viernes, 28 de abril de 2017

De regreso de "La Ermita"

Resultado de imagen para POETA ELIO MARTINEZ VILLA DE CURA ARAGUA VENEZUELA

Por Oscar Carrasquel

Por culpa del estallido
de las calles
un tropezòn en la acera
hizo trastabillar al poeta,
no se cayó del todo
su robusto cuerpo.
Pienso yo que fue adrede
la caída
Pues dos quinceañeras que 
pasaban
a enderezar el tronco enseguida le 
brincaron
Y siguió andando la calle el poeta
Elio
de tranquilo y sonriente enamorado.

AYER…


Por Oscar Carrasquel

En la tarde de ayer
por fin me encontré con ella 
frente a un jardín de flores
marchitas.
Hubo un gigante lirio
enganchado en su ramaje
que con furia se posaba en su dulzura
Como el vuelo enloquecido 
de un colibrí sobre una rosa.


La Villa de San Luis (Jardín de “La Ermita”)
20 de abril 2017

INGRID…


Por Oscar Carrasquel

A un lado estaba mi poeta,
La miro absorta, pensante,
con su dolor a cuestas.
-Igual que todos-
Enmudecida
de inmoladora tristeza.


La Villa de San Luis, 19-04-2017

Foto: Yadira Pérez

viernes, 14 de abril de 2017

“AMOR”… SIMPLEMENTE “AMOR”


Por Oscar Carrasquel


Hace  dos décadas y media el paisaje villacurano estirado como la palma de una mano con sus cerros circundantes le oyó pegar el primer leco,  porque  aquí en este pequeño y hermosísimo valle fue donde abrió por primera vez sus ojitos oscuros al mundo. Desde ese tiempo para acá  cada uno de sus latidos quedó encerrado entre cuatro paredes  en el Hospital Doctor José Rangel de Villa de Cura, bajo el cuido y atención de médicos residentes y especialistas, además del  personal de enfermeras y camareras  que nunca se separan de su cabecera. Los médicos y paramédicos por años llegan, pernoctan y luego se van, pero sin olvidar su triste destino y realidad, siempre pendientes de ella.  Tal día a tal hora llegó como un soplido de la brisa al servicio de pediatría del hospital y  desde entonces tomó su lugar en una habitación del nosocomio como perfecta y perenne inquilina. Hubo de haber ocurrido en cualquier día y cualquier momento. Cuentan que fue dejada desguarnecida envuelta en un pañal blanco por el rostro de una mujer joven que salió a pasos apresurados del pedestal de bronce de nuestro Libertador, por una de las coordenadas de la plaza. No tardaron mucho en pasar unos agentes del orden público que la rescataron y llevaron al hospital de La Villa. Por eso nadie sabe quién la trajo a este mundo,  y menos, cuando fue su nacimiento. Nunca se sabrá si llegó del campo o de la dispersión de la ciudad. Progresivamente la mocita fue creciendo  bajo el manto de sábanas blancas y al calor de su nueva familia. A su manera, buscaban aquellos  ojitos escudriñadores descubrir el por qué las luciérnagas alumbraban la penumbra de sus noches. La niña fue creciendo poco a poco sin sentir lo que es  jugar,  ni andar por los pasillos con los otros niños de su edad, ni  correr en medio del jardín detrás de maripositas y caballitos del diablo, ni oír los pajaritos dialogar y cantar; sin aprender lo que es jugar con vajillas de cocina y muñecas que lloran y caminan. Viviendo en un mundo diferente al nuestro. Impedida de contar la cantidad de luceros que habitan la colcha oscura del cielo aragüeño. Ella no puede  diferenciar las brillantes  mañanitas villacuranas, ni cuando llega   la noche. Ni cuando comienza  y termina la lluvia y el relámpago. ¿Cómo puede hacerlo? Si esta joven de condición especial  desde que nació hace veinticinco  años lleva una vida completamente vegetal, es decir, tiene vida pero carece de impulso voluntario. Es muy probable que dialogue en forma espiritual sin que ninguno lo sepa, con Dios y la Virgen María de Lourdes. Se pasa el tiempo apoyada sobre una almohada día y noche, procurando seguramente  estirar su ilusión, tratando de mover  su cabeza y a veces se encoge de hombros,  quizá en un gesto de impotencia. Percibe los movimientos y la voz de la gente  que la rodea meneando  unos ojos grandes que casi se salen de sus órbitas. En sus años que van de prisa no ha podido elegir qué le van a regalar en Navidad o en su inédito cumpleaños. Nunca ha podido contar las   ocasiones  en que su cuarto de habitación pintado de “amarillo pollito”  se llena de regalos, de cintillos y bonete pascual  y de mensajes llenos de palabras lindas. Pero sí los escruta o los intuye meneando sus ojos de arriba abajo. De pronto dibujan sus labios una tendida carcajada como un pájaro cuando se libera de su cautiverio. No tiene documentación de reconocimiento en la Jefatura Civil ni partida  de bautismo en los libros de la Iglesia parroquial. Fue bautizada, por  así decirlo, por la comunidad del hospital  “Doctor José Rangel” que le dio un nombre brotado de la sensibilidad de la gente, probablemente arrancado de las páginas de un cancionero. Le pusieron por nombre “Amor”…. Ella no ha escapado de la crisis, y sus cuidadoras y cuidadores tampoco. Hoy en día se la ven “fritos” y se “rascan la cabeza”  cuando se trata de conseguir el inventario de artículos de uso personal que necesita. La dieta alimenticia no es adecuada y  la medicina, porque su salud  ya no es plena, ya no llega puntualmente, ni hoy se consiguen en las farmacias como antes, y por   la situación que estamos afrontando, la gente ahora es indiferente y poco dadivosa. Acá en el hospital de la Villa, el personal continúa  aportando su valioso granito de arena. Al menos ella tiene amor, tiene hogar, atención médica,  le consiguen los comestibles. Finalmente, me han dicho que esta niña-mujer ahora es cuando mucho más necesita del apoyo, del cariño y la solidaridad de todos. Uno a veces por una cuestión natural nunca termina de asimilar las tempestades de los demás ni su dolor. La exhortación es que repitamos juntos aquellas palabras que nos recuerda el Apóstol Mateo “Lo que quiero en que seas compasivo, sin que tengas que ofrecer demasiado sacrificio”.



La Villa de San Luis, Semana Santa de 2017

sábado, 8 de abril de 2017

MISTER ALBERT


Por Oscar Carrasquel


Ternura de abuelo,
sonrisa de chiquillo despabilado
y ojos de cocuyo en medianoche

A  esos árboles que brotan
en la llanura, se asemeja.
Sus hilos de cabellos  cenicientos
como tierra recién quemada.

