domingo, 31 de julio de 2016

FELIX HERNANDEZ CASTILLO, UN ICONO DE LA VILLACURANIDAD


                                    
                           


                                                        Por Oscar Carrasquel




 

Uno el hombre  en su peregrinar  por el rudo y difícil camino de la existencia,  muchas veces camina erguido, y otras  cabizbajo, según se sienta especialmente el espíritu. Parece probable que los estados del alma son variables como el hermoso paisaje de los valles aragüeños. En el caso de Félix, lo observamos cotidianamente transitando con la mirada en alto las calles de Villa de Cura,  en donde todo el transeúnte que pasa lo saluda con afecto, le extiende y estrecha la mano porque lo conoce.  No vayan a creer que él  es nativo de afuera, sino que es un icono de puro abolengo villacurano,  una persona común, tratable, transparente, sin etiqueta alguna. Su apellido paterno fue muy pronunciado en el sector comercio y ganadero de La Villa vieja y también la moderna. Sabe que los años disminuyen la velocidad de los pasos, y que ya no es el mismo hombre vigoroso de antes; aquel que  comenzamos a conocer cuando joven, tal vez de 35 años, en aquella  circunstancia que me lo presentó mi finado padre allá en su negocio de la calle Real. Era un hombre enérgico y empinado como una planta de chaguaramo, ahora camina un poco ladeado, despacito, ayudado por un bastoncillo de aluminio que chasquea en las aceras de cemento. De bigotes blancuzcos con las puntas medio abiertas hacia arriba, buscando  el estilo de Dalí. Ejemplo de amabilísima cortesía y educación, así queremos identificar a este hombre. Nunca ha sido un caballero de corbata ni peluquín, pero siempre lo vemos bien vestido, inmaculado,  disfrutando  todavía de las cosas elementales que le brinda el existir. De repente encuentra las puertas de la iglesia cerrada, vio  el reloj del campanario detenido marcando diez para las cuatro, y  se sentó en un banco de la plaza Miranda, debajo del ramaje de un cotoperiz, pensando que por algunas de sus avenidas y su verde aledaño va a desembocar el viejo  don Rafael Mosquera, para oírle contar sus aventuras de caza y pesquería por el llano, De pronto va a visitar a un amigo de sus afectos,  siempre con un espíritu que, a pesar de estar arrastrando 88 años de presencia en el mundo, no ha perdido la capacidad de alegrarse,  de soñar, de amar las cosas sencillas que nos va dejando  el brillo de la vida. 

Nace en Villa de Cura un 21 de febrero de 1928. Y  en el legajo de viejos papeles de su iglesia Matriz debió reposar su partida bautismal con este testimonio. Mucho nos habló de su opinión sobre la jornada fundadora de la tierra nativa, aunque quizá la historia no  sea siempre  la misma que cuentan los especialistas.
La madre que le dio luz fue María Teresa Castillo de Hernández, nativa de Tinaquillo municipio del mismo nombre, estado Cojedes. Su fundación está en discusión, pero algunos historiadores sugieren que fue en 1760. Félix recuerda con orgullo  a su padre Manuel  María Hernández Utrera (1889-1935), natural de Villa de Cura, hijo de Lisandro Hernández y de Ana Utrera. La cría y comercio de ganado vacuno fue su vocación. En total fueron siete los hijos de este matrimonio: Manuel Enrique, Félix Lisandro, Juan Bautista, Carmen Teresa, Ana María,  Ana Teresa y Estela María.


