sábado, 17 de junio de 2017

LA SEÑORITA CARMEN COLMENARES, UNA MUJER QUE CURABA CON ENSALMOS.


El personaje que describimos en esta oportunidad fue una mujer con infinitud de virtudes, sencilla, bondadosa, de gran valor humano. Vivió todo el tiempo en la parroquia Las Mercedes donde toda su vida disfrutó de sus lindos atardeceres, dotada por la voluntad y misericordia de Dios de facultades naturales para tratar malestares en los humanos, muchas veces  difíciles de curar hasta por los mismos médicos con títulos oficiales. 

Enfermedades nada extrañas en la población urbana y rural de mediados del siglo XX, como erisipelas, tortícolis, culebrillas o herpes, inflamaciones, mal de ojo en niños y descomposturas musculares, tendían a desaparecer cuando llegaban a las manos de esta humilde mujer que desde tierna edad estuvo dedicada a la curación de estos males, los cuales no encontraban rápida solución en un hospital o en el consultorio de cualquier doctor.

Carmen Colmenares debió ser una de las últimas personas en curar y aliviar con métodos naturales y espirituales que quedaba rezagada en La Villa. Recuerdo que una vez le tocó  reforzarnos  una sobada en un músculo falseado, para lo cual  le bastó ofrendar un rezo, con una ramita de romero en la mano y una velita de sebo encendida apretada entre sus dedos. Sorprendido la mirábamos. 

Carmen Colmenares fue una mujer que brotó de las entrañas de estas tierras próximas al el hermoso Valle de Tucutunemo. Ella fue una mujer de las más respetadas y queridas de la colectividad de Las Mercedes, con una existencia plena de servicio y entrega generosa a sus semejantes. 

Las Mercedes de antaño fue una vecindad pequeña. Sin embargo, a partir del siglo XIX que se construye su Iglesia, se convierte en una floreciente Parroquia, patrimonial hoy de la jurisdicción territorial del municipio Ezequiel Zamora del Estado Aragua.

Uno se atreve a decir que esta primigenia Parroquia del municipio Zamora, nunca ha poseído la atención y el progreso que se merece, si tomamos en cuenta que el Valle de Tucutunemo fue uno de los sectores de mayor fertilidad para la producción agrícola del municipio. Puede observarse hoy con sus servicios públicos  en decadencia y calles abandonadas. No hay quien ordene el arreglo y pavimentación de sus vías. No podemos olvidar que todas sus tierras  cercanas al rio,  en un tiempo eran abundantes en materia prima para la elaboración de artesanía, tejas, ladrillos y terracotas, elementos esenciales para la construcción de viviendas. No era raro ver entonces en los solares de las casas de Las Mercedes de otra época,  fogones  de leña y hornos ardiendo todo el día para la quema de arcilla proveniente de sus playas.

La niña Carmen nació en este sector cuando sus calles y las vías de acceso para El Cortijo  eran todas de polvo pero transitables, Nació un 16 de abril de 1921 durante el gobierno del General  J. V. Gómez. En una casa no muy grande hecha de bahareque y palma. Casa campestre rodeada de árboles y en  la entrada  una arboleda y huerto-jardín con perfume de rosas y hojas aromáticas. La casa además llamaba la atención porque estaba levantada en todo un paso del río Tucutunemo, para  aquel que se dirigiese hacia la comunidad de El Cortijo. En la otra orilla del río estaba asentada la casa que también fue conocida como la Tejería de Don Juan López. Allí a la orilla de este cauce, surcando estos caminos y en la hermosura de sus campiñas vio la muchacha vivir sus años de infancia y adolescencia al lado de sus padres.

Sus progenitores fueron Rafael María Colmenares y Arnalda Carrasquel, una pareja de agricultores poseedores de sus propios conucos, que bastante cultivaron y cosecharon en estas fértiles tierras. La prole habida de este matrimonio no fue tan corta,  todos nacidos en este sector, en total fueron siete hijos: Luisa, Juan Pablo, Antonio, Lorenzo, Rafael, Arístides y Carmen. Hombres y mujeres de formación hogareña preocupados por el trabajo del campo y la ciudad desde pequeños. 
                  
Carmen fue siempre una mujer de hogar, de raíces y costumbres rurales, en este ambiente creció con los trabajos que le encomendaban sus padres y los diversos altibajos y circunstancias, pero siempre con voluntad  de servicio a favor de la gente, cuestión que la comunidad de las Mercedes ha sabido agradecer, reconocer y respetar.

Tratar, aliviar, curar y ensalmar males de salud no era fácil tarea, pero fue el destino de aquella muchacha que  correteaba por el curso del riachuelo, buscando en sus corrientes los pozos que sirvieran para lavar los trapos y realizar sus menesteres domésticos en su limpio caudal y disfrutar de eventuales zambullidas en sus aguas.

Me contó en una oportunidad la niña Carmen que su mamá adicionalmente le enseñó la práctica de la repostería y a confeccionar dulces tradicionales y ella misma aprendió la confección de ramos y coronas que también surgieron  como expresión laboral de su profunda humildad, en busca de ayudar el sustento de la casa y compartirla con otras personas desvalidas de pan, pero sin apartarse de las bondades derivadas de las plantas con una efectividad que convencía.

Carmen, como es sabido, no tuvo descendencia biológica. No es tarea difícil imaginar que los oficios de la casa que nunca terminan, el desempeño de prácticas medicinales heredadas de sus ancestros desde que era pequeña y el hecho de estar pendiente de la atención de sus hermanos menores y mayores,  no le dieron tiempo para amoríos.

Fue considerada una persona amorosa y cariñosa con los niños en general, con sus hijos de crianza, con sus nietos, sus yernos. Por ello fue que sin saborear la dicha de dar a luz, fue madre protectora  comprometida con la crianza de hijos de otras madres, con el mismo amor como si fueran fruto de sus entrañas. Diríamos que fue madre para todos los niños. Era de esas mujeres que estaba donde era útil y necesaria su presencia y así se mantuvo toda su existencia, soportando situaciones adversas sin ningún reproche y enfrentando el duro trajinar de la vida.

