en exceso. En sus andanzas bohemias era capaz de acompañar  una serenata bajo el claror de la luna o una reunión de amigos de esas que no terminan sino al amanecer. Los jugadores del billar de Ángel Molina en el bar Palumbo, frecuentado por estudiantes de la época, siempre estaban pendientes de sus travesuras y mamadera de gallo. 

Ricardo fue un personaje admirado por todos que anduvo nuestras calles repartiendo alegría. Hace ya más de cuarenta años que su vida se apagó, lo rindió la presencia de una  enfermedad que hizo crisis cuando La Villa comenzaba su transformación. Fue bajado el ataúd por cuatro hombres marcando el paso por la calle Urdaneta sur, los vecinos del barrio La Represa cargaron el féretro hasta el cementerio. 

Los negocios de la calle Comercio cerraron las hojas de sus puertas, como era costumbre cuando pasaba un entierro por el frente en señal de respeto. Mil recuerdos fueron quedando del amigo “Ricardo Mapurite”. Bien lo dice la letra de una canción mexicana de Pedro Infante: “La vida es un sueño y la muerte su despertar”.

Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, octubre 2018


LICEO AGUSTÍN CODAZZI DE MARACAY PROMOCIÓN BACHILLERES 1955



LICEO AGUSTÍN CODAZZI DE MARACAY PROMOCIÓN DE BACHILLERES 1955

Oscar Carrasquel

El propio reto o tarea que proponemos es lograr la identidad en la gráfica de todos y cada uno de los bachilleres del viejo Liceo Agustín Codazzi de la ciudad de Maracay, estado Aragua, Venezuela, aquel día de la promoción de bachilleres en 1955, así como al personal directivo y docente de la mencionada institución que se hallan con ellos retratados. Allí están agrupados  compañeros de batalla estudiantil y amigos del quehacer diario durante cinco años de bella vida liceísta. Una juventud de mujeres y hombres bien preparados, sanos, estudiosos y respetuosos de sus profesores.

Uno se pone a mirar fijamente sus delicados rostros y piensa que, muchos habrán partido ya de esta vida terrenal y se siente una ligera nostalgia, pero luego  recupera la sonrisa cuando sabemos que se puede tener al frente: al padre, hermano, abuelo o un amigo, y en la mente el recuerdo de la historia  del primer destello de su vida liceista y profesional. Pareciera  como si el silencio se hubiera apoderado de cada uno de ellos. Seguramente no resultara difícil para muchos recordar aquel emocionado momento en que le fue otorgado su titulo de bachiller.

Hasta el momento hemos logrado reconocer a solo dos bachilleres del grupo de jóvenes de esa época, pero  nos hubiera gustado reconocer al resto. El noveno en la primera fila de arriba, Raúl Carrasquel Flores, calaboceño. En segunda fila en todo el centro el villacurano, Heriberto Aponte,

A pesar del esfuerzo no logramos con seguridad identificar la parte restante de los bachilleres y profesores que aparecen agrupados en la vieja fotografía de mediados del siglo pasado. La panorámica es propiedad de nuestro archivo, pero tiene el sello de "G. Betancourt", un estudio fotográfico de la época en Maracay.



Oscar Carrasquel, Villa de Cura, diciembre 2018

lunes, 10 de diciembre de 2018

ELEGÍA A MI RETRATO


ELEGÍA A MI RETRATO
A Inocencio Chencho Adames
A José Argenis Díaz

Por Oscar Carrasquel

Qué raro me veo
en el vetusto retrato
de mis veinte años

En esa antigua postal
bajada de un viejo armario

De cuando el oleaje
de dulces cantares
aplacaba la sed de amor
allá en la querencia lejana

Entonces mi faz inhalaba
perfumes de azahares,
echaba yo al vuelo,
mis sueños primaverales

Allí me veo
en el sitio de mis comienzos
de mis primeros vuelos
Igual que un pájaro solitario
con sus cantares al aire.

Hoy brindo por mi calendario,
por las hojas ya desgajadas,
por los pétalos que quedan
del añoso ramaje colgados

Sueños de ardiente verano
de mi usada existencia
que ya araña los ochenta años.

La Villa de San Luis, diciembre 2018

NOTA de @Sayury: Este poema ganó el primer premio del Concurso de Poesía | Escribe en versos #10  de www.steemit.com  cuyos resultados pueden ver haciendo click acá:

jueves, 22 de noviembre de 2018

HISTORIA DE LA LOCA AMPARO

HISTORIA DE LA LOCA AMPARO
La Loca Amparo. Tal como se la vió el ingenio del pintor villacurano Fernando Olivo


Por Oscar Carrasquel



La cruz que llevaba a cuestas la pobre Amparo era una cruz pequeña, pero era una cruz  pesada de verdad y de   profundo dolor humano. Desde cuando yo era un muchacho  tuve conocimiento en Villa de Cura de la llamada Loca Amparo. De eso hace muchísimo tiempo, sin embargo hoy la traigo a esta columna como una reminiscencia del ayer.

Todos los días, menos el domingo, porque yo tenía que jugar pelota para defender a mi equipo, la veía deambular por la calle Blanca (hoy Miranda). Con su caminar despacito, sollozando por la acera, caminando pegadita a la pared, igual como se resbalan las sombras de los cerros en los atardeceres villacuranos. Entonces era una mujer flacucha de regular estatura, ya entrada en años.

De doña Amparo no se sabe cuando llegó al pueblo, tal vez venida de un lugar lejano, quizá de la mano de algún peregrino. Hay quien dice que era oriunda de San Juan de los Morros..Uno de estos días se me acercó alguien de mi confianza que la conoció  y me dijo que era nativa de Villa de Cura. Creyó ella que refugiarse en este rincón aragüeño la hacía feliz.

