jueves, 17 de agosto de 2017

ODA A LA POPULAR CERVEZA



La verdad es que hoy en  día, somos cuantiosos los que no dejamos de sentir una gran nostalgia por una cervecita bien fría,  esa popular bebida que hoy se ha puesto a volar como todo por las nubes. Por eso me dispuse a seguirle la huella, ensalzar y cantar odas a esta  popular y refrescante bebida. Debemos comenzar diciendo que la cerveza  es de antiquísima tradición en el mundo, según la creencia universal parece que se remonta hacia el año 580 D C. En Alemania se fabrica hoy en día una de las mejores cervezas, y  apuntan los buenos catadores que el producto elaborado en Venezuela es una de las mejores del mundo. Sin embargo,  se ha escrito que fue en Australia, allá en Oceanía,  donde en la antigüedad se elaboró  la mejor cerveza del universo. La cerveza es una bebida tan sana, provocativa y tan única en todas partes, que la propia iglesia católica no impidió que San Arnulfo de Metz sea el santo patrón de la refrescante bebida. En España se le  llama, Cerveza; en Norteamérica, Beerd; en Portugal, Cerveia y en Venezuela, cariñosamente la llamamos Rubia o Catira. 

La historia que se relata reza que: “San Arnulfo  siendo obispo de Mertz, llegó a dicha región una peste terrible que contaminó el agua y mucha gente moría al consumirla. Por esta razón San Anulfo animaba a sus fieles a que en lugar de agua contaminada bebieran cerveza.  Cuando muere  el obispo llevan su cuerpo a enterrarlo en la Iglesia de Mertz; varios fieles agotados pararon en una taberna pero al entrar comprobaron que solo quedaba un tarro de la bebida, así que tuvieron que compartirlo entre todos. Sorprendentemente el tarro nunca se terminó y la gente toda pudo satisfacer su sed. El milagro de le atribuye a San Arnulfo”. (EditorChurchPOP).

Según la enciclopedia católica, la fiesta del Santo Patrón San Arnulfo, para los católicos cerveceros que no lo sabían, se celebra cada 18 de julio, muy cerca de la fecha del aniversario de mi nacimiento, así que mujeres y hombres a tomar rubias o catiras bien frías, pero eso sí, con moderación como lo recomienda nuestra Iglesia a sus fieles y hasta donde les alcance hoy el bolsillo.

Yo recuerdo que nuestro sonado equipo juvenil del los años 55 y 56 en Villa de Cura se llamó “Cerveza Caracas”, que dirigía Carlos “viejo” Graterol, auxiliado por “El cochino” Roso Martínez.  Cada vez que salíamos victoriosos de un campeonato, el señor Perès,  gerente regional  de la cervecería, nos agasajaba en sus instalaciones en Maracay, disfrutábamos de una comida y a libar la espumosa bien fría, no en botellitas, sino de unos cántaros de aluminio que llaman sifones.

Hoy hemos venido a evocar a la popular cervecita que también exterminaron, a exaltar algo que no faltaba a nuestro lado, ni en nuestra  nevera, por humilde que uno fuera, a rendirle honores a esta popular bebida,  que cada vez  se ha visto alejar más por su elevado costo  del paladar de los venezolanos.




 Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, agosto de 2017



REGRESO DE SACVEN


                          Al poeta Argenis Díaz
                                                    

Regresaba cargado el ómnibus 
con un censo de escritores
y de voces musicales

La llanta del margen izquierdo
emite una vibración,
como de ala desprendida
de un pájaro herido
que se arrastra lastimado por el piso

Ligero se bajaron de sus bancos,
todos parecían nerviosos
menos la poeta de traje blanco.

Pero ¡serenos!,
advierte el conductor,
hay que seguir la porfía

El ómnibus llega por fin
hasta el final de su diagonal

El viaje se hizo placentero,
llevaba entre el pasaje
una tropa de cantores y poetas
que cautivaban
con su incomparables sonrisas.



  Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 15 de agosto de 2017


lunes, 14 de agosto de 2017

EL NEGRO JOSÉ NÚÑEZ MURIÓ A LOS 46 AÑOS DE EDAD, HACE 46 AÑOS




En el seno de nuestra familia fue el “Negro” José  Núñez un ser muy especial y querido. En casa de los Carrasquel, todos los hermanos lo respetábamos y  lo teníamos como primo; todo indica que  su madre doña Virginia Núñez tuvo una amistad de mucha cercanía con nuestra madre María Carrasquel, lo que  la convirtió en tía de todos nosotros. Protegido por el calor y los brazos de la madre habitaron una casa  en la calle doctor Manzo en Villa de Cura, entre Miranda y Sucre, estaba residenciada nuestra familia en la calle doctor Urdaneta y de ella -la tía Virginia-  recibíamos casi todos los días su bendición.

