viernes, 15 de septiembre de 2017

REMINISCENCIAS

Una "locha" (Lo que valía antes un lápiz Mongol)

Dedicado a GiIda, mi hija docente




Ya terminan las vacaciones
de julio
Y maestros y muchachos
con su morral a la espalda,
como viajeros que vuelven, 
retornan hoy a sus clases

Hoy, a tantos años de distancia,
la noche sin yo preguntarle reconstruye los recuerdos
mas felices de mi infancia

Cuando por la solitaria calle
yo transitaba
para ir a mi Escuela de la “cuadra larga”
llamada entonces“Unitaria”,
y misia Antonia de Bolívar
maestra con amor por Dios
la regentaba

Yo llevaba de compañía
un lápiz “mongol” 
con la punta ya sacada
que por valor de una “locha”
en la bodega compraba

Y aquel cuaderno de rayas
que solo “medio” costaba, “LiBERTAD”, era la marca,
con la efigie de BOLÍVAR
en la portada marcada
Y una tabla de matemática
en la solapa grabada

Recuerdo que yo lo doblaba 
en el bolsillo de atrás
de unos pantalones cortos
que mamá me cortaba

Son recuerdos del ayer
que hoy galopan en el alma
como brioso corcel
que en la sabana
se espanta.

Oscar Carrasquel. 15 Sept 2013

miércoles, 13 de septiembre de 2017

LA LOCA AMPARO, UNA LOCA QUE NO ERA LOCA




A Chencho Adames, conocedor de esta historia
                                                                                      



La cruz que llevaba a cuestas Amparo  era una cruz pequeña, pero era una cruz de todas maneras de profundo dolor humano. Desde cuando  yo  era un zagaletón de edad escolar tuve conocimiento en Villa de Cura  de la loca Amparo.  De eso hace muchísimo tiempo, sin embargo hoy la vengo  recordar como si fuera ayer.

Todos los días, menos el domingo porque yo tenía que jugar pelota para defender a  mi equipo, la veía deambular por la calle Blanca (hoy Miranda). Despacito su caminar por la acera, igual como se resbala la sombra de los cerros  en los atardeceres villacuranos. Entonces era una mujer flacucha de regular estatura ya  entrada en años. 

La Loca Amparo no se sabe cuando llega al pueblo, tal vez venida de una distancia lejana de la mano de algún peregrino. O fue fruto de una buena familia que la dejó caer en La Villa. “Locuras divinas” poseen algunos seres, dice  un poeta griego.  Amparo era una persona disminuida de la razón, trastornada de la mente, pero no ejercía violencia contra la propiedad ni las personas. Aunque los niños por su aspecto famélico si le mostraban pánico.  Esta mujer desequilibrada aunque andrajosa siempre andaba vestida, bien protegida, jamás buscó coger carretera o refugiarse en parajes retirados. 

Hubo un día que alguien puso sobre su cabellera despeinada  un sombrerito de fieltro negro a su medida, pero cada vez más, se veía su rostro envuelto en una bufanda que se colocaba sobre su cabeza en forma de  velo. De los días  cuando era  joven y buenamoza le quedó un par de aretes color oro cobrizo en las orejas. Siempre vestía un largo camisón de crehuela y encaje que le llegaba hasta los tobillos, mugriento e impregnado de mal olor. Algunas mechas de su pelo cano sucio le caían al lado izquierdo de su frente.

Tenía una extraña manía. Sobre su lado zurdo sostenía un muñeco hecho de trapos envuelto en un pañal que abrigaba y arrullaba  como una madre apegada a su único hijo y hasta le tarareaba canciones de cuna. La verdad es que ella no aguantaba lluvia,  ni sol, ni soportaba las tardes visitadas por ventoleras de esos que llegaban  de golpe cerrando puertas y postigos de ventanas.

Se refugiaba detrás del ante-portón de los caserones de zaguán de familias acomodadas con sus puertas a la calle siempre abiertas al sol. Frecuentaba en  tres cuadras los portones de los Álvarez, Castresana, Esaa, Castillo, Villasana, Landa, Barreto, Arocha, Carvallo y don Candelario Matos.  Cuando  la mañana se hacía clara  entonces ganaba de nuevo la calle, arrastrando con su pies las hojas y florecitas de los árboles  que caían en la acera, como queriendo conversar con ellas.

En la otra mano sostenía un pocillo de peltre   y  un pedazo de totuma que usaba como cuchara. Lo entregaba a través de una ventanilla  en las casas de zaguán donde se había ganado la confianza, el cual le era devuelto por la dueña con una buena ración de comida. Muchas veces las familias le regalaban vestidos de segunda y calzados de corte bajo.

Hablaba despacito consigo mismo, cosas que le vinieran a su mente enfermiza, tal vez sobre desventuras y desilusiones. No le faltaba bailándole entre sus dedos un tocón de lápiz de grafito,  o un trozo de tiza blanca con el cual dibujaba figuritas y colocaba mensajes indescifrables en las paredes que parecieran que le alegraban el alma. Por años, Amparo fue burla de algunos adultos y de muchachos realengos que seguramente ignoraban su tragedia, sus fragilidades y sufrimientos.

Se decía en conversaciones de personas mayores que la pérdida de su mente se debía a un desengaño amoroso, cuyo sufrimiento fue progresando cuando pierde prematuramente su primer y único hijo, producto de su inicio conyugal, cayendo en un mutismo y un desconsuelo interminable que le hicieron perder todas sus alegrías hasta hacerla enloquecer.

Así anduvo en un ir y venir por dos céntricas calles de La Villa en las décadas del 50 y 60 (la Miranda y la Bolívar) arrastrando su tragedia, pernotando en zaguanes, reposando y durmiendo sobre pisos frescos de cemento, hasta que el tiempo la convirtió en anciana. Su cuerpo de tanto andar se fue volviendo enflaquecido y pesaroso, ya casi no veía ni oía, hasta que un día de claro sol villacurano, sin piedad la muerte la pasó a recoger.

Sin ninguna honra fúnebre fue puesto su cuerpecito dentro de un  cajón de rustica madera, conducido por un solo hombre hediondo de licor amargo, llevada hasta el antiguo cementerio de la calle Comercio. No hubo acompañamiento ni lágrimas, el mismo enterrador plantó sobre la pila de tierra negra  una cruz de palo, con un solo nombre: AMPARO.

