sábado, 25 de marzo de 2017

CAMPO, RUMBO Y CIELO

Por Oscar Carrasquel


Tantea la ruta de su reino 
viaja encima de una hojita seca
valiéndose de los vientos de marzo
Se recuesta del único cerro
sin vestigio de pinos, 
ni monte reverdecido.
Mira a un riachuelo
con un chorrillo que marcha,
busca por entre las nubes grises
la semejanza de vuestra figura
Solo divisa un caminito de polvo
con huellas que andan
Una mariposa extenuada
le guía el rumbo
En secreto, dos iguanas verdes
se entregan abajo,
valiéndose de la espesura
de una hojarasca.
Atiende el trinar de dos paraulatas
arriba de una rama gacha;
¡Allá, en la breve colina
por fin está su hospitalaria casa!
Y desde un fogón de leña
al cielo va la humada
Retorna con el ocaso en alto
bajo las alas de una avecilla 
que en la luz del astro se fía.



La Villa de San Luis, marzo de 2017


Sitio web de la imagen: http://arteoleosmabelarancibia.es.tl/

miércoles, 15 de marzo de 2017

MAESTROS DE CASAS EN VILLA DE CURA


Por Oscar Carrasquel

Vale la pena  recordar que en las décadas del 40 y 50 del pasado siglo decir en nuestra Villa de Cura: ingeniero, arquitecto, dibujante de planos, agrimensor y constructor, era exactamente lo mismo que referirse a un aquilatado conjunto de hombres que se encargaban de dirigir albañiles, ayudantes y  trabajadores rasos, para construir viviendas de bloques y armadura de concreto; aquellas viviendas nuevas que comenzaron a sustituir las estrechas rancherías de paredes de paja y barro, de techos de caña amarga y  palmeras,  coloreadas de cal y almagre, en aquella Villa de Cura lejana y semirural de tiempos remotos.

Estos “Maestros de Obras” se consagraron no solamente en dirigir la edificación de una casa, sino que se entregaban a trazar el terreno, hurgaban planos, sabían carpintería,  plomería, fluido eléctrico,  y, por supuesto, eran los responsables de las obras. Estaba de moda en esos años 50 y 60 que un trabajador podía hacer mercado y sacar a pasear  la familia  con un salario de 8 bolívares diarios.  El saco de cemento Carabobo se compraba a 4 bolívares; un camión de arena 20 bolívares y  1000 bloques marca Alfaragua costaban 200 bolívares. Un jornalero  trabajaba siempre con el estomago lleno.

Algunos de estos calificados  maestros fueron además constructores de vías, alcantarillados y aceras de cemento, cabe mencionar los  nombres de los maestros Juan Vicente Michelena, Carlos López y José Morales que fueron jefes de cuadrillas del Concejo Municipal del entonces Distrito Zamora. También es digno de aludir a Mister Macklin, un hombre que sigue hablando con frases cortas en inglés, constructor de obras hídricas para el abastecimiento de agua potable de pueblos y ciudades, además  de canales de riego para las zonas agrícolas. Me informaron que hoy por hoy vive en la parte norte de La Villa.

Así mismo, refrescando la memoria de los años de mi adolescencia  evoco de ese pasado  villacurano a un humilde y laborioso artesano que se llamó Felipe Aular Bolívar. Su patria chica y su recinto sagrado era el  hogar que él mismo edificó situado frente a la placita Ayacucho, hacia la salida del pueblo nativo, a pocos pasos de “Puente de Hierro”.  Respetuoso,  sereno, taciturno,   nada impaciente. Fueron muchas las veces que lo vi cuando se echaba a trajinar las calles acompañado de un camioncito tipo volteo que si todavía rodara tuviera más de 60 años, marca Ford, casilla de color rojo, modelo 1954, de esos con motor que roznaba como un toro desafiante por la calle y en letras doradas estampada en ambas puertas  “Construcciones Aular”. Arriba en el asiento del copiloto  solía llevar al albañil y el ayudante y  los materiales e implementos de trabajar los cargaba en el cajón de voltear; aquel señor ostentaba el orgulloso vocablo de “Maestro de Casas”, como se le decía en aquella época a los constructores de casas, quintas y edificios. Lleno de resplandores de sabiduría en esa hora que Venezuela requería de urgente transformación en materia urbana y social. Fue considerado un hombre que abarcaba todos los conocimientos para lucir  la jerarquía de “Maestro de Obras”, asumiendo ese trabajo como un don de Dios, porque fue también Maestro para trasmitir enseñanzas a las futuras generaciones. Era un hombre de acción que no solo sabía conducir con pericia un camión, sino que animaba, era guía y ayudaba a levantar con sus manos callosas quemadas por el sol, una quinta o una vivienda honrosa y digna. En ese ayer lejano había que pasar trabajo para ganar el sustento diario y sostener  una familia hermosa como el Señor Aular en La Villa fundó.

El Maestro Aular fue además creativo de la cultura y genuino para todo. Sin ánimo de lucro marcó pauta como experimentado escultor, tanto que moldeó con sus manos un busto de El Libertador que duró más de 40 años engalanando la pila central de la Plaza Bolívar de Villa de Cura. Algo encomiable fue que el maestro y artista se identificó con los ideales y con los sueños del aquel hombre metido en la estatua. Él sabía al dedillo cuál  era la infalible función de las estatuas. Irrespetada y desmontada la escultura por los iconoclastas en el año 1972, ahora puede verse   resucitada en una plazoleta rodeada de soledad en la comunidad de Los Tanques adonde fue trasladada. Ese mismo Simón Bolívar que  estuvo muerto…muerto; hasta  que fue sacado de madrugada de su sarcófago sagrado donde reposaba ¡Imagino que se indignó! porque dicho daño jamás podrá ser resarcido. El busto de Leopoldo Tosta, erigido en la escuela que lleva su nombre y el rostro del Doctor Alberto Smith, en un Liceo de su nombre  en Villa de Cura, fueron igualmente otras de sus obras escultóricas.

No quiero dejar en el olvido que el maestro Aular fue además un hombre de cultura musical. Dicen que ejecutaba muy bien el cuatro llanero.  De tiempo en tiempo lo acompañaba su amigo, el profesor Ángel Briceño, el flautista solista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela.  El viento del anochecer soplaba la flauta y chasqueaba el cuatro sentados debajo de un samán en un banco de la placita Ayacucho donde la pareja dejaba escuchar el joropo “Adiós”, una de  las piezas inmortales del maestro Briceño, y otras en complicidad de unos  buchitos de ron.

En  Villa de Cura  son muchas las viviendas que hoy  pueden conceptuarse dentro del nuevo modelo de construcción que fueron hechas íntegramente por este Maestro de Obra. Construyó don Felipe Aular, entre otras,  las casas de Narciso Pérez Acosta, frente a la gruta de Lourdes, así como también levantó las residencias de los hermanos Juan Bautista y José Rafael Hernández Pérez, que todavía señorea en la calle del C.omercio. La casa de Don Adolfo Ramírez, en la calle Real con Bolívar y Villegas y el edificio que hoy ocupa la Arepera La Única, en el cruce de la calle Comercio con Doctor Urdaneta ( O. Botello. Expresión No 47/ 2002). Honda repercusión ocasionó el fallecimiento del maestro Felipe Aular Bolívar cuando contaba 73 años el 6 de agosto de 1974.  Conversando con el poeta Elio Martínez me dice que en el Museo de Tradición “Inocencio Utrera” de la ciudad de Villa de Cura hay un compendio de fotografías y una exposición sobre su obra, y posiblemente una  historiografía de su baquianìa de esposo, padre y abuelo.

