miércoles, 17 de agosto de 2016

EL PADRE (José Eugenio Carrasquel, fallecido el 11-03-93)


Por: Oscar Carrasquel

En mi ausencia te marchaste
de la vida,
una pálida y triste mañana,
poblador de la llanura
y jornalero de las letras.

Caminaste cual aroma de perfume
refinado,
como el sol cuando  le entrega
su   último rayo de luz  a la noche.

No pude derramar mis lágrimas
sobre las laceraciones de tu cuerpo
inerte.

Me falló el albor del último lucero
y la trémula  luz  de la lámpara votiva
sofocada por la brisa.

El recuerdo de aquella tarde gris 
seguida de la  oscuridad de la noche,
aun  acrecienta  mi tormento
de afligido hijo de corazón deshecho.


La Villa, agosto de 2016



“…Con tus pasos se alejan y nos dejas con un sentimiento de soledad, viejo José Eugenio, te llevas un pedacito de asfalto de estas calles. En esa lucha sin reposo lo has entregado todo...” / Palabras de Inocencio Adames Aponte “Chencho”.




COMENTARIOS

Raúl Aular Flores Amigo Oscar: excelente como todas tus creaciones...Un abrazo afectuoso..

sábado, 6 de agosto de 2016

UN RETRATO DE LA VILLA DE CURA VIEJA




                                                               Por Oscar Carrasquel




Con el grato recuerdo de nuestra cuerdita: Raúl Aular Flores, Iván Coelles, 
Rubén Coelles, el Chino Cáceres, Humberto Maldonado, 
Pipo Flores, Peruchito González, Graciliano Aponte, Jorge Roldan 
y el viejo Mosquera…
Yo preguntaría: ¿Dónde andarán estos muchachos de entonces?


Para aquellos que tienen todavía la noción coherente con aquella  definición de que todo pasado fue mejor, o sencillamente reconocen que existen hombres de sueños que reaccionamos con espíritu joven sobre el reencuentro con el pasado y que el sentimiento de tristeza y emoción  muchas veces se juntan en uno solo; les presentamos esta imagen de la Villa de Cura vieja. Más o menos ambientada por allá en los años 50, cuando la población escasamente alcanzaba las 20000 almas.

 Se  trata de la calle Real o calle Bolívar villacurana con sus tiendas y almacenes de ventas al mayor y negocios de modestas economías. La calle principal que  anduvimos desde niños, porque naturalmente fuimos conocedores de la grata geografía del pueblo de dónde venimos, que en otros tiempos andamos y desandamos su calle, tanto de día, como  de   media noche, o tal vez oyendo  el desafinado canto de gallos en una  madrugada fría. De pocas barriadas, de escasos automóviles; muy raro era encontrar un motorizado en sus vías,  no había ni un solo  hueco, por lo menos en esta calle importante. 

En primer plano a la izquierda se observa el amable recuerdo del famoso Hotel Continental, propiedad de la familia Cuenca, un sitio de alojamiento de viajeros, con su restaurant de comida criolla en un redondel, siempre abierto y lleno de clientes. A su lado la Talabartería  Venezuela creada por don Francisco José  Pérez Rodríguez. En su taller  estaban a la vista desde la calle el accionar de los operarios: Pablito Vegas,  Cesar Licón, Félix Tabares, Elías Flores, entre otros. Y al frente puede verse la librería  Las Novedades de doña Vicenta de La Rosa de Manzo, casada con don Eduardo Manzo Fuentes, dueño de la hacienda El Ocumo. Su casona era negocio y  sellado oficial  del 5 y 6 a la vez,  y siempre la acompañaban en el negocio sus hijas: Carmen, Beatriz y Mirna. Este matrimonio tuvo un total de 11 muchachas bellas y gentiles, las restantes ocho llevan por nombre: Nina, Servilia, Nerva, Guillermina, Lastenia, Flor, Elena y Abilia. 

Y más adelante, en toda la esquina, la colosal tienda La Favorita propiedad de Don Hernán Zamora, atendida por su dueño y sus empleados Juan Bautista Pérez Zamora y José Garrido,  y diagonal,  la famosa tienda La Fortuna del judío  Don David Sananes, el cacique siempre  de elásticas detrás del mostrador, con sus empleados Carlos Díaz y Eustaquio Martínez. 

En la otra esquina la farmacia Moderna de Rogelio Tavío Tosta que tenía como dependiente a Eliseo Briceño despachando las formulas médicas, a quien recordamos como el hombre amable y excelente amigo.

 La mayoría de estas casas hoy en día desaparecieron parcial o totalmente del rostro de la ciudad. Tenemos la obligación de reseñar que el coche estacionado a la derecha es un flamante carro  Chevrolet sedàn modelo 52, que sacado de la agencia  concesionaria costaba alrededor de  12000 bolívares, de los antiguos. El representante de venta de esta marca de autos era el siempre recordado en nuestra peña Morgadiana, Juan José Oliveros. 

En la Villa de aquellos días  conocimos dos de estos automóviles,  uno propiedad de la bionalista Andreina Matute Padrón y el otro perteneciente al comerciante Juan Pancho Rodríguez. Un dólar americano se adquiría libremente en el Banco Carabobo o Banco Provincial –los únicos Bancos que existían en la época- en  bolívares 3.35. 

A un lado se puede apreciar la célebre  cara de muchacho grande de Ismael Correa “Correíta”, alto, musculoso, cruzando la calle poco a poco, con su inseparable sonrisa de niño, dirigiendo sus ojos al cielo que a veces se tornaba de gris a violeta,  de calzones bombaches, se le consideró como el último pregonero del pueblo, a quien se le oía  la vocería de las noticias de los periódicos por las calles para después contar los centavos y mediecitos de la venta. 

La estampa corresponde al desfile celebrado en ocasión de una fecha patria o Día de la Bandera Nacional que se conmemoraba el 12 de marzo antes que se cambiaran las fechas históricas tradicionales. Pudiese ser de un “2 de diciembre”, la fecha escogida en la época perezjimenista para desfilar en la llamada Semana de la Patria. Como se sabe los partidos políticos estaban suprimidos. 

Obsérvese la Bandera  Nacional de siete estrellas flamante encabezando la marcha, cuyo uso era de obligatorio cumplimiento enarbolarla en los dias patrios en las ventanas de las casas particulares y al frente de los comercios y en las oficinas públicas, so pena de hacerse acreedor de unos días en la sombra en la comandancia, o una multa segura por parte del Concejo Municipal. 

¡Que bella  aquella  solitaria  calle principal con un silencio de tumba, con su calor de mediodía que rompe el macadam, sin actividad  buhoneril de ningun género. No existían casas de abastos ni supermercados,  ni aglomeración de gente, ni el laberinto de personas haciendo cola o corriendo por la calle buscando llegar primero para comprar alimentos. Yo recuerdo que los únicos disparos que se escuchaban en el perímetro de la población  y el  olor a pólvora, eran por el estallido de los cohetes del músico Bustamante, y eso era en las fiestas patronales, en las retretas, en los paseos de música y en los toros coleados. 


A pesar del tiempo transcurrido aún se mantiene  en nuestra memoria esta estampa que marcaba la nostálgica vida cotidiana de la antigua Villa de Cura.

 La foto pertenece al álbum familiar en buen resguardo de la profesora Gilda Carrasquel.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             La Villa, invierno de 2016