     

  Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, septiembre de 2017





martes, 12 de septiembre de 2017

MI CANTO




Como Witman,
el poeta,
que cantó a si mismo

A los hijos y nietos
que se separaron
va  mi  doliente canto

Volaron
como gaviotas
buscando
nuevos mares

Y en otros puertos
su vuelo
detuvieron

Añorantes,
ansiosos de anhelo

Siempre serán
aliento de mi alma
y sangre de mi cuerpo

Mañana,
cuando 
una nueva aurora
irrumpa
por estos parajes

Y  la brisa,
los  aviente
por estos valles

Entonces,
daré gracias a Dios 
por su feliz regreso 
a la patria grande.


Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, septiembre 2017





jueves, 7 de septiembre de 2017

VIEJO CUPLÉ

          

A  Elio Martínez, poeta y serenatero 
                       
Viejo cancionero
desempolvado,
triste,
que renaces
en mis manos

Doradas páginas
que resucitan
antiguos amoríos

Versación 
que turba el alma
hasta más allá
de lo infinito

Palabras que resuenan 
como gotas
cuando finaliza
la lluvia vespertina

Canta el alma
tranco  a tranco
oprimidas letras
de tiernas melodías

Suena el fuelle
en una noche
de sueños, 
de quebrantos.

Raquíticas
letras
pronunciando
adioses

Mi viejo cuplé
que te fijaste 
muy adentro
del alma

Hoy,
temblorosa,
mi voz
tus canciones
lastimeras canturreo

Como un canto
agonizante de ave
mensajera.

Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, septiembre 2017























TRISTEZA NUEVA



Como capilla
sin santo
me dejas el corazón

En un épico
poema
lo pregona Andrès Eloy

Una inconsolable
madre
lo repite el día de hoy

cuando
uno de sus hijos,
de su lado
se debió ausentar

A buscar la brisa
de otros mares
que en el suyo
no pudo encontrar

Dios quiera,
(dijo ella, la madre)
que los vientos sureños
pronto
te devuelvan
a tu Caribe mar

Cuando no haya
sombra
en tu cielo crepuscular

y un nuevo sol
haga tu cielo brillar.



Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 01 de septiembre de 2017


COMENTARIOS:

Raúl Aular Flores Hermano: en nuestra época el perfume bueno venia en frasco pequeño..Excelente como siempre..Vaya un abrazo afectuoso.
2 de septiembre a las 16:25

Oscar Carrasquel Gracias y saludos a mis amigos todos por visitarme
2 de septiembre a las 20:57

Oscar Carrasquel Raul, hermanazo, gracias por ese abrazote ahora que lo puedo sentir.
2 de septiembre a las 20:58

Yudith Buitriago Hermoso, como todo lo que escribes

 3 de septiembre a las 20:27


miércoles, 30 de agosto de 2017

"LA GARITA" Y "EL CHORRITO" DOS CANTINAS DE ANTIGUA ESENCIA VILLACURANA

Carlos Almenar a las puertas de La Garita

                                                                                                           

                                       Con especial dedicatoria  a mi amigo Williams Saldeño, 
                                        más valioso  que  lo que pesa una  Morocota.



Uno a veces se pone a recordar  los años  de las décadas del 50 y 60, dos sitios en Villa de Cura que fueron ejemplo de ingenuidad, eran como un remanso de agradable reunión y de tertulia pueblerina. Pacifica y monótona discurría la vida villacurana en aquellos días. Juglares, nocherniegos, músicos serenateros, coleadores de mi pueblo,  estudiantes de liceos y  aficionados al juego de  bolas criollas y dominó, buscaban estos dos sitios afanosamente, muy especialmente los fines de cada semana.

BAR “LA GARITA”

Tal fue  el conocido “Bar La Garita”, situado en el límite de lo que es  la calle Sucre, doblando hacia calle Jaime Bosch, fundado a mediados del siglo XX por Carlos Avelino Almenar Rojas (1913-1997) natural de un pueblo muy sano llamado Belén, municipio Carlos Arvelo estado Carabobo, hijo de Justiniano Almenar y de Berta Rojas de Almenar, casado con Amanda Rodríguez de Almenar; de cuya unión nacieron seis hijos: Berta Josefina, Carlos Ramón, Amanda Leonor, Carmen Genoveva, Milagros Rafaela y María Clemencia. Supo este gran señor encaminar a sus hijos, todos lo recuerdan hoy como un padre ejemplar y un  responsable esposo.

Todo el mundo en La Villa sabía donde quedaba “La Garita” este refugio para las soledades. Uno entraba y el primero en mirar era al señor Carlos Almenar, recostado del estante para las botellas, quien residía a pocas cuadras de su negocio.  No creció mucho, catire; para unos de carácter taciturno pero  atendía a todo el que llegaba con la misma gentileza. Calladito, de trato amable para todos los tiempos, por duros que fueran. Terminó su vida siendo un hombre sencillo y peculiar de la villacuranidad, el pequeño valle  que quiso y habitó casi toda su vida con la  pureza y claridad de un manantial.

Su primer ayudante era un individuo que fue inseparable amigo de don Carlos, llamado Francisco Zapata, trigueño, agachadito, que al caminar cojeaba un poco, diligente como pocos; el hombre siempre andaba impregnado de humo de tabaco y siempre llevaba encima una bata blanca bien planchadita que parecía un enfermero. Quizá muchos no saben que el nombre  “La Garita” dado a este botiquín y la esquina donde estaba ubicado, se lo arriman  porque diagonal existía en la época gomecista una guarnición militar.

A su interior se pasaba a través de cualquiera de tres  puertas que dan a la calle y  la sensación que  daba, era que uno  iba entrando a una de esas tabernas que salen en las películas  del lejano oeste, porque debías empujar  un par de portezuelas batientes con el pecho; lo cierto que algunos al salir medio prendidos, las querían apartar de un solo manotazo, dejándolas chillando, creyéndose un vaquero forajido como Clint Eastwood, el protagonista del film “Por unos dólares más”.

