jueves, 30 de marzo de 2017

AHORA YA NADIE QUIERE SER SASTRE



Por Oscar Carrasquel

Aquellos que son de mi generación en Villa de Cura  saben que los talleres de sastrería eran unos espacios reducidos; en el centro cabía un mesón con una máquina de modistería, allí se sentaba el hombre para entre puntada y puntada  darle forma a los fluxes y pantalones elaborados a mano  y con rigurosa medida. Lo demás eran tijeras, metro de cinta, tizas, figurines y moldes de cartulina, confundidos  entre hilos, telas y tijeras. La sastrería, más que un oficio, fue un arte que ya nadie desea aprender. “El hombre nuevo”  lo que busca es adquirir en 220 bolívares una crema dental, para después salir a ofrecerla ante la mayor impunidad por el precio de 3500 bolívares o más.

Una cosa curiosa es que las mujeres casi nunca mandaban a coser en  sastrerías. Pero algunas damas fueron auxiliares de estos artesanos. Las costureras tienen una historia aparte que en el futuro voy a referir. El sastre se encargaba de trazar,  punteaba y cortaba.  Pero la operaria generalmente era quien cosía a máquina para que terminara de nacer la criatura. Un traje  a la medida implicaba medírselo hasta dos y tres veces para que quedara a gusto del cliente.
                                                     

Me cuentan que en Villa de Cura el pionero de los sastres en las primeras décadas del siglo pasado fue un señor llamado Plácido García Zamora, muy conocedor del oficio, tenía su local  en la calle del Comercio frente a la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes.  En aquella época fue jefe del Registro Subalterno del Distrito Zamora pero ello no le impedía desempeñar el oficio. Asentó casa y multiplicó descendencia y vivía con su familia  en la calle Carabaño casi llegando a la Páez.

Voy a hablar con propiedad y no puedo dejar de recordar a dos sastres  que ejercieron en Villa de Cura en las décadas del 50 y 60, fueron ellos don Michele Ierrobino y  don Giovanni Donarunma, inmigrantes italianos, ambos artesanos ubicados en locales  separados de la calle Bolívar, cerca de la Farmacia de don Félix Valderrama. Don Giovanni  en su sastrería “El Deseo”, cuando yo comencé a trabajar, me confeccionaba un traje de casimir para estrenar en diciembre con tela y todo en  100 bolívares, pagadero a razón de 10 bolívares mensuales. Me remito a los años 50 y 60 cuando usted podía  comprar un flux en un almacén de Caracas -marca HRH o Montecristo- por la suma de 120 bolívares de contado.

Una de las casas especialistas en trajes de liquilique a la medida en Villa de Cura fue  la archiconocida “Sastrería Núñez” de don Manuel Núñez,  en la calle Blanca o Miranda,  cuya sastrería siempre exhibía como decoración al frente, un traje de liquilique blanco montado sobre un antiguo maniquí  con la cara de Carlos Andrés Pérez, y otras veces con el rostro del doctor Rafael Caldera, en los tiempos en que fueron presidentes. Don Manuel era primo de Joselo y Simón Díaz. Se hablaba  mucho de cantantes y políticos famosos que venían de todas partes especialmente de Caracas a encargar su liquilique y otras vestiduras en este taller de sastrería.  

Plena de vivencias y añoranzas  fue la sastrería “La fortuna”, instalada en dos direcciones, calle Bolívar y finalmente en la calle Del Comercio. La gente de aquí y del llano mucho antes de salir a  comprar   un liquilique o trajes personalizados en tiendas de Caracas o Maracay acudía primero a la sastrería La Fortuna. En esta tienda de venta por cuota quien llevaba las riendas era el poeta Vinicio Jaén Landa. El hombre que cortaba y confeccionaba se llamaba Andrés Delgado, a quien todos conocimos como ”El gallo Andrés”. Allí se respiraba paz y alegría y no se conocía el estrés. En sus ratos libres el  artesano rasgaba una guitarra y tocaba y cantaba  música argentina. Ángel Custodio Loyola y otros artistas afamados ordenaron más de una vez sus trabajos en esta sastrería.

Otro que se decidió  montar su propio negocio por la calle Doctor Morales  fue un sastre veterano y siempre cordial llamado Víctor Montenegro. De esta cuevita salían hechos trajes y pantalones a la medida. Reparaba y modificaba ruedos de pantalones y tallas. Se tertuliaba en este recinto, recitaban, se cantaba y tocaba; y no faltaba nunca en el patio una olla de hervido o mondongo montada sobre unas topias. Había siempre mesa servida para el que llegara. El gordo  Víctor puso una consigna de su puño y letra en una cartulina, de forzoso y cabal cumplimiento: “Quien come, lava y limpia”. Su negocio de sastrería era una peña de cotidianos encuentros de la farándula villacurana y foránea.

Otra sastrería que en los años 50 parecía  una embajada musical era la de un  caraqueño llamado don Augusto González,. Funcionaba por la calle Miranda, frente a la casa de don Rafael Garaicochea. Allí se reunía gente de Caracas y de todas partes.  En su local conocí  cuando yo  era un muchacho pantalón corto al genial  Luis Fragachán, guitarrista y reconocido poeta. “El Norte es una quimera” es una de sus maravillosas composiciones. En las  reuniones se compartían historias viejas y nuevas sobre política (muy calladitos). Yo llegaba de asomado y me mandaban a comprar las “mulitas” de berro o guácimo al negocio de don Lope Esáa. Mientras don Augusto González tijereaba empinado sobre un largo mesón,  el grupo celebraba con poesía, valses, joropos  y otras canciones.

Una de las sastrerías  más distinguidas de la época en Villa de Cura era “La Palma”, propiedad de un señor llamado Pedro Palma. Estaba situada en la calle Bolívar frente al bar Savery.

De amplia trayectoria fue el flaco José Villasana, diseñador, artista del trazado y la costura. No quiero decir que era mejor que los demás, pero la vieja tradición lo  señala que cortaba modelos de trajes perfectos. En estos días  recordaba su clásica y usual cortesía. Cuando uno se tropezaba con él en la calle o llegaba a su taller,  utilizaba para saludar esta centellante y fuerte expresión: ¡Caraaaamba! Desprendido y sencillo, usualmente andaba por la calle sobre una bicicleta de manubrio visitando cantidad de  costureras, como también cobrándoles la cuota a sus clientes. 30 años de amores con su prometida y no se llegó a casar. Según dicen vivió y murió célibe.