Es preciso recordar que en aquellos lejanos tiempos los habitantes de La Villa se dedicaban fundamentalmente a la alpargatería, la talabartería, a la agricultura  y otros oficios domésticos.  La construcción de viviendas  fue también una de ellos. El pueblo era de lo más tranquilo, distante de tantas angustias, en un ambiente de seguridad y de mediano desarrollo.  Existieron también en la pequeña ciudad otros “Maestros de Obra” que  destacaron en esta especialidad, que se ganaron un espacio en la historia de la construcción de viviendas en Villa de Cura, a quienes hoy  venimos a recordar en lo profundo del dolor, porque ya no están, como son estos nombres que extraje de la memoria de un coterráneo llamado Jesús González, un albañil ya retirado del oficio, que vive en la Parroquia Las Mercedes, son ellos: Felipe Aular, Aurelio Pacheco, Juan Vicente Michelena, Carlos López, José Morales, José Isabel Berroterán, Víctor Berroterán, Marcelo Almeida, Juan Berroterán, Tarsicio Moreno, Jesús María Jaspe y Pedro Blanco, artesanos que prestaron su decidida contribución a la apertura de la incipiente edificación de viviendas modernas en Villa de Cura

La Villa de San Luis, marzo de 2017


domingo, 12 de marzo de 2017

CARRETAS Y ANIMALES DE CARGA, UN TRANSPORTE DE VIEJA DATA


A: Chencho Adames
                                           
     Por Oscar Carrasquel

En las primeras décadas del Siglo XX cuando en Venezuela no había llegado la era del transporte automotor, el traslado tanto de personas como de carga de alimentos del campo a la ciudad y viceversa, se tenía que hacer en carretas tiradas por mulas  o en lomo de burros o en bestia mular. Por las calles de la Villa hace más de medio siglo atrás no era raro encontrarse en las puertas de los comercios los arreos sostenidos  de los  ventanales, o amarrados de una punta de eje de carreta encajada en el piso. Siendo yo un muchacho  los observaba diariamente frente a la entrada en los almacenes de Manuel Melo, Norberto Ramón Vásquez, Francisco Matute y Froilán Aguirre.

En los años 1940 o 50  todavía los arreos transitaban por trochas angostas o malos caminos, bordeando la fila de los cerros, en cuyos predios se cultivaba café, panelas, granos y otros productos, principalmente de las haciendas Santa Rosa y La Violeta,  y de las posesiones de Picacho Blanco, Platillón, Virgen Pura y otras. 

Según testimonio de un  jornalero de nombre José Carrillo  que logró laborar en la hacienda La Violeta, mejor conocido como “Mano Chico”,  el magnate de esos lares era un señor llamado Ismael Pérez, rico hacendado  propietario de dos  arreos de burros y uno de mulas. Me explica que cada uno de los arreos lo conformaban siete bestias en fila india tirados por un chicote. Llevaban dos tapas a los lados de la cabeza para direccionar su campo visual. El primero lo denominaban  puntero o campanero, porque llevaba colgado del cuello una campanilla que sonaba con el golpe al caminar y marcaba el paso para gobernar el resto de la caravana. Seis burros llevaban enjalmas sobre su lomo para aguantar y adaptar la carga. El último  de la fila era el burro sillonero, único que no llevaba enjalma, sino la silla o asiento de quien era un hombre del campo al que no le faltaba un sombrero de pajilla, una pizca de chimo o masticando tabaco en rama.  Pendían de la tabla del cuello de los animales unos bolsones llenos de maíz en grano para alimentarlos durante la jornada, y bebían  agua cristalina  en lo que se detenía la caravana en algún arroyo o paso de quebrada. Descendían por el camino  de Santa Rosa atravesando el sector de La Represa para llegar al centro. De regreso iban cargados de productos que no se daban fácilmente en el campo, tales como sal, enlatados, alpargatas y herramientas para el trabajo.

Como es sabido, con el paso de las décadas comenzó la utilización de jeep y camiones, pero aun en los años cincuenta las carretas y personas sobre burro, mulos y bestia caballar se podían ver confundidos entre los escasos autos que circulaban por las calles y campos. Cuando eso el límite de la Villa llegaba hasta la Alameda y la plaza Bolívar, lo demás como  dice el dicho,  era “puro monte y culebra”.
Recuerdo primeramente como si fuera ayer a la figura de mi padrino don Dionisio Infante, con toda su pompa montado sobre el lomo de una mula  negra que tenía marcada una especie de estrella en la frente; en un tiempo fue su medio de transporte desde la “puerta de campo” de su casa de familia  hasta sus haciendas: La Providencia y Las Peñitas. Con frecuencia se oía el rebuzno  de la bestia y el traqueo de los cascos por la tranquila calle Sucre  y las personas ya sabían que era la mula del Negro Infante, como le decía la gente.  Regresaba el hombre para su casa con la ropa  blanca embardunada de orine y estiércol de ganado. Apenas llegaba, la desensillaba, le daba un baño, le propinaba una nalgada y obediente la mula se regresaba por el medio de la calle sin que ningún muchacho se metiera con ella.

Entre la gente que nos visitaba del campo conocí y recuerdo a la “Negra” María Peralta, vestida siempre como una peregrina, con camisón de crehuela blanco que le llegaba hasta la pierna, montada sobre un asno manso con las dos piernas colgándole por un lado y su fiel marido, de blusa blanca y calzado de alpargatas nuevas arreando la bestia. Nunca se perdía esta pareja de las reuniones y fiestas de joropo  de tres días seguidos en la casa de su partido Acción Democrática, cuya  sede en ese tiempo era por la calle Miranda, donde hoy se encuentra una licorería que lleva por nombre  “Los Hermanos”.

Los villacuranos de la década del 50 no pueden dejar de recordar a una mujer  llamada Nicolasa López. Era una señora feliz, con rasgos de campesina, blanca, robusta,  de una gran fortaleza; llegaba los fines de semana proveniente de  “Camejo”; caminaba apuradita, bajaba por el camino echando por delante un par asnos cargados hasta la coronilla de productos agrícolas para comerciar en los negocios de pulpería de La Villa.

Otro personaje era una humilde mujer llamada Juanita Flores, de familiares residentes en el barrio Las Tablitas, viajera, arreaba un burrito  cargado de frutos del campo, bajaba la mujer  por el claro camino de tierra de “Camejo” cercano a la Villa, donde ella tenía una posesión. Me contaron que consiguió un préstamo de 300 bolívares de los antiguos e instaló un puesto de venta dentro del Mercado Viejo que quedaba diagonal con la Plaza Miranda. Todavía subsiste la fachada de ese viejo edificio. Vendía primordialmente aves,  granos y verduras para darle gusto al hervido.


También en los años cincuenta era común observar sobre una mula mansa  a un árabe  ya viejo y obeso, quien todo el mundo conocía solo como “Musiù Samuel”, vivía por la calle Urdaneta o Cuadra Larga, casi a mitad de cuadra; en las tardes calurosas se paseaba ofreciendo en las casas cortes de tela por cuota pagaderos a razón de dos bolívares semanales, recibía el pago  sin necesidad de bajarse de la mula (Cuando eso la expresión: “Bajarse de la mula” no tenía la connotación que tiene ahora). Mi mamá como era costurera de oficio se contaba entre sus asiduos marchantes.

Hace más de 60 años vivió en Villa de Cura un personaje peculiarísimo y muy querido en el barrio Las Tablitas llamado Rosendito Martínez, que hoy en día causara   sensación o admiración, y seguramente los viejos habitantes  de la barriada vivirán  añorándolo, porque parecía  un negocio de panadería ambulante, cotidianamente andaba montado sobre un burrito nuevo con un par de cestas que le colgaban a cada  lado, donde cargaba para ofertar: pan de piquito (parecido al ”pan francés”) pan dulce, tunjas, bizcocho redondo, butaques y catalinas. Su burrito se hizo muy conocido porque caminaba con paso acelerado, corrió entonces un refrán común para las personas que andaban  de prisa: ¡“Andas más apurado que el burro de Rosendito”! Murió pobre Rosendo y su negocio de mucha importancia lo terminó la modernidad, que ahora pasado tanto tiempo puso en boga las ya perpetuadas colas para poder adquirir el pan de panadería.

A este familiar espectáculo de transitar por calles y caminos utilizando medio de tracción de animal, se agregaban las carretas tiradas por caballos, un personaje por demás  conocido fue el  señor José Heredia, un hombre pequeño y delgado, usaba sombrero de fieltro ala corta, muy activo; por su modo rebotado de caminar por causa de las traidoras niguas  le pusieron el apodo de “zamuro”. Se dedicaba a transportar enseres de mudanzas,  retirar escombros, cargar material de Tejerías y botar basura de  solares. Una anécdota de aquel entonces reza que si alguien contrataba el servicio y no le pagaba puntualmente los dos bolívares que costaba el viaje, regresaba la basura y la echaba en el mismo sitio donde la había cargado. En tiempos de Carnaval lo contrataban para forrar su carreta con vistosas y bellísimas flores y por los lados pencas de palmeras;  participaba en los cuatro días de desfiles de carrozas,  más de una reina de las fiestas carnestolendas de Villa de Cura paseó y exhibió su belleza repartiendo  sonrisas, papelillos y caramelos montada sobre la carreta de Heredia. 