Yo de verdad no niego mi presencia en esta cantina en infinidad de ocasiones. Para las tertulias de la peña fue un sitio muy especial; cuando no se reunía en El Cortijo, se congregaba en El Espinal, o en casas de amigos; en algunas ocasiones nos instalábamos bajo la sombra vegetal del Samán, con Teobaldo Parra  exhibiendo sus dotes de bolerista y declamador. Aquí coincidimos en  una oportunidad y nos tomamos unas cervezas con el periodista y poeta Pedro Ruiz y el concertista de guitarra española Efraín Silva, afinando y tocando su instrumento.

Recuerdo que hace años su amigo el brillante poeta J, M, Morgado, en un hermoso poema, y este servidor mediante una crónica, lo metimos de lleno en las páginas del quincenario El Vigía, de cuya dirección se encargaba nuestro recordado amigo José Seijas.  En esos momentos a Carlos se le celebraban los 80 años de recorrido en la vida.  Animado y contento en extremo se le vio en esa ocasión rodeado de familiares y amigos.

Basta ahora  que pase la gente de mi generación por el frente de lo que fue el “Bar La Garita” para que los arrope la nostalgia. Hoy ese portento de buenos recuerdos es un cascaron de soledad impresionante, cansado de tantas noches y de días, de  inviernos y  veranos. Sobrevive una fachada fatigada de musgos y plantas trepadoras que van extendiéndose hacia su roja techumbre. Subsiste hoy con el  aromas de sus hojas pero plagado de parasitas en todo el centro del patio donde se jugaba bolas criollas, un robusto árbol de samán en donde llegaba la potente brisa en los arreboles, metiéndose entre su enramada a rochelear  con las paraulatas y los cristofués.

Gracias a sus afanes de conservar las huellas de “La Garita” y   como un hermoso legado de su padre, bajo el techo de lo que fue la casa de la niñez con sus viejos y amplios corredores, le quedó a sus hijos algunos objetos del negocio que a pesar de tanto tiempo se mantienen intactos: una rokola marca Wurlitzer con la amenidad de música de moda de la década del 50 y 60, repleta se mantiene de discos de 45 rpm de tangos, boleros tropicales, rancheras y pasajes románticos que se escucharon en las  horas de reposo y calma infinidad de veces en la vecindad de Las Mercedes. Se junta una gordinflona nevera marca Westinghouse que todavía se encuentra apta para dejar arropaditos las botellas con escarcha; y recostada en un una pared, libre del polvo de la calle la gruesa caja registradora de caudales marca National,  que arrastra  la gaveta de caudales por medio un teclado de clavijas y de activar  una manilleta. 

BAR “EL CHORRITO”

Al costado derecho por  la misma calle Sucre, cruce con calle Rivas Castillo estaba situado el “Bar El Chorrito”, una cuevita que fue inspiración de  poetas y despechados. Nosotros jóvenes entrábamos a este rinconcito como río crecido a los conucos. Su dueño mandaba a pintar sus paredes en todo tiempo de  color verde porque era afecto al partido democrático Copei. Antiguamente el agua no venia por tubería de acueducto sino que se cogía de pilas o fuentes colocadas en algunas esquinas, es muy probable que de allí se derive el nombre del negocio y de la esquina “El Chorrito”.

Detrás del mostrador un hombre bajo, virtuosísimo echando cuentos del acervo cotidiano y mamador de gallo llamado Andrés Gómez, que por su trato franco y simpático cosechó muchas amistades. La presencia frecuente de la muchachada villacurana de aquel tiempo los arreglaba con guarapo de limón y panela que preparaba Gómez para la venta, bien heladito.

Cómo no recordar cuando  llegaba una tromba de jóvenes liceístas luego de haber cumplido con su horario de clase y  ordenaban: ¡Rafael, danos una tanda de cerveza y un bolívar sencillo para la rokola! Y  empezaba el bachiller Francisco Ojeda, como eterno enamorado, a puyar una selección de discos en las voces de Julio Jaramillo y el Indio Araucano. Marcaba dos y tres veces un tema de Héctor Cabrera que se titula “Te necesito”; y de Alfredo Sadel “Reloj no marques las horas”. Durante otros intervalos seleccionaba música criolla, interpretada por Mario Suarez y Magdalena Sánchez. La monedita (un bolívar) que aun no había sido devaluado daba derecho para escuchar cinco canciones elegidas.

EPÍLOGO

Abrumados por el tiempo quedaron hoy  “La Garita” y  “El Chorrito” en la calle Sucre de Villa de Cura. Fue destruida la casa que albergaba el bar “El Chorrito” -la antigua sede-  en su lugar existe ahora una vivienda moderna. Hoy  lo que queda de “La Garita” son unas cuatro paredes y dos portezuelas demacradas. Hoy es un caserón vacío de puertas añosas clausuradas. Es muy probable que algunos  habitantes de  vieja data los guarden todavía  en su memoria. Separados uno de otro apenas por unas dos o tres cuadras, vivieron muchos años asentados en nuestro amado pueblo estos dos sitios de grato reencuentro y recordación.
                         
                                   
                                                Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 25 de agosto de 2017 



NOTA: Las siguietes fotos corresponden  a La Garita y fueron compartidas gentilmente por la prof. Milagros Almenar, hija de Carlos Almenar.

 
La nevera Westinghouse, casi 100 años y aun funciona.


Oleo de la fachada de La Garita, interpretaciòn  pictòrica de Chicho

Caja Registradora marca National. Aùn funciona.



Francisco Zapata, dependiente de La Garita

En estas latas de avena Quaker se guardaban
las monedas que utilizaban  los clientes para hacer sonar
las rockolas 

Interior de La Garita inmortalizado por Carlos Martinez CJ

Botellas y latas de aquella època

Muchos fueron los caballeros que tomaron asiento en este banco



Rockola Wurlitzer


Diagramación y coordinación por la poeta María Teresa Fuenmayor       


COMENTARIOS:      
                           
Marisol Ramos Precioso relato. A veces se añoran épocas que ni siquiera viviste. Villa de Cura tenía mucha magia.

Mercedes Josefina Cáceres Pinzón Famosas cantinas Villacuranas.