Nosotros quisimos mucho al “Negro Núñez”, algo así como el hermano mayor que aconsejaba. Nacimos en el mismo pueblo. Su nombre completo era José de la Concepción Núñez. Fue el nombre que le puso doña Virginia por haber abierto los ojos al mundo un  8 de diciembre de 1924, día de la Santísima Virgen de la Inmaculada Concepción. En conversaciones familiares conocimos que el padre de José Núñez fue Don Plácido García, sastre de profesión y al mismo tiempo jefe de la oficina de Registro Público del otrora Distrito Zamora. Su renombrado taller de sastrería y la oficina pública se movían en un mismo espacio por la calle Comercio, frente a la gruta nuestra señora de Lourdes. Mi mamá  en aquellas tardes tranquilas de conversa me contaba  que don Plácido lo consentía y quería mucho.

Desde pequeño anduvo metido en un salón de clases, mirando al mundo a través del cristal de la alegría. Estudió la primaria completa en la Escuela Arístides Rojas bajo la rígida disciplina  del músico y pedagogo don Víctor Ángel Hernández; incontables reprimendas recibió de la maestra calaboceña de primer grado misia María Amparo Rodríguez. El bachillerato casi completo lo cursa en un colegio  para varones regido por sacerdotes diocesanos, internado por don Plácido en la ciudad de Calabozo. Su padre muere cuando estaba a punto de diplomarse  de bachiller. José regresa a La Villa, no le queda otra alternativa que inscribirse en la  escuela artesanal de Artes y Oficios, situada por la calle Bolívar donde aprendió contabilidad o teneduría de libros de firmas comerciales, como se decía antes.

Ya mayor de edad,  con estas credenciales y la elegancia de su caligrafía, las firmas comerciales de Villa de Cura más representativas como: Francisco Álvarez Rodríguez, Froilán José Aguirre, Manuel Melo y Antonio Silva, conocieron de su talante como excelente contador que era. Luego se emplea como contabilista a tiempo completo en el almacén de Don Norberto Ramón Vásquez, por los lados de La Alameda.  Allí se vendían víveres para surtir al comercio menor de la Villa y el llano, a la vez era la fábrica de alpargatas “El Abanico”. Y durante los últimos años trabaja en el almacén de Tomás María Hernández, sucesores, ubicado en la calle Páez. Fue  agente viajero de esta importante casa comercial y en ese desempeño tuvo que regender muchos caminos del estado Guárico y  el sur de los valles aragüeños.

Doña Virginia Núñez, su madre, era natural de El Sombrero, capital del municipio Mellado del estado Guárico. A Villa de Cura llega hacia las primeras décadas del siglo XX.  Una mujer hecha para la brega, una llanera acostumbrada a los tiempos buenos y malos (Aunque en esos dias no se conocía lo que era pasar hambre).

Obesa, irascible,  recia de carácter, en un altar veneraba un cuadro coloreado de  Nuestra Señora del Carmen, patrona espiritual de El Sombrero. Aprendió con las “viejas” que la criaron allá en el llano a fabricar toda clase de dulces criollos para la venta. Muy reconocida en La Villa por las hallacas navideñas que hacia todos los fines de semana. Sus clientes mañaneaban los sábados buscando sus hallacas y tamales. Madrugaba cotidianamente para poner en venta las arepas asadas en budare y en fogón, mi hermano las salía a repartir y vender, siete unidades por un real. Una mujer de una gran fortaleza corporal. Era tanta su fuerza que era capaz ella solita de alzar un lechón que había sacrificado y lanzarlo para luego rasparlo sobre un mesón de madera.

En su casa tenía un hermoso jardín de vistosas flores y el patio sembrado  de naranjos. Le importaba poco que no llegara agua por medio de la tubería de acueducto, pues en el centro del solar había un tremendo jagüey o aljibe que surtía toda la casa y mantenía fresco el rosal. Recuerdo muy bien que se tomaba agua  fresca y cristalina que destilaba de una piedra de tinajero verdecita de musgos. En una “Corona” molía el maíz ya pilado para obtener la masa para las arepas y las hallacas.