En estos días pasados de carnaval no pude dejar de recordar a un isleño llamado Agustín Dorta, quien gozaba disfrazándose todos los años. Conducía una carreta muy bien adornada  halada por un equino,  parecía un carro  frutero, sano y trabajador el hombre; inventó una fórmula exitosa para rellenar las arepas asadas. Estableció y levantó la  típica arepera La Única, lo quería todo el mundo por su espíritu alegre y bonachón, creo que en La Villa son muchos los que lo recuerdan, se integraba repartiendo caramelos, frutas y golosinas en aquellos desfiles en honor al Dios Momo por las principales calles...Pasaron a la historia aquellos buenazos desfiles de carnavales en Villa de Cura, de los cuales Dorta fue uno de los principales animadores.

Otro personaje muy popular fue don Benito Pérez, un hombre cordialísimo y trabajador, era renco de una pierna, y se apoyaba en una muletilla para caminar. Siempre lo veíamos con las riendas en la mano zurda montado sobre un quitrín halado por un viejo caballo. En aquellos lejanos 50 recorría las principales calles de Villa de Cura, en primer lugar  vendiendo desde muy temprano leche de vaca recién ordeñada a real cada litro, casa por casa,  procedente  de vaqueras cercanas; y luego se dedicó a la venta de kerosene a domicilio, en aquellos tiempos no estaban todavía de  moda las cocinas a base de gas. El kerosene era distribuido por las tradicionales bodegas o pulperías. Benito además se convirtió en un experto ensalmador del  mal de ojo, culebrillas y torceduras.


Y así como en la vieja Caracas existieron cocheros que fueron símbolo de la vida capitalina de aquella época como fue Isidoro Cabrera, inmortalizado por Billo Frómeta en una pieza musical, igualmente en  nuestra Villa de Cura romántica y antañona resulta casi obligado recordar el nombre de “carreteros”  que lamentablemente ya se marcharon como Negro Lindo, Ramón Tabares, Simón Méndez, Augusto Pérez, Benito Pérez, José Heredia, Félix Durand, Pedro Palma, Inocencio Vina, Pablo Rodríguez y Jesús Espi, este último, hermano de don Pancho Espi, vecino de acá de Las Tablitas.

Como es sabido en  la segunda y tercera década del siglo XX, en Venezuela el transporte movido por tracción de sangre comenzó a cambiar, entonces el automóvil, camiones, autobuses, así como las amplias avenidas y   autopistas, que por cierto hace años no se han construido más en Venezuela, acabaron con la vieja experiencia. Los pobres burritos  la contraprestación que recibieron en pago de su trabajo es que fueron reclutados para saciar el apetito de  animales salvajes amaestrados de  los circos itinerantes y parques zoológicos.

Resta por recordar que en una época no muy lejana el desplazamiento de  carretas y animales de carga por el perímetro urbano  estaba normalizado por expresas  disposiciones legales. Las jóvenes generaciones  de venezolanos  ahora para conocer una carreta tendrán que visitar una sala de museo.

La Villa de San Luis, verano de 2017

Fuente de información:
Elio Martínez
Jesús González
Chito Navas
Salvador Carrizales
José Carrillo “Mano Chico”
Gerardo Barrios




LA GUITARRA DE BERNABÉ


Por Oscar Carrasquel


Íntima como un beso de boca a boca,
peregrina de la nocturnidad, 
escultura vestida de sonidos
de un  horizonte de pájaros cantores

Seis trenzas de plata se desparraman
de su cabellera Helena,
fiel compañera en el último
retazo de una noche

Su rítmico sonido celebra
la caricia de un beso,
sacude los sentidos tiernamente
de un corazón doloroso de quebranto.

Ella se retrata vestida de sonidos
en un cielo siempre azul
Iluminado por errantes estrellas,

Jubilosa de notas musicales
rescata de la alcoba de mi alma
la fuga de un dormido recuerdo
como vuelo de mariposa sonámbula.


La Villa de San Luis, verano de 2017




Stio web de la imagen: http://www.artelista.com/obra/4050165541538040-vinoyguitarra.html

jueves, 9 de marzo de 2017

DON ESTEBAN NIEVES, PATRIARCA DE UNA DINASTÍA MUSICAL VILLACURANA


Por Oscar Carrasquel

Esteban Nieves nació el 13 de febrero de 1938 en Villa de Cura, pueblo cabecera del entonces llamado Distrito Zamora. Sus inolvidables educadoras de primeros grados fueron las maestras Ligia Rodríguez y Priscila Bolívar. Desde la infancia comenzó a despertársele  su amor por la música. Sin embargo, su andar con una guitarra lo  inicia  a los 14 años, fue en una oportunidad que recibió de regalo de su padre ese instrumento. Yo recuerdo que la primera vez que  lo vi tocar  fue acompañando la voz del tanguero Antonio Tamiche, un artesano alpargatero  prestado a la bohemia que siempre lo iba a  visitar en su casa; muy a menudo yo los veía venir como dos garzas gemelas, ya que  mi mamá vivía al lado  y por entre una empalizada de alambre gallinero  lograba verlos cuando  se sentaban a ensayar debajo de la sombra de una mata de guácimo, debió ser en los  fines de semana en los años cincuenta y pico. Aquella vecindad nos sirvió de vena comunicante y una entusiasta amistad fue creciendo con el tiempo.

 Muchas veces  por las calles del vecindario  Las Tablitas, en las noches alumbradas con la raquítica luz de los postes  se   sintió a este guitarrista  acompañando con su lira a  la melódica voz  de Juan Nieves, Vinicio Jaén, Eladio Lovera,  José Chacín “Gardelito”, Andrés Almeida, Agustín Ascanio, José Ángel Fagundez, Teobaldo Parra y otros juglares; igualmente en alguna interminable tenida de nuestra Peña Morgadiana, o dando serenatas a las damas solteras o comprometidas  que se asomaban por los postigos de las ventanas de madera del pueblo abajo. Muy bien acompañado debió sentirse el afamado flautista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela don  Ángel Briceño, cuando este joven músico  en muchas ocasiones con su guitarra salía con el maestro a tocar en las diferentes casas de amigos que visitaban y tomarse sus traguitos en La Villa, San Francisco de Asís y Magdaleno.

Barriada vieja y sagrada recostada a la otra  ladera del cerro El Vigía es el espléndido caserío de Las Tablitas, asentado al sur de la ciudad, suelo de hombres y mujeres humildes  y trabajadores que sabían labrar y coser la suela, tierra que vio nacer a poetas, músicos y juglares, entre ellos, a su padre don Pascual Nieves, un poeta popular de buena lectura y estudioso de las leyes, que vino al mundo con  un lápiz y una libreta en sus manos, dibujando con versos para editar con recursos propios aquellas frescas cartillas de aguinaldo que nos deleitaron en las décadas del 40 y 50, para animar los días Pascuales y de Nochebuena de la tierra de su querencia a la que tanto sirvió. Las cartillas tenían un valor de una locha.

Raimunda Esaà de Nieves (1900-1990) fue quien lo trajo al mundo, un ser especial que nació con el siglo XX, una abnegada y bregadora mujer de pobreza pero de bien, que supo encaminar a sus hijos y con el pasar del tiempo se convirtió en su sombra protectora. Por la pluma de nuestros cronistas  supimos que la historia de las Peregrinaciones  a la Virgen de Lourdes  comenzaron en la Villa el año 1904. Cuenta la tradición que Raimunda fue de las primeras peregrinas de esta cofradía, inmediatamente después de su creación por el Padre Jiménez y la Hermana Enriqueta de Lourdes; por supuesto aquella era una niña que apenas contaba  cinco años y en las primeras Peregrinaciones  comenzaba a sorprender cantando el ¡Ave María! con un calache  clavado en la cabeza vestida de camisita blanca en la contemporaneidad de ese acontecer hace más de un siglo. Fue ella toda su vida una cristiana católica, rezandera de rosarios en rituales fúnebres y adoctrinadora de niños y niñas para que aprendieran el catecismo y se formaran para la Primera Comunión. Aficionada a la repostería, se decía que doña Raimunda fabricó el típico rùscano o aliado más prestigioso de toda La Villa.