A veces bien temprano
nos brinda un guiño de salutación,
bambolea  sus manos
cual lucero peregrino.

De frente nos vemos súbitamente,
por el  estrecho de una vereda,
de sombras de eucaliptos y palmeras.

Ataja el ritmo de su camioneta
y  baja del asiento para saludarnos

Mira a su alrededor
a través de sus  cristalinos anteojos
de buen capitán

De un azul marino su camisa
destilando esencia de perfume fino.  

Yo, con uno de esos robles 
de una montaña,
también  lo comparo

Es fuerte, castaño, da sombra,
y  se asoma de noche como viajero,
para contar una a una las estrellas.

Hoy, mi verso 
como lejano relámpago
se  antoja en recordarlo,
así no  sea su día de cumpleaños.

                    La Villa de San Luis, Semana Santa de 2017

jueves, 6 de abril de 2017

ISMAEL CARRIZALES “CORREÍTA”

Por Oscar Carrasquel



En las soleadas calles de la Villa
frescas están  todavía
las huellas de las pisadas
de sus desflecadas alpargatas

¡Quién no supo de sus afanes!
Si calle arriba,  calle abajo
lo vimos diariamente pasar

Con un fajo de periódicos 
sobre su hombro apilados,
y su carita  risueña de muchacho
con  voz de clarín redoblado

De alegría irrestricta,
con sombrero de cogollo,
Y  unos pantalones abombados
más amplios que su tamaño

Más… y más primicias nuevas
con alusión regional y nacional,
le oyeron los portales de las casas 
pregonar:

--¡Cayó la dictadura y el tirano
A  Dominicana  fue a parar!”

Similar a un paseo de redoblantes,
-El año cincuenta y ocho- 
deslizaba los tubazos por la calle
de los periódicos de la Capital.

Una triste mañana de sol matinal
la noticia corrió como pólvora
por toda la ciudad.

En un  ataúd  sin desmayo
por el propio camino Real 
llevan a “Correita” a sembrar
al camposanto municipal.

Hoy devuelvo atrás la mirada,
la nostalgia  me embarga,
me dan  ganas de llorar,
veo el silenciar de sus voz
por las calles de mi ciudad.


La Villa de San Luis, abril 2017



Foto  Revista Expresión. No 30 /1990


COMENTARIOS:

Raúl Aular Flores Hermanazo: Hermosa descripción. Ojalá que Dios te de muchos años de vida para que continúes proyectando tus estampas villacuranas...Un afectuoso abrazo extensivo a la familia.


Oscar Carrasquel Gracias a mi generoso amigo por su comentario. Un abrazo Raúl. Hace poquito por casualidad estuve metido en tus letras.

Matilde Roldan de Bello Fue realmente un personaje , recordado por los Villacuranos .
6 de abril a las 23:46

Carmencita Hernandez Oscar, extraordinaria la semblanza que plasmaste de Correita...icono de nuestra villacuranidad. Fueun ser especial, sin maldad..con una alegria innata y esa siempre disposición a colaborar..GRACIAS POR TODOS ESOS RECUERDOS QUE NOS TRAES DE ESA VILLA HERMOSA que tenemos que rescatar....recibe un abrazo bien villacurano....

Oscar Carrasquel Gracias Carmencita, me alegra mucho que se sienta complacida esta catira hija del "Catirito" Fernando, que quería mucho y llevaba en el alma a este pueblo lleno de magia.

lunes, 3 de abril de 2017

FÉLIX LISANDRO

       

    Por Oscar Carrasquel


Ya su maciza corpulencia acusa,
un doblar de cartílago vencido
por el paso inclemente de los años

Baja y sube diez peldaños de grada
para salir afuera.

Agachadito… 
como aquel que pasa por abajo
de un árbol derribado por la brisa.

Lentamente…
sus pasos se deslizan
auxiliado por un tambaleante 
bastoncillo

Cruza la romántica calle
de sol matinal,
mientras el “tictac” de su bastón
márcale la senda por el frente.

Sencillo, desprendido de cualquier
afición de grandeza,
camina como Jesús sobre la arena

Si una  dama de colorida  gracia
se le acerca,
alza su voz de sonoro acento,
eleva  la vista, detiene el paso.

Y a la bella, enseguida le lanza
una fulgida flor abrevada de sus labios.



                                               La Villa de San Luis, abril de 2017


FOTO: Marìa Teresa Fuenmayor


COMENTARIOS


NY AN Bello mi novio, Dios lo bendiga!!! Y bendiga las manos de quien escribió tan hermoso poema!!
3 de abril a las 17:15

America Salvatie Agui Senor Félix siempre tan amable agradable no deja a su pueblo siempre andante por el centro Dios lo bendiga con mucha salud
3 de abril a las 20:18

Liseth Torrealba BELLO MI NOVIO DIOS ME LE DE MUCHA SALUD
3 de abril a las 20:45

Ana Sofia Dios lo bendiga grandemente
4 de abril a las 0:07

Jagger Utrera Félix mi primo eres excelente caballero y tremendo ser humano. Te queremos mucho.

Flor Aleyda Pulido Don Félix, muy apreciado en la comunidad, humilde...

3 de abril a las 17:03


YA NADIE QUIERE SER COSTURERA…

                                

                                                            Por Oscar Carrasquel

Se le nombraba costurera a aquella mujer encargada de cortar y confeccionar ropas  cumpliendo  una jornada de trabajo todos los días, incluyendo domingos y días feriados, sentada en una butaca desde que “Dios amanece” hasta que oscurecía  pedaleando una máquina de coser, dedicadas a producir ropa para damas, pantalones, camisas, blusas y elaboración de vestidos para adultos y niños, para mercadear o para los miembros de la casa.

La mayoría combinaba su faena con labores propias de atención a la familia porque realizaban el trabajo bajo la sombra de sus casas. Generalmente cortaban y diseñaban a la medida de manera autodidacta. Acordaban el precio de la costura, algunas veces se acostumbraba que las marchantes retiraban el encargo y posteriormente pagaban el importe, por cuota sabatina, o a final de quincena, según como fuera acordado. Entre estos consumidores se contaban: maestras de escuela, amas de casa, oficinistas y empleadas de trabajo fijo y duradero.

El oficio de costura es antiquísimo, data de hace muchos años atrás cuando los franceses lograron mostrarse de acuerdo con solemnizar el arte por allá en 1700, pero en mi caso particular   comencé a divisarlo y a convivir con él desde mis años de niño en Villa de Cura, casi rozando con la quinta década del siglo XX, cuando mi mamá, nativa de de la Villa de Todos Los Santos de Calabozo  llegó a Villa de Cura y comenzó  por elemental necesidad a desempeñar este trabajo. Emprendía la lucha para ayudar a levantar la familia. Según me contaba ella, el oficio lo aprendió desde chiquita “con las viejas de la casa”, lo traía moldeado  de la familia de su padre, doctor Carlos Segundo Madera, hogar donde se crió apenas nacida y allí se levantó hasta su casamiento.