El “negro” Núñez fue una de esas personas que despertaba en todos el deseo de tenerlo como amigo, porque tenía un don especial para tratar a la gente. No tomaba licor pero tampoco le faltaba un tabaco “Habano” cubano bailándole entre los labios. Era de contextura gruesa, piel morena, pelo enredado, cara de manzana como la madre, cachetes abombados, inspiraba respeto, aunque era especial haciendo comparaciones y poniendo sobrenombres de esos que no se quitan nunca. Cualquiera endulzaba sus penas con su jocosidad. Cuando el chiste era bueno soltaba una  centellante y sonora carcajada jamás borrada de mi mente. Fue un personaje amable, simpático y muy querido en La Villa. De probada honestidad que  todos conocían.
  
Entre sus más íntimos  amigos se contaron el yaracuyano Humberto Blanco y sus hijos Humbertico y Rebeca; Pedro Ezequiel González, Doña Hilda Romero de González y su hija Yajanira que era su ahijada; Jesús María Blanco, Germán Cordero, Luis Nieves, Ramón Vásquez Montaña, Víctor Hernández Ramos, Alcides Álvarez, Rafael Ortega, Rafael Montaña, Teodoro Maury, Rita Álvarez, Arístides Melo, Manuel Melo, Antonio Moreno, José Manuel Morgado, el “Negro” Testamar, Luis Manuel Botello, Oscar Morgado y otros que sería muy largo de enumerar.

Jugando beisbol, Núñez también fue cosa seria. En su juventud aprovechaba los ratos libres y los domingos en un juego de beisbol no oficial, errante, conocido como “Caimaneras”. “El Negro” ocupaba una buena posición en la alineación porque era un reconocido y temible bateador de líneas largas. Lo que se llama un sluger. Su compadre Pedro Ezequiel, el escogedor de la partida, siempre lo colocaba de cuarto bate en el lineup.  Fue un frenético Magallanero y siempre demostraba su fidelidad por esa divisa del beisbol profesional en Venezuela.

Se enamora y se casa  con  una de las muchachas más hermosas y atractivas de la época, vecina de calle doctor Urdaneta,  amigos de la cuadra larga, llamada Hilda Álvarez, nacida en tierras guariqueñas de Valle de La Pascua. Quizá  la que mejor  conoció sus sueños, derrotas, sus rutinas y cansancios. A La Villa llega siendo  pequeña de la mano de su madre Rosario Álvarez y su hermana Josefina “Chepina”. En este pequeño valle se hizo mujer y encontró en José Núñez el amor para toda su vida, ese que se vuelve llama y fuego en el alma, de cuya unión nacieron 8 hijos: Rosa Elena, Edith Virginia, Hilda del Rosario, José Rafael, Rebeca Josefina, Aidee Columba, Luisa Elena y Rafael Enrique. Ellos se encargaron de acrecentar la familia en 14 nietos y 12 biznietos. Vivieron y se levantaron sus hijos en dos direcciones de la calle Miranda. Luego cambiaron de domicilio para la calle Sucre y supe que algunos se residenciaron en la capital de la república.

Hoy su hija, la profesora Luisa Elena Núñez de Rosales, conocida mejor como “La Negra Luisa”, con quien dialogué lo suficiente, retrotrayendo el tiempo, convencida que el mundo gira y que nada bueno es eterno, en medio de su  herida recuerda a su padre como incansable trabajador, esposo ejemplar, padre amoroso y consecuente.

El negro Núñez murió prácticamente en la plenitud de su vida el 15 de diciembre de 1970, pocos días hacían  que había cumplido  los 46 años de edad, víctima de un fulminante ataque cerebro cardiovascular, que a todos nos dejó sobrecogidos. Refresco 46 años en la distancia y aun le recordamos y todavía lloramos inconsolables su ausencia.

En el viejo camposanto de Villa de Cura, en la misma  ciudad donde tía Virginia le dio a luz y lo crió para la vida, entrando al cementerio cruzando a la izquierda, bajo  el silencio de las soledades  reposa su huesera.

Que descanse eternamente  tu alma y la tierra te siga siendo liviana, primo hermano.