Adentrándome en la escritura de esta nota me viene claro  a la memoria el nombre de un noble ciudadano a quien puede endilgársele el título de cantor popular de tradición como fue Adrián Nieves, hermano de Esteban; consecuente bohemio y excelente amigo, dueño de un variado y nutrido repertorio, entonando temas de diversos estilos: boleros, tangos, pasodobles, joropos, merengues y guasas. Cantaba siempre con una sonrisa en los labios, con una voz nasal y a la vez cristalina. Se  contaron  en la familia un total de cinco  hermanos,  dos hembras y tres varones de los cuales  gracias a Dios quedan Celestina y Esteban.

En realidad, hay quien dice –por ligereza seguramente- que el amor de Esteban Nieves por la música solo era un   hobby para identificarse en la barra de una cantina, para dar una serenata o para jugar una partida de dominó con sus amigos y vaciar unas cuantas botellitas de cerveza que en aquellos tiempos eran baratas.

“Los Tablisónicos”, así se llamó el primer conjunto musical que formó Esteban en el barrio Las Tablitas. Estaba integrado por cuatro participantes: Él, como director y guitarrista; Raymond Pérez, bongó; Pio Cuzzate, maraquero-cantante y Natividad Jaspe, marimba. Salta a la palestra este grupo amenizando fiestas bailables de cumpleaños y reuniones familiares. 
-Funcionaba  este conjunto y  realizábamos los ensayos en la casa de familia de Pedro Juan López.

Poco a poco, Esteban iba tomando impulso y descubriendo los escalones de su progreso, actuando en veladas,  en sitios públicos y reuniones sociales hasta que promueve y funda el conjunto “Voces y Cuerdas de Villa de Cura”, el cual integraron Carlos Parra, guitarrista; Orlando Nieves, bajista; Cesar Nieves, cuatrista; Esteban Nieves, bandolinista y director, con la alternancia de excelentes cantantes como Danny Páez, Andrés Almeida, Freddy Licón, Aurelio Carrasquel y Adrian Nieves. El grupo amenizó en parte los actos inaugurales del espectacular escenario del Centro Hispano de Villa de Cura… Me ataja y cuenta el músico:
- En esta oportunidad alternamos con la Billo’s Caracas Boys, la orquesta Los Melódicos y también con la “Orquesta Elegante” de Colombia que andaba cumpliendo una gira por toda Venezuela. 

Entre sus más importantes presentaciones también se cuentan las giras cumplidas por el conjunto al hoy estado Vargas y Caracas, todos los fines de semana, durante diez años seguidos, bajo la organización y promoción de la joven Belkys Briceño, festejando la bienvenida de turistas extranjeros que arribaban por el Terminal marítimo de La Guaira, igualmente presentaciones en el Hotel Tamanaco, situado en Las Mercedes, donde solían alojarse artistas famosos. Alegraban con música a  los visitantes que concurrían a la  célebre Quinta Anauco en San Bernardino.

-En una ocasión, entre los asistentes a una de estas presentaciones en la Quinta Anauco, se encontraba en el público el señor Aldemaro Romero y le interpreté en la guitarra una pieza instrumental de su autoría titulada “Quinta Anauco”, se levantó de su asiento para darme las gracias  y mostró sus deseos para que  la repitiera.

Esteban además de ser ejecutante de la guitarra clásica es también músico del cuatro, el requinto, bandola llanera y bandolina y excelso compositor, entre sus sentimientos le brota el gusto por la poesía, una vez se propuso escribir una canción  entre silencios, cantos de chicharra y matas de cují, y le compuso al pueblito de San Francisco de Cara un vals en letra y música, antes de quedar sepultado por las aguas de una represa. Dicha pieza fue objeto de elogiosos comentarios en la farándula. En una oportunidad fue presentada en la voz y guitarra de Víctor Parra Rivero, con la cual ocupó el primer lugar en un festival realizado en San Casimiro de Guiripa. Pegado en la pared delantera  se encuentra un diploma con ese testimonio y otros múltiples reconocimientos. Surgieron más adelante otros temas como “Caseda”,  una pieza dedicada al pueblo español adonde nació al presbítero Salvador Rodrígo. Otro vals de sentimiento villacurano se titula: “Remembranzas de cantores villacuranos”. Y sigue un conjunto de composiciones más.

Mientras discurría el tiempo  y  se educaban sus hijos  en colegios  en Villa de Cura. Lerman, Sergio y Orlando, por sus innumerables  cualidades y su talento  ingresan al grupo coral parroquial de Niños Cantores de Villa de Cura, patrimonio cultural de Aragua, creado y dirigido por la respetable y quijotesca figura del presbítero Salvador Rodrigo. Por cierto, Esteban en su comienzo fungió de recaudador. Yo lo veía salir a recolectar a domicilio las contribuciones espontáneas en su carrito Volkswagen, se mantuvo  ayudando y viviendo momentos trascendentales con esta agrupación coral orgullo de Villa de Cura y de Venezuela. Cabal, de comprobada rectitud y honradez,  sé que estas virtudes le vienen del fervor materno, las observo claritas pintadas en  las rugosidades, en los ojos  y  los labios de Doña Raimunda de Nieves.

Esteban contrajo matrimonio con la villacurana María Eugenia Azuaje de Nieves, conocida mejor como “Maruja”.  De esta estrecha unión nacieron: Mariela, Esteban Rodolfo, Orlando, Lerman y Sergio. Ya cuando estaba consolidada la familia,  la implacabilidad  de la muerte le arranca de repente  de los brazos  a su hijo Orlando, dejándoles una profunda incertidumbre. De manera que se da perfectamente el pronóstico de aquel poeta que escribió que la madre es “sembradora, mártir y madre”.  

En una oportunidad resucitó entre sus muchachos la idea  de que viajarían al exterior. Lerman, contrabajista, ejecutante de bandolina, bandola llanera y pianista. Al igual que Sergio, saxofonista, junto con el tenor de La Villa Francisco Flores, fundan en Las Islas Canarias la orquesta “Caracas”. Los muchachos se casaron, procrearon hijos, viajaron ávidos de conquistar el público de otros mundos.  Ya tienen varios años residenciados en San Sebastián y Santa Cruz de Tenerife. Uno de los más nobles y plausibles pasos  de sus hijos fue llevar en unas vacaciones a Esteban y su esposa Maruja para que conocieran y disfrutaran del hermoso  paisaje de aquellos mares  y la vida cotidiana de  las Islas Canarias. Allá aprovecharon de visitar a “Caseda”, el pueblito del padre Salvador y otros lugares de las Islas atlánticas.

Pasear la mirada retrospectiva por su vida sería recordar que siendo un chico de 20 ò 21 años comenzó a prestar sus servicios a la Estación de Malariologìa  de Maracay, una dependencia  del llamado  Ministerio de Salud y Asistencia Social, se prepara en metodologías de control ambiental y antiparasitaria enrolado en la intensa campaña emprendida por el doctor Arnaldo Gabaldón el año 1959 para la  erradicación de la malaria en Venezuela, pesquisando la diversidad de patologías en las aéreas campesinas de difícil acceso. Esteban fue durante casi 40 años un servidor con verdadero sentido de heroicidad en beneficio de la salud humana. Había que ver lo que era subir y bajar cerros, bandear quebradas crecidas, caminar sin saber donde se iba a comer o pasar la noche, lo importante era poner la vacuna y llevar el medicamento antipalúdico y aplicar el DDT, aunque fuera pasando las de Caín. En las galeras de San Francisco de Cara y La Dantica, por ejemplo, la cuadrilla tenía primeramente que sondear bien el camino,  porque allí no era nada extraño distinguir un tigre mariposa asoleándose sobre una rama gacha, y por el riesgo de encontrase en  cualquier rastrojo con  mapanares y cascabeles; pero  eso no era ningún impedimento, había que cumplir la misión de buscar  rostros de día o de noche sospechosas de haber contraído la enfermedad de  Chagas o  paludismo. Entonces cabria  preguntarse ¿cuál ha sido la compensación recibida del Estado por tan nobles servicios? Por cierto, hoy todavía no han sonado las alarmas, pero se dice que los pueblos del sur del país se cundieron otra vez de este flagelo por el abandono de este programa.