MARÍA CARRASQUEL

Yo siempre he dicho que si alguien se atreviera a escribir sobre este oficio de la Villa de Cura antañona, fácilmente podía tomar como referencia para resumirlo a María Flores de Carrasquel. Mi mamá fue un ser humano  con  ímpetu de llanera con profusa fortaleza, llegó a ser  maestra en el arte de confeccionar vestidos para damas y niñas,  militante del arte de la fe y la esperanza,  comprometida con la naturaleza y de una laboriosidad asombrosa; solo fue vencida  por la fuerza de los años y de las enfermedades que la arrinconaron y acabaron con su existencia a la edad de 82 años. Muy respetuosa de la dignidad humana, siempre supo sembrar amor y solidaridad con sus semejantes. En la Villa desde su llegada acumuló una gran clientela. Me contaba que en este pueblo -entonces pequeño- parte de su clientela eran mujeres que despedían olor a colonia barata, pero que también brillaron como madres para todas las alegrías. Para éstas  siempre hubo de tener puertas abiertas. Aquellas, eran  mujeres que llamaban “de la calle” despectivamente, que deambulaban entre botiquines, quioscos y mabiles -no importa el nombre que se le quiera dar- de los entornos de la festiva Alameda crespera, a mitad de siglo XX más o menos. La verdad es que a ellas les gustaba su estilo de coser y mamá las consentía y  recibía en casa con particular deferencia,  “La razón -decía mamá- es  que estas damas eran muy formales y respetuosas,  además ganaron fama  de pagar los trabajos de contado y muchas veces por  adelantado”. 

Es cierto que en casa había un espejo grande de escaparate donde se asomaban ellas  para verse la silueta y medirse los vestidos. No decían nada, porque en medio de  ilusiones infantiles y por tremenduras, los varones las fisgábamos cuando alguna entraba al vestuario a medirse las telas. Recuerdo  que en aquellos bonitos tiempos de bailes carnestolendas  mamá les hacia los suntuosos disfraces de “Negrita”, “Conejitas”” y unos gabanes de relucientes colores que llamaban “Dominó”. Claro que, unas seis cuadras más o menos, debía caminar yo con una bandeja en  los brazos para entregar las costuras terminadas.  Esperaba en la puerta mientras cogía pausa un merengue rucaneado que molía  una pianola de manilleta que maniobraba el recordado Ramoncito Trujillo. Un peso (4 bolívares) obtenía por cada vestido que entregaba.  Podría admitir que aquel fue mi primer contacto como  muchacho de mandado.

Igualmente, mi madre fabricaba vestiditos para niñas  los cuales envolvía en papel trasparentes y los ubicaba a consignación en la bodega de la esquina El Sapo (Urdaneta con Sucre).  A la par hacia los uniformes a las peregrinas de la parroquia. Un detalle novedoso y muy peculiar es que a mamá no le gustaba coser ropa masculina. Pero cada traje para mujer o niña  que hacía era una creación diferente.

En aquel momento hubo cantidad de costureras buenas de verdad exponentes del arte en Villa de Cura, algunas se disputaban la preferencia de la persona de acuerdo con el gusto y según el estilo y la forma de cada individualidad. De estas señoras  solo quedan recuerdos en la memoria colectiva. La gran mayoría se las llevó la  cruda realidad de la muerte. Sin embargo, remitiéndonos a esa antigua franja, de la memoria de un gran villacurano llamado don Félix Hernández Castillo, extraje los nombres de Ana Isabel Domínguez de Lombano, María de Carrasquel, Isabel de Hernández, Claudia de Pálima, Rosita Acosta, María Luisa Nieves, María Ambrosia Martínez de Sanabria, Sinforosa Núñez, María Desideria López, María Teresa Castillo de Hernández, Eduviges Hurtado. Rupertina Ramos, Providencia de Montesino, María Eugenia Morgado, Damiana de Ascanio. ¡La lista es larga!

MATEA GALINDO

De la década de los años 40-50, de mi época de muchacho de pantalón corto, traigo  el hermoso recuerdo de una vecina de la “cuadra larga”, amiga fortuita de mamá, y sobre todo porque después que se conocieron  se hicieron buenas amigas, compartieron la ilimitada dedicación al mundo de la costura. Es decir, soñaban y se ayudaban recíprocamente. Hablo de la señora Matea Galindo. Yo a esta matrona la comparo sencillamente como mi madre, debió ser porque más de una vez puso en mis manos un bollo de pan de trigo, o medio real  que me alcanzaba para llevar a la escuela.  La vengo a resumir como una mujer generosa y digna de admiración, menuda de tamaño, del tamaño de su paso por la vida, de pelo liso y largo, de esos que no requieren ser  peinados a cada rato; nacida en el asentamiento campesino de El Cortijo hacia 1930. Toda una vida de entrega a su trabajo, desde que clareaba el sol hasta altas horas de la noche, había que arrimar el hombro al “viejo Marcos” para ayudar al sustento de la casa. Para ella no había imposibles que valieran. Fue costurera de confianza de los labriegos que llegaban de las aldeas aledañas a Villa de Cura hasta que el pueblo empezó a cambiar. Aparte de ello, debía atender un hogar compuesto de su  marido más 9 hijos, 5 varones y 4 hembras.  Tomaba las medidas a la figura de varones, cortaba tela en el extremo de una mesa de madero y después cosía ropa en una vieja máquina marca Singer de pedal, bajo la mortecina luz de una lamparilla que iluminaba  el corredor de su morada. Así era  como iba transcurriendo su vida. De forma repentina, Dios desde el cielo detiene su noble corazón y se acaba  aquella vida todavía útil en 1960, con escasos 47 años de edad. 

En nuestros días han mermado las costureras a causa de la proliferación de tiendas y almacenes de distribución de ropa.  Sin embargo, en estos momentos algunos de forma valiente se encuentran representando este arte tradicional en la Villa, conocedoras con precisión de la confección de vestidos para ocasiones especiales, como graduaciones, fiesta de 15 años y bodas. No tardaron en aparecer también las llamadas costureras exprés, aquellas que se encargan de arreglar, adaptar prendas y corregir tallas de ropa, según el gusto y los antojos de la clientela.

En épocas pasadas en muchas casas de la Villa las modistas se dedicaban exclusivamente a ser auxiliares de sastres para la confección de trajes y ropa a la medida para caballeros. Un buen operario de una máquina de coser se descubría de inmediato. Él o ella era quien daba el toque final a la costura, por eso  seguiría siendo tan importante como el sastre que trazaba y punteaba.