Don Jesús Revilla fue un sastre muy conocido, se dedicaba mejor al ramo de los pantalones y era músico a la vez, nativo de Coro, estado Falcón. Fue un artista destacado tocando la guitarra española; muy atento y amable. Nos hicimos grandes amigos, trabajaba en un pequeño taller de sastrería en su casa de habitación donde también fabricaba y reparaba instrumentos musicales de cuerdas. Vivía como un pájaro en una casita colgada en el cerro Los Chivos donde quedaron encerrados todos sus trinos y su música. Apenas dejaba el trabajo de fin de semana me buscaba para compartir canciones y recitaciones.

En la misma calle del Comercio estaba situado el taller de sastrería donde laboraba Juan Terán, mejor conocido con el diminutivo de “Juancito Terán”. Así lo llamaba todo el mundo por su  estatura pequeña y  contextura delgada. Fue discípulo de su padre del mismo nombre quien fue  su consejero, de él heredó su arte. Tuvo por su oficio  de sastre una gran pasión hasta su muerte. La última vez que lo vi nos tomamos varias cervezas en la barra de la arepera “La Única”.


Petra Fernández  llega  de Altagracia de Orituco donde nació con el siglo XX.  En La Villa fue la única mujer de quien tengo noticias quedó desempeñando el oficio de sastre. Alcanzó renombre y mucha notoriedad en la Villa de aquellos tiempos. Vivía y  trabajaba en una vieja casa por los lados de La Alameda. Exactamente frente a la casa de habitación y barbería de don Luis Botello. La nombraron “Petra La Sastra”, el apelativo no le vino de  casualidad o por tomadura de pelo, sino por su  dedicación toda la vida a su quehacer de sastre. Dan cuenta sus vecinos que tenía una mansa vaquilla que llamaba “Sarita”, a la cual todas las mañanas bien temprano sacaba a comer en la sabana y regresaba a la casa en la tarde. 

Sin embargo, partiendo desde más atrás, me refiere en una nota el profesor O. Botello, respondiéndo amablemente a una inquietud: “Josefa Peña de Martínez era la que cosía los liquiliques, blusas y calzoncillos rodilleros a los llaneros que venían a Maracay, a traer el ganado de Guárico y Apure, era vecina de La Alameda, vivía en la casa donde después vivió Juan Aguilar,  murió en 1960 a los 92 años. Era la abuela de mi mamá y madre de la mamá de Cira y José Esáa”.

Don Diego Rattia era un hombre criollísimo, gordo, patilludo, fundó la sastrería “La Criollita”, diariamente se le veía cortando y trazando telas alrededor de un mesón, con un metro de cinta colgado en el hombro y unos lentes claros que   usaba  en la frente. En ese oficio pasó toda la vida. Su taller de  sastrería lo tenía en la calle del Comercio.

El gordo Juan Parra, desempeñaba su oficio y arte en un rudimentario local por la calle del Comercio. Una persona con un toque de humor muy colorido. Hacía pantalones y todo tipo de traje  que requiriera  un caballero elegante. Pasado el tiempo se residenció con su familia en Maracay. Allí siguió  amansando el amor por su profesión. Como usaba los pantalones sostenidos con bandas elásticas,  el poeta José Manuel Morgado, su gran amigo le soltó una vez esta frase: “¡Camarada, esas elásticas no te dejan crecer!”.

En la calle del Comercio de Villa de Cura, que debió  denominarse mejor calle “Los Artesanos”, trabajaron  en su casa don Héctor Acosta  y también en  una pieza alquilada don Carlos Freites. Ambos fueron destacados sastres en Villa de Cura. Tenía don Héctor una gran cantidad de clientes que venían de los estados llaneros. A Freites no lo volvimos a ver, me informaron que junto a su familia se fue a vivir y trabajar en Maracay, como modista del contingente de las FAV.

Quizás el último sastre conocido en Villa de Cura  fue un viejo operario que diseñaba, cortaba y él mismo cosía en una  máquina “Triumph” que fue su inseparable ayudante de trabajo. Su nombre era Ramón Arturo Muñoz.  Su oficio fue su pasión y su modo de vivir. Murió hace como tres años pero me dejó de recuerdo la fotografía que muestro en la portada. Vivía  y trabajaba en una pieza al lado del bar El Samán.  Yo lo visitaba con frecuencia porque además era muy conversador y contador de anécdotas de sus tiempos en el ciclismo, después fue animador de las competencias de bicicletas en carreteras. Su sala taller  era lugar de reunión de ciclistas. Era de nacionalidad colombiana.  Villa de Cura, ciudad a la que tanto amó, fue su segunda tierra y aquí reposan sus restos. 

                                    

Ya se marcharon aquellos sastres de ancianos y blancos cabellos, ahora quedó la poca industrialización y la importación para sustituirlos. Las sastrerías viejas hace tiempo que cerraron. Las nuevas generaciones como explicamos al principio no mostraron interés por continuar la profesión, además de que todas la telas vienen de fuera. La industria textil venezolana está casi paralizada.

Cuántas  historias reales, anécdotas, tristezas y alegrías no guardarán estas paredes de silencio, ya todos estos talleres de confección desparecieron como se escapan las piedras con una corriente. La nueva cultura también acabó con las antiguas y recordadas sastrerías de Villa de Cura y en la mayoría de las ciudades de Venezuela.




La Villa de San Luis, verano de 2017


   


                                                





sábado, 25 de marzo de 2017

CAMPO, RUMBO Y CIELO

Por Oscar Carrasquel


Tantea la ruta de su reino 
viaja encima de una hojita seca
valiéndose de los vientos de marzo
Se recuesta del único cerro
sin vestigio de pinos, 
ni monte reverdecido.
Mira a un riachuelo
con un chorrillo que marcha,
busca por entre las nubes grises
la semejanza de vuestra figura
Solo divisa un caminito de polvo
con huellas que andan
Una mariposa extenuada
le guía el rumbo
En secreto, dos iguanas verdes
se entregan abajo,
valiéndose de la espesura
de una hojarasca.
Atiende el trinar de dos paraulatas
arriba de una rama gacha;
¡Allá, en la breve colina
por fin está su hospitalaria casa!
Y desde un fogón de leña
al cielo va la humada
Retorna con el ocaso en alto
bajo las alas de una avecilla 
que en la luz del astro se fía.