                                                               Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 14 de agosto de 2017

domingo, 6 de agosto de 2017

URBANO PADILLA, TALABARTERO DE LA VIEJA GUARDIA



                                                                                            

Este hombre llamado Urbano Padilla es uno de los personajes más populares que tiene  el sector de Las Tablitas  de Villa de Cura, por ser un hombre con muchas historias que contar, destacado  por ser un viejo artesano de la talabartería, excelente  padre de familia, conocedor de caminos y encrucijadas. Más de medio siglo en La Villa no es cualquier cosa. Urbano se ha  dedicado a la talabartería, además de ser un humorista de rápida improvisación y de muchas ocurrencias. Tiene un buen repertorio de anécdotas y las cuenta tan sabroso que uno no quiere cambiar la conversa, conocido por todos simplemente como “Urbano”. Hombre modesto y conversador. 
La pura verdad es que lo conocí por vez primera, un madrugón  de fin de semana, metidos en una fila para entrar a un mercado; me lo presentó el señor Chito Navas, desde entonces entablamos una sólida amistad que  se mantiene intacta. Su trato, su corazón abierto y una discreta sonrisa que siempre dibuja en su rostro, son tan amplios como  la vieja  Alameda, con sus casas de techos rojos,  tarantines y bares, donde ejercían su oficio las mabileras. De él guardamos un cúmulo de buenos encuentros y recuerdos. Algunas veces aprovechamos para pasearnos por los recuerdos y saboreamos juntos un cafecito calientico, cuando salgo a mis acostumbradas caminatas matutinas.

En Villa de Cura nació el 05 de diciembre de 1947, sus padres fueron Manuel Isidoro Hernández y María Padilla. Su vida de soltero finaliza el año 1971 cuando se rejunta para siempre con Gladys Custodia Oliveros, de cuya unión nacieron dos hijos: Jairo Antonio y Deayanira. Hasta allí fue la meta de aquella vida de soltería, de buen bebedor en la barra de una taberna, peleón a puños para hacerse respetar en el barrio, buscador de diversiones y nochiernago. No obstante, su vida no ha sido nada fácil, porque supo fajarse duro para forjar una hermosa familia.

Sin embargo, es interesante saber que este conocido personaje en la década del setenta, viviendo en la capital de la República fue aficionado al deporte del boxeo, y conoció todas sus secuencias y detalles. Por solo 20 bolívares –según cuenta- se desempeñó un tiempo junto con  Luis Navas, sirviendo de sparring en las sesiones de entrenamiento de peleadores ranqueados,  como Luis Vallejo, Pedro Gómez, Cruz Marcano y el Toro Paiva, allá en el viejo cuadrilátero del Nuevo Circo en Caracas.

Urbano fue muy amigo de la bohemia y fanático de interpretar tangos de Gardel y de otras canciones del repertorio de Julio Jaramillo y de Olimpo Cárdenas; todavía  es muy interesante oírlo cantar rancheras igual  como lo hacen Pedro Infante o José Alfredo Jiménez, con ellos se cansó de cantar a dúo a la orilla de una rokola en el bar que regentaban Rafaelito y la Gorda acá  en La Alameda. 

Cuando contaba 13 años de edad tuvo su primer encuentro con un empleo, se integra en la famosa Talabartería Venezuela, fundada por el señor Reinaldo Silvera, allí comienza su vida de trabajo haciendo roseticas, guruperas y cabezadas, cuando  estaba en pleno apogeo el grupo Silvera; aquello fue como su escuela primaria de labor. Lo más importante en todo caso, es que fue  allí  donde se paseó por  el arte de la talabartería y se convirtió con el tiempo en un maestro fabricando sillas para montar a caballo. 

Urbano sabe lo que es una buena montura y sus aperos; cómo no lo iba a saber, si desempeñó durante más de 50  años el oficio, y las pudo producir tipo llanera para trabajo y coleo, la chocontana americana y la mejicana, y  también hizo sillines para montar  caballos pura sangre de carrera.  En su vida fue muy significativo tener de llaves a veteranos talabarteros; además de su maestro Reinaldo Silvera, a  Enrique Pérez, Lucio Pérez, Jesús Pérez, Heriberto Parra, Tomás Anzola, Juan Flores y otros más, quienes fueron testigos de su dedicación y esfuerzo.

Urbano es un hombre sereno y muy cuidadoso al hablar, de una gran agilidad mental, jamás le hemos oído pronunciar palabras disonantes o chocantes. Nunca lo hemos visto arreglado de paltó ni de corbata de lazo, pero  siempre anda impecablemente con su vestuario limpio y bien planchadito y ninguna vez le falta una gorrita de pelotero. 

