martes, 28 de julio de 2015

LOS MÉDANOS DE CORO






























     Por Oscar Carrasquel


A Milagros y Oscar, compañeros de viaje


                                                                              

Retorno a las hojas de mi Diario
Atrás un vigoroso valle vegetal
Adelante el lírico mar con su canto perenne
Con sus erizadas olas que vienen y se van

Divísase un paseo con figuras de gordos peces,
De quelonios y caracoles gigantes
Varias montañas de sílice como islas de oro rosado
Interrumpen el camino
Los verdugos Caterpillar invaden su territorio
Buscando descubrir la cinta de asfalto
El viento da latigazos sobre el rostro
De mujeres y hombres con velos
Que marchan como monjes egipcios
Pero siguen su carrera en medio de la polvareda

De sus labios sale una lluvia de besitos de coco
Y conservitas de leche   
Con gusto a tierra costera
Sabrositos como su brisa vespertina.

Santa Ana de Coro, invierno 2015











Sitios web de las imágenes:http://www.taringa.net/posts/info/9704633/Lugares-Hermosos-de-Sudamerica.html


EN EL MAR



Por Oscar Carrasquel

Anoto en mi diario a la luz del día
La cronología de mi travesía
De mí venida de caballero andante

Invito a una gaviota que cae como una sombra
Flotando en el horizonte azul
Que llame a los peces de la profundidad del mar
Que me acompañen a leer en un libro
Que me ofrendó una escritora contagiosa de sueños

Las olas llegan una tras otra, fatigadas,
Mas su regreso es inminente
El viento a veces gime y las vuelve furiosas.

Una barca extraña que tiene años que no pita
Se pone frente a los ojos de un pintor
El artista dibuja una canción de amor
Frente al blanco-azul de su mar
Con pinceles de arrebol.


Paraguaná, invierno de 2015.



miércoles, 22 de julio de 2015

EL CINE AYACUCHO QUE CONOCÌ


                                                                       
              












  Cine Ayacucho, ambiente y pantalla




















Pablo Centeno en la Sala de Máquinas






 Por Oscar Carrasquel



A la memoria de dos Bardos villacuranos,
Ana Belén Aular Flores y Vinicio Jaén Landa, allá en un pedacito del cielo.


Cuando uno nombra hoy al CINE AYACUCHO, simplemente se está refiriendo a un rinconcito romántico bien ubicado en el disco de la memoria, una sala de proyección cinematográfica que a pesar del tiempo transcurrido no deja de latir en las reminiscencias de los villacuranos.  Un elegante ícono del ayer,que tuvo su auge en las décadas de los años 40, 50 y 60 del siglo XX.  Sin embargo no fue el más antiguo.  

Desapareció definitivamente de nuestra órbita en la séptima década del pasado siglo, acorralado por los avances tecnológicos,  y además los antiguos dueños tuvieron la ocurrencia de salir de la estupenda casona que no pudo soportar el peso de la piqueta y el ritmo de la modernidad que sin compasión le va cambiando el rostro a las ciudades.
Nos resistimos a entender que cualquiera de los habitantes de Villa de Cura, hombre o mujer, que pase de los 60 años de edad, haya dejado de divertirse en aquella hermosa etapa que le tocó vivir a esta portentosa  sala de cine que tuvo su accionar en la antigua calle Real, hoy avenida Bolívar, en todo el frente de la plaza Miranda de Villa de Cura.  En su lugar lo que existe ahora es un mini centro comercial, y  en  la acera, unos grotescos ventorrillos de jugos, frutas y verduras que ocupan toda la cuadra.

El Cine Ayacucho proyectaba películas mexicanas de vieja tradición, consignadas por la Distribuidora Salvador Cárcel y cintas norteamericanas producidas por la Metro Golden Meyer, cuyas corporaciones  disponían de representación en la capital de la República y  día a día despachaban expresamente los rollos de películas a los cines del interior.
Pero permítanme recordar que las preferidas por los muchachos de mi edad eran las películas basadas en el oeste americano. Recuerdo muy bien  cuando uno salía a las nueve y pico de la noche del cine, alumbrados por la luz de los postes, caminábamos con el pecho erguido  y con las piernas  arqueadas y los brazos semi curvos, tal como si fuésemos a desenfundar un par de colt 45, emulando al súper héroe  de aquella emocionante película de vaqueros que acabábamos de ver, la cual  se denominaba“Por unos dólares más”, protagonizada por el asombroso Clint Eastwood.