Anteriormente el volumen de trabajo de las modistas de ropa básica se incrementaba en las fiestas tradicionales como por ejemplo diciembre y para un festejo muy especial como grados y fabricando disfraces para niños y adultos para desfiles y  fiestas de carnaval.

Fueron varias las costureras que se dedicaban a hacer títeres, artesanía y crear muñecas de trapo para exhibirlas sobre muebles o para venderlas al público. En la Villa conocí dos cosedoras artísticas de muñecas de trapo: la señora Emiliana de Nadal y doña Angelina  Bolívar de Utrera. Esta última amiga de vieja data del poeta Aquiles Nazoa. Conversaban de lo que más sabían, de humanismo y de poesía. Por cierto, un amigo en la cercanía una vez me mostró un retrato, en el cual el  poeta de Catuche comparte animadamente sentado en un sillón de madera con una muñeca de trapo de su misma talla.

Finalmente,  no puedo dejar de acotar que no hace mucho tiempo, cuando pasaba la moda o cambiaban de talla, las damas por regla general  regalaban la ropa de poco uso a un familiar o a un allegado; ahora, con este brinco atrás que hemos dado, de grandes consternaciones económicas, lo pasa a un comercio nuevo denominado: “Venta de garaje”. Un espacio estratégico  de la casa para exhibición y venta de toda prenda de vestir. Muchas personas  participan y  se resuelven en este tipo de comercio en virtud de los precios tan elevados que ha llegado todo. 



La Villa de San Luis de Cura, marzo de 2017




jueves, 30 de marzo de 2017

AHORA YA NADIE QUIERE SER SASTRE



Por Oscar Carrasquel

Aquellos que son de mi generación en Villa de Cura  saben que los talleres de sastrería eran unos espacios reducidos; en el centro cabía un mesón con una máquina de modistería, allí se sentaba el hombre para entre puntada y puntada  darle forma a los fluxes y pantalones elaborados a mano  y con rigurosa medida. Lo demás eran tijeras, metro de cinta, tizas, figurines y moldes de cartulina, confundidos  entre hilos, telas y tijeras. La sastrería, más que un oficio, fue un arte que ya nadie desea aprender. “El hombre nuevo”  lo que busca es adquirir en 220 bolívares una crema dental, para después salir a ofrecerla ante la mayor impunidad por el precio de 3500 bolívares o más.

Una cosa curiosa es que las mujeres casi nunca mandaban a coser en  sastrerías. Pero algunas damas fueron auxiliares de estos artesanos. Las costureras tienen una historia aparte que en el futuro voy a referir. El sastre se encargaba de trazar,  punteaba y cortaba.  Pero la operaria generalmente era quien cosía a máquina para que terminara de nacer la criatura. Un traje  a la medida implicaba medírselo hasta dos y tres veces para que quedara a gusto del cliente.
                                                     

Me cuentan que en Villa de Cura el pionero de los sastres en las primeras décadas del siglo pasado fue un señor llamado Plácido García Zamora, muy conocedor del oficio, tenía su local  en la calle del Comercio frente a la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes.  En aquella época fue jefe del Registro Subalterno del Distrito Zamora pero ello no le impedía desempeñar el oficio. Asentó casa y multiplicó descendencia y vivía con su familia  en la calle Carabaño casi llegando a la Páez.

Voy a hablar con propiedad y no puedo dejar de recordar a dos sastres  que ejercieron en Villa de Cura en las décadas del 50 y 60, fueron ellos don Michele Ierrobino y  don Giovanni Donarunma, inmigrantes italianos, ambos artesanos ubicados en locales  separados de la calle Bolívar, cerca de la Farmacia de don Félix Valderrama. Don Giovanni  en su sastrería “El Deseo”, cuando yo comencé a trabajar, me confeccionaba un traje de casimir para estrenar en diciembre con tela y todo en  100 bolívares, pagadero a razón de 10 bolívares mensuales. Me remito a los años 50 y 60 cuando usted podía  comprar un flux en un almacén de Caracas -marca HRH o Montecristo- por la suma de 120 bolívares de contado.

Una de las casas especialistas en trajes de liquilique a la medida en Villa de Cura fue  la archiconocida “Sastrería Núñez” de don Manuel Núñez,  en la calle Blanca o Miranda,  cuya sastrería siempre exhibía como decoración al frente, un traje de liquilique blanco montado sobre un antiguo maniquí  con la cara de Carlos Andrés Pérez, y otras veces con el rostro del doctor Rafael Caldera, en los tiempos en que fueron presidentes. Don Manuel era primo de Joselo y Simón Díaz. Se hablaba  mucho de cantantes y políticos famosos que venían de todas partes especialmente de Caracas a encargar su liquilique y otras vestiduras en este taller de sastrería.  

Plena de vivencias y añoranzas  fue la sastrería “La fortuna”, instalada en dos direcciones, calle Bolívar y finalmente en la calle Del Comercio. La gente de aquí y del llano mucho antes de salir a  comprar   un liquilique o trajes personalizados en tiendas de Caracas o Maracay acudía primero a la sastrería La Fortuna. En esta tienda de venta por cuota quien llevaba las riendas era el poeta Vinicio Jaén Landa. El hombre que cortaba y confeccionaba se llamaba Andrés Delgado, a quien todos conocimos como ”El gallo Andrés”. Allí se respiraba paz y alegría y no se conocía el estrés. En sus ratos libres el  artesano rasgaba una guitarra y tocaba y cantaba  música argentina. Ángel Custodio Loyola y otros artistas afamados ordenaron más de una vez sus trabajos en esta sastrería.

Otro que se decidió  montar su propio negocio por la calle Doctor Morales  fue un sastre veterano y siempre cordial llamado Víctor Montenegro. De esta cuevita salían hechos trajes y pantalones a la medida. Reparaba y modificaba ruedos de pantalones y tallas. Se tertuliaba en este recinto, recitaban, se cantaba y tocaba; y no faltaba nunca en el patio una olla de hervido o mondongo montada sobre unas topias. Había siempre mesa servida para el que llegara. El gordo  Víctor puso una consigna de su puño y letra en una cartulina, de forzoso y cabal cumplimiento: “Quien come, lava y limpia”. Su negocio de sastrería era una peña de cotidianos encuentros de la farándula villacurana y foránea.