Ya Urbano llegó a la edad en que a uno se le envejece  la piel pero no el corazón. Aun anda desafiando las hojas del calendario. Hombre de buenas acciones que se dedicó a laborar toda su vida al servicio de la importante industria talabartera, tan prestigiosa y floreciente en Villa de Cura en todas las épocas, como reconocida en toda Venezuela y otros países latinoamericanos.

De repente, como un aleteo de pájaro lo vemos cruzar la plaza Bolívar, mensura uno y otro lado y se acomoda en un banco a rumiar sus peroratas con muchos que conoce.  A este Urbano Padilla lo meto en la crónica  para que sus ejecutorias y sus virtudes personales no queden sepultadas en el olvido.

Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, invierno de 2017


FALLECIÓ UN GRAN MÚSICO VILLACURANO:RAFAEL ALMEIDA "PETIT"




El pasado 4 de agosto  2017, a los 92 años y a consecuencia de una seria enfermedad que venía sufriendo hace tiempo falleció en su Villa de Cura natal Rafael Almeida Quiroz, mejor conocido como Petit, gran músico  intérprete del bajo, timbales y tumbadora o conga.  El acto velatorio se efectuó en la Funeraria Virgen de Lourdes y las exequias el dia 5 en el cementerio Jardín de La Ermita.

Estuvimos allí,presentando nuestras condolencias a sus hijos y dolidos por ver que no se le hizo acompañamiento musical. Fué injusto el no hacerle los honores debidos a este músico orgullo de nuestra  patria chica. Hoy, como humilde homenaje, quiero compartir de nuevo con ustedes el artículo que publicara sobre él en fecha 14 de febrero de 2017 bajo el título RAFAEL ALMEIDA "PETIT" EN LA VILLA YA CASI NO SE VEN MÚSICOS VIEJOS

"El rostro de uno es como la fisonomía de los pueblos que cambia con el ritmo del tiempo. Todo en la vida evoluciona y la edad no escapa de esa premisa, con sus altibajos y tormentas. Hace días me había propuesto yo el afán de reencontrarme con Rafael Almeida “Petit”. Su rostro serio lo hace aparecer mal humorado pero es todo lo contrario, un hombre cordial y amable que no cambia por nada el culto de la amistad. Basta conocerlo o conversar un rato con él para comprobarlo. Su mirada languidece detrás de unos blancos espejuelos con una cabellera medio canosa. Rafael Almeida cuando joven era el símbolo del hombre serio, bien apuesto y de vestir impecable que aun sonríe alegremente por  haber abrazado desde muy joven el arte musical. En su vida algunas  cosas se le presentaron  por su paciencia,  otras asegura que fueron  por casualidad. De la historia musical villacurana – de una época - es cuantioso lo que tiene  este hombre que contar.


Sobre el  remoquete “Petit”, se lo arriman los músicos de la orquesta entre risas y echaduras de broma  por su baja estatura, y así  se le nombra por vieja costumbre.  Interpretaron aquellas lenguas encendidas de comparaciones  que  Rafael Almeida era “más bajo que el mismo Bajo”.  


“Petit” casi forma parte de nuestro patrimonio viviente para que quede su nombre en la historia menuda. Bajista y bongoncero autodidacta,  más de una vez lo vimos en los años 60 sobre una tarima agarrar el Bajo por el cuello y tocarlo con destreza con su mano maestra. El profesor Germán Cordero fue su buen amigo,  maestro y  consejero. Me confiesa con melancolía, y quizás tenga que darle la razón, que la modernidad y los sonidos electrónicos acabaron con el retumbo del tradicional Bajo, por eso y por el avance de los años prefirió retirarse.  


Nunca dejaba  escapar oportunidades para la música. Por intuición, porque casi no tuvo escuela, aprendió el lenguaje del Contrabajo y los cueros y a descifrar el sonido de los instrumentos de una orquesta. Luchador incansable en la vida, abnegado secretario detrás de un escritorio en el Registro Público de Villa de Cura. No fueron días ni meses sino cuatro décadas; eso sí, siempre estricto en su días y horas de entrada y salida a su trabajo. Sin embargo ya  del hogar traía la tesis de que la palabra empeñada tenía mucha más fuerza que un escrito y una firma. La escuela artesanal de Artes y Oficios que funcionó en la calle Real o Bolívar fue su inicial fuente de trabajo como obrero de mantenimiento. 