La Villa de San Luis, marzo de 2017


Sitio web de la imagen: http://arteoleosmabelarancibia.es.tl/

miércoles, 15 de marzo de 2017

MAESTROS DE CASAS EN VILLA DE CURA


Por Oscar Carrasquel

Vale la pena  recordar que en las décadas del 40 y 50 del pasado siglo decir en nuestra Villa de Cura: ingeniero, arquitecto, dibujante de planos, agrimensor y constructor, era exactamente lo mismo que referirse a un aquilatado conjunto de hombres que se encargaban de dirigir albañiles, ayudantes y  trabajadores rasos, para construir viviendas de bloques y armadura de concreto; aquellas viviendas nuevas que comenzaron a sustituir las estrechas rancherías de paredes de paja y barro, de techos de caña amarga y  palmeras,  coloreadas de cal y almagre, en aquella Villa de Cura lejana y semirural de tiempos remotos.

Estos “Maestros de Obras” se consagraron no solamente en dirigir la edificación de una casa, sino que se entregaban a trazar el terreno, hurgaban planos, sabían carpintería,  plomería, fluido eléctrico,  y, por supuesto, eran los responsables de las obras. Estaba de moda en esos años 50 y 60 que un trabajador podía hacer mercado y sacar a pasear  la familia  con un salario de 8 bolívares diarios.  El saco de cemento Carabobo se compraba a 4 bolívares; un camión de arena 20 bolívares y  1000 bloques marca Alfaragua costaban 200 bolívares. Un jornalero  trabajaba siempre con el estomago lleno.

Algunos de estos calificados  maestros fueron además constructores de vías, alcantarillados y aceras de cemento, cabe mencionar los  nombres de los maestros Juan Vicente Michelena, Carlos López y José Morales que fueron jefes de cuadrillas del Concejo Municipal del entonces Distrito Zamora. También es digno de aludir a Mister Macklin, un hombre que sigue hablando con frases cortas en inglés, constructor de obras hídricas para el abastecimiento de agua potable de pueblos y ciudades, además  de canales de riego para las zonas agrícolas. Me informaron que hoy por hoy vive en la parte norte de La Villa.

Así mismo, refrescando la memoria de los años de mi adolescencia  evoco de ese pasado  villacurano a un humilde y laborioso artesano que se llamó Felipe Aular Bolívar. Su patria chica y su recinto sagrado era el  hogar que él mismo edificó situado frente a la placita Ayacucho, hacia la salida del pueblo nativo, a pocos pasos de “Puente de Hierro”.  Respetuoso,  sereno, taciturno,   nada impaciente. Fueron muchas las veces que lo vi cuando se echaba a trajinar las calles acompañado de un camioncito tipo volteo que si todavía rodara tuviera más de 60 años, marca Ford, casilla de color rojo, modelo 1954, de esos con motor que roznaba como un toro desafiante por la calle y en letras doradas estampada en ambas puertas  “Construcciones Aular”. Arriba en el asiento del copiloto  solía llevar al albañil y el ayudante y  los materiales e implementos de trabajar los cargaba en el cajón de voltear; aquel señor ostentaba el orgulloso vocablo de “Maestro de Casas”, como se le decía en aquella época a los constructores de casas, quintas y edificios. Lleno de resplandores de sabiduría en esa hora que Venezuela requería de urgente transformación en materia urbana y social. Fue considerado un hombre que abarcaba todos los conocimientos para lucir  la jerarquía de “Maestro de Obras”, asumiendo ese trabajo como un don de Dios, porque fue también Maestro para trasmitir enseñanzas a las futuras generaciones. Era un hombre de acción que no solo sabía conducir con pericia un camión, sino que animaba, era guía y ayudaba a levantar con sus manos callosas quemadas por el sol, una quinta o una vivienda honrosa y digna. En ese ayer lejano había que pasar trabajo para ganar el sustento diario y sostener  una familia hermosa como el Señor Aular en La Villa fundó.

El Maestro Aular fue además creativo de la cultura y genuino para todo. Sin ánimo de lucro marcó pauta como experimentado escultor, tanto que moldeó con sus manos un busto de El Libertador que duró más de 40 años engalanando la pila central de la Plaza Bolívar de Villa de Cura. Algo encomiable fue que el maestro y artista se identificó con los ideales y con los sueños del aquel hombre metido en la estatua. Él sabía al dedillo cuál  era la infalible función de las estatuas. Irrespetada y desmontada la escultura por los iconoclastas en el año 1972, ahora puede verse   resucitada en una plazoleta rodeada de soledad en la comunidad de Los Tanques adonde fue trasladada. Ese mismo Simón Bolívar que  estuvo muerto…muerto; hasta  que fue sacado de madrugada de su sarcófago sagrado donde reposaba ¡Imagino que se indignó! porque dicho daño jamás podrá ser resarcido. El busto de Leopoldo Tosta, erigido en la escuela que lleva su nombre y el rostro del Doctor Alberto Smith, en un Liceo de su nombre  en Villa de Cura, fueron igualmente otras de sus obras escultóricas.

No quiero dejar en el olvido que el maestro Aular fue además un hombre de cultura musical. Dicen que ejecutaba muy bien el cuatro llanero.  De tiempo en tiempo lo acompañaba su amigo, el profesor Ángel Briceño, el flautista solista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela.  El viento del anochecer soplaba la flauta y chasqueaba el cuatro sentados debajo de un samán en un banco de la placita Ayacucho donde la pareja dejaba escuchar el joropo “Adiós”, una de  las piezas inmortales del maestro Briceño, y otras en complicidad de unos  buchitos de ron.