Estas remembranzas cobran importancia en la actualidad,  ya que entre  los habitantes de esta Villa de San Luis de Cura, casi desconocido por las nuevas generaciones, vive el maestro Pablo Centeno, un hombre humilde nacido en Cagua, con  86 años encima, pero que en la época de oro del Cine Ayacucho era un joven veinteañero, inteligente y de muchas palabras que se hizo especialista como proyector de cintas cinematográficas para ver los films en pantalla gigante.

Uno de estos días  encontramos a Pablo Centeno recostado en una cama ancha en su casa y disfrutamos una amable conversación, recorrimos viejos aconteceres caminados a través del  tiempo, de su batallar cuando fue empleado del Cine Ayacucho, por supuesto un poco más envejecido, pero con su mismo estilo y carácter amable de siempre, ahora en el silencio del retiro  y observando sorprendido el salto que nos ha obligado a dar la sociedad moderna

Pablo Centeno comenzó a prestar servicios en el Cine Ayacucho como obrero de limpieza en el área de sus instalaciones, pero al mismo tiempo y como buen pensante observaba de cerca los movimientos del señor Rafael Ávila, el cual había sido contratado en La Victoria, porque en La Villa no se disponía de operadores de cámaras cinematográficas. 
En el año 58 los empresarios del Cine Ayacucho,  Miguel Borges y Juan Luis Trujillo, se dan cuenta que las  aptitudes de Centeno eran otras y deciden admitirlo como operador fijo de esta sala de cine.

Pablo hoy habla muy bien del Cine Ayacucho y de sus antiguos patronos, cuya empresa lo cobijó  durante 18 años, tal como si fuese uno de sus hijos predilectos.

Esta sala de cine como era bastante  espaciosa, poseía un amplio auditorio. En tiempos de democracia no escapaba para la realización de mítines y conferencias de los partidos políticos y  eventualmente se presentaron en su espacio compañías de teatros y actos culturales.

Pablo Centeno  habla de su oficio y del Cine Ayacucho como si se tratasede un viaje muy largo. Y  entonces uno busca  acomodarse como si estuviera otra vez sentado en la grada del cine viendo una de esas películas de ayer, porque él va enumerando uno por uno los títulos quemás sonaron en la época:  “Las Aventuras del Capitán Maravilla” con Billy Watson,   “Lo que el viento se llevó” con Clark  Gable y Vivien Leigh,  “Tarzan, El Rey de La Selva”, protagonizada por Johnny Weissmuller, “LosPeligros de Nioska”,  “Allá en el Rancho Grande” con Jorge Negrete y Lilia del Valle,  las series “Fumanchú” y “El Fantasma•“,  “Juan Charrasqueado ,con Pedro Armendáriz,  las películas de Mario Moreno “Cantinflas”, las cuales eran devoradas por una gran masa de espectadores.

Fuimos aficionados de verdad a la actuación de los vaqueros más famosos del oeste americano como John Wayne, Clint Eastword, Bud Lancaster, Gary Cooper y Alan Laad. 
También veíamos con ojos infantiles las películas de corte humorístico como “Los Tres chiflados”  y “Viruta y Capulina” y las películas rancheras con Pedro Armendáriz,  Jorge Negrete, Pedro Infante, Antonio Aguilar y Luis Aguilar.

Fueron grandemente admiradas  las actrices mexicanas de la época como: Sara García, Miroslava Stern, Dolores del Río, Tongolele,  María Félix, Rosa Carmina, Silvia Pinal y otras. 

A muchas personas -adultos y chicos-les fascinaban las películas de guerra.
En 1950 hizo su debut una producción ambientada en Venezuela “La Balandra Isabel lleóo esta tarde”  protagonizada magistralmente por Arturo de Córdova y la espectacular Virginia Luque.

 En esta sala de cine disfrutamos de una de las películas más impresionantes que hayanvisto mis ojos:  “El Jorobado de Nuestra Señora de Paris”, caracterizada por QUASIMODO.  Pasado el tiempo supimo sde buena tinta que esta novela está basada en una obra escrita por el prestigioso Víctor Hugo.