Lo vimos pisar y repisar estos espacios desde el esplendor de su juventud, ahora éstas calles están mustias y extrañadas de  tocadores de guitarras y de trovadores noctámbulos. Ya no están Chingolo, Pedro Ezequiel, José Pérez, Martin González y José Linero. Parece que se fugaron debajo de las alas de un pájaro que canta.


En la Villa y otros pueblos del centro y del llano dejó la huella de su arte musical en tremendas orquesta bailables como la “Siboney” - en sus dos ediciones - y  en la banda “Juan de Landaeta”, esta última creada por el maestro Víctor Ángel Hernández, entre otras más. Animó como integrante de orquestas infinidad de eventos bailables en el salón de fiestas de Los Baños Termales  de la capital guariqueña y el tradicional club militar Los Cocos de San Juan de los Morros y en clubes sociales de La Villa y el centro del país. Como olvidar las veladas, los desfiles y retretas. Estuvo presente tocando cuando las viejas campanas  repicaban de alegría, animando  las fiestas patronales  en pueblos de casi todo el llano.


Me dijo  henchido de orgullo que en este círculo conoció y se hizo amigo de Simón Díaz  y también de Leo Rodríguez, su compadre de sacramento. Estas dos grandes figuras de la canción integraron orquestas donde él participó como músico. Y de  otros acompañantes recuerda sus orígenes y caracteres entre ellos a Germán Cordero Padrón, Eduviges Estrada, Domingo Esaá, Manuel Luna, Agustín Muñoz, Chucho Bustamante, Humberto Bustamante, José Del Valle Bustamante, Rafael Garaicoechea, Carlos Torres, José Torrealba, Eladio Lovera, Pedro Flores, Pedro Ramírez y Gerámel Meléndez; y recordó  a respetables cantantes  villacuranos como Víctor Córdova, Raúl Agraz y Armando Corniel.


- Excelentes estos cantantes… Una vez que tocábamos un baile con la intervención de la Billo’s Caracas Boys,  el maestro Billo Frómeta se quedó abismado oyendo cantar a Córdova una de sus composiciones.


           Parte fundamental de su vida son sus dos hijas, Nilda del Valle y Lisbeth Amalia, un par de lamparitas que resplandecen su vida, un presente de Dios, criadas al rescoldo de su madre, María Dolores Montes de Almeida, ya fallecida. Una y otra levantaron la bandera del estudio. También  esencial la casa que hoy  habita con ellas en la calle doctor Manzo entre Páez y Comercio. Dispuestas siempre las jóvenes a ofrecer amablemente atención y una tacita de café hirviente a sus amigos.


             Almeida a veces se convierte en prisionero de sus emociones. En muchas ocasiones la soledad le sale de los rincones como un fantasma y recorre con ella a cuestas los espacios de la casa; pero la mayoría de las veces logra deshacerse de estos sufrimientos celebrando otras cosas maravillosas que ofrece la vida.


              Anteriormente yo conocí esta casa solariega, era agachadita,  pared de bahareque, de horconadura y de techo rojo, ahora se encuentra modernizada con el paso del tiempo. Recuerdo una vez bajo estos aleros con su estela de silencio  en las páginas de “El Vigía” con José Seijas, nos pusimos a conversar y a reconstruir vivencias en un intento de  remozar tantos recuerdos de su vida, recorrimos  remembranzas como viajeros que se encuentran y que luego  se pierden cual pañuelos que van repitiendo  adioses.


              No deja de hablar de su infancia y de su vejez y dice que cuando llegue el día y la hora está listo y dispuesto sin ningún temor, para cruzar brazo a brazo las aguas de otros mares lejanos. Pude evidenciar que sus pasos ya no van solos, necesitan la ayuda de un solidario bastón. Fui a parar a su cuarto dormitorio donde conserva varios libros y manuscritos, y adosado a una pared al lado de un escaparate reposa en silencio un poema de J.M. Morgado, como una hoja seca  caída por la brisa  que  le brindó la inteligencia del siempre recordado poeta.  


              Ahora Almeida se aproxima a los 83 años de edad, camina lento, habla pausado, se mueve poco ,como las ramas de un árbol al atardecer, pero cuando se arrellana en una silla a conversar con uno, lo hace sabroso con voz fuerte sin detener la conversa. Tiene la memoria todavía fresca, suelta las palabras como quien lanza  avioncitos de papel al viento; pocas veces se le pierden las palabras, pero que va, de inmediato las recobra y enseguida las clava en la memoria. Ahora se le notan las huellas del tiempo, la rigurosidad de las enfermedades y sus frecuentes crisis de desasosiego que  hicieron cansino su cuerpo.