En  Villa de Cura  son muchas las viviendas que hoy  pueden conceptuarse dentro del nuevo modelo de construcción que fueron hechas íntegramente por este Maestro de Obra. Construyó don Felipe Aular, entre otras,  las casas de Narciso Pérez Acosta, frente a la gruta de Lourdes, así como también levantó las residencias de los hermanos Juan Bautista y José Rafael Hernández Pérez, que todavía señorea en la calle del C.omercio. La casa de Don Adolfo Ramírez, en la calle Real con Bolívar y Villegas y el edificio que hoy ocupa la Arepera La Única, en el cruce de la calle Comercio con Doctor Urdaneta ( O. Botello. Expresión No 47/ 2002). Honda repercusión ocasionó el fallecimiento del maestro Felipe Aular Bolívar cuando contaba 73 años el 6 de agosto de 1974.  Conversando con el poeta Elio Martínez me dice que en el Museo de Tradición “Inocencio Utrera” de la ciudad de Villa de Cura hay un compendio de fotografías y una exposición sobre su obra, y posiblemente una  historiografía de su baquianìa de esposo, padre y abuelo.

Es preciso recordar que en aquellos lejanos tiempos los habitantes de La Villa se dedicaban fundamentalmente a la alpargatería, la talabartería, a la agricultura  y otros oficios domésticos.  La construcción de viviendas  fue también una de ellos. El pueblo era de lo más tranquilo, distante de tantas angustias, en un ambiente de seguridad y de mediano desarrollo.  Existieron también en la pequeña ciudad otros “Maestros de Obra” que  destacaron en esta especialidad, que se ganaron un espacio en la historia de la construcción de viviendas en Villa de Cura, a quienes hoy  venimos a recordar en lo profundo del dolor, porque ya no están, como son estos nombres que extraje de la memoria de un coterráneo llamado Jesús González, un albañil ya retirado del oficio, que vive en la Parroquia Las Mercedes, son ellos: Felipe Aular, Aurelio Pacheco, Juan Vicente Michelena, Carlos López, José Morales, José Isabel Berroterán, Víctor Berroterán, Marcelo Almeida, Juan Berroterán, Tarsicio Moreno, Jesús María Jaspe y Pedro Blanco, artesanos que prestaron su decidida contribución a la apertura de la incipiente edificación de viviendas modernas en Villa de Cura

La Villa de San Luis, marzo de 2017


domingo, 12 de marzo de 2017

CARRETAS Y ANIMALES DE CARGA, UN TRANSPORTE DE VIEJA DATA


A: Chencho Adames
                                           
     Por Oscar Carrasquel

En las primeras décadas del Siglo XX cuando en Venezuela no había llegado la era del transporte automotor, el traslado tanto de personas como de carga de alimentos del campo a la ciudad y viceversa, se tenía que hacer en carretas tiradas por mulas  o en lomo de burros o en bestia mular. Por las calles de la Villa hace más de medio siglo atrás no era raro encontrarse en las puertas de los comercios los arreos sostenidos  de los  ventanales, o amarrados de una punta de eje de carreta encajada en el piso. Siendo yo un muchacho  los observaba diariamente frente a la entrada en los almacenes de Manuel Melo, Norberto Ramón Vásquez, Francisco Matute y Froilán Aguirre.

En los años 1940 o 50  todavía los arreos transitaban por trochas angostas o malos caminos, bordeando la fila de los cerros, en cuyos predios se cultivaba café, panelas, granos y otros productos, principalmente de las haciendas Santa Rosa y La Violeta,  y de las posesiones de Picacho Blanco, Platillón, Virgen Pura y otras. 

Según testimonio de un  jornalero de nombre José Carrillo  que logró laborar en la hacienda La Violeta, mejor conocido como “Mano Chico”,  el magnate de esos lares era un señor llamado Ismael Pérez, rico hacendado  propietario de dos  arreos de burros y uno de mulas. Me explica que cada uno de los arreos lo conformaban siete bestias en fila india tirados por un chicote. Llevaban dos tapas a los lados de la cabeza para direccionar su campo visual. El primero lo denominaban  puntero o campanero, porque llevaba colgado del cuello una campanilla que sonaba con el golpe al caminar y marcaba el paso para gobernar el resto de la caravana. Seis burros llevaban enjalmas sobre su lomo para aguantar y adaptar la carga. El último  de la fila era el burro sillonero, único que no llevaba enjalma, sino la silla o asiento de quien era un hombre del campo al que no le faltaba un sombrero de pajilla, una pizca de chimo o masticando tabaco en rama.  Pendían de la tabla del cuello de los animales unos bolsones llenos de maíz en grano para alimentarlos durante la jornada, y bebían  agua cristalina  en lo que se detenía la caravana en algún arroyo o paso de quebrada. Descendían por el camino  de Santa Rosa atravesando el sector de La Represa para llegar al centro. De regreso iban cargados de productos que no se daban fácilmente en el campo, tales como sal, enlatados, alpargatas y herramientas para el trabajo.

Como es sabido, con el paso de las décadas comenzó la utilización de jeep y camiones, pero aun en los años cincuenta las carretas y personas sobre burro, mulos y bestia caballar se podían ver confundidos entre los escasos autos que circulaban por las calles y campos. Cuando eso el límite de la Villa llegaba hasta la Alameda y la plaza Bolívar, lo demás como  dice el dicho,  era “puro monte y culebra”.
Recuerdo primeramente como si fuera ayer a la figura de mi padrino don Dionisio Infante, con toda su pompa montado sobre el lomo de una mula  negra que tenía marcada una especie de estrella en la frente; en un tiempo fue su medio de transporte desde la “puerta de campo” de su casa de familia  hasta sus haciendas: La Providencia y Las Peñitas. Con frecuencia se oía el rebuzno  de la bestia y el traqueo de los cascos por la tranquila calle Sucre  y las personas ya sabían que era la mula del Negro Infante, como le decía la gente.  Regresaba el hombre para su casa con la ropa  blanca embardunada de orine y estiércol de ganado. Apenas llegaba, la desensillaba, le daba un baño, le propinaba una nalgada y obediente la mula se regresaba por el medio de la calle sin que ningún muchacho se metiera con ella.