Amparo era una persona disminuida de la razón, trastornada de la mente, pero no sufría de esquizofrenia absoluta, nunca ejercía violencia contra la propiedad ni las personas. De su mente enfermiza brotaban cosas normales de la vida cotidiana. Le encantaba ver a los niños cuando jugaban al regresar del colegio. Aunque los niños por su aspecto famélico le huían, más por grima que por miedo. En un tiempo le seguía los pasos  un perrito callejero como una mascota que la acompañaba todo el tiempo lamiéndose los fustanes. 

Por lo general estos que llaman "loco" son personajes folclóricos  que rondan en la vida de los pueblos con pasos lastimeros sin que nadie se apiade de ellos, derrotados; pero en resumidas cuentas son constructores  de pequeñas historias. Amparo era una mujer de vestir andrajoso, pero siempre andaba cubierta, vestida completa, bien protegido su cuerpo, jamás buscó coger carretera o refugiarse en parajes retirados. No daba muestras de ser loca.Se quedaba mirando a las personas en la calle y dibujaba una sonrisa triste en su rostro de larga penumbra.. Hubo un día que alguien puso sobre su cabellera despeinada un sombrerito de fieltro que se lo tumbaba el viento, o envuelta en una bufanda que se colocaba sobre su cabeza en forma de velo, tal vez mirando a las señoras que pasaban para la Iglesia..

De los días cuando era joven y buena moza le quedó un par de aretes cobrizos que le colgaban del pabellón de las orejas. Siempre vestía un largo camisón de crehuela unicolor (rosado o negro) que le llegaba hasta los tobillos, mugriento e impregnado de mal olor. Algunas mechas de su pelo cano y descuidado le caían al lado izquierdo de su frente. Las señoras que salían para misa le regalaban flores naturales que ella colocaba sobre su pelo y disfrutaba con su color y perfume.

Amparo mostraba una extraña fantasía. Sobre su lado izquierdo sostenía una figura hecha de trapos envuelto en una cobija que abrigaba y arrullaba como una madre apegada a su único hijo, y hasta le tarareaba canciones de cuna. Sobra tiempo para entender que el destino la convirtió en  una mujer desamparada como un ave errante, pero lo cierto es que no aguantaba lluvia, ni sol, ni soportaba las tardes villacuranas visitadas por ventoleras.



Amparo. Ilustración del reconocido artista villlacurano Fernando Olivo

Se refugiaba para descansar detrás del ante-portón de los caserones de zaguán de la gente más acomodada, con su portón siempre abierto a los rayitos de  sol y a la brisa. Frecuentaba en tres cuadras el zaguán de casas de familias donde encontraba refugio, aquello era como su tabla de salvación...Cuando la mañana se hacía clara entonces ganaba de nuevo la calle.

En una mano sostenía un pocillo de peltre y un pedazo de totuma que usaba como cuchara,. alargaba la mano y lo entregaba a través de una ventanilla  del ante-portón en las casas  donde se había ganado la confianza, el cual le era devuelto por la dueña con una ración de comida. Muchas veces la gente de bien le regalaba vestidos de medio uso y zapatillas de tacones altos.

Hablaba despacito consigo mismo, con gemir lastimero como si sus palabras le salieran del alma,  de cosas que le vinieran a su mente enfermiza. De algo grave que le había ocurrido a su vida, tal vez sobre el sueño de un amor impuro. No le faltaba bailando entre sus dedos un tocón de lápiz de grafito, o un trozo de tiza blanca con el cual dibujaba figuritas y colocaba mensajes indescifrables en las paredes como trazando el hilo de su vida, inventando palabras que pareciera que le alegraban el alma. O de repente buscaba trazar el rostro de aquel amor que lastimó su existencia.

Por años, Amparo fue burla de algunas personas mayores y de muchachos realengos que, seguramente, ignoraban su tragedia, sus fragilidades y sufrimientos. Como las hojas secas que se desprenden de los arboles en otoño así era su vida.

Se contaba en conversaciones de personas mayores que la pérdida parcial de su mente se debió a un desengaño amoroso, cuyo sufrimiento fue progresando cuando le fue arrancado de sus brazos su primer y único hijo producto de su inicio conyugal, cayendo en un mutismo y un desconsuelo interminable que le hicieron perder la razón y por supuesto las alegrías, suficiente para que le fuera agregado el cognomento de "loca".

Así anduvo en un ir y venir, mañanas y tardes en las décadas 50 y 60, por dos céntricas calles de  Villa de Cura,  (calles Miranda y  Bolívar) arrastrando su tragedia, pernoctando en zaguanes, reposando y durmiendo sobre pisos frescos de cerámica, hasta que el tiempo la convirtió en anciana.

Su cuerpo de tanto andar se fue volviendo enflaquecido y pesaroso,  ya casi no veía ni oía, hasta que un día de claro amanecer villacurano, poco a poco se fue quedando dormida en los brazos de la muerte. Se dijo que fue en el albergue de ancianos del hospital Santo Domingo de las hermanas catequistas.

Según contaba la gente de nuestra, no hubo honras fúnebres,  lágrimas,  ni redobles de campanas, solo rezos breves de las hermanitas de la caridad. su cuerpo fue puesto en un cajón y conducido en el hombro por un solo  hombre hasta el cementerio de la calle Comercio. El celador del camposanto plantó sobre la pila de tierra generosa un ladrillo con un solo nombre: "AMPARO". Yo francamente creo que doña Amparo no era loca fue uno de esos seres que se ganó el cielo. Su alma descansa en paz.




            Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, septiembre de 2017



NOTA:Ilustración de Fernando Olivo, artista plástico villacurano. Muchas gracias al amigo
 Fernando Olivo por su colaboración.