                Como todo cristiano que habita este terruño, no deja de lamentarse porque ahora  no se consiguen fácilmente los alimentos, ni tampoco en las boticas las pastillas para la tensión, entonces el viejo músico para la supervivencia no le queda otra que utilizar la medicina de Dios. Gracias a ese Señor que mora los cielos y a su divina  protección su corazón palpita todavía"


                Este es nuestro humilde reconocimiento a un gran músico ejemplo de trabajo, disciplina y esfuerzo. 


Oscar Carrasquel.



              



Rafael Almeida “Petit”, intérprete del Bajo, timbales y tumbadora o conga



La Villa de San Luis, 13  febrero de 2017


COMENTARIOS:


Gilberto Malvestuto Hernández Paisano, gracias por todo lo que nos diste. Dios te tenga en la gloria. Mereces nuestro reconocimiento y respeto . Mi pueblo no te olvida.


Rosalba Montes Mi tio Rafael Almeida q p d


Mariela DE Ramirez Descanse en paz, tío



Francisco Arteaga Delgado GILBERTO MALVESTUTO SALUDOS A TU SEÑORA MADRE DOMITILA Y DEMÁS HERMANAS PAISANO Y AMIGO
 6 de agosto a las 18:25

Ebe Vicente Velásquez Lamentable pérdida.

Dulce Maria Gonzalez Carrasquel Que descanse en paz...

José Argenis Díaz Lamentable, recuerdo que un día me dijo que era un asiduo lector de mis artículos en El Vigía. Era un hombre sencillo y culto... Sé que ahora está en la memoria de Jehová. Mis condolencias a sus familiares...





  

miércoles, 2 de agosto de 2017

DE GALLOS Y GALLEROS EN VILLA DE CURA

                                       

                                                                                    
                               
                                                                 Por Oscar Carrasquel

En la Villa de Cura actual todavía habitan personas a las que les fascina una pelea de gallos. En este conglomerado villacurano pongo de ejemplo a mi amigo René González Romero, un hombre serio y de respeto quien accedió de manera cordial a que habláramos sobre el asunto. Desde muy joven anda metido René entre la familia gallística. Para González, La Villa tuvo mucho nombramiento cuando en cualquier parte del centro y del llano se hablaba de desafíos de gallos y de galleras. En  esa época, y también en este momento, una de las galleras más nombrada en Villa de Cura se conoce con el nombre de “El Gallo Giro”, creada por nuestro gran paisano y amigo coronel José Ramón González, cuyo redondel está ubicado en el sector de Los Colorados. Otra muy famosa que ya no existe era la gallera de un carupanero llamado Don Pío Silvestre Zapata;  ubicada debajo de la inmensa copa de un árbol de samán por la calle Guárico  o Rafael Bolívar Coronado. No sé si pudiéramos decir que, de tanto andar con el militar René aprendió de gallos y galleras y también sobre el lenguaje de las apuestas y a responderlas.

En nuestras andanzas pudimos recopilar que, efectivamente,  muchas personas demuestran su desacuerdo con el espectáculo. En algunas partes del planeta está prohibido por considerarlo un acto en perjuicio del animal, porque los ejemplares sufren y generalmente mueren en la contienda, por el uso de espuelas postizas para aniquilar más de prisa a su rival. En una pelea  entre gallos se utilizan términos grotescos como canillera, morcillera y pasadera, para definir un espuelazo contundente de un gallo sobre su adversario.

Pero es indiscutible que el desafíos de gallos en Venezuela, es considerado desde tiempos remotos como una diversión de arraigo muy popular, que data de muchísimos años atrás.  Sostienen los cronistas que se trata de una herencia de los conquistadores españoles  y desde entonces se arraigó en casi todos los países latinoamericanos y en Norteamérica, y por ende se entroncó en todo el territorio de nuestro país. Tan es así que en pleno siglo XX no había ciudad, pueblo o caserío en Venezuela que no tuviese su tradicional redondel destinado para las competencias gallísticas.

Los ejemplares plumíferos los  denominan y conocen los amos de cuerdas con nombres propios como sacados de una enciclopedia, pero también por su  variedad de colores, se clasifican en: giros, marañones, jabados, colorados, zambos, pintos y muchos más. Su cuidado y alimentación es regido  por normativas especiales, predominan en su dieta los vegetales, como tomates, maíz, arroz cocido, lechuga, frutas y también  carne de vacuno. Los vacunaban para ponerlos en condición.