Entre la gente que nos visitaba del campo conocí y recuerdo a la “Negra” María Peralta, vestida siempre como una peregrina, con camisón de crehuela blanco que le llegaba hasta la pierna, montada sobre un asno manso con las dos piernas colgándole por un lado y su fiel marido, de blusa blanca y calzado de alpargatas nuevas arreando la bestia. Nunca se perdía esta pareja de las reuniones y fiestas de joropo  de tres días seguidos en la casa de su partido Acción Democrática, cuya  sede en ese tiempo era por la calle Miranda, donde hoy se encuentra una licorería que lleva por nombre  “Los Hermanos”.

Los villacuranos de la década del 50 no pueden dejar de recordar a una mujer  llamada Nicolasa López. Era una señora feliz, con rasgos de campesina, blanca, robusta,  de una gran fortaleza; llegaba los fines de semana proveniente de  “Camejo”; caminaba apuradita, bajaba por el camino echando por delante un par asnos cargados hasta la coronilla de productos agrícolas para comerciar en los negocios de pulpería de La Villa.

Otro personaje era una humilde mujer llamada Juanita Flores, de familiares residentes en el barrio Las Tablitas, viajera, arreaba un burrito  cargado de frutos del campo, bajaba la mujer  por el claro camino de tierra de “Camejo” cercano a la Villa, donde ella tenía una posesión. Me contaron que consiguió un préstamo de 300 bolívares de los antiguos e instaló un puesto de venta dentro del Mercado Viejo que quedaba diagonal con la Plaza Miranda. Todavía subsiste la fachada de ese viejo edificio. Vendía primordialmente aves,  granos y verduras para darle gusto al hervido.


También en los años cincuenta era común observar sobre una mula mansa  a un árabe  ya viejo y obeso, quien todo el mundo conocía solo como “Musiù Samuel”, vivía por la calle Urdaneta o Cuadra Larga, casi a mitad de cuadra; en las tardes calurosas se paseaba ofreciendo en las casas cortes de tela por cuota pagaderos a razón de dos bolívares semanales, recibía el pago  sin necesidad de bajarse de la mula (Cuando eso la expresión: “Bajarse de la mula” no tenía la connotación que tiene ahora). Mi mamá como era costurera de oficio se contaba entre sus asiduos marchantes.

Hace más de 60 años vivió en Villa de Cura un personaje peculiarísimo y muy querido en el barrio Las Tablitas llamado Rosendito Martínez, que hoy en día causara   sensación o admiración, y seguramente los viejos habitantes  de la barriada vivirán  añorándolo, porque parecía  un negocio de panadería ambulante, cotidianamente andaba montado sobre un burrito nuevo con un par de cestas que le colgaban a cada  lado, donde cargaba para ofertar: pan de piquito (parecido al ”pan francés”) pan dulce, tunjas, bizcocho redondo, butaques y catalinas. Su burrito se hizo muy conocido porque caminaba con paso acelerado, corrió entonces un refrán común para las personas que andaban  de prisa: ¡“Andas más apurado que el burro de Rosendito”! Murió pobre Rosendo y su negocio de mucha importancia lo terminó la modernidad, que ahora pasado tanto tiempo puso en boga las ya perpetuadas colas para poder adquirir el pan de panadería.

A este familiar espectáculo de transitar por calles y caminos utilizando medio de tracción de animal, se agregaban las carretas tiradas por caballos, un personaje por demás  conocido fue el  señor José Heredia, un hombre pequeño y delgado, usaba sombrero de fieltro ala corta, muy activo; por su modo rebotado de caminar por causa de las traidoras niguas  le pusieron el apodo de “zamuro”. Se dedicaba a transportar enseres de mudanzas,  retirar escombros, cargar material de Tejerías y botar basura de  solares. Una anécdota de aquel entonces reza que si alguien contrataba el servicio y no le pagaba puntualmente los dos bolívares que costaba el viaje, regresaba la basura y la echaba en el mismo sitio donde la había cargado. En tiempos de Carnaval lo contrataban para forrar su carreta con vistosas y bellísimas flores y por los lados pencas de palmeras;  participaba en los cuatro días de desfiles de carrozas,  más de una reina de las fiestas carnestolendas de Villa de Cura paseó y exhibió su belleza repartiendo  sonrisas, papelillos y caramelos montada sobre la carreta de Heredia. 

En estos días pasados de carnaval no pude dejar de recordar a un isleño llamado Agustín Dorta, quien gozaba disfrazándose todos los años. Conducía una carreta muy bien adornada  halada por un equino,  parecía un carro  frutero, sano y trabajador el hombre; inventó una fórmula exitosa para rellenar las arepas asadas. Estableció y levantó la  típica arepera La Única, lo quería todo el mundo por su espíritu alegre y bonachón, creo que en La Villa son muchos los que lo recuerdan, se integraba repartiendo caramelos, frutas y golosinas en aquellos desfiles en honor al Dios Momo por las principales calles...Pasaron a la historia aquellos buenazos desfiles de carnavales en Villa de Cura, de los cuales Dorta fue uno de los principales animadores.

Otro personaje muy popular fue don Benito Pérez, un hombre cordialísimo y trabajador, era renco de una pierna, y se apoyaba en una muletilla para caminar. Siempre lo veíamos con las riendas en la mano zurda montado sobre un quitrín halado por un viejo caballo. En aquellos lejanos 50 recorría las principales calles de Villa de Cura, en primer lugar  vendiendo desde muy temprano leche de vaca recién ordeñada a real cada litro, casa por casa,  procedente  de vaqueras cercanas; y luego se dedicó a la venta de kerosene a domicilio, en aquellos tiempos no estaban todavía de  moda las cocinas a base de gas. El kerosene era distribuido por las tradicionales bodegas o pulperías. Benito además se convirtió en un experto ensalmador del  mal de ojo, culebrillas y torceduras.