Judith Araujo DON CARLOS

Elsa Diaz Saquen el Calvario, la Casa del Santo y no cantinas, por favor 

           
Victor David Parra Recuerdo a finales de los ochenta asistía a esos lugares con el poeta Elias Alvarez, nos arropaban las madrugadas empapados en alcohol y serenatas cuando aun mi pueblo era sano y uno salia ileso
 30 de agosto a las 18:36

Norma Elena Morales Bonito !! Recuerdos.
30 de agosto a las 21:46

Francisco Arteaga Delgado EL CHORRITO, CALLE LA CHANCLETA ( CALLE SUCRE), VENDIAN UN GUARAPO A 5 CENTIMOS UNA PUYA BIEN FRIO ERA ROJO VEGETAL, AZUCAR E HIELO . LA GARITA DE DON CARLOS ALMENAR, MEDIA JARRAS POLAR, CARACAS POR EL VALOR DE UN BOLIVAR DE PLATA, Y SE JUGABA BOLAS


martes, 29 de agosto de 2017

LA CASA GRANDE

 

A Rosana y a Flor
               
La casa grande
se  asemeja
a la Viña del Señor

Por un camino de amor
se llega
a la casa grande

A ella se entra
por un sendero
lleno de lienzos,
de poemas

Por un cobertizo
se entretejen
vuelos
de mariposas,
de abejas

Dos corazas de amor
cohabitan
allí adentro

Resisten,
destruyen
toda clase de espadas

Hay paz,
armonía,
dulzura,
en cada sorbito
de café
recién colado

Lo armónico
es para vivirlo
mi cansado corazón
en cada latido.

                                                           

                                                                 Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 28 de agosto 2017

COMENTARIOS:

Rosana Hernandez Pasquier Gracias querido amigo, Oscar un hermoso poema. Y tú un amigo de lujo.

Sitio web de la imagen https://imagenes.4ever.eu/comida-y-bebida/taza-de-cafe-219176
 

LOS 15 AÑOS DE FAIVER GUTIÉRREZ


Las flores en la sabana
tienen mayor esplendor
en  julio y agosto

Allá, en lo  florido y  verde
de la llanura
a la orilla de un salvaje río, 
brotaba  una hermosa rosa
un día treinta de agosto.

Recuerdo que fue al minuto
cuando la colcha de la noche
se  tendía sobre un maizal. 

La  luna le guiaba el camino
a una garza solitaria
pintándole al paisaje su armonía

Todos en casa,
en coro de voces
te brindaban la bienvenida

Llegaba una encantadora niña,
con unos ojos grandiosos
dibujados en la gracia  de su cara

Han pasado ya quince años,
Y hoy te siento tan intensa, 
Tal  como si fueras
de este viejo árbol una rama

Por eso Faiver Gutiérrez,
muchachita quinceañera,   
de regalo quiero ofrendarte
un ramo de flores frescas

Y que Dios te  bendiga
esta  hermosa mañana de tu vida.



                           Oscar Carrasquel, San Nicolás, 30 de agosto 2017

jueves, 17 de agosto de 2017

ODA A LA POPULAR CERVEZA



La verdad es que hoy en  día, somos cuantiosos los que no dejamos de sentir una gran nostalgia por una cervecita bien fría,  esa popular bebida que hoy se ha puesto a volar como todo por las nubes. Por eso me dispuse a seguirle la huella, ensalzar y cantar odas a esta  popular y refrescante bebida. Debemos comenzar diciendo que la cerveza  es de antiquísima tradición en el mundo, según la creencia universal parece que se remonta hacia el año 580 D C. En Alemania se fabrica hoy en día una de las mejores cervezas, y  apuntan los buenos catadores que el producto elaborado en Venezuela es una de las mejores del mundo. Sin embargo,  se ha escrito que fue en Australia, allá en Oceanía,  donde en la antigüedad se elaboró  la mejor cerveza del universo. La cerveza es una bebida tan sana, provocativa y tan única en todas partes, que la propia iglesia católica no impidió que San Arnulfo de Metz sea el santo patrón de la refrescante bebida. En España se le  llama, Cerveza; en Norteamérica, Beerd; en Portugal, Cerveia y en Venezuela, cariñosamente la llamamos Rubia o Catira. 

La historia que se relata reza que: “San Arnulfo  siendo obispo de Mertz, llegó a dicha región una peste terrible que contaminó el agua y mucha gente moría al consumirla. Por esta razón San Anulfo animaba a sus fieles a que en lugar de agua contaminada bebieran cerveza.  Cuando muere  el obispo llevan su cuerpo a enterrarlo en la Iglesia de Mertz; varios fieles agotados pararon en una taberna pero al entrar comprobaron que solo quedaba un tarro de la bebida, así que tuvieron que compartirlo entre todos. Sorprendentemente el tarro nunca se terminó y la gente toda pudo satisfacer su sed. El milagro de le atribuye a San Arnulfo”. (EditorChurchPOP).

Según la enciclopedia católica, la fiesta del Santo Patrón San Arnulfo, para los católicos cerveceros que no lo sabían, se celebra cada 18 de julio, muy cerca de la fecha del aniversario de mi nacimiento, así que mujeres y hombres a tomar rubias o catiras bien frías, pero eso sí, con moderación como lo recomienda nuestra Iglesia a sus fieles y hasta donde les alcance hoy el bolsillo.

Yo recuerdo que nuestro sonado equipo juvenil del los años 55 y 56 en Villa de Cura se llamó “Cerveza Caracas”, que dirigía Carlos “viejo” Graterol, auxiliado por “El cochino” Roso Martínez.  Cada vez que salíamos victoriosos de un campeonato, el señor Perès,  gerente regional  de la cervecería, nos agasajaba en sus instalaciones en Maracay, disfrutábamos de una comida y a libar la espumosa bien fría, no en botellitas, sino de unos cántaros de aluminio que llaman sifones.

Hoy hemos venido a evocar a la popular cervecita que también exterminaron, a exaltar algo que no faltaba a nuestro lado, ni en nuestra  nevera, por humilde que uno fuera, a rendirle honores a esta popular bebida,  que cada vez  se ha visto alejar más por su elevado costo  del paladar de los venezolanos.




 Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, agosto de 2017



REGRESO DE SACVEN


                          Al poeta Argenis Díaz
                                                    

Regresaba cargado el ómnibus 
con un censo de escritores
y de voces musicales

La llanta del margen izquierdo
emite una vibración,
como de ala desprendida
de un pájaro herido
que se arrastra lastimado por el piso

Ligero se bajaron de sus bancos,
todos parecían nerviosos
menos la poeta de traje blanco.

Pero ¡serenos!,
advierte el conductor,
hay que seguir la porfía

El ómnibus llega por fin
hasta el final de su diagonal

El viaje se hizo placentero,
llevaba entre el pasaje
una tropa de cantores y poetas
que cautivaban
con su incomparables sonrisas.



  Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 15 de agosto de 2017


lunes, 14 de agosto de 2017

EL NEGRO JOSÉ NÚÑEZ MURIÓ A LOS 46 AÑOS DE EDAD, HACE 46 AÑOS




En el seno de nuestra familia fue el “Negro” José  Núñez un ser muy especial y querido. En casa de los Carrasquel, todos los hermanos lo respetábamos y  lo teníamos como primo; todo indica que  su madre doña Virginia Núñez tuvo una amistad de mucha cercanía con nuestra madre María Carrasquel, lo que  la convirtió en tía de todos nosotros. Protegido por el calor y los brazos de la madre habitaron una casa  en la calle doctor Manzo en Villa de Cura, entre Miranda y Sucre, estaba residenciada nuestra familia en la calle doctor Urdaneta y de ella -la tía Virginia-  recibíamos casi todos los días su bendición.

Nosotros quisimos mucho al “Negro Núñez”, algo así como el hermano mayor que aconsejaba. Nacimos en el mismo pueblo. Su nombre completo era José de la Concepción Núñez. Fue el nombre que le puso doña Virginia por haber abierto los ojos al mundo un  8 de diciembre de 1924, día de la Santísima Virgen de la Inmaculada Concepción. En conversaciones familiares conocimos que el padre de José Núñez fue Don Plácido García, sastre de profesión y al mismo tiempo jefe de la oficina de Registro Público del otrora Distrito Zamora. Su renombrado taller de sastrería y la oficina pública se movían en un mismo espacio por la calle Comercio, frente a la gruta nuestra señora de Lourdes. Mi mamá  en aquellas tardes tranquilas de conversa me contaba  que don Plácido lo consentía y quería mucho.

Desde pequeño anduvo metido en un salón de clases, mirando al mundo a través del cristal de la alegría. Estudió la primaria completa en la Escuela Arístides Rojas bajo la rígida disciplina  del músico y pedagogo don Víctor Ángel Hernández; incontables reprimendas recibió de la maestra calaboceña de primer grado misia María Amparo Rodríguez. El bachillerato casi completo lo cursa en un colegio  para varones regido por sacerdotes diocesanos, internado por don Plácido en la ciudad de Calabozo. Su padre muere cuando estaba a punto de diplomarse  de bachiller. José regresa a La Villa, no le queda otra alternativa que inscribirse en la  escuela artesanal de Artes y Oficios, situada por la calle Bolívar donde aprendió contabilidad o teneduría de libros de firmas comerciales, como se decía antes.

Ya mayor de edad,  con estas credenciales y la elegancia de su caligrafía, las firmas comerciales de Villa de Cura más representativas como: Francisco Álvarez Rodríguez, Froilán José Aguirre, Manuel Melo y Antonio Silva, conocieron de su talante como excelente contador que era. Luego se emplea como contabilista a tiempo completo en el almacén de Don Norberto Ramón Vásquez, por los lados de La Alameda.  Allí se vendían víveres para surtir al comercio menor de la Villa y el llano, a la vez era la fábrica de alpargatas “El Abanico”. Y durante los últimos años trabaja en el almacén de Tomás María Hernández, sucesores, ubicado en la calle Páez. Fue  agente viajero de esta importante casa comercial y en ese desempeño tuvo que regender muchos caminos del estado Guárico y  el sur de los valles aragüeños.

Doña Virginia Núñez, su madre, era natural de El Sombrero, capital del municipio Mellado del estado Guárico. A Villa de Cura llega hacia las primeras décadas del siglo XX.  Una mujer hecha para la brega, una llanera acostumbrada a los tiempos buenos y malos (Aunque en esos dias no se conocía lo que era pasar hambre).

Obesa, irascible,  recia de carácter, en un altar veneraba un cuadro coloreado de  Nuestra Señora del Carmen, patrona espiritual de El Sombrero. Aprendió con las “viejas” que la criaron allá en el llano a fabricar toda clase de dulces criollos para la venta. Muy reconocida en La Villa por las hallacas navideñas que hacia todos los fines de semana. Sus clientes mañaneaban los sábados buscando sus hallacas y tamales. Madrugaba cotidianamente para poner en venta las arepas asadas en budare y en fogón, mi hermano las salía a repartir y vender, siete unidades por un real. Una mujer de una gran fortaleza corporal. Era tanta su fuerza que era capaz ella solita de alzar un lechón que había sacrificado y lanzarlo para luego rasparlo sobre un mesón de madera.

En su casa tenía un hermoso jardín de vistosas flores y el patio sembrado  de naranjos. Le importaba poco que no llegara agua por medio de la tubería de acueducto, pues en el centro del solar había un tremendo jagüey o aljibe que surtía toda la casa y mantenía fresco el rosal. Recuerdo muy bien que se tomaba agua  fresca y cristalina que destilaba de una piedra de tinajero verdecita de musgos. En una “Corona” molía el maíz ya pilado para obtener la masa para las arepas y las hallacas.

El “negro” Núñez fue una de esas personas que despertaba en todos el deseo de tenerlo como amigo, porque tenía un don especial para tratar a la gente. No tomaba licor pero tampoco le faltaba un tabaco “Habano” cubano bailándole entre los labios. Era de contextura gruesa, piel morena, pelo enredado, cara de manzana como la madre, cachetes abombados, inspiraba respeto, aunque era especial haciendo comparaciones y poniendo sobrenombres de esos que no se quitan nunca. Cualquiera endulzaba sus penas con su jocosidad. Cuando el chiste era bueno soltaba una  centellante y sonora carcajada jamás borrada de mi mente. Fue un personaje amable, simpático y muy querido en La Villa. De probada honestidad que  todos conocían.
  