Para orgullo de toda su familia, de sus hijos y nietos  y toda la comunidad de en general de Las Mercedes hoy  el nombre de Carmen Colmenares ocupa un sitial de honor en la memoria colectiva, Muchos personas propias y extraña pasaron por la magia de sus manos y fueron parte de sus curaciones físicas y espirituales.

Recuerdo la vez que la visitamos en su casa  localizada en el callejón Cinco de la Parroquia  Las Mercedes, en la frontera con Manuare, donde transcurría su recorrido por la vida, alejada de la vida citadina, entregada a sus quehaceres cotidianos, con la ayuda de la divina Providencia  y su entrañable fe y devoción por la madre de Dios en la advocación de Nuestra Señora de Las Mercedes. Si algo distinguía su personalidad era su gran sensibilidad por la humanidad y su acendrado amor por la Iglesia de Cristo. El  sentir lo que era la solidaridad y lo que vale un amigo y un buen vecino. Entonces daba gusto oírla pronunciar aquella lacónica y acostumbrada frase que aun resuena en nuestros oídos: “Aquí  en este barrio nací y aquí me quedo”, como en efecto ocurrió. Falleció acá el 7 de febrero de 2015 a los  94 años de edad. 

No es ninguna exageración afirmar que hoy, con el aprieto  de salud con el que estamos viviendo los venezolanos, cuando ahora no es posible conseguir en las farmacias ni  un simple sobrecito de aspirinas, es cuando a  estos conglomerados humanos les hace falta personas como la niña Carmen Colmenares. Necio sería negar su gran importancia y su utilidad en la comunidad. Por heredad, hoy una hija espiritual llamada Belyies que amablemente nos recibió y trajo en sus amorosas manos el álbum de familia que es lo mismo que un corazón de inolvidables recuerdos, Fue la encomendada por su madre para continuar su labor y aventajarla y hoy ya comienza a trasmitir su ejemplo.


                                 
Oscar Carrasquel

La Villa de San Luis, 14 de junio de 2017.


COMENTARIOS

Aleyda Garcia Que bella!! Que Dios la tenga en su gloria !!


lunes, 12 de junio de 2017

ELADIO TARIFE

     

Por Oscar Carrasquel


Sin  un ¡adiós! decirnos siquiera,
hoy  te  marchaste cantor de mi tierra.
¡Qué pronto te embarcaste poeta!
 en  el  “jueradeborda” de la muerte

Una sola vez te vi navegando el  Rio Guanare,
desembarcaste  en “Puerto Las Animas”
-era una  mañana de domingo clarita-
con una guitarra grande debajo del brazo
 Ibas rumbo hacia “Paso Arauquita”

Recuerdo que compartiste un rato
entre  amigos y cervezas,
y  almorzaste, fresco picadillo de ternera.

Viajero empedernido
de fiestas sabaneras,
vestías  liqui liqui azul  sereno
con sombrero color de zorro corriendo.
  
Del  mismo tamaño de la sabana 
-como dice el proverbio-
Es  el compromiso contraído por el llanero

Escribiste canciones a la población de Arismendi,
tu hogar nativo,
Y  compusiste “Amores en Puerto Ayacucho”,
y  cantaste “La Española”
entre tus incomparables composiciones. 

Poeta trashumante de la sabana
Y de versos fluviales
mojados de café colado

Tu  corazón a una linda damisela
llamada “Barinas” entregaste, 
 y le regalaste  tus letras encendidas
de inspiración y de canto

Le  escribiste con tinta del alma
a la ciudad Marquesa
un himno segundo a esa capital

Le ofrendaste a esta novia andina
tu inmortal canción “Linda Barinas”.

Al mundo llegaste un siete de junio,
Y un siete de junio te marchastes
por un camino de brumas 

“Mañana cuando yo muera/
Que nadie clame un lamento”

Cabrían  estos, tus versos,
como un epígrafe  en  tu tumba
sin latidos.



La Villa de San Luis, 07 de junio 2017




DOÑA PETRA APONTE DE CASTRO


UN SIGLO DE CAMINO EN LA VIDA
ELLA Y SUS DOS HIJAS FUERON GIMNASTAS DE CIRCO
SU ESPOSO FUE EMPRESARIO DE CIRCO


                                           
                                                              Por Oscar Carrasquel

¿Quién podría creer que esta matrona que hoy tenemos sentada frente a nosotros pueda tener un siglo de aguante? Y es que cien años suenan de verdad como muchos, pero  gracias a Dios, el tiempo para ella no se ha acabado. Fueron muchas las realidades construidas que la llevaron a alcanzar sueños y metas en este transitar de su vida. En la Villa transcurrió su niñez y su adolescencia al rescoldo de su padre de crianza el herrero de carretas Don Ramón Hinojosa Díaz. 

Es sorprendente, porque uno la conoció ya mujer, delgada, garbosa, vestida con un traje más abajo de la rodilla, maquillada y con unos ojos bien  bonitos y  grandes, con cejas arqueadas al estilo de la diva mexicana María Félix. Hace de eso una cantidad de años. Hoy por hoy, el tiempo se encargó de minar su sonrisa de alegría y turbar su mirar profundo. Juana  cambió de color, se le arrugó el pellejo, se le encorvaron sus huesos, se volvió cansina, los  brazos y  piernas son unos rolos  secos; pero aun así no se le ha doblado el espíritu; acá está  todavía  como  todo mortal,  hasta que Dios decida apagarle  el suiche de su  luz. 

Su frágil cuerpecito se ve siempre acomodado, desde que aparece el alba hasta el anochecer, en una poltrona en el portal de su casa  de la calle doctor Manzo, en la que fue casa de su juventud y de su adolescencia, con su original fachada y su estirado y sombreado patio, testigo de tantos amaneceres y atardeceres. Donde conoció de soledades, de alegrías, de llantos, de despedidas y bienvenidas, de ese incansable batallar que es la vida. De cuando en cuando, en la intimidad de sus sueños debe rememorar las vivencias que solo recoge la quietud del alma. Debe acordarse que desde tierna edad  se puso pilas nuevas y se colocó alas de independencia. Que nada la detuvo. Que solo el tiempo  igual a un eco lejano se le vino encima y le pasó por arriba como un  aguacero venteado.