Entre otras cosas que podemos reconocer es que esta sala de cine contaba con un público de muy buen comportamiento.  El área principal se denominaba “Numerado”, con butacas para las familias y donde se sentían a gusto las jóvenes villacuranas  que entraban acompañadas de sus pachucos o novios. Recordamos que a este salón de preferencia se ingresaba por un portón cruzado por una refinada cortina de terciopelo encarnado. 
El otro ambiente popular se llamaba “Galería” - que algunas personas despectivamente solían llamar“gallinero”, por las pequeñas escaramuzas que allí se formaban-  con bancos de madera en línea paralela. Una entrada por “Numerado” costaba Bs 1,00 y por “Galería” Bs 0,50.

Cuando el filme era maratónico se interrumpía el rodaje en la mitad por unos minutos, las luces del salón se encendían,  y luego  las apagaban para retomar  la proyección.
Esta parada se denominaba “Intermedio”. 

Durante la pausa hacia su aparición un muchacho de paso ligero, un catire que todos llamábamos “Red Ryder”, por su afición de leer y abrevar novelas vaqueras, vendiendo entre los espectadores unos melcochosos y  deliciosos caramelos de leche de fabricación casera.

Hoy se nos agua la boca con solo recordarlo.

Por esta sala de cine paseamos los muchachos de entonces nuestra alegría juvenil. Recuerdo como si fuese hoy, el típico sonido de un timbre pulsado tres veces, el primero insinuaba que la función estaba por comenzar, el número dos  al aproximarse la función, y al toque número tres comenzaba la proyección.

La sala iba a convertirse en un cuarto oscuro y entonces uno,ni corto ni perezoso, aprovechaba el momento especial para darse unos cuantos besitos con su pareja ¡Ah! Eso sí, sin sobrepasarse de la raya amarilla, porque entonces se ganaba un buen pellizco.Las féminas entonces no usaban pantalones, estaban de moda los vestidos con armador.
Existió en este cine de antaño un reglón que no deberíamos de obviar como eran los llamados Tráilers, como se conocía un video que tenía como objetivo anunciar y promocionar las futuras películas en cartelera, que se mostraba en la antesala de la función,  aparte de  un porcentaje de cuñas en diapositivas de anunciantes de la localidad.
En la antesala de la edificación se encontraba la taquilla de venta de entradas y en un mobiliario al lado nos proveíamos  las parejas de enamorados de las cajitas de chicles marca Adam’s, por un valor de 0.25, con sabor a menta, canela o yerbabuena. También a locha los cucuruchos de maní  y las raciones de cotufas que costaban 0.25, y algunos saboreaban barquillas y tinitas de una heladería ubicada en el mismo local, tenían un valor de  0,25 las pequeñas y 0.50 los vasos grandes,  atendido el negocio por la gentil señorita Belén Álvarez y más adelante por el popular Macuto.

Entre los expendedores de “entradas” al cine de  trato exquisito, recordamos a   María Sulpicia Parra e igualmente a la simpática Inés Terán. Entre los taquilleros se recuerda a Juan P. Álvarez, Manuel Zapata “Pelón” y Héctor Mena “El Chino”.

Y recorriendo las principales calles sobre una bicicleta, José Gregorio Lovera, quien tenía a su cargo amarrar en los postes de las principales esquinas las carteleras que anunciaban las películas del día a día, con exposición de fotos verdaderas.
Los días domingo en toda la entrada, le obsequiaban a uno  unas cartulinas con indicación de la programación de las películas de toda la semana.
En resumen,Centeno nos contó muchos pasajes de esta historia menuda que  traduce y representa el alma popular de Villa de Cura. Todo como si fuese un sueño largo capaz de estrujar el aliento, muchos episodios y argumentos inolvidables como para hacer la trama de una película de largo metraje y convertirla en  una sola verdadera.


Invierno de 2015.


Nota: Mi agradecimiento a la  diagramadora, Profesora María Teresa Fuenmayor, al coleccionista y poeta Elio Martínez y a Manuel Vicente Zapata, hijo.




















Antiguo proyector





Tarzán, Jane, Boy y Chita





COMENTARIOS:
De: Anónimo
23 de julio de 2015, 4:51 p. m.
¡¡Que maravillosos recuerdos del cine Ayacucho en nuestra Villa de Cura!  realmente así era nuestro cine y solo quiero acotar que en Semana Santa proyectaban películas como "Los diez mandamientos".  Realmente espectacular. Agradecida al Sr. Oscar por tan lindas remembranzas.