Esteban Nieves, no solo domina el arte de tocar y componer, sino que es un reconocido Luthierista. Después de un sueño revelador que tuvo toda una noche, la siguiente mañana decidió dedicarse a la tarea de fabricar, reparar y vender instrumentos musicales de cuerda por encargos. Proveedor de cuatros, guitarras, bandola llanera y bandolinas para Aragua y otras partes de Venezuela. Una vez recibió en su casa la visita del cronista de La Victoria doctor Germán Fleitas Núñez, con el propósito  que le fabricara un cuatro y también aprovechó para repararle otros instrumentos de cuerda a este ilustre ciudadano. Platicaron y la comunicación se ha mantenido cordial…Nieves, reconoce que su labor iba en ascenso pero de repente lo arropó la severa y prolongada crisis económica que sufre el país, y debido  al alto precio de los insumos,  especialmente de la madera,  el negocio dejó de ser rentable.

Hoy, a la edad  de 78 años, muy a pesar de los embates por las dolencias reumáticas y de la tensión, nunca  doblega su espíritu y entusiasmo por la música, todavía cree que ser joven no depende de las canas, y lo demuestra  muchas veces cuando despoja de una funda y pone a tono las seis cuerdas de su guitarra Paulino Bernabé o de un requinto fabricado por la casa  Juan Estruch. Ahora se entregó a vivir escasamente de los recursos  derivados de su jubilación y la pensión que le pertenece  por el Seguro Social, la cual como se sabe en el día de hoy, ya no  alcanza para las primordiales necesidades y el sostén de una familia.

Tengo que dejar constancia de mi agradecimiento y reconocer su amable atención, por haberme abierto de par en par, una vez más, las puertas de su residencia en Villa de Cura. También a Maruja y a mi ahijada, igualmente a su guitarra que me reconoció y me abrió los brazos y acudió a recibirme y me despidió con música. También por haberme dado tan  abundante información, sin lo cual no hubiese sido posible  terminar de pintar y recorrer estas líneas. 

A su casa, para los que anhelen visitarlo, se entra empinándose  para hacer sonar  un timbre, se llega caminado marcando varios pasos desde la avenida Aníbal Paradissi hacia la Lisandro Hernández.  En el solar seguro se va  a topar con un loro que habla con una clara expresión musical. En esta casa siempre se comparte una satisfactoria bienvenida y nunca falta una arepita recién salida del budare y una taza de café calientico  para el que llegue.




La Villa de San Luis, marzo de 2017




Oscar Carrasquel entrevistando a Esteban Nieves











                                  Esteban Nieves, Adrián Nieves y Carlos Parra






COMENTARIOS

Rafael Rodriguez Galindo Saludos afectuosos a mi amigo Esteban Nieves: una persona sensible, cordial y talentoso músico. Qué bueno que Oscar lo haya referido en sus estupendas notas.
9 de marzo a las 10:38

Oscar Carrasquel Rafael, Creo que todavía estamos en deuda con Esteban, no solo por su aporte al arte musical, sino también por su contribución y esfuerzo a favor de la salud humana. Valga el comentario para acompañarlo de un gran abrazo para ti y todos los tuyos.
9 de marzo a las 11:06

Rafael Rodriguez Galindo Indudablemente, Oscar, estamos en deuda con Esteban. Estamos en una sociedad que poco reconoce los más transcendentes valores humanos, Esteban incluido. Es un reto a tomar en cuenta en una nueva Venezuela, que considere al ser humano como centro de nuestro desarrollo como país, Abrazos, Oscar, extensivo a tu gente, !!!!!
· 9 de marzo a las 17:50

Rosa Morales Agradable...artista...poco tomado en cuenta su  Arte.
11 de marzo a las 17:22


Gilda Carrasquel Esteban Nieves, cada nota hablando del amor por nuestra Villa de Cura....

sábado, 25 de febrero de 2017

HOTELES, PENSIONES Y HACEDORAS DE AREPA DE LA VILLA DE CURA VIEJA



Por Oscar Carrasquel


Aprovecho para dedicar esta nota plena de hermandad, y al mismo tiempo felicitar muy efusivamente a los auspiciadores, así como a la recién constituida junta directiva de la Fundación Foro de la Villacuranidad, que tiene como  fin  enaltecer nuestro gentilicio.


Arranqué esta nota para en primer lugar referirme a  la no muy larga lista de hoteles distinguidos de hace más de medio siglo en Villa de Cura, entre los cuales figuró en la calle Bolívar frente a la plaza Miranda el Hotel y Heladería Mario, fundado por Vicente Diana, de aquellos inmigrantes italianos con sentido de progreso que llegaron a la Villa cuando Pérez Jiménez y acá se sembraron como los árboles. Siguió su periplo de progreso creando el Hotel Miranda, todavía vigente en su tradicional dirección de la avenida Aníbal Paradisi,  casi  llegando a la plaza Bolívar de Villa de Cura. Se  caracteriza este italiano como un  hombre  trabajador,  visionario y emprendedor. Junto a sus hijos  desarrollaron la famosa factoría Heladería Mario, que florece todavía  como distribuidora y venta de helados al mayor, situada en la calle Briceño Irigorri de la Villa.

En la esquina donde se cruzan la calle Bolívar con la Bolívar y Villegas, diagonal con la panadería La Reina, existió un caserón de grandes corredores que en los tiempos modernos fue convertido en un edifico de apartamentos y en la planta inferior un local comercial, ahora franqueado por ventorrillos de quincalleros.  A mitad de las décadas del siglo XX, funcionó en este sitio un restaurant muy famoso de comida criolla y platos de variadas nacionalidades, lo atendía y probablemente era su dueño un señor llamado Fabriciano Cardozo, quien allí vivía con toda su familia. Anteriormente, en las primeras décadas del siglo XX también fue una posada restaurant propiedad de la señora Rosario Mercedes Domínguez, madre de la costurera Ana Isabel  Domínguez de Lombano, quien siempre habitó en la Villa la quinta “Las Palmas” en la calle Sucre; aun vive Ana Isabel  con más de 100  años a cuestas. Su padre fue el General portugueseño Pedro Pérez Delgado.

En plena calle Real, ahora llamada avenida Bolívar, casi llegando al cruce con calle doctor Rangel, en una casona de portones de madera y gruesas paredes toma parte de la historia hotelera villacurana un hospedaje denominado hotel “Valles de Aragua”, propiedad de la señora Amanda de Coll, una mujer blanca de finos modales, “adecos  hasta la muerte”,  decían ella y su marido sin pensarlo dos veces. Yo la recuerdo bien como una mujer sinónimo de bondad, más  conocida  por su quehacer de hospedar a personas que nos visitaban de otros lugares, especialmente agentes viajeros ligados con el comercio mayorista y también tenían cabida de cuando en cuando gente venida de Caracas. Yo estuve allí pequeño en compañía de mi padre.

Hundido en iguales reflexiones  en otro artículo me he referido al Hotel Continental, en la misma calle Bolívar, entre  calles doctor Urdaneta y doctor Morales, el cual poseía entrada y salida, tanto por la calle  Bolívar, como por la calle Miranda, regentado por una familia admirada y respetada como fue la familia Cuenca, de manos amables y tendidas para viajeros, especialmente del sector comercial y ganaderos que debido a  sus actividades tenían que pernoctar en el pueblo. Para aquel que llegara siempre había comida a cualquier hora. En fechas emblemáticas se llenaba de coleadores y turistas de otros pueblos.

Era aquella Villa de Cura antañona, con sus casas de grandes solares sombreados de árboles, con agua fresca de aljibes. En los umbrales de los años 40, a los ganaderos y peones de vaquería que venían con los arreos del llano, luego de terminada su faena, los esperaba, y aprovechaban de acampar antes de coger camino, una pensión que alcanzó celebridad de leyenda en la Villa, porque era un sitio casi obligado de cotidianos y frecuentes encuentros,  especialista la casa en la elaboración de toda clase  de comida autóctona, cuya propietaria fue  una señora llamada Juana Rodríguez de Echegaray, que tenía especial pasión y dedicación por la cocina,  quien debido a un trío de pecas, como tres luceros   que se asomaban en su cara, sus amigos y conocidos la bautizaron como “Juanita la tres lunares”;   pensión que existió  en la  calle Páez en cuyo sitio hoy se levanta la sede del Banco Mercantil.