Petra nació en el pueblito de La Unión, perteneciente entonces al Distrito Zamora -hoy Municipio Arismendi- del estado Barinas un 19 de abril de 1917. Sus padres fueron Petra Aponte y Pedro Ernesto Linero, pero pequeñita fue traída a esta Villa. Después, ya grandecita entraba y salía de este pueblo en verano o en invierno. Hace algunas unas décadas regresó y aquí permanece todavía bajo el cuido de nietas y biznietas. De linaje Guajiba, se puede sacar de su rostro con rasgo  aborigen.

No se puede decir que esta mujer toda su vida  pudo mirarse en su cielo villacurano. Hubo un momento en que cambió su vida. Su cielo ya no era de nubes, luna y  luceros, sino que se convirtió de lona color azul o grisáceo. 

En 1948 conoció a un hombre de circo, del mundo, del camino, excéntrico,  llamado Oscar Castro Pérez, nacido en Melena del Sur, provincia de Cuba, primo-hermano de los Castro Ruz, que llegó a Venezuela en la década del 40  con el Circo Razzore de Cuba, trabajando al lado de Blakaman como Fakir y domador de animales salvajes.

En Maracay fue que comenzó un breve romance entre Juana y Oscar que luego se convirtió en  casamiento. Cuando todo estaba en su lugar Castro se separa del circo Razzore. En el 50 estando ya viviendo en Villa de Cura funda una compañía que se llamó primero “Circo Cuba Hermanos Castro”, que luego decidió cambiarle el nombre por “Circo Hermanos Castro”. Un circo con todo en escena: titiriteros, rumberas, trapecistas, malabaristas, enanos, payasos, ilusionistas,  magos y domadores de animales salvajes. Con las maletas listas en el suelo  los esposos Castro Aponte ya sabían para donde ir, a recorrer el mundo. Cualquier pueblo o caserío donde se celebraban festejos patronales era bueno para montar su escenario. Desde el primer momento Castro se dio cuenta que su esposa  podía trabajar junto a él, ya sabía de su experiencia y que tenia condiciones físicas y estaba ya mentalizada para echar adelante la nueva empresa, ella se envolvió en la magia del circo, ya actuaba como trapecista y administradora de la Compañía.

El matrimonio tuvo solo dos hijas: Petra y Erlinda Castro Aponte, que por enseñanzas de sus padres también  desde pequeñas se hicieron excelentes trapecistas y gimnastas dentro del circo. La primera nació en Seboruco estado Táchira y la segunda en Acarigua estado Portuguesa. Después siguieron las presentaciones, Petra dirigida por Castro realizaba perfectamente las acrobacias sobre el trapecio de aro. Me parece verla en la retrospectiva del tiempo en las décadas de los años 50  cuando levantaban aquellas lonas en la sabana de Villa de Cura en fiestas patronales, allí pudimos los niños admirar a Petra bajo una carpa, haciendo piruetas en el aire y balanceándose como un papagayo sobre un trapecio. Sujetada por una cuerda y con un garfio incrustado en su boca, volaba como una saeta  por los aires y realizaba  “saltos mortales” junto a otras hembras y jóvenes saltarines, ese era el número estelar de la función. Como es sabido, abajo había una malla enorme que servía para prevenir cualquiera caída.

Petra me contó hace años atrás, que anteriormente  se había conducído en el Gran Circo Razzore como “Alambrista” y en su circo también realizaba este número, que consistía en cruzar una cuerda de extremo a extremo en zapatillas,  haciendo equilibrio con un balancín, y de regreso  la pasaba sin necesidad  de utilizar el báculo.

Con el “Circo Hermanos Castro” hizo muchas giras, además de ciudades y pueblos de Venezuela también viajó con el circo a varios países de Latinoamérica como Cuba, Colombia, Perú, Argentina, Chile y Ecuador. El sonido de aplausos y vítores resonarán todavía en los oídos de esta ancianita que hoy pasado tantos años apenas escuchan.

La familia Castro Aponte junto con el circo se estableció varios años en Guasdualito, territorio apureño fronterizo con el Arauca colombiano. Allí murieron su esposo y  también de corta edad su dos hijas, quienes quedaron allá en esas tierras sepultados. Juana no pudo seguir  sola con el circo  y  vendió la carpa, y poco a poco salió de tableros, animales, utilería, trapecios, etc.

La Juanita que yo conocí en mis lejanos días de la niñez, la describo como buenamoza y servicial, excelente como vecina. Acaso porque la casa de mi madre estaba cerca de la suya. Una vida de sacrificios, itinerante, nada fácil. Su vivienda en La Villa es una casa que ahora posee puerta de rejas, pero siempre abierta para cualquiera que desea visitarla. No es necesario tocar. Uno saluda sin miedo desde el portal y  cuando  entra, la primera que te contesta las ¡Buenas tardes! es Juanita, con su ronca y perceptible voz. Muchas lagunas en su mente. Primero te pregunta si eres Masón; debe ser repisando que su esposo Oscar Castro perteneció a la masonería donde alcanzó el grado de  Maestro grado 33. Y luego se queda en silencio y te señala con el  dedo índice hacia la pared, el único reconocimiento hasta ahora recibido del gobierno municipal, una cartulina montada en vidrio que le otorgó en  el año 2015 el “Parque de Recreación dirigida Niño Simón”. Y luego al final te despide remachando el nombre de  Oscar Castro y  el de sus dos difuntas  hijas y diciéndote que las tardes de la Villa son muy hermosas.

 La Villa de San Luis, junio de 2017



FUENTES:
Testimonio oral de su nieta Janet Sabina Castro
O. Carrasquel/ El Vigía 154/año 2000
Coleccionista y poeta Elio Martínez (Infinitas gracias).





    Con sus dos hijas.
En una posición de equilibrio.