De: Anónimo
5 de agosto de 2015, 10:21 p. m.
Me encantó el relato, maravillosamente explicado. Aunque fue en la década terminando los 60 y los 70 que fue cuando asistia al Cine Ayacucho, vienen a mi memoria el Sr. Rómulo Bermudez y Pancho, quienes también laboraron en la proyección de películas y mantenimiento de la sala... 
Qué tiempos, cuánta historia y vivencias.
 Lastimosamente, hoy no tenemos Cines en el pueblo, no hay a donde llevar a nuestros nietos a ver películas y que también experimentaran de esa pantalla gigante, como nosotros lo hicimos...

 
De: Luis Utrera 

13 de septiembre de 2015, 4:37 p. m.

Excelente artículo sobre la historia del cine Ayacucho de La Villa. Es importante destacar que existieron otros 2 cines como lo fueron el Central y el cine Pineda.

 En los años que yo iba al cine Ayacucho quien pasaba las películas era el compadre de mi papá, señor Romulo Bermúdez quien aun vive y cercano a cumplir 100 años. El domingo era el único día en que muchos de nosotros iba al cine a la función vespertina y cuando queríamos entrar a la función nocturna no nos dejaban porque eramos menores de edad. Pero igual pasábamos coleados porque había un portero que era muy bromista, el inolvidable Cariaco. 
Otra cosa que aprovechabamos hacer era el intercambio de suplementos que uno compraba con real y medio, o sea 0,75 Bs. y ese te servía para intercambiar siempre.
 Si tenias una noviecita tenías que conseguir por lo menos dos cincuenta (2,50 Bs) para pagar 2:entradas y 2 barquillas que yo disfrutaba como nadie en este mundo porque para que papá me diera 2 bolívares tenia que limpiar el gigantesco patio de mi casa que aun existe por allá en la calle Perez Bonalde, sector Guayabal.
 Tiempos aquellos de grandes carencias materiales pero de infinita libertad y felicidad sencilla.

miércoles, 15 de julio de 2015

DOÑA MANUELITA



Por Oscar Carrasquel




 Doña Manuelita, inolvidable viejecita
Tú que fuiste una mujer buena y de paz inaudita
Hoy que Dios decidió mandarte a buscar
Mi alma de trovador te viene a recordar

Chiquitica, arrugadita y mirada de niña feliz
Con tus pasos lerdos y breves
Y un camisón que casi te rozaba los pies

Yo desde mi vejez te vuelvo a mirar
Serena, sentada sobre una  azulina piedra
En  medio de la corriente
 A la hora que se ocultaba el sol
Soltando a las aguas  anzuelo y cordel 
Para después pasar la cosecha por un sartén

Sonreías con espíritu ingenuo y con gala
Cada vez que un pez de renombre enganchabas 
Y con la elegancia de una garza
 Desde lejos me  gritabas:
 “Es para ti, catire viejo”.

Una vez te perdiste por varias semanas
Y yo profeticé que por los campos andabas
Cazando pescaditos de colores dentro de los aguazales
Para utilizarlos como carnada.

Tiempo después te volvieron a regresar 
Ahora sí partiste por un sendero obscuro 
Por donde no es posible devolverse jamás
Dejando quebrantados los corazones
Como aquel desolado riachuelo
Al cual  le silenciaste  su rumor

Hoy los niños del camino te despedirán
¡Adiós Doña Manuelita!
En las tardes ya  no te veremos pasar
 Hacia un recodo del río a pescar
En tu alforja te llevaste
 El arpón,  el anzuelo y el guaral.



Acarigua, invierno de 2015







GREGORIO “EL CHICHERO”

     


 Por Oscar Carrasquel

Al chino Félix, mi gran amigo
                                                                                                    
¿Quién de los que fuimos muchachos o mayores de edad en la quinta y sexta década del siglo XX no conoció a Gregorio García “El Chichero”... En tiempos pretéritos GREGORIO
 GARCÍA fue el vendedor de chicha más exitoso y el más cotizado que había en Villa de Cura. 