Y así como en la vieja Caracas existieron cocheros que fueron símbolo de la vida capitalina de aquella época como fue Isidoro Cabrera, inmortalizado por Billo Frómeta en una pieza musical, igualmente en  nuestra Villa de Cura romántica y antañona resulta casi obligado recordar el nombre de “carreteros”  que lamentablemente ya se marcharon como Negro Lindo, Ramón Tabares, Simón Méndez, Augusto Pérez, Benito Pérez, José Heredia, Félix Durand, Pedro Palma, Inocencio Vina, Pablo Rodríguez y Jesús Espi, este último, hermano de don Pancho Espi, vecino de acá de Las Tablitas.

Como es sabido en  la segunda y tercera década del siglo XX, en Venezuela el transporte movido por tracción de sangre comenzó a cambiar, entonces el automóvil, camiones, autobuses, así como las amplias avenidas y   autopistas, que por cierto hace años no se han construido más en Venezuela, acabaron con la vieja experiencia. Los pobres burritos  la contraprestación que recibieron en pago de su trabajo es que fueron reclutados para saciar el apetito de  animales salvajes amaestrados de  los circos itinerantes y parques zoológicos.

Resta por recordar que en una época no muy lejana el desplazamiento de  carretas y animales de carga por el perímetro urbano  estaba normalizado por expresas  disposiciones legales. Las jóvenes generaciones  de venezolanos  ahora para conocer una carreta tendrán que visitar una sala de museo.

La Villa de San Luis, verano de 2017

Fuente de información:
Elio Martínez
Jesús González
Chito Navas
Salvador Carrizales
José Carrillo “Mano Chico”
Gerardo Barrios




LA GUITARRA DE BERNABÉ


Por Oscar Carrasquel


Íntima como un beso de boca a boca,
peregrina de la nocturnidad, 
escultura vestida de sonidos
de un  horizonte de pájaros cantores

Seis trenzas de plata se desparraman
de su cabellera Helena,
fiel compañera en el último
retazo de una noche

Su rítmico sonido celebra
la caricia de un beso,
sacude los sentidos tiernamente
de un corazón doloroso de quebranto.

Ella se retrata vestida de sonidos
en un cielo siempre azul
Iluminado por errantes estrellas,

Jubilosa de notas musicales
rescata de la alcoba de mi alma
la fuga de un dormido recuerdo
como vuelo de mariposa sonámbula.


La Villa de San Luis, verano de 2017




Stio web de la imagen: http://www.artelista.com/obra/4050165541538040-vinoyguitarra.html

jueves, 9 de marzo de 2017

DON ESTEBAN NIEVES, PATRIARCA DE UNA DINASTÍA MUSICAL VILLACURANA


Por Oscar Carrasquel

Esteban Nieves nació el 13 de febrero de 1938 en Villa de Cura, pueblo cabecera del entonces llamado Distrito Zamora. Sus inolvidables educadoras de primeros grados fueron las maestras Ligia Rodríguez y Priscila Bolívar. Desde la infancia comenzó a despertársele  su amor por la música. Sin embargo, su andar con una guitarra lo  inicia  a los 14 años, fue en una oportunidad que recibió de regalo de su padre ese instrumento. Yo recuerdo que la primera vez que  lo vi tocar  fue acompañando la voz del tanguero Antonio Tamiche, un artesano alpargatero  prestado a la bohemia que siempre lo iba a  visitar en su casa; muy a menudo yo los veía venir como dos garzas gemelas, ya que  mi mamá vivía al lado  y por entre una empalizada de alambre gallinero  lograba verlos cuando  se sentaban a ensayar debajo de la sombra de una mata de guácimo, debió ser en los  fines de semana en los años cincuenta y pico. Aquella vecindad nos sirvió de vena comunicante y una entusiasta amistad fue creciendo con el tiempo.

 Muchas veces  por las calles del vecindario  Las Tablitas, en las noches alumbradas con la raquítica luz de los postes  se   sintió a este guitarrista  acompañando con su lira a  la melódica voz  de Juan Nieves, Vinicio Jaén, Eladio Lovera,  José Chacín “Gardelito”, Andrés Almeida, Agustín Ascanio, José Ángel Fagundez, Teobaldo Parra y otros juglares; igualmente en alguna interminable tenida de nuestra Peña Morgadiana, o dando serenatas a las damas solteras o comprometidas  que se asomaban por los postigos de las ventanas de madera del pueblo abajo. Muy bien acompañado debió sentirse el afamado flautista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela don  Ángel Briceño, cuando este joven músico  en muchas ocasiones con su guitarra salía con el maestro a tocar en las diferentes casas de amigos que visitaban y tomarse sus traguitos en La Villa, San Francisco de Asís y Magdaleno.

Barriada vieja y sagrada recostada a la otra  ladera del cerro El Vigía es el espléndido caserío de Las Tablitas, asentado al sur de la ciudad, suelo de hombres y mujeres humildes  y trabajadores que sabían labrar y coser la suela, tierra que vio nacer a poetas, músicos y juglares, entre ellos, a su padre don Pascual Nieves, un poeta popular de buena lectura y estudioso de las leyes, que vino al mundo con  un lápiz y una libreta en sus manos, dibujando con versos para editar con recursos propios aquellas frescas cartillas de aguinaldo que nos deleitaron en las décadas del 40 y 50, para animar los días Pascuales y de Nochebuena de la tierra de su querencia a la que tanto sirvió. Las cartillas tenían un valor de una locha.

Raimunda Esaà de Nieves (1900-1990) fue quien lo trajo al mundo, un ser especial que nació con el siglo XX, una abnegada y bregadora mujer de pobreza pero de bien, que supo encaminar a sus hijos y con el pasar del tiempo se convirtió en su sombra protectora. Por la pluma de nuestros cronistas  supimos que la historia de las Peregrinaciones  a la Virgen de Lourdes  comenzaron en la Villa el año 1904. Cuenta la tradición que Raimunda fue de las primeras peregrinas de esta cofradía, inmediatamente después de su creación por el Padre Jiménez y la Hermana Enriqueta de Lourdes; por supuesto aquella era una niña que apenas contaba  cinco años y en las primeras Peregrinaciones  comenzaba a sorprender cantando el ¡Ave María! con un calache  clavado en la cabeza vestida de camisita blanca en la contemporaneidad de ese acontecer hace más de un siglo. Fue ella toda su vida una cristiana católica, rezandera de rosarios en rituales fúnebres y adoctrinadora de niños y niñas para que aprendieran el catecismo y se formaran para la Primera Comunión. Aficionada a la repostería, se decía que doña Raimunda fabricó el típico rùscano o aliado más prestigioso de toda La Villa.