Foto de su esposo Oscar Castro Pérez 

COMENTARIOS:

Zuleima Hernandez Que Dios la bendiga y que disfrute de muy buena salud

jueves, 8 de junio de 2017

PADRE SALVADOR RODRIGO EN SUS BODAS DE ORO SACERDOTALES


        Por Oscar Carrasquel




Originario de muy lejos,
de una pequeña aldea de España
arribó a esta citadina tierra
el Padre Salvador Rodrigo

Cinco décadas, ni más ni menos,
de trayectoria sacerdotal,
con paciencia y loable labor 
ha cumplido su  evangélica misión 

Que al parecer hace medio siglo
desde los cielos
le encomendó nuestro Señor

Allá en su tierra peninsular
comenzó su titánica labor
y  Villa de Cura fue el último destino
escogido por Dios.

Director y arreglista  musical.  
Los “Niños cantores de Villa de Cura”
fue su obra bienhechora para la ciudad

Como Diácono, llanamente,
figura en los cánones de la Iglesia,
pero  hoy  como devoto de su religión
con estos versos lo vengo a reedificar

Con el beneplácito del único Redentor
que mora en el Reino Celestial, 
como digna alegoría a su realización
hoy le coloco el solideo de “Monseñor”.

¡Felicitaciones pues, patriarca Rodrigo Salvador!
Jamás canto alguno estará repleto de tanta devoción.


La Villa de San Luis de Cura, junio de 2017


COMENTARIOS

Ana Bell Boullon Felicitaciones por tan fina letra!!

lunes, 5 de junio de 2017

DON VÍCTOR ROJAS ESAÀ



Por  Oscar  Carrasquel



Víctor Manuel Rojas Esaà, siendo todavía un muchacho soñador conoció aquella vieja Villa de Cura, desolada, tranquila y pastoril, de calles de tierra, sin energía eléctrica, ni acueducto, de primeras décadas del siglo XX. Fue un hombre de pueblo, trabajador incansable, padre de familia. Aunque no era nativo de la Villa, sin embargo era muy conocido en el barrio Las Tablitas; donde luchó al lado de su familia buscando un mejor destino. Fue testigo del nacimiento de esta barriada y por tanto uno de sus más antiguos pobladores.
A pesar de que uno y otro figurábamos en generaciones distintas y como  este servidor desde pequeño se acostumbró a reunirse y tratar con personas mayores, nos hicimos grandes amigos, una de las verdaderas razones del existir.
Víctor Manuel vino al mundo en la ciudad de Valencia finalizando el siglo XIX, durante el gobierno del general Cipriano Castro. Sus padres fueron María de Jesús Esaà y Federico Rojas, oriundos y vecinos de la capital carabobeña. Desde muy joven llegó y se radicó en Villa de Cura, sin saber que acá  se sembraría para siempre en el corazón de sus habitantes.
Víctor Rojas Esaà, se casó en Villa de Cura con la villacurana Rosa Margarita Picot, tuvieron cinco hijos, dos hembras y tres varones, después la familia se prolongó en nietos y bisnietos; todos sus hijos a quien la pareja les brindó todo su protección y abrigo nacieron en Villa de Cura, fueron ellos: Guillermina, María Marcelina -a quien se conoció siempre como “chela- Martin Emiliano, Julián y Eustoquio Jorge, de los cuales hoy sobrevive sólo Julián Rojas.
En mi memoria conservo todavía la imagen de Víctor Manuel, caballeroso, escrupuloso, pulcro, acostumbrado a vestir pantalones de lino blanco bien aplanchados y blusa abierta de arriba hasta abajo, zapatos negros de patente y sombrero italiano marca “cabaliero” de ala corta. Víctor Manuel siendo un joven veinteañero, en las tardes se le veía vestido de liqui liqui  de lino blanco  impregnado de la parisina fragancia Jean María Farine, luciendo  sobre su cabeza una refinada “camarita”, de las que usa el grupo musical “Los Antaños del Stadium”.
Ya entrado en años en la década de los años 50 y 60  Víctor Rojas vivió siempre atrincherado en su trabajo, pero también era bohemio por naturaleza. Pero no sólo eso, sino que además vivió envuelto en la ilusión y deseo de algún día  conocer la capital de los Estados Unidos, como si alguna vez su ingenuidad le hubiera dictado que desde allí era más fácil contemplar y tocar una por una las estrellas en el firmamento .Por eso la gente le puso ese sobrenombre. Uno lo encontraba en la calle lo saludaba con esa especie de piropo ¡"Washington" ¡ y el enseguida repicaba  ¡"Washington"!. Este trato casi cotidiano se convirtió en una postura que casi buscaba borrarle su verdadero nombre.
El oficio primordial que desempeñó en el transcurso de su vida es bastante viejo y tradicional en Villa de Cura. Mastro Víctor fue un laborioso talabartero de larga experiencia que nunca se quejó de que estaba cansado, dedicado todos los días a la fabricación artesanal de fustes de madera, en aquellos días cuando la economía de nuestro pueblo era muy precaria, y escaseaban las fuentes de trabajo.

Por todos es sabido  que  fuste, es una pieza esencial del armazón de una silla de montar caballo, es como decir su espina dorsal.  Nuestro pueblo  es muy conocido en todo el ámbito nacional porque acá se hacen sillas de montar modelo clásico, tipo americana y mexicana, las que se utilizan en el deporte de coleo y también las que usan los llaneros en su cotidiana faena. Desde tiempos antiguos Villa de Cura tiene fama de fabricar las mejores sillas de montar y aperos en toda Venezuela, lo que nos debe llenar de complacencia y orgullo. Poetas, cronistas y compositores de música llanera se han ocupado de recoger este criterio en sus composiciones literarias y musicales
Pero antes de ser carpintero Don Víctor tuvo otra ocupación, trabajó la herrería en el taller  de  Don José Manuel Albert, ubicado por los lados de “La Jabonera” en la antigua calle “del ganado”, hoy Avenida Lisandro Hernández en Villa de Cura.
Trabajando, escofinando a mano y cortando rolas y trozos de madera de cedro fue que conocimos al afable “Washington” en el taller Don Hermógenes Rodríguez, en la calle Páez cruce con Doctor Manzo, desde entonces sus manos se volvieron  ásperas y callosas, signo del rudo trabajo que desempeñó  toda su vida. Sus eternos compañeros que laboraron junto a él bajo el alero de la reconocida carpintería de don Hermógenes no le llamaban “Washington”, sino “Mastro Víctor”. La vida le dio la oportunidad de tener allí como nobles compañeros de trabajo a  Félix González apodado “El Niño”; Antonio Izaya a quien le decían “El Mono” y Miguel Ascanio; y agréguese a Don Luis Albert, un catire descendiente de inmigrantes, muy conocido porque siempre andaba metido en un flux de gabardina blanco, incluso cuando estaba labrando maderas frente a su banco de trabajo.