Se hablaba que Gregorio no solo expendía la deliciosa bebida, sino que inventó la formula casera más espectacular para preparar con sus manos la chicha más sabrosa y requerida a diario por obreros, estudiantes, maestros y demás transeúntes, quienes se encargaron de convertir la rica bebida en una especie de leyenda. Su elaboración abarcaba muchos detalles, y allí estaba el sorprendente secreto  para que saliera una de la más exquisita chicha de todo los valles aragüeños.

En aquellos días cuando el signo monetario poseía otro significado, usted podía pagar por un vaso de chicha, dependiendo  del tamaño del pote,  Bs 0, 25 y Bs 0, 50. El arroz como base primordial de la bebida costaba Bs 1, 00, y la leche que usaba para su preparación valía  Bs 1.50 el litro, y el azúcar 0.75 el kilogramo. El hombre cargaba siempre encima de su carrito chichero la muestra de los envases de leche usados, para que el público no dudara de la pureza y originalidad de su chicha.

Gregorio El Chichero solía salir temprano de su casa  pedaleando un triciclo con un cajón elaborado de madera, en cuyo interior llevaba un recipiente grande y dos latas tapadas llenas del producto, transitando las principales calles de La Villa. Pero su parada favorita era frente a la plaza Miranda, junto a la llamada ARC o terminal de los autobuses de la Línea Demócrata. Al frente de su carrito un visible letrero donde se leía: “CHICHA HELADA SIEMPRE IGUAL”…
 Bate que bate aquella mezcla con un gran cucharón de aluminio, mucho antes de servirla.

 Gregorio  García era nativo de la población de Duaca, municipio Crespo del Estado Lara. Se trasladó a Villa de Cura siendo muy joven, en la tercera década del siglo pasado y jamás regresó a su lugar de origen. En esa época en las calles de la urbe circulaban pocos automóviles, no había tarantines de buhoneros y era una hazaña encontrar una motocicleta. La Villa contaba con su emblemática sabana donde se practicaba béisbol. En este terruño zamorano que tanto amaba incursionó más allá de sus sueños, formó y levantó a dos familias, como un viejo buey,  con esfuerzo, dedicación y trabajo. 

Gregorio García, nuestro tradicional y predilecto chichero, fue un hombre lleno de coraje, de alma festiva, conversador, refranero, mamador de gallo, aficionado a la pesca, pero al mismo tiempo de carácter recio. Se granjeó el cariño y afecto de muchas familias y personalidades villacuranas.

¡Cuánto diéramos por volver a escuchar su grito guerrero por las calles de La Villa, en las horas de reposo meridiano!

                                ¡Chicha Helada…Chicherooo!

Cuando lo conocimos era un peculiar caballero que apenas frisaba los cuarenta años de edad. Siempre calzaba zapatos negros tipo mocasín, iba muy bien arreglado, con su bata blanca pulcra con tachón en la parte de atrás y abierta la parte de adelante. Usaba siempre un fino sombrero marca Borsalino de ala ancha, que utilizaban siempre los llaneros. Por las calles de La Villa paseó muchos años su optimismo y una gran pasión por su trabajo.

En torno al personaje surgieron en aquellos días muchas anécdotas que expresaban sus ocurrencias. Le disgustaba que lo llamaran “chichero”. 

Muchas veces el popular Natividad Bermúdez “Meneco”, amigo de jugar chanzas lo paraba en la calle llamándolo “Chichero”, y Gregorio enseguida le respondía en forma sarcástica y punzante: “A su merced, Doctor”, porque  él gozaba defendiendo la dignidad de su humilde trabajo.

A pesar del tiempo transcurrido  todavía hay gente de nuestra generación que sería capaz de pagar la cantidad que fuere, por volver a saborear una deliciosa chicha de las que expendía Gregorio García por las calles de La Villa. La famosa Chicha de Gregorio no se ha perdido del todo del gusto y la memoria de los villacuranos.

El personaje se enfermó progresivamente. Solo la muerte en marzo de 1966* pudo interrumpir su alegre e indomable paseo por la vida. A la edad de 86 años, ya tostado por el sol villacurano, dejó de latir el corazón de este larense de ojos pardos y achinados en su casa del callejón 3 de El Rincón, entre un montón de refranes en las paredes, y una cantidad  de palomas y pajaritos sobre una mata de  mamón. 

Su osamenta descansa en el viejo cementerio municipal de la calle Comercio de  Villa de Cura.



La Villa, invierno de 2015


Nota: La foto  se la agradecemos a su hijo Félix García “El Chino”.