Entre sus más íntimos  amigos se contaron el yaracuyano Humberto Blanco y sus hijos Humbertico y Rebeca; Pedro Ezequiel González, Doña Hilda Romero de González y su hija Yajanira que era su ahijada; Jesús María Blanco, Germán Cordero, Luis Nieves, Ramón Vásquez Montaña, Víctor Hernández Ramos, Alcides Álvarez, Rafael Ortega, Rafael Montaña, Teodoro Maury, Rita Álvarez, Arístides Melo, Manuel Melo, Antonio Moreno, José Manuel Morgado, el “Negro” Testamar, Luis Manuel Botello, Oscar Morgado y otros que sería muy largo de enumerar.

Jugando beisbol, Núñez también fue cosa seria. En su juventud aprovechaba los ratos libres y los domingos en un juego de beisbol no oficial, errante, conocido como “Caimaneras”. “El Negro” ocupaba una buena posición en la alineación porque era un reconocido y temible bateador de líneas largas. Lo que se llama un sluger. Su compadre Pedro Ezequiel, el escogedor de la partida, siempre lo colocaba de cuarto bate en el lineup.  Fue un frenético Magallanero y siempre demostraba su fidelidad por esa divisa del beisbol profesional en Venezuela.

Se enamora y se casa  con  una de las muchachas más hermosas y atractivas de la época, vecina de calle doctor Urdaneta,  amigos de la cuadra larga, llamada Hilda Álvarez, nacida en tierras guariqueñas de Valle de La Pascua. Quizá  la que mejor  conoció sus sueños, derrotas, sus rutinas y cansancios. A La Villa llega siendo  pequeña de la mano de su madre Rosario Álvarez y su hermana Josefina “Chepina”. En este pequeño valle se hizo mujer y encontró en José Núñez el amor para toda su vida, ese que se vuelve llama y fuego en el alma, de cuya unión nacieron 8 hijos: Rosa Elena, Edith Virginia, Hilda del Rosario, José Rafael, Rebeca Josefina, Aidee Columba, Luisa Elena y Rafael Enrique. Ellos se encargaron de acrecentar la familia en 14 nietos y 12 biznietos. Vivieron y se levantaron sus hijos en dos direcciones de la calle Miranda. Luego cambiaron de domicilio para la calle Sucre y supe que algunos se residenciaron en la capital de la república.

Hoy su hija, la profesora Luisa Elena Núñez de Rosales, conocida mejor como “La Negra Luisa”, con quien dialogué lo suficiente, retrotrayendo el tiempo, convencida que el mundo gira y que nada bueno es eterno, en medio de su  herida recuerda a su padre como incansable trabajador, esposo ejemplar, padre amoroso y consecuente.

El negro Núñez murió prácticamente en la plenitud de su vida el 15 de diciembre de 1970, pocos días hacían  que había cumplido  los 46 años de edad, víctima de un fulminante ataque cerebro cardiovascular, que a todos nos dejó sobrecogidos. Refresco 46 años en la distancia y aun le recordamos y todavía lloramos inconsolables su ausencia.

En el viejo camposanto de Villa de Cura, en la misma  ciudad donde tía Virginia le dio a luz y lo crió para la vida, entrando al cementerio cruzando a la izquierda, bajo  el silencio de las soledades  reposa su huesera.

Que descanse eternamente  tu alma y la tierra te siga siendo liviana, primo hermano.



                                                               Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 14 de agosto de 2017

domingo, 6 de agosto de 2017

URBANO PADILLA, TALABARTERO DE LA VIEJA GUARDIA



                                                                                            

Este hombre llamado Urbano Padilla es uno de los personajes más populares que tiene  el sector de Las Tablitas  de Villa de Cura, por ser un hombre con muchas historias que contar, destacado  por ser un viejo artesano de la talabartería, excelente  padre de familia, conocedor de caminos y encrucijadas. Más de medio siglo en La Villa no es cualquier cosa. Urbano se ha  dedicado a la talabartería, además de ser un humorista de rápida improvisación y de muchas ocurrencias. Tiene un buen repertorio de anécdotas y las cuenta tan sabroso que uno no quiere cambiar la conversa, conocido por todos simplemente como “Urbano”. Hombre modesto y conversador. 
La pura verdad es que lo conocí por vez primera, un madrugón  de fin de semana, metidos en una fila para entrar a un mercado; me lo presentó el señor Chito Navas, desde entonces entablamos una sólida amistad que  se mantiene intacta. Su trato, su corazón abierto y una discreta sonrisa que siempre dibuja en su rostro, son tan amplios como  la vieja  Alameda, con sus casas de techos rojos,  tarantines y bares, donde ejercían su oficio las mabileras. De él guardamos un cúmulo de buenos encuentros y recuerdos. Algunas veces aprovechamos para pasearnos por los recuerdos y saboreamos juntos un cafecito calientico, cuando salgo a mis acostumbradas caminatas matutinas.

En Villa de Cura nació el 05 de diciembre de 1947, sus padres fueron Manuel Isidoro Hernández y María Padilla. Su vida de soltero finaliza el año 1971 cuando se rejunta para siempre con Gladys Custodia Oliveros, de cuya unión nacieron dos hijos: Jairo Antonio y Deayanira. Hasta allí fue la meta de aquella vida de soltería, de buen bebedor en la barra de una taberna, peleón a puños para hacerse respetar en el barrio, buscador de diversiones y nochiernago. No obstante, su vida no ha sido nada fácil, porque supo fajarse duro para forjar una hermosa familia.

Sin embargo, es interesante saber que este conocido personaje en la década del setenta, viviendo en la capital de la República fue aficionado al deporte del boxeo, y conoció todas sus secuencias y detalles. Por solo 20 bolívares –según cuenta- se desempeñó un tiempo junto con  Luis Navas, sirviendo de sparring en las sesiones de entrenamiento de peleadores ranqueados,  como Luis Vallejo, Pedro Gómez, Cruz Marcano y el Toro Paiva, allá en el viejo cuadrilátero del Nuevo Circo en Caracas.