Había a quien le resultaba costoso pronunciar ese apellido,  entonces lo recortaban y simplemente le decían: “La pensión de Juanita Chagarà”; un lugar de buena y criolla comida y también hospedaje de hombres y mujeres que llegaban a La Villa de todos lados. Juanita era una mujer muy atenta, vestía camisón más abajo de la rodilla, carismática y de sonrisa amplia, patroneaba el fogón pero usualmente se paseaba por entre las mesas con un remillón de remover la comida blandiendo en la mano derecha, debió ser por si  surgía  alguna discusión con algún comensal, o un inquilino que no abonara la cuenta. Lo mejor es que era una dama accesible, pero eso sí rebelde de carácter,  regañona, no tenía complejos, ni se le enredaba la lengua para soltarle un “carajo” a cualquiera; me cuentan que era de estatura normal, pero tanta su vitalidad que era  capaz de bajar solita del fogón una olla de mondongo hirviendo  o una lata repleta de hallacas,  que ella hacía, así no fuera diciembre, o de levantar un marrano sacrificado y encaramarlo sobre una mesa para ser pelado con agua humeante y despedazarlo. Un personaje de La Villa con el mote de “Torcuato” era su ayudante y de confianza quien se encargaba de repartir a pie las viandas a domicilio. 
En estas mesas de comedor se conjugaban hombres de botas y zapatos con los de alpargatas. Raúl y Enrique Barreto, Froilán Aguirre, Luis Rosendo y Juan Bautista Hernández, Antonio Silva, Juan Pablo Álvarez y Martin Hernández, que se desenvolvieron en el alto comercio fueron clientes  empedernidos de la jamás olvidada pensión de “Juanita Echegaray”.
El siempre jocoso y cuentero “sordo” Víctor Criollo, metido en los tragos, mirando la casa desde la calle una vez me despachó diciéndome:
–No sé si aquí durmió acostado  en una hamaca y desayunó don Rómulo Gallegos, lo que sé es que cantaban, tocaban cuatro, bandolas y maracas noches enteras. 

El señor José Leal fue un hombre de regular estatura que procedía de familia humilde, de  trato sencillo de agraciada cortesía,  toda su vida fue trabajar, su actividad laboral no tenia límites, así lo conoció aquella Villa de Cura vieja que ya se nos escapó como un pájaro de las manos; fundó un restaurant muy peculiar por la calle del Comercio, entre doctor Morales y  calle doctor Urdaneta, cuyas mesas eran atendidas personalmente por él. Como es de suponer llevaba la estadística de los comensales que llegaban cotidianamente a su local. Por este emblemático restaurant pasaron muchas mujeres de mi pueblo, expertas en el arte de preparar comida criolla como doña Felicia Ceballos, una apreciada matrona que aun  pasea sus recuerdos, gracias a Dios, frisando los 100 años; imaginémonos hoy en día  sus relatos de leyendas, historias, tristezas y alegrías. Usted pasaba a la hora precisa y este local siempre estaba atestado de comensales. Ofrecía este restaurant los tres golpes cotidianos: desayuno,  almuerzo y  cena, pero también preparaban comida para llevar, con el requisito obligatorio que el cliente debería llevar la vianda. Si al dueño conocía a la persona, probablemente le fiaba y cobraba semanal o quincenalmente.

Y así  como ocurre en las funciones de cine  quiero referirme antes de cerrar el telón a un oficio muy peculiar de  la década del 50, de mucho antes que comenzara el boom de la harina pre cocida, o harina “Pan”, como es conocida hoy  la marca más  popular en el mercado, invento que arrancó a principios de los años 60 del pasado siglo.

En aquella bella época de mis años mozos fue costumbre generalizada la hechura hogareña de arepas para vender de casa en casa, por encargo, o para ponerlas a consignación en aquellas pulperías antañonas de mostradores de gruesa madera forrados de hojalata, donde montaban todo clase de mercancía. Siempre  trabajadoras estas mujeres no conocían de días feriados ni días libres. Colocaban la camada de  arepas asadas en un canasto tapado con un blanco mantón para mandarlas a la bodega; no es nada  exagerado  decir que siete arepas asadas, que usted encomendaba costaban medio (0,25). Fue una costumbre que se propagó en aquel tiempo en toda la Villa. 

Recuerdo que hace más de 60 años muchas mujeres pilaban en horas de la tarde, salcochaban el maíz en la noche, el siguiente día dejaban el lecho bien de madrugada y se dedicaban a moler en casa, o  subirse una lata de  maíz cocido a la cabeza para agarrar camino hacia el molino de los hermanos Savery -difícil acabar de entender que,  hoy en pleno siglo XXI innovemos lo mismo y hayamos retrocedido tanto- en el llano hay un refrán que dice: “Pareciera que la mula se nos vino è culo”.

Areperas muy famosas fueron hace ya más de  seis décadas: Petra María Lugo, María Abaa y Cupertina Lugo. Y  sobre este afán de hacer arepas para la venta traigo el  emocionado recuerdo de una mujer que fue un símbolo del oficio en el barrio Las Tablitas de Villa de Cura, se trataba de la señora María de Jesús Esaà,  pobre de recursos como todas. Según me cuenta el viejo Julián Rojas, uno de sus nietos, su abuela entonces suplía los encargos de arepas a las contadas familias de alcurnia de Villa de Cura.

Quizás muchas personas de generaciones anteriores no recuerden el nombre de José Rafael Hernández (el pobre). Su técnica culinaria y especialidad consistía en dejar remojando arepas  en leche  por espacio de uno o dos días, creo recordar que  sin necesidad de freír, las punteaba para fraccionar en  cuatro  elementos,  rellenaba las rendijas con queso fresco rayado y las arropaba con abundante salsa de tártara. Bastante probé en los años 50 estas tostadas –que así las llamaba- costaban un real (0,50) . El fraternal  J R, laboró muchos años en el negocio de Salvatierra frente a la plaza Miranda, al lado de la Comandancia de Policía y después en un local que  ocupó en la arepera “La Única”. 

Ciertamente, no se juntan a mi memoria por los momentos otras remembranzas sobre este tema  de pensiones y lugares para comida, y de mujeres y hombres que se ganaban la vida fabricando arepas para la venta. Lo que sí perfectamente recuerdo es lo que me explicaba una vez el poeta Vinicio Jaén Landa, que en aquellos lejanos días Villa de Cura era un pueblo pequeño de muchas historias y caminos, pero a la vez una casa grande, una sola familia, donde vivíamos tranquilos y cabíamos todos, ajenos y naturales.



                                      La Villa de San Luis, febrero de 2017



 Doña Felicia Ceballos, una apreciada matrona que aun  pasea los recuerdos de sus 99 años, con plena lucidez,  gracias a Dios

 Sitio web de la imagen de las arepas:https://uk.pinterest.com/explore/como-hacer-un-desayuno-961080380805/


COMENTARIOS:
Juan Jose Contreras Rivas No hay mas que decir: EXCELENTE!!!

viernes, 17 de febrero de 2017

OLDMAN CUMPLEAÑERO


Por Oscar Carrasquel


Hace días que homenajear
yo quiero
a este amable escritor 
y carismático bohemio

Quien el domingo 05 de febrero
cumplió setenta años corridos
de haber nacido acá en mí pueblo

Setenta febreros desde que Irma
le abrió el pezón
para que abrevara jugo de sus pechos

Por más que este ilustre  corra,
a mí, en calendarios
nunca  me podrá alcanzar

Por esta puerta de campo y de ciudad
con su mundo de letras debajo del brazo
siempre lo vemos llegar.

Nunca trajeado de paltó ni de levita
yo lo he podido contemplar.
Ni  tan siquiera,
cuando fue diputado de lustre
del Congreso Nacional

Sin embargo, ayer lo vi en un retrato
de liquiliqui blanco trajeado
y yuntas de plata apretándole el cuello.
De ocho o nueve, más o menos.

Creo que eran días de comunión,
o de los peculiarísimos tiempos
de peregrinación.

No dejes, pues, amigo Oldman,
las  mieles de este abrazo escapar
por estos claros y frescos setenta años
que acabas de celebrar.