*Ya culminé la investigación pendiente sobre la fecha de fallecimiento de
GREGORIO GARCIA. "El Chichero".
El 13 de enero de 2001, ocurrió su deceso en la ciudad de Villa de Cura.
                                                             

                                                                                    Oscar Carrasquel


COMENTARIOS:


De: Rafael Rodriguez Galindo Lo recuerdo gratamente, no obstante su carácter un tanto sarcástico!!!

De: Luz Marina Sáez Gutiérrez Qué tiempos tan sanos y lindos se vivieron !!!
15 de julio a las 16:28 

De: Matias Enrique Rodriguez Aranda Si señores, buenos y viejos recuerdos aquellos, chicha fría y helada por tan solo un medio el vaso.....
15 de julio a las 20:52 

De: Luis Vegas Creo que hay un pequeño detalle en la fecha q murió x q yo lo conocí y le compré bastante chicha y yo nací en 1967
15 de julio a las 22:36 · 

De: Carmen Delgado Qué de tiempos, la mejor chicha y de verdad este señor se las traía.  Mas villacurano que cualquier otro, gracias por el recuerdo
15 de julio a las 23:19 · 

De: Milena González Si, es verdad, el año está. equivocado porque yo lo conocí en 1993, era mi vecino
17 de julio a las 8:32 · 

De: Jose Vicente Castillo Siempre vendía en la Plaza Miranda
17 de julio a las 9:19 · 

De: Aquiles Ramírez Chacín Yo era un cliente fijo, Saludos al Chino 

De: Nelly Zurita Yo me acuerdo de el bastante chicha le compre
 15 de julio a las 21:31


De: Omaira Toledo Lo recuerdo , mucha fue la chicha que me tomé de sus menos .. Qué buen caracter tenia.Dios le bendiga y le de paz para siempre.
 15 de julio a las 23:11


De: Omaira Toledo Quién de nuestro tiempo no lo conoció , qué buena persona era .
15 de julio a las 23:15


De: Marisela Cuenca Lo recuerdo, a ´él y su exquisita chicha,.
 17 de julio a las 7:47

De: Oscar Carrasquel Mi agradecimiento a Milena Gonzalez y a Luís Vegas que tuvieron a bien hacer una observación muy lógica sobre la fecha de fallecimiento de Gregorio El Chichero.  Voy a tratar de contactar con mi informante para verificarlo y procedo a hacer la debida corrección.
Mil gracias a todos por su contribución y por su atenta visita a nuestra página.


De: Carlina Gladys Cuenca COMO NO RECORDAR ESTE HERMOSO PERSONAJE... GREGORIO EL CHICHERO DE LA VILLA, SIEMPRE TAN GENTIL, CONVERSADOR Y QUE LE PARECIÒ LA CHICHA????.QEPD.

De: Anónimo15 de julio de 2015, 4:46 p. m.
Con la mejor intención,creo que la fecha de su muerte no pudo ser 1966,ya que lo recuerdo en años posteriores,1974-76 .Pero igualmente lo recuerdo con mucho cariño,cuando pasaba frente a mi casa,le comprábamos una jarra de su deliciosa chicha

 De: Yessica Herrera: ¿No tiene la historia de el otro chichero que estaba en la plaza Miranda, creo que ya murió?
3 de septiembre a las 18:03


De:  Oscar Carrasquel Yessica, le presento mis disculpa por no haberle respondido a tiempo. En efecto yo conocí a ese otro señor a que usted se refiere, por cierto también productor y vendedor de la refrescante bebida. Instalaba su carrito , primeramente frente ancla ARC, o terminal de autobuses y posteriormente paraba su carrito chichero frente a la plaza Miranda. En cuanto tenga suficiente información haremos lo posible por hacer una semblanza del personaje. Altamente le presento mi reconocimiento por su preocupación . Y gracias por visitar nuestra pagina.