Otra sastrería que en los años 50 parecía  una embajada musical era la de un  caraqueño llamado don Augusto González,. Funcionaba por la calle Miranda, frente a la casa de don Rafael Garaicochea. Allí se reunía gente de Caracas y de todas partes.  En su local conocí  cuando yo  era un muchacho pantalón corto al genial  Luis Fragachán, guitarrista y reconocido poeta. “El Norte es una quimera” es una de sus maravillosas composiciones. En las  reuniones se compartían historias viejas y nuevas sobre política (muy calladitos). Yo llegaba de asomado y me mandaban a comprar las “mulitas” de berro o guácimo al negocio de don Lope Esáa. Mientras don Augusto González tijereaba empinado sobre un largo mesón,  el grupo celebraba con poesía, valses, joropos  y otras canciones.

Una de las sastrerías  más distinguidas de la época en Villa de Cura era “La Palma”, propiedad de un señor llamado Pedro Palma. Estaba situada en la calle Bolívar frente al bar Savery.

De amplia trayectoria fue el flaco José Villasana, diseñador, artista del trazado y la costura. No quiero decir que era mejor que los demás, pero la vieja tradición lo  señala que cortaba modelos de trajes perfectos. En estos días  recordaba su clásica y usual cortesía. Cuando uno se tropezaba con él en la calle o llegaba a su taller,  utilizaba para saludar esta centellante y fuerte expresión: ¡Caraaaamba! Desprendido y sencillo, usualmente andaba por la calle sobre una bicicleta de manubrio visitando cantidad de  costureras, como también cobrándoles la cuota a sus clientes. 30 años de amores con su prometida y no se llegó a casar. Según dicen vivió y murió célibe.

Don Jesús Revilla fue un sastre muy conocido, se dedicaba mejor al ramo de los pantalones y era músico a la vez, nativo de Coro, estado Falcón. Fue un artista destacado tocando la guitarra española; muy atento y amable. Nos hicimos grandes amigos, trabajaba en un pequeño taller de sastrería en su casa de habitación donde también fabricaba y reparaba instrumentos musicales de cuerdas. Vivía como un pájaro en una casita colgada en el cerro Los Chivos donde quedaron encerrados todos sus trinos y su música. Apenas dejaba el trabajo de fin de semana me buscaba para compartir canciones y recitaciones.

En la misma calle del Comercio estaba situado el taller de sastrería donde laboraba Juan Terán, mejor conocido con el diminutivo de “Juancito Terán”. Así lo llamaba todo el mundo por su  estatura pequeña y  contextura delgada. Fue discípulo de su padre del mismo nombre quien fue  su consejero, de él heredó su arte. Tuvo por su oficio  de sastre una gran pasión hasta su muerte. La última vez que lo vi nos tomamos varias cervezas en la barra de la arepera “La Única”.


Petra Fernández  llega  de Altagracia de Orituco donde nació con el siglo XX.  En La Villa fue la única mujer de quien tengo noticias quedó desempeñando el oficio de sastre. Alcanzó renombre y mucha notoriedad en la Villa de aquellos tiempos. Vivía y  trabajaba en una vieja casa por los lados de La Alameda. Exactamente frente a la casa de habitación y barbería de don Luis Botello. La nombraron “Petra La Sastra”, el apelativo no le vino de  casualidad o por tomadura de pelo, sino por su  dedicación toda la vida a su quehacer de sastre. Dan cuenta sus vecinos que tenía una mansa vaquilla que llamaba “Sarita”, a la cual todas las mañanas bien temprano sacaba a comer en la sabana y regresaba a la casa en la tarde. 

Sin embargo, partiendo desde más atrás, me refiere en una nota el profesor O. Botello, respondiéndo amablemente a una inquietud: “Josefa Peña de Martínez era la que cosía los liquiliques, blusas y calzoncillos rodilleros a los llaneros que venían a Maracay, a traer el ganado de Guárico y Apure, era vecina de La Alameda, vivía en la casa donde después vivió Juan Aguilar,  murió en 1960 a los 92 años. Era la abuela de mi mamá y madre de la mamá de Cira y José Esáa”.

Don Diego Rattia era un hombre criollísimo, gordo, patilludo, fundó la sastrería “La Criollita”, diariamente se le veía cortando y trazando telas alrededor de un mesón, con un metro de cinta colgado en el hombro y unos lentes claros que   usaba  en la frente. En ese oficio pasó toda la vida. Su taller de  sastrería lo tenía en la calle del Comercio.

El gordo Juan Parra, desempeñaba su oficio y arte en un rudimentario local por la calle del Comercio. Una persona con un toque de humor muy colorido. Hacía pantalones y todo tipo de traje  que requiriera  un caballero elegante. Pasado el tiempo se residenció con su familia en Maracay. Allí siguió  amansando el amor por su profesión. Como usaba los pantalones sostenidos con bandas elásticas,  el poeta José Manuel Morgado, su gran amigo le soltó una vez esta frase: “¡Camarada, esas elásticas no te dejan crecer!”.

En la calle del Comercio de Villa de Cura, que debió  denominarse mejor calle “Los Artesanos”, trabajaron  en su casa don Héctor Acosta  y también en  una pieza alquilada don Carlos Freites. Ambos fueron destacados sastres en Villa de Cura. Tenía don Héctor una gran cantidad de clientes que venían de los estados llaneros. A Freites no lo volvimos a ver, me informaron que junto a su familia se fue a vivir y trabajar en Maracay, como modista del contingente de las FAV.

Quizás el último sastre conocido en Villa de Cura  fue un viejo operario que diseñaba, cortaba y él mismo cosía en una  máquina “Triumph” que fue su inseparable ayudante de trabajo. Su nombre era Ramón Arturo Muñoz.  Su oficio fue su pasión y su modo de vivir. Murió hace como tres años pero me dejó de recuerdo la fotografía que muestro en la portada. Vivía  y trabajaba en una pieza al lado del bar El Samán.  Yo lo visitaba con frecuencia porque además era muy conversador y contador de anécdotas de sus tiempos en el ciclismo, después fue animador de las competencias de bicicletas en carreteras. Su sala taller  era lugar de reunión de ciclistas. Era de nacionalidad colombiana.  Villa de Cura, ciudad a la que tanto amó, fue su segunda tierra y aquí reposan sus restos. 

                                    

Ya se marcharon aquellos sastres de ancianos y blancos cabellos, ahora quedó la poca industrialización y la importación para sustituirlos. Las sastrerías viejas hace tiempo que cerraron. Las nuevas generaciones como explicamos al principio no mostraron interés por continuar la profesión, además de que todas la telas vienen de fuera. La industria textil venezolana está casi paralizada.

Cuántas  historias reales, anécdotas, tristezas y alegrías no guardarán estas paredes de silencio, ya todos estos talleres de confección desparecieron como se escapan las piedras con una corriente. La nueva cultura también acabó con las antiguas y recordadas sastrerías de Villa de Cura y en la mayoría de las ciudades de Venezuela.