 La técnica y reciedumbre de su labor la desarrolló también en la talabartería “Venezuela”, fundada por el conocido empresario villacurano  Reinaldo Silvera, en pleno centro de la comunidad de “Las Tablitas”, una factoría reconocida no solo en el territorio nacional sino fuera de sus fronteras, ya que sus productos fueron comercializados en una oportunidad para el extranjero.
Su largo transitar por donde se paseó en la vida estuvo lleno de anécdotas,  de historias simpáticas. “Washington” no  era un hombre de carácter taciturno. En su faldiquera nunca cargó el peso del dicho que dice: “Muchacha no quiere a viejo”; Mujeriego. Nochienago.  Le gustaba disfrutar de los tragos, visitaba los botiquines de la barriada donde solía  reunirse con sus amigos alrededor de una mesa a platicar o jugar dominó. En sus días libres y los fines de semana degustaba de las copas, frecuentaba el conocido “Bar Deportivo” de Pompilio Martínez, el más concurrido del barrio “La Represa”. Él sabía de memoria que este bar  poseía una vistosa rockola con una larga lista de discos de 45 rpm grabados con música  de los años 50 y 60.
Hubo un tiempo  que las  rokolas tocaban cinco discos por un bolívar, la música preferida del viejo bohemio eran los tangos, pero también se complacía escuchando temas románticos interpretados por el trío los Panchos, Daniel Santos, Odilio González  y Julio Jaramillo. No pude preguntar la razón pero me consta que la canción que más le hacía feliz era un bolero titulado “Una Copa más”, en la voz del dominicano Alberto Beltrán, con el acompañamiento de la Sonora Matancera. La música y letra de aquella canción significaba para cualquier despechado como si le clavaran una puñalada en el pecho: “Una copa más que te brindo al despedirnos/ por nuestro cariño que no volverá/ nuestro amor fue tan grande que dejó de existir”. Derrotado pero erguido, el hombre reconocía que la vida  es ceniza y humo la alegría y el amor.

 Quiero recordar como anécdota que el maestro Víctor hubo veces que en el fondo de la noche, cuando todo quedaba en silencio le introducía un bolívar a la rokola para remarcar cinco veces seguidas “Una Copa más”. El volumen y las notas de la canción se deslizaba entre las ramas y flores que había por el solar de su casa que quedaba a una cuadra de distancia y como una saeta llegaba a los oídos de doña Margarita, quien enseguida comenzaba a rezongar: “Muchachos escuchen… su papá está en el botiquín de Pompilio". A veces el viejo amigo al notar la presencia de alguno de sus hijos, callado y sonriente partía con ellos. De dos manotazo abría las portezuelas batientes de la cantina de Pompilio y se venía por el medio de la calle con su perorata: “Washington, la gran capital”, como sumido en un mundo construido a su medida.
Hubo un momento de su vida en que don Víctor ya apaciguado por los años tuvo necesidad de dejar a un lado la fuente primaria de su labor y se fue acercando a la repostería. Me refiere Elio Agraz que su abuelo marcó pauta en la elaboración y venta de la popular jalea de mango, cuyo conocimiento y técnica heredó de antiguos maestros entroncados en la misma familia. Todavía se recuerda en los  barrios Las Tablitas y La Represa la venta de este tradicional producto que fue de mucha demanda por las antiguas bodegas, aparte de lo que  vendía a grupos de personas en la calle y las que entregaba en los hogares por encargo.
El señor  “Washington”, fue un hombre de figura campechana, respetado por todos, desprovisto de vanidades materiales. Gracias a Dios me conté entre sus amistades. El 05 de julio de 1971 la muerte con su guadaña le llegó en la noche de manera silenciosa a llevarle la vida, lo único que el viejo amigo poseía.
No sé el porqué, pero mi alma hoy amaneció evocando el nombre y el apodo de este gran amigo, aparentemente taciturno, pero bueno, francote, bohemio, honesto a toda prueba y trabajador incansable, quien se marchó a la eternidad sin haber visto cumplido su sueño de conocer a la gran capital  de los Estados Unidos, a la que tanto alabó y cuya sola mención en las ediciones radiales  del “Repórter Esso” lo llenaba de satisfacción y alegría. El epígrafe de su tumba debería de rezar: “Aquí yace el popular “Wanshigton”.




La Villa de San Luis, junio  de 2017


COMENTARIOS:

Denis Ceballos Mi familia, que gusto, yo soy Denis Ceballos Esaa


Carlos Lopez Muy.bonita.historia de.mister Washington,bueno no sabia ese apelativo,pero si llegué a pasar.por la herreria donde laboraba,en mis correrias vendiendo las Ultimas Noticias,por un simple mediecito,0,25 de los bs de plata,de aquella época. Yo empezaba con mi venta,de 50 periódicos,desde la curva de los Ascanios,pregonando los titulares,impresos en ese diario,mister Washintong,me daba mi.medio,yo alegre decia.para mis adentros: “Me quedan 48,y alpargatas pa que te teng”,seguía mi camino por la polvorienta calle del ganado,de escaso tráfico,en la epoca del 52, yo con 10 años,ayudando a mi familia,y a escondidas de mi papá,que siempre me recriminaba que esa vaina de.vender periodico no era rentable,porque.mis ganancia de 50 centavos,por patear la Lisandro desde los Ascanios hasta la alcabala de policia,que estaba a la salida,donde hoy esta la bomba de gasolina,era un trecho muy largo,y el policia de guardia,siempre me decía: “Mira carajito,te voy a dejar preso,por traer la prensa muy tarde” Pero fueron etapas de mi vida,que hoy me llenan de nostalgia de ese pueblo,donde llegué.en el año 49

lunes, 29 de mayo de 2017

¡EL PERIQUITO MÁGICO!