De: Pedro Rangel Tengo 53 anos y he recorrido todo el país, y afirmo que ninguna chicha ha sido mejor...
 6 de septiembre a las 10:59 

De: Gilda Elena Carrasquel Córdova16 de julio de 2016, 17:49
Vivencias que llenaron nuestra niñez y adolescencia de detalles que se entretejieron para acercarnos a nuestra esencia y consolidaron nuestro sentido de pertenencia

Anónimo28 de octubre de 2016, 10:23

Buenos días, si fue un gran personaje de la historia de Villa de Cura pero quiero acotar que la sabrosa chicha era preparada por su esposa Carmen Rodríguez. Saludos

sábado, 11 de julio de 2015

EL PAN DE PIQUITO Y EL BURRO DE ROSENDITO


                                                   
Foto referencial. No pertenece al personaje de la cr{onica.
                                           
Por: Oscar Carrasquel


Antes,  el villorrio de La Villa de San Luis era pequeño pero más bello, muy común fue el tránsito por todas las direcciones del vendedor ambulante, en bicicleta, sobre un burro, o a pie,  por las calles solitarias y soleadas de la urbe. Se usaba esa destreza como institución económica para solventar la ausencia de fuentes de empleo, mediante lo cual se generaba ingresos para el sustento de la familia y porque era necesario proveerse de una actividad lícita que le permitiera a la gente sobrevivir.

Por ahí a mitad de la década del cincuenta los habitantes del barrio Las Tablitas y  franjas aledañas, se acostumbraron a ver pasar a Rosendito  en cada brisa  y sol que llegaba, encaramado sobre un burrito de pasos ligeros, haciendo de la humildad las cosas mas sencillas.

Colgados sobre el costado izquierdo y derecho del jumento, sendos canastos de mimbre, y en el fondo varios tipos de pan de trigo para comerciar en las barriadas: Tungas, butaques, acemita, pan sobado, rebanadas, pan de piquito -llamado “pan a locha”- son algunos de los productos que ofertaba en  su incansable trajinar por la población. Vendía generalmente de contado, por encargo, pero no le faltaba una libreta donde anotaba los fiados.

Rosendito fue miembro de una familia tradicional de LAS TABLITAS; habitó una casita que aún conserva su vieja fachada, ubicada en el callejón “Mateo Vargas”, subiendo hacia “La Caja de Agua”, a  donde toda su vida luchó junto con su mujer y sus hijos. Fue durante toda su existencia un hombre de trabajo y padre de familia ejemplar. 

Tal vez por ser un hombre flaco  y bajo de estatura y por el roce con los pobladores, fue que le redujeron el nombre al personaje y todo el mundo lo empieza conocer sencillamente como “Rosendito”.

Si bien este humilde oficio tuvo su auge en aquella época, por ser  un alimento con el gusto de los hornos de barro caseros; con el surgimiento  de las panaderías se fue imponiendo la modernización y  desaparece esta modalidad de venta a domicilio.

No vivió lo suficiente “Rosendito”, para ver lo que son hoy en día las Panaderías y por donde nos conduce esta inflación y devaluación indetenible. Por ejemplo, en aquellos tiempos, el viejo panadero nos ofrecía a domicilio, ocho panes salados de piquito por un bolívar, es decir una locha costaba cada unidad. Hoy se paga como “PRECIO JUSTO”, por un solitario pan de trigo, la bicoca de cinco mil bolívares de aquellos.

El burrito de ”Rosendito” siempre conservó la soltura y habilidad de cuando era pollino, poseyó la peculiaridad que era un animal de pasito nervioso. El redoblar de la pisada de sus cascos sobre el terrenal, fue como un clarín que alertaba a las amas de casa, y era indicación de que  por la esquina iba cruzando  aquel burrito cargado de panes, y encima su panadero favorito.

Mucha gente de aquella generación no titubean en recordar que por lo ligero que caminaba el burrito, es que emerge de la sabiduría popular un refrán que recorrió todos los rincones de La Villa, sentenciando a todo aquel que realizaba algo con presteza o caminaba con mucha prisa: “¡Andas más apurado que el burro de Rosendito!”

La Villa, invierno de 2015


Sitio web de la imagen: http://acpinolere.blogspot.com/



miércoles, 8 de julio de 2015

INGRID CHICOTE




Por Oscar Carrasquel



Hoy dije para mis adentros: 
Voy salir a la calle
para tocar a la puerta 
de INGRID CHICOTE,
mi amiga poeta. 

Este nuevo encuentro
de verdad era mi anhelo. 
Por eso yo lo celebro.

En La Villa,
un buen momento
pasé con ella charlando,
mientras el aroma de café
tostado
andaba en el ambiente
girando. 

Se trata de un libro,
que en fecha reciente
fue laureado
-y muy divulgado-
y la escritora me estaba
entregando.