La Villa de San Luis, verano de 2017


   


                                                





sábado, 25 de marzo de 2017

CAMPO, RUMBO Y CIELO

Por Oscar Carrasquel


Tantea la ruta de su reino 
viaja encima de una hojita seca
valiéndose de los vientos de marzo
Se recuesta del único cerro
sin vestigio de pinos, 
ni monte reverdecido.
Mira a un riachuelo
con un chorrillo que marcha,
busca por entre las nubes grises
la semejanza de vuestra figura
Solo divisa un caminito de polvo
con huellas que andan
Una mariposa extenuada
le guía el rumbo
En secreto, dos iguanas verdes
se entregan abajo,
valiéndose de la espesura
de una hojarasca.
Atiende el trinar de dos paraulatas
arriba de una rama gacha;
¡Allá, en la breve colina
por fin está su hospitalaria casa!
Y desde un fogón de leña
al cielo va la humada
Retorna con el ocaso en alto
bajo las alas de una avecilla 
que en la luz del astro se fía.



La Villa de San Luis, marzo de 2017


Sitio web de la imagen: http://arteoleosmabelarancibia.es.tl/

miércoles, 15 de marzo de 2017

MAESTROS DE CASAS EN VILLA DE CURA


Por Oscar Carrasquel

Vale la pena  recordar que en las décadas del 40 y 50 del pasado siglo decir en nuestra Villa de Cura: ingeniero, arquitecto, dibujante de planos, agrimensor y constructor, era exactamente lo mismo que referirse a un aquilatado conjunto de hombres que se encargaban de dirigir albañiles, ayudantes y  trabajadores rasos, para construir viviendas de bloques y armadura de concreto; aquellas viviendas nuevas que comenzaron a sustituir las estrechas rancherías de paredes de paja y barro, de techos de caña amarga y  palmeras,  coloreadas de cal y almagre, en aquella Villa de Cura lejana y semirural de tiempos remotos.

Estos “Maestros de Obras” se consagraron no solamente en dirigir la edificación de una casa, sino que se entregaban a trazar el terreno, hurgaban planos, sabían carpintería,  plomería, fluido eléctrico,  y, por supuesto, eran los responsables de las obras. Estaba de moda en esos años 50 y 60 que un trabajador podía hacer mercado y sacar a pasear  la familia  con un salario de 8 bolívares diarios.  El saco de cemento Carabobo se compraba a 4 bolívares; un camión de arena 20 bolívares y  1000 bloques marca Alfaragua costaban 200 bolívares. Un jornalero  trabajaba siempre con el estomago lleno.

Algunos de estos calificados  maestros fueron además constructores de vías, alcantarillados y aceras de cemento, cabe mencionar los  nombres de los maestros Juan Vicente Michelena, Carlos López y José Morales que fueron jefes de cuadrillas del Concejo Municipal del entonces Distrito Zamora. También es digno de aludir a Mister Macklin, un hombre que sigue hablando con frases cortas en inglés, constructor de obras hídricas para el abastecimiento de agua potable de pueblos y ciudades, además  de canales de riego para las zonas agrícolas. Me informaron que hoy por hoy vive en la parte norte de La Villa.

Así mismo, refrescando la memoria de los años de mi adolescencia  evoco de ese pasado  villacurano a un humilde y laborioso artesano que se llamó Felipe Aular Bolívar. Su patria chica y su recinto sagrado era el  hogar que él mismo edificó situado frente a la placita Ayacucho, hacia la salida del pueblo nativo, a pocos pasos de “Puente de Hierro”.  Respetuoso,  sereno, taciturno,   nada impaciente. Fueron muchas las veces que lo vi cuando se echaba a trajinar las calles acompañado de un camioncito tipo volteo que si todavía rodara tuviera más de 60 años, marca Ford, casilla de color rojo, modelo 1954, de esos con motor que roznaba como un toro desafiante por la calle y en letras doradas estampada en ambas puertas  “Construcciones Aular”. Arriba en el asiento del copiloto  solía llevar al albañil y el ayudante y  los materiales e implementos de trabajar los cargaba en el cajón de voltear; aquel señor ostentaba el orgulloso vocablo de “Maestro de Casas”, como se le decía en aquella época a los constructores de casas, quintas y edificios. Lleno de resplandores de sabiduría en esa hora que Venezuela requería de urgente transformación en materia urbana y social. Fue considerado un hombre que abarcaba todos los conocimientos para lucir  la jerarquía de “Maestro de Obras”, asumiendo ese trabajo como un don de Dios, porque fue también Maestro para trasmitir enseñanzas a las futuras generaciones. Era un hombre de acción que no solo sabía conducir con pericia un camión, sino que animaba, era guía y ayudaba a levantar con sus manos callosas quemadas por el sol, una quinta o una vivienda honrosa y digna. En ese ayer lejano había que pasar trabajo para ganar el sustento diario y sostener  una familia hermosa como el Señor Aular en La Villa fundó.

El Maestro Aular fue además creativo de la cultura y genuino para todo. Sin ánimo de lucro marcó pauta como experimentado escultor, tanto que moldeó con sus manos un busto de El Libertador que duró más de 40 años engalanando la pila central de la Plaza Bolívar de Villa de Cura. Algo encomiable fue que el maestro y artista se identificó con los ideales y con los sueños del aquel hombre metido en la estatua. Él sabía al dedillo cuál  era la infalible función de las estatuas. Irrespetada y desmontada la escultura por los iconoclastas en el año 1972, ahora puede verse   resucitada en una plazoleta rodeada de soledad en la comunidad de Los Tanques adonde fue trasladada. Ese mismo Simón Bolívar que  estuvo muerto…muerto; hasta  que fue sacado de madrugada de su sarcófago sagrado donde reposaba ¡Imagino que se indignó! porque dicho daño jamás podrá ser resarcido. El busto de Leopoldo Tosta, erigido en la escuela que lleva su nombre y el rostro del Doctor Alberto Smith, en un Liceo de su nombre  en Villa de Cura, fueron igualmente otras de sus obras escultóricas.

No quiero dejar en el olvido que el maestro Aular fue además un hombre de cultura musical. Dicen que ejecutaba muy bien el cuatro llanero.  De tiempo en tiempo lo acompañaba su amigo, el profesor Ángel Briceño, el flautista solista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela.  El viento del anochecer soplaba la flauta y chasqueaba el cuatro sentados debajo de un samán en un banco de la placita Ayacucho donde la pareja dejaba escuchar el joropo “Adiós”, una de  las piezas inmortales del maestro Briceño, y otras en complicidad de unos  buchitos de ron.