                                                   
A  Carmencita  Hernández  Paradisi
A  Miguelito Carabaño  Mele
                                                                                                                  


En estos días que Villa de Cura celebraba su aniversario creí oportuno buscarme a mí mismo y comenzar a rememorar los días felices de mis tiempos de niño, cuando en la vieja comarca se desbordaban aquellos rumbosos festejos en honor a San Luis Rey de Francia. Muy visitada y nombrada  cada año. Refresco ahora de un solo jalón un bojote de años en la distancia.

Solía visitar la ciudad todos los años un circo cuya atracción principal era el célebre ilusionista Blakamàn, que delante de todos se atravesaba la garganta con una daga, ponía a obedecer a los animales salvajes y adormecía a la multitud el tiempo que a él se le antojara; pero la verdad es que llegaba de todo a esta especie de feria popular: carruseles, bazares, marioneteros, dulceros de Turmero, ruleteros, juegos de batea, galleros, curanderos, adivinadores y fotógrafos de cajoncito y de Polaroid.

Ramoncito Trujillo “El organillero”, era el principal animador de las rumbas en los mabiles de La Alameda; para quien no lo sabe o recuerda, Ramón era un señor pequeñito realizado del más puro barro del Tucutunemo, que  puso en boga el merengue rucaneado tocando los bailes en el bar “La Gavilana”, haciendo sonar un dócil y anciano pianito de manilleta.

Otro personaje famoso era Julio Rojas “Culebrero” -que sería una persona muy imperiosa hoy en día que se vive esta  tragedia de la salud- el hombre andaba con una enorme tragavenados viva enrollada al cuello, preparaba y se dedicaba la venta de remedios y ungüentos al precio de un bolívar, para  curar o aliviar todo tipo de males. Y además, me contaba O. Botello, se hizo popular porque  su voz  se oía duro por el medio de la calle ofreciendo una pócima de este modo: “Llevo el remedio para los hombres que dicen que raspan y no raspan nada”. Dedicó su vida a hacer el bien, para eso principalmente trabajaba el naturista, para curar y levantar vidas.

De aquellos tiempos feriales conocí también a un  hombre trigueño y delgado que ya se nos escapó de la vida, pero quedó sembrado en nuestro recuerdo, conocido con el mote de “Come vidrio”. Se nos olvidó su nombre. No era forastero sino nacido en alguna de nuestras barriadas. Delante de la mirada de un mundo agarraba un par de vasos de vidrio bocones y los trituraba en la dentadura sin producirse ni siquiera un rasguño; y detrás de la peripecia ingería un vaso de agua o de cualquier otro líquido.

Pero yo lo que deseaba destacar es que en aquellas fiestas venia de improviso a la población un personaje folclórico, vestido en buena forma, con una diversión bastante peculiar. Se presentaba en las aceras de la plaza este fabulador con un perico pequeñito completamente verde, rehén de una pequeña jaula y a quien su amo acostumbró  llamar “El periquito mágico”. Ambos de vida nómada. El lorito no hablaba, pero era como  un prestidigitador ambulante, un animalillo con un poco de magia. Era como un mensajero de la cultura jang o enviado por un prestigiador olímpico de la TV a quien llaman Hermes. La jaula en su parte inferior tenía un cajoncillo o gavetero  donde cargaba una fila de sobrecitos, cada uno con un mensaje distinto. No era gratuita la consulta sino que uno pagaba medio (0,25) y luego el perico  como si fuese un pajarillo  espoleando una flor,  sacaba alzado en su garfio un  sobrecito  con un suave y perfumado papelillo dentro, que lo  colocaba en la palma de tu mano; al abrirlo descubrías  un placentero augurio,  una flor menuda de luna llena, viajes futuros, predicciones sobre el amor, la salud, sobre tu presente y futuro.

Las personas, no importaba la edad, se metían de lleno en el espectáculo y luego el pajarero  seguía camino  entre el gentío de  la plaza y por la monotonía del paisaje con su jaulita abrazada, con el divertido gorjeo de aquel simpático lorito y la perorata del hombre por la calle abajo: ¡El periquito mágico!.., ¡Prueba hoy tu suerte!... ¡El periquito mágico! 

La Villa de San Luis, 25 de mayo de 2017


    Oscar Carrasquel



jueves, 25 de mayo de 2017

BAR PEDROSO

          

 NOTA: Estas fotos fueron tomadas en diciembre 2015
el Día de Santa Bárbara cuando en el Bar Pedroso colocaron 
en toda la entrada un altar con la imagen de la santa e invitaron
a un grupo musical para amenizar su festividad.                   



  Por Oscar Carrasquel


En la calle Comercio de mi pueblo
se halla  un bar muy famoso,
bautizado,  según un aviso luminoso,
con el nombre  de bar “Pedroso”.

Los parroquianos suelen llamarlo: 
“La fonda de José”
Allí acude  la gente a saciar su sed
después de un día de larga  faena,
o en las tardes de asfixiante calor

Te esperan Ángel y Juan,
(maestros cerveceros)
quienes fijan los ojos en la barra
y abren y cargan las neveras

Si  quieres, en una gran pantalla,
colmarte de gozo
verás orquestas famosas
Y libando cerveza  al “Oso Pedroso”

Situado a pocas cuadras de la plaza,
en pleno eje de la localidad
casi llegando a una esquina
de mi hospitalaria ciudad.

Tú primero, te retratas en una taquilla,
Te atiende  una señora trigueña,
O  la sonrisa de una muchacha
de ojos acaramelados.