“HUELGA DE PALABRAS",
la madre del párvulo,
lo ha bautizado. 

Como primero de la fila, 
en el lejano Sucre,
este compendio de sentimientos
fue calificado.

Claros y hermosos poemas,
estrenando calzones largos.

Como mástiles de bellos
colores, 
que se convierten en solo
uno,
color azul de las nubes. 

Un fuerte abrazo transformado
en aplauso.
y un beso como relámpago
del camino. 
Es, INGRID,
lo que hoy te traigo como regalo. 


Oec. 22\03\2014

Sitio web de la imagen:

http://villaliteraria2010.blogspot.com/2011/08/ingrid-chicote-activa-militante-de-la.html

“MAS PESADO QUE LA PIEDRA QUE MATÓ AL MUSIÚ”



Por Oscar Carrasquel



¿Quién de ustedes,  jóvenes y viejos de distintas generaciones de villacuranos, han oído alguna vez hablar  de este famoso refrán típicamente villacurano, perteneciente al anecdotario local, que se popularizó durante la mitad del siglo XX, no solo en Villa de Cura, sino más allá de sus fronteras?

Cuando uno de nosotros por alguna razón se ponía pesado en una tertulia, o se presentaba alguien de esos “más salido que un balcón”,  unos a otros nos decíamos el refrán: “Más pesado que la piedra que mató al musiú”.

El aforismo tuvo su origen en un episodio conmovedor ocurrido en Villa de Cura en tiempos de Pérez Jiménez,  el cual conmovió no solo a los villacuranos, sino especialmente a la colonia italiana residente en Villa de Cura, ya que la víctima era de esa ciudadanía, por cierto en esos tiempos la más numerosa. Fue un acontecimiento que provocó dolor en toda la población. Ya que estos visitantes se ganaron el respeto y el reconocimiento de sus habitantes. Los venezolanos de esos tiempos nos acostumbramos a llamar a los inmigrantes “Musíús”.

Se corrió la noticia que en una de las tantas voladuras  que solían hacerse en una conocida industria, una gigantesca piedra se le vino encima a  un trabajador extranjero provocándole la muerte casi instantánea, causando una honda conmoción en la población. 

Dicen que cientos de personas,viejos y jóvenes de un vecindario cercano se llenaron de valor y corrieron curiosamente para  ver la piedra, y en cualquier fecha acudían para encenderle velas y hasta le rezaban y pedían favores. Dicha piedra fue a parar al Cementerio Municipal de la calle Comercio de Villa de Cura,  donde yace junto a la tumba del difunto. El peñazco posee un  epígrafe testimonial grabado sobre su plano.

En esa época era muy rico el refranero popular venezolano, y entre los villacuranos, sin intención malsana, se acuñó el refrán a que hacemos memoria. Como es sabido los refranes son todos de autor desconocido. Emergen de la cotidianidad de las sociedades. Los inmigrantes recién llegados a la ciudad  fueron entendiendo poco a poco que no se trataba de una cuestión burlesca,  ni de mala intención,  y lo cierto es que era un modismo  que se sumaba a la cultura coloquial venezolana.

Comentando el caso, un amigo italiano tradujo a nuestra habla un refrán de los muchos que se hicieron famosos en la tierra que pisaron sus años mozos: “Cuando veas fuego  en la casa de tu vecino, comienza a cargar agua para la tuya”, como explicando una forma de ser precavido.

Ya pasados algunos años, el refrán popularizado en Villa de Cura como corolario de una tragedia se corrió como pólvora –como ocurre por lo general- hasta en la capital de la República.Por ejemplo, cuando algún cabeza de gobierno se ponía demasiado pesado en sus latosas peroratas, no faltaba en sitios públicos de Caracas la gente que criticaba y practicaba el refrán: “Más pesado que la piedra que mató al musiù”.



La Villa, invierno de 2015



COMENTARIOS:
De: Jose Manuel Nieves Matos Así mismo me lo había contado mi viejo José de Jesús Nieves.   8 de julio a las 19:48

De: Raúl Aular Flores Ese accidente se produjo como consecuencia de una voladura en un cerro de la empresa CALHIDRA....recuerdo con nitidez esa lamentable tragedia que conmovió a la Villa....vaya un recuerdo y un Descanse en Paz.....