En  Villa de Cura  son muchas las viviendas que hoy  pueden conceptuarse dentro del nuevo modelo de construcción que fueron hechas íntegramente por este Maestro de Obra. Construyó don Felipe Aular, entre otras,  las casas de Narciso Pérez Acosta, frente a la gruta de Lourdes, así como también levantó las residencias de los hermanos Juan Bautista y José Rafael Hernández Pérez, que todavía señorea en la calle del C.omercio. La casa de Don Adolfo Ramírez, en la calle Real con Bolívar y Villegas y el edificio que hoy ocupa la Arepera La Única, en el cruce de la calle Comercio con Doctor Urdaneta ( O. Botello. Expresión No 47/ 2002). Honda repercusión ocasionó el fallecimiento del maestro Felipe Aular Bolívar cuando contaba 73 años el 6 de agosto de 1974.  Conversando con el poeta Elio Martínez me dice que en el Museo de Tradición “Inocencio Utrera” de la ciudad de Villa de Cura hay un compendio de fotografías y una exposición sobre su obra, y posiblemente una  historiografía de su baquianìa de esposo, padre y abuelo.

Es preciso recordar que en aquellos lejanos tiempos los habitantes de La Villa se dedicaban fundamentalmente a la alpargatería, la talabartería, a la agricultura  y otros oficios domésticos.  La construcción de viviendas  fue también una de ellos. El pueblo era de lo más tranquilo, distante de tantas angustias, en un ambiente de seguridad y de mediano desarrollo.  Existieron también en la pequeña ciudad otros “Maestros de Obra” que  destacaron en esta especialidad, que se ganaron un espacio en la historia de la construcción de viviendas en Villa de Cura, a quienes hoy  venimos a recordar en lo profundo del dolor, porque ya no están, como son estos nombres que extraje de la memoria de un coterráneo llamado Jesús González, un albañil ya retirado del oficio, que vive en la Parroquia Las Mercedes, son ellos: Felipe Aular, Aurelio Pacheco, Juan Vicente Michelena, Carlos López, José Morales, José Isabel Berroterán, Víctor Berroterán, Marcelo Almeida, Juan Berroterán, Tarsicio Moreno, Jesús María Jaspe y Pedro Blanco, artesanos que prestaron su decidida contribución a la apertura de la incipiente edificación de viviendas modernas en Villa de Cura

La Villa de San Luis, marzo de 2017


domingo, 12 de marzo de 2017

CARRETAS Y ANIMALES DE CARGA, UN TRANSPORTE DE VIEJA DATA


A: Chencho Adames
                                           
     Por Oscar Carrasquel

En las primeras décadas del Siglo XX cuando en Venezuela no había llegado la era del transporte automotor, el traslado tanto de personas como de carga de alimentos del campo a la ciudad y viceversa, se tenía que hacer en carretas tiradas por mulas  o en lomo de burros o en bestia mular. Por las calles de la Villa hace más de medio siglo atrás no era raro encontrarse en las puertas de los comercios los arreos sostenidos  de los  ventanales, o amarrados de una punta de eje de carreta encajada en el piso. Siendo yo un muchacho  los observaba diariamente frente a la entrada en los almacenes de Manuel Melo, Norberto Ramón Vásquez, Francisco Matute y Froilán Aguirre.

En los años 1940 o 50  todavía los arreos transitaban por trochas angostas o malos caminos, bordeando la fila de los cerros, en cuyos predios se cultivaba café, panelas, granos y otros productos, principalmente de las haciendas Santa Rosa y La Violeta,  y de las posesiones de Picacho Blanco, Platillón, Virgen Pura y otras. 

Según testimonio de un  jornalero de nombre José Carrillo  que logró laborar en la hacienda La Violeta, mejor conocido como “Mano Chico”,  el magnate de esos lares era un señor llamado Ismael Pérez, rico hacendado  propietario de dos  arreos de burros y uno de mulas. Me explica que cada uno de los arreos lo conformaban siete bestias en fila india tirados por un chicote. Llevaban dos tapas a los lados de la cabeza para direccionar su campo visual. El primero lo denominaban  puntero o campanero, porque llevaba colgado del cuello una campanilla que sonaba con el golpe al caminar y marcaba el paso para gobernar el resto de la caravana. Seis burros llevaban enjalmas sobre su lomo para aguantar y adaptar la carga. El último  de la fila era el burro sillonero, único que no llevaba enjalma, sino la silla o asiento de quien era un hombre del campo al que no le faltaba un sombrero de pajilla, una pizca de chimo o masticando tabaco en rama.  Pendían de la tabla del cuello de los animales unos bolsones llenos de maíz en grano para alimentarlos durante la jornada, y bebían  agua cristalina  en lo que se detenía la caravana en algún arroyo o paso de quebrada. Descendían por el camino  de Santa Rosa atravesando el sector de La Represa para llegar al centro. De regreso iban cargados de productos que no se daban fácilmente en el campo, tales como sal, enlatados, alpargatas y herramientas para el trabajo.

Como es sabido, con el paso de las décadas comenzó la utilización de jeep y camiones, pero aun en los años cincuenta las carretas y personas sobre burro, mulos y bestia caballar se podían ver confundidos entre los escasos autos que circulaban por las calles y campos. Cuando eso el límite de la Villa llegaba hasta la Alameda y la plaza Bolívar, lo demás como  dice el dicho,  era “puro monte y culebra”.
Recuerdo primeramente como si fuera ayer a la figura de mi padrino don Dionisio Infante, con toda su pompa montado sobre el lomo de una mula  negra que tenía marcada una especie de estrella en la frente; en un tiempo fue su medio de transporte desde la “puerta de campo” de su casa de familia  hasta sus haciendas: La Providencia y Las Peñitas. Con frecuencia se oía el rebuzno  de la bestia y el traqueo de los cascos por la tranquila calle Sucre  y las personas ya sabían que era la mula del Negro Infante, como le decía la gente.  Regresaba el hombre para su casa con la ropa  blanca embardunada de orine y estiércol de ganado. Apenas llegaba, la desensillaba, le daba un baño, le propinaba una nalgada y obediente la mula se regresaba por el medio de la calle sin que ningún muchacho se metiera con ella.

Entre la gente que nos visitaba del campo conocí y recuerdo a la “Negra” María Peralta, vestida siempre como una peregrina, con camisón de crehuela blanco que le llegaba hasta la pierna, montada sobre un asno manso con las dos piernas colgándole por un lado y su fiel marido, de blusa blanca y calzado de alpargatas nuevas arreando la bestia. Nunca se perdía esta pareja de las reuniones y fiestas de joropo  de tres días seguidos en la casa de su partido Acción Democrática, cuya  sede en ese tiempo era por la calle Miranda, donde hoy se encuentra una licorería que lleva por nombre  “Los Hermanos”.