Ellos le desprenden la chapa
de una botellita
de color dorado, o de tono azabache

Pobre de aquel  que se ponga pesado,
porque entonces, a una iluminada Reina
tendrás que pedirle cacao.

Yo algunas veces, como mínimo,
antes que la noche vaya a llegar,
para  refrescar la mente 
me tomo un par de negras “Regional”

Bien heladitas  estas espumantes
en mis labios se disipan
como pajarito bebiendo  en una vasija

Si  es  por primera vez que le visitas
te darán ganas de volver a esta cantina
por ser bastante cordial la bienvenida.


La Villa de San Luis,  25 de mayo de 2017





EL BAR SAVERY, ANTIGUA TABERNA VILLACURANA




                                                     Por Oscar Carrasquel


La crónica de hoy  viene a recordar y a revivir este  lugar de esparcimiento de la comunidad que alcanzó celebridad en aquellos tiempos cuando en La Villa imperaba -porque era posible- la disciplina,  la amistad y el respeto.  Villa de Cura era  un  pueblo pequeño y hermoso, enormemente religioso, de brazo cálido y extendido con esta tierra aragüeña  y con la llanura linda. La fundación  de esta Taberna debió ser por allá en la tercera década del siglo XX por unos hermanos italianos de apellido Savery. Apropiándome de la memoria de Félix Hernández Castillo, eran ellos: Carlos, José Domingo, Bonifacio, Miguel y Luis Savery. La sede era un caserón que ocupaba la mitad de la manzana en la calle Bolívar cruce con Leopoldo Tosta, a escasos cien metros de la plaza Miranda.

Hoy en día es otra cosa, una hilera de establecimientos y edificaciones que ahogan la cuadra. Nada queda de sus vestigios. En la parte exterior sobre de un ventanal figuraba una tabla con letras amarillas donde se leía “Bar Savery”. Me cuenta el profesor Oldman Botello que muchacho él, atisbaba en el centro del patio la enramada de una frondosa planta de uva regularmente cargada de racimos.  Mucho se parecía a un centro social. Sin embargo no discriminaba, podía tener acceso cualquier tipo de público, pero  la verdad   es que los Savery se reservaban el derecho de admisión a la barra, área de bailes y sala de billares. Dentro del ambiente del antiguo Bar Savery  se solía reunir diariamente y a cualesquiera hora un grupo de gente heterogénea de la aristocracia local,  media y alta, tal como si se tratara de una sola familia; visitado también por empresarios y agentes viajeros que iban a disfrutar de su descanso o hablar de negocios.


Básicamente incluía servicio fijo de bar, salón de reuniones, pista para baile y espacio para juego de billar, ajedrez y dominó, todos estos departamentos comunicativos. Al mismo tiempo era “café”; se gastaba una antigua cafetera italiana “Victoria Arduino” que ocupaba medio mostrador, servían toddy frio o caliente a toda hora, batidos de frutas y Frappes; ofrecía sándwiches en pan caliente rellenos de queso Gouda o jamón serrano Bellota que venía envuelto en fardos. En sus vitrinas no fallaba un inventario de licores de diversidad de orígenes; cigarrillos Camel o Chesterfield y tabacos cubanos “Habano”, entre ellos el famoso “Montecristo”. Lo único con sello criollo eran las sabrosas  tortas y dulces de la cocina de misia María Palumbo y la cola “El Polo” a O.25, que era el refresco de moda.

Entre los mozos que atendieron la barra y encargados de preparar los cocteles se recuerdan los nombres de los jóvenes Fermín Nieves, el chingo Pablo Villamizar y José Rafael Hernández (el de las tostadas). Y por entre muebles y un ventanal se veían rondar con una bandeja extendida en los brazos los mesoneros, Samuel Flores, Cecilio Figuera “Glostora” y José Félix Córdova. Tenía un mobiliario y mostradores de lujo estilo Barroco  de pintoresco efecto europeo, elegidos por sus propios dueños. Las butacas forradas en fino terciopelo. Las bebidas eran todas importadas, menos el botellón de cerveza “Caracas” que valía un bolívar. La sangría era de puro vino jerez “Moscatel”; una copa de brandy “Felipe II”  o “Gran Duque de Alba” en aquel lugar costaba 2 bolívares, y una ración de escocés 2.50 bolívares, servidos en la barra o en la mesa, con su oportuno pasapalo.

Mucha gente de aquella época recordará los llamados “Vermuth Danzantes” domingueros con disfrute de música en vivo. Algunas veces amenizado por el piano de Ricardo Sequeda, mejor conocido en el pueblo como “Mapurite”. Aquel  joven humilde 
de pelo indio y vida bohemia, un buen pianista y tocaba todo instrumento musical de manera autodidacta.

En aquellos días era muy escaso el tráfico automotor, de vez en cuando pasaba un autobús de la línea “Demócrata” que salía de la ARC hacia el vecino pueblo de San Juan de los Morros, y sus calles y plazas libres de tumultos y de tarantines.  La música que cautivaba el alma para oír de cerca se derramaba de una vieja victrola  marca Wurtlitzer que engalanaba  el recinto.

En estos salones se realizaban  bailes de festividades, las primeras eran las reinas de carnaval o de fiestas patronales de San Luis. Y además era área de reunión de comerciantes, ganaderos, estudiantes universitarios, visitantes de pueblos vecinos, y caballeros de liquiliqui y sombrero de vaquero que concurrían a las candorosas tardes de coleadura en bocacalles cerrada con guafas. Se podía encontrar el visitante con las muchachas villacuranas y foráneas más bellas de la época. Dicen que los villacuranos  que se  ausentaban y  regresaban en vacaciones y otras fechas más,  aprovechaban para reencontrarse en el Bar Savery. 

Sus ambientes estaban aptos para reuniones sociales de todo género, sobre todo  bodas, cumpleaños y al mismo tiempo dispuesto para el recibimiento de muchas familias. Se agasajaba y premiaba  a los triunfantes coleadores. En ocasiones, contaba con la presencia de grupos musicales villacuranos, animando  los fines de semana y días especiales de celebraciones. Cuando por ejemplo  se alistaba la guitarra grande de Oscar Hernández acompañando la romántica voz de Teobaldo Parra Coronado. Igualmente las trompetas de Germán Cordero y Del Valle Bustamante. Cuentan que en su oportunidad aquí celebraron sus reinados de las fiestas de San Luis las jóvenes Martha Fuentes y Yolanda Paradisi.