Urbano fue muy amigo de la bohemia y fanático de interpretar tangos de Gardel y de otras canciones del repertorio de Julio Jaramillo y de Olimpo Cárdenas; todavía  es muy interesante oírlo cantar rancheras igual  como lo hacen Pedro Infante o José Alfredo Jiménez, con ellos se cansó de cantar a dúo a la orilla de una rokola en el bar que regentaban Rafaelito y la Gorda acá  en La Alameda. 

Cuando contaba 13 años de edad tuvo su primer encuentro con un empleo, se integra en la famosa Talabartería Venezuela, fundada por el señor Reinaldo Silvera, allí comienza su vida de trabajo haciendo roseticas, guruperas y cabezadas, cuando  estaba en pleno apogeo el grupo Silvera; aquello fue como su escuela primaria de labor. Lo más importante en todo caso, es que fue  allí  donde se paseó por  el arte de la talabartería y se convirtió con el tiempo en un maestro fabricando sillas para montar a caballo. 

Urbano sabe lo que es una buena montura y sus aperos; cómo no lo iba a saber, si desempeñó durante más de 50  años el oficio, y las pudo producir tipo llanera para trabajo y coleo, la chocontana americana y la mejicana, y  también hizo sillines para montar  caballos pura sangre de carrera.  En su vida fue muy significativo tener de llaves a veteranos talabarteros; además de su maestro Reinaldo Silvera, a  Enrique Pérez, Lucio Pérez, Jesús Pérez, Heriberto Parra, Tomás Anzola, Juan Flores y otros más, quienes fueron testigos de su dedicación y esfuerzo.

Urbano es un hombre sereno y muy cuidadoso al hablar, de una gran agilidad mental, jamás le hemos oído pronunciar palabras disonantes o chocantes. Nunca lo hemos visto arreglado de paltó ni de corbata de lazo, pero  siempre anda impecablemente con su vestuario limpio y bien planchadito y ninguna vez le falta una gorrita de pelotero. 

Ya Urbano llegó a la edad en que a uno se le envejece  la piel pero no el corazón. Aun anda desafiando las hojas del calendario. Hombre de buenas acciones que se dedicó a laborar toda su vida al servicio de la importante industria talabartera, tan prestigiosa y floreciente en Villa de Cura en todas las épocas, como reconocida en toda Venezuela y otros países latinoamericanos.

De repente, como un aleteo de pájaro lo vemos cruzar la plaza Bolívar, mensura uno y otro lado y se acomoda en un banco a rumiar sus peroratas con muchos que conoce.  A este Urbano Padilla lo meto en la crónica  para que sus ejecutorias y sus virtudes personales no queden sepultadas en el olvido.

Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, invierno de 2017


FALLECIÓ UN GRAN MÚSICO VILLACURANO:RAFAEL ALMEIDA "PETIT"




El pasado 4 de agosto  2017, a los 92 años y a consecuencia de una seria enfermedad que venía sufriendo hace tiempo falleció en su Villa de Cura natal Rafael Almeida Quiroz, mejor conocido como Petit, gran músico  intérprete del bajo, timbales y tumbadora o conga.  El acto velatorio se efectuó en la Funeraria Virgen de Lourdes y las exequias el dia 5 en el cementerio Jardín de La Ermita.

Estuvimos allí,presentando nuestras condolencias a sus hijos y dolidos por ver que no se le hizo acompañamiento musical. Fué injusto el no hacerle los honores debidos a este músico orgullo de nuestra  patria chica. Hoy, como humilde homenaje, quiero compartir de nuevo con ustedes el artículo que publicara sobre él en fecha 14 de febrero de 2017 bajo el título RAFAEL ALMEIDA "PETIT" EN LA VILLA YA CASI NO SE VEN MÚSICOS VIEJOS

"El rostro de uno es como la fisonomía de los pueblos que cambia con el ritmo del tiempo. Todo en la vida evoluciona y la edad no escapa de esa premisa, con sus altibajos y tormentas. Hace días me había propuesto yo el afán de reencontrarme con Rafael Almeida “Petit”. Su rostro serio lo hace aparecer mal humorado pero es todo lo contrario, un hombre cordial y amable que no cambia por nada el culto de la amistad. Basta conocerlo o conversar un rato con él para comprobarlo. Su mirada languidece detrás de unos blancos espejuelos con una cabellera medio canosa. Rafael Almeida cuando joven era el símbolo del hombre serio, bien apuesto y de vestir impecable que aun sonríe alegremente por  haber abrazado desde muy joven el arte musical. En su vida algunas  cosas se le presentaron  por su paciencia,  otras asegura que fueron  por casualidad. De la historia musical villacurana – de una época - es cuantioso lo que tiene  este hombre que contar.


Sobre el  remoquete “Petit”, se lo arriman los músicos de la orquesta entre risas y echaduras de broma  por su baja estatura, y así  se le nombra por vieja costumbre.  Interpretaron aquellas lenguas encendidas de comparaciones  que  Rafael Almeida era “más bajo que el mismo Bajo”.  


“Petit” casi forma parte de nuestro patrimonio viviente para que quede su nombre en la historia menuda. Bajista y bongoncero autodidacta,  más de una vez lo vimos en los años 60 sobre una tarima agarrar el Bajo por el cuello y tocarlo con destreza con su mano maestra. El profesor Germán Cordero fue su buen amigo,  maestro y  consejero. Me confiesa con melancolía, y quizás tenga que darle la razón, que la modernidad y los sonidos electrónicos acabaron con el retumbo del tradicional Bajo, por eso y por el avance de los años prefirió retirarse.  


Nunca dejaba  escapar oportunidades para la música. Por intuición, porque casi no tuvo escuela, aprendió el lenguaje del Contrabajo y los cueros y a descifrar el sonido de los instrumentos de una orquesta. Luchador incansable en la vida, abnegado secretario detrás de un escritorio en el Registro Público de Villa de Cura. No fueron días ni meses sino cuatro décadas; eso sí, siempre estricto en su días y horas de entrada y salida a su trabajo. Sin embargo ya  del hogar traía la tesis de que la palabra empeñada tenía mucha más fuerza que un escrito y una firma. La escuela artesanal de Artes y Oficios que funcionó en la calle Real o Bolívar fue su inicial fuente de trabajo como obrero de mantenimiento. 