                     La Villa de San Luis, 15 de febrero de 2017

COMENTARIO


Cotejo Simoza Este Sr lo conozco desde hace añales se llama Oldman Botello trabajo en el Siglo y fue o es cronista de Villa de Cura buen hombre muy responsable así como también su hermano Manuel el cual conocí hace bastantes años cuando fue presidente de Fundacrepo de la Gobernación del Edo Aragua felicidades Sr Oldman



jueves, 16 de febrero de 2017

EL PAVO FRANK HERNANDEZ, UN VILLACURANO EN LA HISTORIA MUSICAL VENEZOLANA


Por Oscar Carrasquel


En un valle pequeño, pleno de una arboleda de samanes, en la orilla de una quebrada llamada “Curita”, en las afueras de la población de Villa de Cura, la llamada puerta o paso del llano, en una pequeña posesión de su padre Francisco Hernández Monroe que heredó de su padre el mote de “Cacharro”, comenzó y discurrieron los primeros años de vida de Francisco Antonio  Hernández  Valarín. Vino al mundo el 26 de septiembre de 1934, probablemente en otra casa situada en el cruce de la calle doctor Rangel con Miranda de La Villa, la cual habitó siempre la familia. Fue su madre la caraqueña Alec Valarino de Hernández. Como suele ocurrir a veces, en el seno de la intimidad familiar se le redujo el nombre completo para llamarlo con un nombre más corto: Frank Hernández. Catire, menudo de tamaño, bien cuidada su  estampa, muy activo. No era un muchacho revoltoso; lo que si me cuenta el bajista retirado Rafael Almeida “Petit” es que ya a los 6 años por el portón  lo podía ver dándole cachetadas a un bongó. Algunos días había viajado interinamente  con su padre a Caracas. Con el transcurrir de las décadas perteneció este villacurano a la historiografía musical venezolana salsera de la segunda mitad del siglo XX. Fue músico reconocido en Venezuela, en Norteamérica, algunos países latinoamericanos y en Europa como uno de los reyes ejecutando la batería y los timbales.

Cuando todavía Frank era un niño su padre logra conseguir empleo en “El Almacén Americano” ubicado en la esquina de Sociedad, empresa distribuidora de automóviles fundada por el empresario estadounidense William Henry Phelps, en una Caracas de escasas oportunidades de trabajo y donde se granjea su modo de vida.   Sus padres deciden trasladarse a Caracas y en Quinta Crespo fija residencia la familia en un modesto inmueble, casa número 168, situado de Bucare a Carmen, dos nombres de esquinas que todavía se conservan de la Caracas vieja. Ninguno en su casa se imaginaba donde irían a parar las cosas. Atrás quedó el recuerdo de aquel pueblo  provinciano sano y apacible que lo veía crecer.

Buena puntuación sacaba el muchacho en los primeros años porque era muy dado y apegado a sus estudios de Dibujo Técnico y Topografía, pero la verdad es que otra era la historia que le guardaba el  destino. En Caracas fue en todo tiempo su formación musical.  Su vida fue como la de  todo músico, una  vida peliaguda y andariega. Cuando no estaba en la Academia de estudio, con regularidad esperaba que comenzaran a trasmitir música en vivo las emisoras de radio de la capital,  le gustaba  lanzarse a recorrer uno por uno los estudios de las radios  donde presentaban en vivo las orquestas más destacadas de la época,  entre ellas la orquesta de Luis Alfonzo Larraín que era la que más le fascinaba y llamaba su atención,  donde se hace amigo de casi todos los músicos a quienes les formulaba él las mil preguntas; generalmente aprovechaba para agarrar los timbales y los cueros cuando no había llegado el baterista. Más temprano que tarde fue músico apreciado en esta afamada  orquesta caraqueña.

Durante sus primeros años en la capital venezolana el joven con apenas 12 años inicia sus estudios de percusión con el maestro  Germán Suarez y se apasiona por estilo jazz.

Cuando contaba  16 años la orquesta del saxofonista Manuel Ramos  se interesa y le da la primera oportunidad al recién llegado a la capital y luego en 1953 aquel muchacho tenaz y metódico, con los conocimientos obtenidos comienza a tocar con el grupo orquestal de Aldemaro Romero, hasta que este admirado pianista, arreglista y director decide abolir la orquesta. Irrumpe con pasos seguros y decididos y va a tocar   también en la orquesta  del pianista y compositor  Jesús “Chucho” Sanoja, que tuvo de  cantantes a Nelson Pinedo, Víctor Piñero, Víctor Pérez, Alci Sánchez, Paula Bellini y Kiko Mendive, entre otros.

Lo del sobrenombre de “Pavo” lo explica de manera fehaciente Frank Hernández  a la pluma  periodística de Lil Rodríguez en una entrevista concedida en las páginas del  diario Últimas Noticias en el año 2002.

-- La cosa es que como yo  era el más joven de la camada los músicos me decían… mira pavito…ven acá pavito… otros me pedían…toca tal cosa pavito. Con el pasar del tiempo el pavito se convirtió en pavo y así me quedé para siempre.

El Pavo Frank, ya alargados los pantalones, consigue permiso de su padre para trasladarse a Santo Domingo en compañía de los hermanos Héctor y Sócrates De León, músicos de Aldemaro Romero. Un año después, cumplidos los 18  regresa a Caracas donde ya había firmado contrato con la orquesta cubana del maestro Armando Orefiche, cuya agrupación musical había sido contratada para la rumbosa inauguración y la elección de la reina del Hotel Tamanaco en época de Pérez Jiménez. En el año 58  cambia  la situación política en Venezuela, y viene a ser tiempo propicio para buscar moldear su futuro. Decide trasladarse a Estados Unidos para perfeccionar su dominio con la batería.

Nunca se imaginó “El Pavo” Frank que en New York iba se iba a tropezar y desde luego tocar con la orquesta de Tito Puente quien fue bautizado como “El rey del timbal”. Ya consolidada su permanencia con el espléndido grupo y contando con una sólida formación profesional  va a compartir escenario con Dámaso Pérez Prado, llamado “El rey del Mambo”; con  la orquesta del cantante y compositor  Machito Ponce; con la orquesta de Armando “Chick” Corea, mejor conocido como el tecladista del jazz fusión; también se presenta con el salsero  Natividad Martínez “Naty”, el hombre de la flauta mágica. Todo este recorrido le valió entonces su contratación y graba con la famosa orquesta del cubano Ramón “Mongo” Santamaría, quien fue una de las primeras figuras del jazz latino. En Puerto Rico toca con la famosa banda salsera de Cesar Concepción. Ya alcanzado ese rango superior va aparticipar como timbalero de la orquesta cubana de Mario y sus Diamantes

Ciertamente ya tenía tiempo fuera del terruño y en 1964 resuelve atender  un nuevo llamado que le hizo desde Caracas el maestro Aldemaro Romero, quien lo coloca como músico de planta durante algún tiempo en el recién inaugurado canal 8 de televisión, en donde también hace fama. Luego pasa a integrar la nueva orquesta de Aldemaro quien recién había creado el ritmo musical Onda Nueva. Con esta orquesta, además de las presentaciones en Venezuela, “El Pavo” viaja a Francia, Suecia, Holanda y  vuelve a tocar en varios países del Caribe.

En los años 66-6, después de regresar de Estados Unidos, el famoso timbalero aragüeño de gorrita nerudiana que lo hacía más simpático se independiza, y bajo contrato con un sello nacional  graba 5 CD dirigiendo su propia agrupación musical llamada “Frank Hernández el Pavo y su Orquesta”. La foto de la portada es la misma que siempre hemos visto en carátulas de sus discos y en los CD.
A la famosa “Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas”, entra por la puerta principal, toca con este grupo en conciertos sinfónicos especiales en lugares abiertos para disfrute de niños, adolescentes y adultos. Y para continuar deshilvanando recuerdos, en 1977 fue a parar a una orquesta muy  popular llamada “El Trabuco Venezolano” que fue una banda de salsa y jazz latino creada por su amigo el arreglista y compositor venezolano Alberto Naranjo y que reunía a los más descollantes músicos de la ciudad de Caracas de aquel tiempo.

Dicen las crónicas que la ancianidad y el acorralamiento por las enfermedades nunca le apagaron el ánimo. Su entusiasmo hasta lo último fue titánico y sus presentaciones en TV nunca desmejoraron. Fallece Frank “Pavo” Hernández a los 75 años en  la Caracas que fue su definitiva querencia el 16 de junio de 2009. Así termina la trayectoria y la vida de este paisano villacurano, tan llena de realizaciones en el mundo de la música popular bailable de una generación.