Entre los reconocidos contertulios mencionados por Omar Gutiérrez en su libro figuraron, entre otros: Dionisio Infante, Raúl Barreto y su hermano Enrique Barreto, Vinicio Jaén, Antonio Saá Fernández, Antonio Silva, el Marqués Montenegro, José Antonio Torrealba, Martin Hernández, Fernando Hernández y sus hermanos Juan Bautista y Luis Rosendo Hernández, Alejandro Tosta, los hermanos José María y Fernando Carabaño Tosta, Juan José Torres y Morocho Trujillo.

Según me refería el bajista Rafael Almeida “Petit”, en una oportunidad en  estas veladas fue agasajado el célebre pelotero villacurano José Pérez Colmenares  en su regreso triunfal de la Habana Cuba en el año 1941. Acá también se le dio la bienvenida al espléndido equipo villacurano Ayacucho Star BBC en el año 1943, oportunidad que el equipo se titula campeones nacionales de beisbol juvenil en Caracas. En estos salones el año 1944 fue recibido el presidente de la República General Eleazar López Contreras y su hermano Don Fernando López Contreras. Igualmente visitado por el General Isaías Medina Angarita. Esta referencia  me la da el profesor Antonio Cabanillas, Cronista del municipio Zamora,  por haberlo oído del poeta Vinicio Jaén Landa. No falta quien afirme que otro  de sus asiduos  visitantes fue el rico ganadero guariqueño Nicolás Felizola, que siempre llegaba vestido  de blanco  protegido de un sombrero peloeguama, quien venía a la Villa en viaje de negocio de ganado. Son incontables las figuras y personalidades que lo visitaron.

Sin duda que fueron los hermanos Savery una familia de inmigrantes europeos iluminados y amantes del progreso y el buen nombre de Villa de Cura, con preferencia por fomentar la industria y el comercio. Tenían fama de ser gente exquisita, amable y de mucho respeto.  Instalaron la maquinaria más moderna accionada por electricidad para la fabricación de pastas alimenticias, cuya marca  “Bresciana” se distribuía en gran parte del territorio nacional; además  fundaron en una parte del caserón,  por la calle Leopoldo Tosta, pilones y molienda de maíz y fábrica de hielo tipo panelas. Nuestro paisano Adrian Aponte estaba  encargado de las máquinas del vapor. Transitó muchos años trabajando en el almacén Eladio Martínez”Muñeco”.   

Traigo a colación esta menuda historia de la cual han transcurrido más de seis décadas. Sin embargo, no he contado que ya en sus años finales,  El Bar Savery fue campo de mis primeros escarceos y escapadas de la adolescencia. No puedo negar que fue en  esta cantina mi primer abordaje con una botella de licor, era un  vermuth “Cinzano” de la región del Piamonte italiano, una Nochebuena de Año Nuevo, compartiendo mesa con “el negro” Francisco Matute Padrón y Pedro José Zapata, siendo todavía muchachos. No lo recuerdo, pero pudo habernos costado tres bolívares el servicio.

Coterráneos hay todavía quienes posiblemente vivieron y rumiaron sus alegrías o quebrantos en este portento de recuerdos llamado Bar Savery de la calle Real o Bolívar en Villa de Cura. No sería aventurado afirmar que en esa vanguardia estuviesen  mis queridos amigos: Raúl Aular Flores, Juan Colmenares, Ramón Vásquez Montaña, Stefan Carvallo, Manuel Jiménez “El indio Eulogio”, Víctor Parra Díaz,  y quizá Waldemar Oliveros, “El Químico”, el célebre compositor del vals “Villa de Cura”.

Fuente oral:
Stefan Carvallo, Esteban Nieves, Jesús González, Rafael Almeida “Petit”, José Carrasquel, Graciliano Aponte, Roger Barreto Álvarez y Félix Hernández Castillo.


La Villa de San Luis de Cura, 25 de mayo de 2017

viernes, 19 de mayo de 2017

ANÍBAL

                                                     

                                                             Por Oscar Carrasquel


Sin camisa y tostados los zapatos, 
de pantalones anchos
amarrados por un cordón.

Carita de turpial cansado,
mimado por la brisa,
entre tranco y tranco 
doblaba las canillas
como alcaraván en la orilla

Recorría el pueblo en cualquier
dirección
De risita en risita, la calle Comercio,
era su ruta de ida y venida

Quería decir mil cosas,
se hacía sentir a veces
por medio del vuelo fugaz 
de una ligera sonrisa

Ocasionalmente sentía
que la vida era una melodía.
Extendía el brazo como una lanza
sobre su pecho,
y temblando consigo mismo
ponía a bailar su esquelética silueta.

Aníbal, era la atracción
en una procesión de Santo 
y en un velorio de Cruz de Mayo

En las tardes penosas de redoble
de campanas 
cuando sentía entrar  un difunto al Templo
para el responsorio,
le brotaban lágrimas verdaderas, 
sin saber a quién lloraba.

Afligido de dolor al cortejo acompañaba
por el habitual camino.
Cansado por el largo trecho 
enjuagaba sus ojos piadosos con lágrimas


Solo así  podía demostrar
aquel  inocente muchacho,
que  era un ser generoso y humano

No  podía tocar a los muchachos
que atinaba a ver por las calles,
sin embargo se les arrimaba,
como un sonámbulo arrendajo.

Entre mis sienes aún duerme
su angelical nombre:
¡Aníbal!
como aquel general fenicio

Un día le tocó cruzar la senda
que no tiene tornada,
cuando  sin piedad la muerte
le vino a tender una celada.



                                                                                     La Villa de San Luis, mayo de 2017


Foto: Revista Expresión No.28. Cortesía del coleccionista Elio Martinez.