Los villacuranos de la década del 50 no pueden dejar de recordar a una mujer  llamada Nicolasa López. Era una señora feliz, con rasgos de campesina, blanca, robusta,  de una gran fortaleza; llegaba los fines de semana proveniente de  “Camejo”; caminaba apuradita, bajaba por el camino echando por delante un par asnos cargados hasta la coronilla de productos agrícolas para comerciar en los negocios de pulpería de La Villa.

Otro personaje era una humilde mujer llamada Juanita Flores, de familiares residentes en el barrio Las Tablitas, viajera, arreaba un burrito  cargado de frutos del campo, bajaba la mujer  por el claro camino de tierra de “Camejo” cercano a la Villa, donde ella tenía una posesión. Me contaron que consiguió un préstamo de 300 bolívares de los antiguos e instaló un puesto de venta dentro del Mercado Viejo que quedaba diagonal con la Plaza Miranda. Todavía subsiste la fachada de ese viejo edificio. Vendía primordialmente aves,  granos y verduras para darle gusto al hervido.


También en los años cincuenta era común observar sobre una mula mansa  a un árabe  ya viejo y obeso, quien todo el mundo conocía solo como “Musiù Samuel”, vivía por la calle Urdaneta o Cuadra Larga, casi a mitad de cuadra; en las tardes calurosas se paseaba ofreciendo en las casas cortes de tela por cuota pagaderos a razón de dos bolívares semanales, recibía el pago  sin necesidad de bajarse de la mula (Cuando eso la expresión: “Bajarse de la mula” no tenía la connotación que tiene ahora). Mi mamá como era costurera de oficio se contaba entre sus asiduos marchantes.

Hace más de 60 años vivió en Villa de Cura un personaje peculiarísimo y muy querido en el barrio Las Tablitas llamado Rosendito Martínez, que hoy en día causara   sensación o admiración, y seguramente los viejos habitantes  de la barriada vivirán  añorándolo, porque parecía  un negocio de panadería ambulante, cotidianamente andaba montado sobre un burrito nuevo con un par de cestas que le colgaban a cada  lado, donde cargaba para ofertar: pan de piquito (parecido al ”pan francés”) pan dulce, tunjas, bizcocho redondo, butaques y catalinas. Su burrito se hizo muy conocido porque caminaba con paso acelerado, corrió entonces un refrán común para las personas que andaban  de prisa: ¡“Andas más apurado que el burro de Rosendito”! Murió pobre Rosendo y su negocio de mucha importancia lo terminó la modernidad, que ahora pasado tanto tiempo puso en boga las ya perpetuadas colas para poder adquirir el pan de panadería.

A este familiar espectáculo de transitar por calles y caminos utilizando medio de tracción de animal, se agregaban las carretas tiradas por caballos, un personaje por demás  conocido fue el  señor José Heredia, un hombre pequeño y delgado, usaba sombrero de fieltro ala corta, muy activo; por su modo rebotado de caminar por causa de las traidoras niguas  le pusieron el apodo de “zamuro”. Se dedicaba a transportar enseres de mudanzas,  retirar escombros, cargar material de Tejerías y botar basura de  solares. Una anécdota de aquel entonces reza que si alguien contrataba el servicio y no le pagaba puntualmente los dos bolívares que costaba el viaje, regresaba la basura y la echaba en el mismo sitio donde la había cargado. En tiempos de Carnaval lo contrataban para forrar su carreta con vistosas y bellísimas flores y por los lados pencas de palmeras;  participaba en los cuatro días de desfiles de carrozas,  más de una reina de las fiestas carnestolendas de Villa de Cura paseó y exhibió su belleza repartiendo  sonrisas, papelillos y caramelos montada sobre la carreta de Heredia. 

En estos días pasados de carnaval no pude dejar de recordar a un isleño llamado Agustín Dorta, quien gozaba disfrazándose todos los años. Conducía una carreta muy bien adornada  halada por un equino,  parecía un carro  frutero, sano y trabajador el hombre; inventó una fórmula exitosa para rellenar las arepas asadas. Estableció y levantó la  típica arepera La Única, lo quería todo el mundo por su espíritu alegre y bonachón, creo que en La Villa son muchos los que lo recuerdan, se integraba repartiendo caramelos, frutas y golosinas en aquellos desfiles en honor al Dios Momo por las principales calles...Pasaron a la historia aquellos buenazos desfiles de carnavales en Villa de Cura, de los cuales Dorta fue uno de los principales animadores.

Otro personaje muy popular fue don Benito Pérez, un hombre cordialísimo y trabajador, era renco de una pierna, y se apoyaba en una muletilla para caminar. Siempre lo veíamos con las riendas en la mano zurda montado sobre un quitrín halado por un viejo caballo. En aquellos lejanos 50 recorría las principales calles de Villa de Cura, en primer lugar  vendiendo desde muy temprano leche de vaca recién ordeñada a real cada litro, casa por casa,  procedente  de vaqueras cercanas; y luego se dedicó a la venta de kerosene a domicilio, en aquellos tiempos no estaban todavía de  moda las cocinas a base de gas. El kerosene era distribuido por las tradicionales bodegas o pulperías. Benito además se convirtió en un experto ensalmador del  mal de ojo, culebrillas y torceduras.


Y así como en la vieja Caracas existieron cocheros que fueron símbolo de la vida capitalina de aquella época como fue Isidoro Cabrera, inmortalizado por Billo Frómeta en una pieza musical, igualmente en  nuestra Villa de Cura romántica y antañona resulta casi obligado recordar el nombre de “carreteros”  que lamentablemente ya se marcharon como Negro Lindo, Ramón Tabares, Simón Méndez, Augusto Pérez, Benito Pérez, José Heredia, Félix Durand, Pedro Palma, Inocencio Vina, Pablo Rodríguez y Jesús Espi, este último, hermano de don Pancho Espi, vecino de acá de Las Tablitas.

Como es sabido en  la segunda y tercera década del siglo XX, en Venezuela el transporte movido por tracción de sangre comenzó a cambiar, entonces el automóvil, camiones, autobuses, así como las amplias avenidas y   autopistas, que por cierto hace años no se han construido más en Venezuela, acabaron con la vieja experiencia. Los pobres burritos  la contraprestación que recibieron en pago de su trabajo es que fueron reclutados para saciar el apetito de  animales salvajes amaestrados de  los circos itinerantes y parques zoológicos.

Resta por recordar que en una época no muy lejana el desplazamiento de  carretas y animales de carga por el perímetro urbano  estaba normalizado por expresas  disposiciones legales. Las jóvenes generaciones  de venezolanos  ahora para conocer una carreta tendrán que visitar una sala de museo.

La Villa de San Luis, verano de 2017

Fuente de información:
Elio Martínez
Jesús González
Chito Navas
Salvador Carrizales
José Carrillo “Mano Chico”
Gerardo Barrios