Fuentes de datos:
Lil Rodríguez (periodista)
Asocosalsa (Asociación de Coleccionistas de la Salsa)
Pedro Revette (coleccionista)
Rafael Almeida “Petit” (músico villacurano de su generación)
Don Félix Hernández Castillo
Don Roger Barreto Alvarez


Aldemaro Romero , El Pavo Frank Hernandez y Michel Berti: Suite Onda Nueva


Aldemaro Romero en el piano, El Pavo Frank Hernandez en la batería y Michel Berti en el bajo interpretan la cadenza de la Suite Onda Nueva con la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho dirigida por Rodolfo Sanglimbeni

COMENTARIO:
Nestor Acosta EL MEJOR TIMBALERO DE VENEZUELA...Q E P D

martes, 14 de febrero de 2017

RAFAEL ALMEIDA "PETIT" EN LA VILLA YA CASI NO SE VEN MÚSICOS VIEJOS



Por Oscar Carrasquel

El rostro de uno es como la fisonomía de los pueblos que cambia con el ritmo del tiempo. Todo en la vida evoluciona y la edad no escapa de esa premisa, con sus altibajos y tormentas. Hace días me había propuesto yo el afán de reencontrarme con Rafael Almeida “Petit”. Su rostro serio lo hace aparecer mal humorado pero es todo lo contrario, un hombre cordial y amable que no cambia por nada el culto de la amistad. Basta conocerlo o conversar un rato con él para comprobarlo. Su mirada languidece detrás de unos blancos espejuelos con una cabellera medio canosa. Rafael Almeida cuando joven era el símbolo del hombre serio, bien apuesto y de vestir impecable que aun sonríe alegremente por  haber abrazado desde muy joven el arte musical. En su vida algunas  cosas se le presentaron  por su paciencia,  otras asegura que fueron  por casualidad. De la historia musical villacurana – de una época - es cuantioso lo que tiene  este hombre que contar.

Sobre el  remoquete “Petit”, se lo arriman los músicos de la orquesta entre risas y echaduras de broma  por su baja estatura, y así  se le nombra por vieja costumbre.  Interpretaron aquellas lenguas encendidas de comparaciones  que  Rafael Almeida era “más bajo que el mismo Bajo”.  

“Petit” casi forma parte de nuestro patrimonio viviente para que quede su nombre en la historia menuda. Bajista y bongoncero autodidacta,  más de una vez lo vimos en los años 60 sobre una tarima agarrar el Bajo por el cuello y tocarlo con destreza con su mano maestra. El profesor Germán Cordero fue su buen amigo,  maestro y  consejero. Me confiesa con melancolía, y quizás tenga que darle la razón, que la modernidad y los sonidos electrónicos acabaron con el retumbo del tradicional Bajo, por eso y por el avance de los años prefirió retirarse.  

Nunca dejaba  escapar oportunidades para la música. Por intuición, porque casi no tuvo escuela, aprendió el lenguaje del Contrabajo y los cueros y a descifrar el sonido de los instrumentos de una orquesta. Luchador incansable en la vida, abnegado secretario detrás de un escritorio en el Registro Público de Villa de Cura. No fueron días ni meses sino cuatro décadas; eso sí, siempre estricto en su días y horas de entrada y salida a su trabajo. Sin embargo ya  del hogar traía la tesis de que la palabra empeñada tenía mucha más fuerza que un escrito y una firma. La escuela artesanal de Artes y Oficios que funcionó en la calle Real o Bolívar fue su inicial fuente de trabajo como obrero de mantenimiento. 

Lo vimos pisar y repisar estos espacios desde el esplendor de su juventud, ahora éstas calles están mustias y extrañadas de  tocadores de guitarras y de trovadores noctámbulos. Ya no están Chingolo, Pedro Ezequiel, José Pérez, Martin González y José Linero. Parece que se fugaron debajo de las alas de un pájaro que canta.

En la Villa y otros pueblos del centro y del llano dejó la huella de su arte musical en tremendas orquesta bailables como la “Siboney” - en sus dos ediciones - y  en la banda “Juan de Landaeta”, esta última creada por el maestro Víctor Ángel Hernández, entre otras más. Animó como integrante de orquestas infinidad de eventos bailables en el salón de fiestas de Los Baños Termales  de la capital guariqueña y el tradicional club militar Los Cocos de San Juan de los Morros y en clubes sociales de La Villa y el centro del país. Como olvidar las veladas, los desfiles y retretas. Estuvo presente tocando cuando las viejas campanas  repicaban de alegría, animando  las fiestas patronales  en pueblos de casi todo el llano.

Me dijo  henchido de orgullo que en este círculo conoció y se hizo amigo de Simón Díaz  y también de Leo Rodríguez, su compadre de sacramento. Estas dos grandes figuras de la canción integraron orquestas donde él participó como músico. Y de  otros acompañantes recuerda sus orígenes y caracteres entre ellos a Germán Cordero Padrón, Eduviges Estrada, Domingo Esaá, Manuel Luna, Agustín Muñoz, Chucho Bustamante, Humberto Bustamante, José Del Valle Bustamante, Rafael Garaicoechea, Carlos Torres, José Torrealba, Eladio Lovera, Pedro Flores, Pedro Ramírez y Gerámel Meléndez; y recordó  a respetables cantantes  villacuranos como Víctor Córdova, Raúl Agraz y Armando Corniel.

- Excelentes estos cantantes… Una vez que tocábamos un baile con la intervención de la Billo’s Caracas Boys,  el maestro Billo Frómeta se quedó abismado oyendo cantar a Córdova una de sus composiciones.

           Parte fundamental de su vida son sus dos hijas, Nilda del Valle y Lisbeth Amalia, un par de lamparitas que resplandecen su vida, un presente de Dios, criadas al rescoldo de su madre, María Dolores Montes de Almeida, ya fallecida. Una y otra levantaron la bandera del estudio. También  esencial la casa que hoy  habita con ellas en la calle doctor Manzo entre Páez y Comercio. Dispuestas siempre las jóvenes a ofrecer amablemente atención y una tacita de café hirviente a sus amigos.

             Almeida a veces se convierte en prisionero de sus emociones. En muchas ocasiones la soledad le sale de los rincones como un fantasma y recorre con ella a cuestas los espacios de la casa; pero la mayoría de las veces logra deshacerse de estos sufrimientos celebrando otras cosas maravillosas que ofrece la vida.

              Anteriormente yo conocí esta casa solariega, era agachadita,  pared de bahareque, de horconadura y de techo rojo, ahora se encuentra modernizada con el paso del tiempo. Recuerdo una vez bajo estos aleros con su estela de silencio  en las páginas de “El Vigía” con José Seijas, nos pusimos a conversar y a reconstruir vivencias en un intento de  remozar tantos recuerdos de su vida, recorrimos  remembranzas como viajeros que se encuentran y que luego  se pierden cual pañuelos que van repitiendo  adioses.

              No deja de hablar de su infancia y de su vejez y dice que cuando llegue el día y la hora está listo y dispuesto sin ningún temor, para cruzar brazo a brazo las aguas de otros mares lejanos. Pude evidenciar que sus pasos ya no van solos, necesitan la ayuda de un solidario bastón. Fui a parar a su cuarto dormitorio donde conserva varios libros y manuscritos, y adosado a una pared al lado de un escaparate reposa en silencio un poema de J.M. Morgado, como una hoja seca  caída por la brisa  que  le brindó la inteligencia del siempre recordado poeta.  

              Ahora Almeida se aproxima a los 83 años de edad, camina lento, habla pausado, se mueve poco ,como las ramas de un árbol al atardecer, pero cuando se arrellana en una silla a conversar con uno, lo hace sabroso con voz fuerte sin detener la conversa. Tiene la memoria todavía fresca, suelta las palabras como quien lanza  avioncitos de papel al viento; pocas veces se le pierden las palabras, pero que va, de inmediato las recobra y enseguida las clava en la memoria. Ahora se le notan las huellas del tiempo, la rigurosidad de las enfermedades y sus frecuentes crisis de desasosiego que  hicieron cansino su cuerpo.

                Como todo cristiano que habita este terruño, no deja de lamentarse porque ahora  no se consiguen fácilmente los alimentos, ni tampoco en las boticas las pastillas para la tensión, entonces el viejo músico para la supervivencia no le queda otra que utilizar la medicina de Dios. Gracias a ese Señor que mora los cielos y a su divina  protección su corazón palpita todavía.

              
Rafael Almeida “Petit”, interprete del Bajo, timbales y tumbadora o conga





 La Villa de San Luis, 13  febrero de 2017