Adentrándome en la escritura de esta nota me viene claro  a la memoria el nombre de un noble ciudadano a quien puede endilgársele el título de cantor popular de tradición como fue Adrián Nieves, hermano de Esteban; consecuente bohemio y excelente amigo, dueño de un variado y nutrido repertorio, entonando temas de diversos estilos: boleros, tangos, pasodobles, joropos, merengues y guasas. Cantaba siempre con una sonrisa en los labios, con una voz nasal y a la vez cristalina. Se  contaron  en la familia un total de cinco  hermanos,  dos hembras y tres varones de los cuales  gracias a Dios quedan Celestina y Esteban.

En realidad, hay quien dice –por ligereza seguramente- que el amor de Esteban Nieves por la música solo era un   hobby para identificarse en la barra de una cantina, para dar una serenata o para jugar una partida de dominó con sus amigos y vaciar unas cuantas botellitas de cerveza que en aquellos tiempos eran baratas.

“Los Tablisónicos”, así se llamó el primer conjunto musical que formó Esteban en el barrio Las Tablitas. Estaba integrado por cuatro participantes: Él, como director y guitarrista; Raymond Pérez, bongó; Pio Cuzzate, maraquero-cantante y Natividad Jaspe, marimba. Salta a la palestra este grupo amenizando fiestas bailables de cumpleaños y reuniones familiares. 
-Funcionaba  este conjunto y  realizábamos los ensayos en la casa de familia de Pedro Juan López.

Poco a poco, Esteban iba tomando impulso y descubriendo los escalones de su progreso, actuando en veladas,  en sitios públicos y reuniones sociales hasta que promueve y funda el conjunto “Voces y Cuerdas de Villa de Cura”, el cual integraron Carlos Parra, guitarrista; Orlando Nieves, bajista; Cesar Nieves, cuatrista; Esteban Nieves, bandolinista y director, con la alternancia de excelentes cantantes como Danny Páez, Andrés Almeida, Freddy Licón, Aurelio Carrasquel y Adrian Nieves. El grupo amenizó en parte los actos inaugurales del espectacular escenario del Centro Hispano de Villa de Cura… Me ataja y cuenta el músico:
- En esta oportunidad alternamos con la Billo’s Caracas Boys, la orquesta Los Melódicos y también con la “Orquesta Elegante” de Colombia que andaba cumpliendo una gira por toda Venezuela. 

Entre sus más importantes presentaciones también se cuentan las giras cumplidas por el conjunto al hoy estado Vargas y Caracas, todos los fines de semana, durante diez años seguidos, bajo la organización y promoción de la joven Belkys Briceño, festejando la bienvenida de turistas extranjeros que arribaban por el Terminal marítimo de La Guaira, igualmente presentaciones en el Hotel Tamanaco, situado en Las Mercedes, donde solían alojarse artistas famosos. Alegraban con música a  los visitantes que concurrían a la  célebre Quinta Anauco en San Bernardino.

-En una ocasión, entre los asistentes a una de estas presentaciones en la Quinta Anauco, se encontraba en el público el señor Aldemaro Romero y le interpreté en la guitarra una pieza instrumental de su autoría titulada “Quinta Anauco”, se levantó de su asiento para darme las gracias  y mostró sus deseos para que  la repitiera.

Esteban además de ser ejecutante de la guitarra clásica es también músico del cuatro, el requinto, bandola llanera y bandolina y excelso compositor, entre sus sentimientos le brota el gusto por la poesía, una vez se propuso escribir una canción  entre silencios, cantos de chicharra y matas de cují, y le compuso al pueblito de San Francisco de Cara un vals en letra y música, antes de quedar sepultado por las aguas de una represa. Dicha pieza fue objeto de elogiosos comentarios en la farándula. En una oportunidad fue presentada en la voz y guitarra de Víctor Parra Rivero, con la cual ocupó el primer lugar en un festival realizado en San Casimiro de Guiripa. Pegado en la pared delantera  se encuentra un diploma con ese testimonio y otros múltiples reconocimientos. Surgieron más adelante otros temas como “Caseda”,  una pieza dedicada al pueblo español adonde nació al presbítero Salvador Rodrígo. Otro vals de sentimiento villacurano se titula: “Remembranzas de cantores villacuranos”. Y sigue un conjunto de composiciones más.

Mientras discurría el tiempo  y  se educaban sus hijos  en colegios  en Villa de Cura. Lerman, Sergio y Orlando, por sus innumerables  cualidades y su talento  ingresan al grupo coral parroquial de Niños Cantores de Villa de Cura, patrimonio cultural de Aragua, creado y dirigido por la respetable y quijotesca figura del presbítero Salvador Rodrigo. Por cierto, Esteban en su comienzo fungió de recaudador. Yo lo veía salir a recolectar a domicilio las contribuciones espontáneas en su carrito Volkswagen, se mantuvo  ayudando y viviendo momentos trascendentales con esta agrupación coral orgullo de Villa de Cura y de Venezuela. Cabal, de comprobada rectitud y honradez,  sé que estas virtudes le vienen del fervor materno, las observo claritas pintadas en  las rugosidades, en los ojos  y  los labios de Doña Raimunda de Nieves.

Esteban contrajo matrimonio con la villacurana María Eugenia Azuaje de Nieves, conocida mejor como “Maruja”.  De esta estrecha unión nacieron: Mariela, Esteban Rodolfo, Orlando, Lerman y Sergio. Ya cuando estaba consolidada la familia,  la implacabilidad  de la muerte le arranca de repente  de los brazos  a su hijo Orlando, dejándoles una profunda incertidumbre. De manera que se da perfectamente el pronóstico de aquel poeta que escribió que la madre es “sembradora, mártir y madre”.  