Lo vimos pisar y repisar estos espacios desde el esplendor de su juventud, ahora éstas calles están mustias y extrañadas de  tocadores de guitarras y de trovadores noctámbulos. Ya no están Chingolo, Pedro Ezequiel, José Pérez, Martin González y José Linero. Parece que se fugaron debajo de las alas de un pájaro que canta.


En la Villa y otros pueblos del centro y del llano dejó la huella de su arte musical en tremendas orquesta bailables como la “Siboney” - en sus dos ediciones - y  en la banda “Juan de Landaeta”, esta última creada por el maestro Víctor Ángel Hernández, entre otras más. Animó como integrante de orquestas infinidad de eventos bailables en el salón de fiestas de Los Baños Termales  de la capital guariqueña y el tradicional club militar Los Cocos de San Juan de los Morros y en clubes sociales de La Villa y el centro del país. Como olvidar las veladas, los desfiles y retretas. Estuvo presente tocando cuando las viejas campanas  repicaban de alegría, animando  las fiestas patronales  en pueblos de casi todo el llano.


Me dijo  henchido de orgullo que en este círculo conoció y se hizo amigo de Simón Díaz  y también de Leo Rodríguez, su compadre de sacramento. Estas dos grandes figuras de la canción integraron orquestas donde él participó como músico. Y de  otros acompañantes recuerda sus orígenes y caracteres entre ellos a Germán Cordero Padrón, Eduviges Estrada, Domingo Esaá, Manuel Luna, Agustín Muñoz, Chucho Bustamante, Humberto Bustamante, José Del Valle Bustamante, Rafael Garaicoechea, Carlos Torres, José Torrealba, Eladio Lovera, Pedro Flores, Pedro Ramírez y Gerámel Meléndez; y recordó  a respetables cantantes  villacuranos como Víctor Córdova, Raúl Agraz y Armando Corniel.


- Excelentes estos cantantes… Una vez que tocábamos un baile con la intervención de la Billo’s Caracas Boys,  el maestro Billo Frómeta se quedó abismado oyendo cantar a Córdova una de sus composiciones.


           Parte fundamental de su vida son sus dos hijas, Nilda del Valle y Lisbeth Amalia, un par de lamparitas que resplandecen su vida, un presente de Dios, criadas al rescoldo de su madre, María Dolores Montes de Almeida, ya fallecida. Una y otra levantaron la bandera del estudio. También  esencial la casa que hoy  habita con ellas en la calle doctor Manzo entre Páez y Comercio. Dispuestas siempre las jóvenes a ofrecer amablemente atención y una tacita de café hirviente a sus amigos.


             Almeida a veces se convierte en prisionero de sus emociones. En muchas ocasiones la soledad le sale de los rincones como un fantasma y recorre con ella a cuestas los espacios de la casa; pero la mayoría de las veces logra deshacerse de estos sufrimientos celebrando otras cosas maravillosas que ofrece la vida.


              Anteriormente yo conocí esta casa solariega, era agachadita,  pared de bahareque, de horconadura y de techo rojo, ahora se encuentra modernizada con el paso del tiempo. Recuerdo una vez bajo estos aleros con su estela de silencio  en las páginas de “El Vigía” con José Seijas, nos pusimos a conversar y a reconstruir vivencias en un intento de  remozar tantos recuerdos de su vida, recorrimos  remembranzas como viajeros que se encuentran y que luego  se pierden cual pañuelos que van repitiendo  adioses.


              No deja de hablar de su infancia y de su vejez y dice que cuando llegue el día y la hora está listo y dispuesto sin ningún temor, para cruzar brazo a brazo las aguas de otros mares lejanos. Pude evidenciar que sus pasos ya no van solos, necesitan la ayuda de un solidario bastón. Fui a parar a su cuarto dormitorio donde conserva varios libros y manuscritos, y adosado a una pared al lado de un escaparate reposa en silencio un poema de J.M. Morgado, como una hoja seca  caída por la brisa  que  le brindó la inteligencia del siempre recordado poeta.  


              Ahora Almeida se aproxima a los 83 años de edad, camina lento, habla pausado, se mueve poco ,como las ramas de un árbol al atardecer, pero cuando se arrellana en una silla a conversar con uno, lo hace sabroso con voz fuerte sin detener la conversa. Tiene la memoria todavía fresca, suelta las palabras como quien lanza  avioncitos de papel al viento; pocas veces se le pierden las palabras, pero que va, de inmediato las recobra y enseguida las clava en la memoria. Ahora se le notan las huellas del tiempo, la rigurosidad de las enfermedades y sus frecuentes crisis de desasosiego que  hicieron cansino su cuerpo.


                Como todo cristiano que habita este terruño, no deja de lamentarse porque ahora  no se consiguen fácilmente los alimentos, ni tampoco en las boticas las pastillas para la tensión, entonces el viejo músico para la supervivencia no le queda otra que utilizar la medicina de Dios. Gracias a ese Señor que mora los cielos y a su divina  protección su corazón palpita todavía"


                Este es nuestro humilde reconocimiento a un gran músico ejemplo de trabajo, disciplina y esfuerzo. 


Oscar Carrasquel.



              



Rafael Almeida “Petit”, intérprete del Bajo, timbales y tumbadora o conga



La Villa de San Luis, 13  febrero de 2017


COMENTARIOS:


Gilberto Malvestuto Hernández Paisano, gracias por todo lo que nos diste. Dios te tenga en la gloria. Mereces nuestro reconocimiento y respeto . Mi pueblo no te olvida.


Rosalba Montes Mi tio Rafael Almeida q p d


Mariela DE Ramirez Descanse en paz, tío



Francisco Arteaga Delgado GILBERTO MALVESTUTO SALUDOS A TU SEÑORA MADRE DOMITILA Y DEMÁS HERMANAS PAISANO Y AMIGO
 6 de agosto a las 18:25

Ebe Vicente Velásquez Lamentable pérdida.

Dulce Maria Gonzalez Carrasquel Que descanse en paz...

José Argenis Díaz Lamentable, recuerdo que un día me dijo que era un asiduo lector de mis artículos en El Vigía. Era un hombre sencillo y culto... Sé que ahora está en la memoria de Jehová. Mis condolencias a sus familiares...