Entre las cuerdas de gallos entroncadas en la tradición aquí en Villa de Cura tenemos la  cuerda de Don Pío Zapata. Otra de las afamadas era la de don Ángel Molina, le cuidaba,  entrenaba y preparaba  sus gallos Natividad Bermúdez, más conocido como “Meneco”. El sancasimereño Julián Martínez, tuvo su casa que al mismo tiempo era pulpería por la calle Comercio frente al Ince, y al fondo tenía un espacio donde preparaba su cuerda de gallos. Otra cuerda famosa fue también la del bailador de joropo Don Juan José Vargas Castillo, poeta y folclorista, quien le dedicó un corrido a un gallo invencible llamado “Repetición”. Pasado el tiempo trasladó su cuerda para  El Limón  (Maracay) donde fijó residencia. Los gallos de pelea del doctor Oswaldo “Chingo” Carabaño se los cuidaba y entrenaba Don Ricardo Bolívar.

En relación a las galleras, hoy por hoy tenemos de vigente y larga tradición la gallera “El Gallo Giro” con local para comida y cantina anexos, ubicada por el sector Los Colorados, en el corredor vial de Carrizalito. En este mismo territorio en el año 80 me refiere René González, estuvo la  “Gallera La Encrucijada”, fundada por Don Arturo González Vásquez. En el sector de Los Tanques “Gallera Los Tanques” de Don José Alejandro Peña. Por la parte del barrio “Araguita” está el “Bar Guárico”,  tenia  una gallera modesta al lado, creada por Don  Oscar Salvatierra. En la calle doctor Urdaneta, en toda la esquina de la calle Juan de Dios Agraz, en los años 50, tuvo sus puertas abiertas una  bodega propiedad del cagüeño Don  León Muñoz, con un redondel para desafío de gallos al fondo. Nos fuimos a Las Tablitas y nos dice René que los habitantes de esta popular barriada villacurana en los años 60,  seguramente recordarán el nombre de Nicolás Labastidas, quien tenía su gallera  en la prolongación de la calle Páez, casi llegando al urbanismo Víctor Ángel Hernández. Se comía y se tomaba en las instalaciones.

Las apuestas en los desafíos de gallos son consideradas como  un juego absolutamente lícito y libre, particularmente se trata de una cosa muy seria y de pundonor; las apuestas son cazadas en forma verbal lo que sugiere que la palabra empeñada tiene el mismo valor de un documento firmado y registrado. La crónica policial registra un caso en Maracaibo estado Zulia, sobre un crimen producto de una apuesta en un club gallístico, porque el perdedor se negó a pagar una apuesta cazada.

Fue un juego multitudinario, lo confirma el hecho que hubo presidentes de la República  que fueron  aficionados al juego de gallos. Este segmento lo consultamos con el profesor Oldman Botello, cronista de Maracay, quien de seguidas nos respondió: “El general José Antonio Páez importó gallos de  pelea de Puerto Rico; también lo hizo el general Cipriano Castro. El general Juan Vicente Gómez fue muy aficionado, inclusive tuvo cuerdas de gallos; le preparaba los gallos Luis Perdomo, hermano de Don Julio Perdomo. Gómez acudía a una gallera en Maracay en la calle Soublette, apostaba pero no se exaltaba como es de ley”.

Sigue la lista con otros mandatarios más que fueron jugadores de gallo, según lo apunta  en una nota para ilustrarnos el doctor Germán Fleitas, cronista de La Victoria: “José Tadeo y José Gregorio Monagas, Falcón, Linares Alcantara, Joaquín Crespo, Andueza Palacio e Ignacio Andrade, que tenía una gallera en Santa Rosalía (Caracas)”.

Sería ocioso negar que las competencias de gallos aglutinaran núcleos de toda la población, sin distingos de clases sociales, por diversión y también por las apuestas, además de su contribución al sentido hospitalario de ciudades y pueblos. En La Villa, la gallera del amigo José Ramón González, cruzando a la izquierda cuando uno llega a la redoma Los Colorados, todavía reúne  a gentes propias y venidas de otros lugares, con su enardecida gritería, sobre todo los domingos y en fechas de festejos especiales.

La Villa de San Luis, julio de 2017


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