En una oportunidad resucitó entre sus muchachos la idea  de que viajarían al exterior. Lerman, contrabajista, ejecutante de bandolina, bandola llanera y pianista. Al igual que Sergio, saxofonista, junto con el tenor de La Villa Francisco Flores, fundan en Las Islas Canarias la orquesta “Caracas”. Los muchachos se casaron, procrearon hijos, viajaron ávidos de conquistar el público de otros mundos.  Ya tienen varios años residenciados en San Sebastián y Santa Cruz de Tenerife. Uno de los más nobles y plausibles pasos  de sus hijos fue llevar en unas vacaciones a Esteban y su esposa Maruja para que conocieran y disfrutaran del hermoso  paisaje de aquellos mares  y la vida cotidiana de  las Islas Canarias. Allá aprovecharon de visitar a “Caseda”, el pueblito del padre Salvador y otros lugares de las Islas atlánticas.

Pasear la mirada retrospectiva por su vida sería recordar que siendo un chico de 20 ò 21 años comenzó a prestar sus servicios a la Estación de Malariologìa  de Maracay, una dependencia  del llamado  Ministerio de Salud y Asistencia Social, se prepara en metodologías de control ambiental y antiparasitaria enrolado en la intensa campaña emprendida por el doctor Arnaldo Gabaldón el año 1959 para la  erradicación de la malaria en Venezuela, pesquisando la diversidad de patologías en las aéreas campesinas de difícil acceso. Esteban fue durante casi 40 años un servidor con verdadero sentido de heroicidad en beneficio de la salud humana. Había que ver lo que era subir y bajar cerros, bandear quebradas crecidas, caminar sin saber donde se iba a comer o pasar la noche, lo importante era poner la vacuna y llevar el medicamento antipalúdico y aplicar el DDT, aunque fuera pasando las de Caín. En las galeras de San Francisco de Cara y La Dantica, por ejemplo, la cuadrilla tenía primeramente que sondear bien el camino,  porque allí no era nada extraño distinguir un tigre mariposa asoleándose sobre una rama gacha, y por el riesgo de encontrase en  cualquier rastrojo con  mapanares y cascabeles; pero  eso no era ningún impedimento, había que cumplir la misión de buscar  rostros de día o de noche sospechosas de haber contraído la enfermedad de  Chagas o  paludismo. Entonces cabria  preguntarse ¿cuál ha sido la compensación recibida del Estado por tan nobles servicios? Por cierto, hoy todavía no han sonado las alarmas, pero se dice que los pueblos del sur del país se cundieron otra vez de este flagelo por el abandono de este programa.

Esteban Nieves, no solo domina el arte de tocar y componer, sino que es un reconocido Luthierista. Después de un sueño revelador que tuvo toda una noche, la siguiente mañana decidió dedicarse a la tarea de fabricar, reparar y vender instrumentos musicales de cuerda por encargos. Proveedor de cuatros, guitarras, bandola llanera y bandolinas para Aragua y otras partes de Venezuela. Una vez recibió en su casa la visita del cronista de La Victoria doctor Germán Fleitas Núñez, con el propósito  que le fabricara un cuatro y también aprovechó para repararle otros instrumentos de cuerda a este ilustre ciudadano. Platicaron y la comunicación se ha mantenido cordial…Nieves, reconoce que su labor iba en ascenso pero de repente lo arropó la severa y prolongada crisis económica que sufre el país, y debido  al alto precio de los insumos,  especialmente de la madera,  el negocio dejó de ser rentable.

Hoy, a la edad  de 78 años, muy a pesar de los embates por las dolencias reumáticas y de la tensión, nunca  doblega su espíritu y entusiasmo por la música, todavía cree que ser joven no depende de las canas, y lo demuestra  muchas veces cuando despoja de una funda y pone a tono las seis cuerdas de su guitarra Paulino Bernabé o de un requinto fabricado por la casa  Juan Estruch. Ahora se entregó a vivir escasamente de los recursos  derivados de su jubilación y la pensión que le pertenece  por el Seguro Social, la cual como se sabe en el día de hoy, ya no  alcanza para las primordiales necesidades y el sostén de una familia.

Tengo que dejar constancia de mi agradecimiento y reconocer su amable atención, por haberme abierto de par en par, una vez más, las puertas de su residencia en Villa de Cura. También a Maruja y a mi ahijada, igualmente a su guitarra que me reconoció y me abrió los brazos y acudió a recibirme y me despidió con música. También por haberme dado tan  abundante información, sin lo cual no hubiese sido posible  terminar de pintar y recorrer estas líneas. 

A su casa, para los que anhelen visitarlo, se entra empinándose  para hacer sonar  un timbre, se llega caminado marcando varios pasos desde la avenida Aníbal Paradissi hacia la Lisandro Hernández.  En el solar seguro se va  a topar con un loro que habla con una clara expresión musical. En esta casa siempre se comparte una satisfactoria bienvenida y nunca falta una arepita recién salida del budare y una taza de café calientico  para el que llegue.




La Villa de San Luis, marzo de 2017




Oscar Carrasquel entrevistando a Esteban Nieves











                                  Esteban Nieves, Adrián Nieves y Carlos Parra






COMENTARIOS

Rafael Rodriguez Galindo Saludos afectuosos a mi amigo Esteban Nieves: una persona sensible, cordial y talentoso músico. Qué bueno que Oscar lo haya referido en sus estupendas notas.
9 de marzo a las 10:38

Oscar Carrasquel Rafael, Creo que todavía estamos en deuda con Esteban, no solo por su aporte al arte musical, sino también por su contribución y esfuerzo a favor de la salud humana. Valga el comentario para acompañarlo de un gran abrazo para ti y todos los tuyos.
9 de marzo a las 11:06

Rafael Rodriguez Galindo Indudablemente, Oscar, estamos en deuda con Esteban. Estamos en una sociedad que poco reconoce los más transcendentes valores humanos, Esteban incluido. Es un reto a tomar en cuenta en una nueva Venezuela, que considere al ser humano como centro de nuestro desarrollo como país, Abrazos, Oscar, extensivo a tu gente, !!!!!
· 9 de marzo a las 17:50

Rosa Morales Agradable...artista...poco tomado en cuenta su  Arte.
11 de marzo a las 17:22


Gilda Carrasquel Esteban Nieves, cada nota hablando del amor por nuestra Villa de Cura....