Acá en el viejo camposanto villacurano reposan el despojo de muchos de sus antepasados que se explayaron en otros apellidos: además de la Hernandera, Motamayor, Carabaño, Sumoza, Utrera, Pérez, Ríos, Montañez. Conocidos como hacendados, comerciantes, profesionales universitarios, agricultores y ganaderos villacuranos.  Por eso es que al  ponerlo a recorrer los espacios de su lar villacurano va como explorando  sus antiguas y angostas calles que llevan nombres de personajes históricos, Siempre brotan de sus nostálgicas reflexiones la transformación sufrida por Villa de Cura durante el tiempo transcurrido desde su infancia pasando por su juventud a la madurez. Rememorando las casas viejas aireadas, de aleros y techos de tejas, y la obligada contemplación en su memoria de la casona que fue testigo de su nacimiento, crecimiento y formación. Nuestro personaje  posee una interesante monografía de la genealogía del árbol familiar desde la raíz hasta la  ramita más alta. Habitó la familia una casa grande y ancha de grueso portón y ventanales que se levantaba frente a la plaza Miranda. Aquella vetusta casa engullida por el progreso fue convertida hoy en un centro comercial y una botica, que se asoman por la calle del Comercio de Villa de Cura. 


Félix es un auténtico mecenas. Su memoria continua siendo como un libro inmenso. Recuerda con nitidez los lejanos carnavales de comparsas, de bailes en la plaza y de jugar con agua y los  festejos en honor al santo patrón San Luis Rey. De los grandes desafíos protagonizados en la sabana por el simbólico club de béisbol Ayacucho Star BBC.  De cuando concurría  de las manos de sus hermanos o de su madre  a las misas oficiadas por el  cura Galindèz o el padre Castellano. Y que la única corriente de agua limpia que atravesaba la ciudad de sur a norte era la quebrada de Curita.


Se conoce de memoria el nombre que le dieron antiguamente a cada esquina de su pueblo y con fantástica lucidez, los nombres y apellidos de las familias que habitaron cada cuadra de La Villa. Muchas de estas viejas vivencias las dejó estampadas en las páginas de la revista Expresión, una publicación de lujosa calidad y presentación por la editorial Miranda de Villa de Cura, en tiempos recientes. 


Nunca ha incursionado en el mundo de la política, pero ha seguido atento los graves acontecimientos que desequilibran a su país los últimos años. Siempre gozó de consideración y respeto de parte  de los partidos tradicionales incluyendo del partido Comunista, con quienes no tenía complejo de reunirse en franca camarería. Muchos de ellos fueron sus condiscípulos y la amistad visible la mantuvo siempre con José Manuel Morgado, Oscar Morgado, Félix Valderrama, Víctor Hernández Ramos y otros que nombra en sus conversaciones. Aparte de estas consideraciones fue muy amigo del bardo y cronista villacurano Vinicio Jaén Landa, y de tiempo en tiempo, ahora le dispensa una visita familiar a su amigo Roger Barreto o al editor Chencho Adames Aponte, en la Editorial Miranda.
Si algo también almacena con nitidez su memoria fue el paso en los años veinte de la caravana de autos precedida por el general Juan Vicente Gómez, cuando hacia su recorrido de Maracay a San juan de los Morros, adonde acudía con asiduidad el general Gómez  a tomar rociados de sulfurosos aguas en las corrientes de los baños termales. Debe tomarse en cuenta que muchos años atrás el paso principal era por la calle Sucre saliendo por La Garita, antes de ser la calle Bolívar la más importante. 


Estudió en la escuela Arístides Rojas donde cursó la primaria completa. Cuántas veces no cruzaría aquel niño la plaza Miranda, con sus pantalones cortos y medias a la altura de la rodilla y un bulto de cuero colgado a la espalda para asistir al colegio. Emprende su carrera de bachillerato en el colegio Germán Roscio de San Juan de los Morros, y de aquí pasó a continuar su jornada de estudios de secundaria en el liceo Pedro Gual de Valencia.
De regreso a Villa de Cura y  debido a las escasas oportunidades de empleo no le quedó otra cosa que aprender y dedicarse  a la manufactura de objetos de cuero en una Talabartería de La Villa y  posteriormente a la venta de periódicos a los transeúntes en la calle, para proveerse de los realitos. Pero resulta que otra era su meta.


En esta encrucijada de saberes fue técnico estudioso del progreso agrícola en Venezuela que arranca en  1932, por iniciativa del gobierno del general Juan Vicente Gómez, con la creación de la Escuela Practica de Agricultura con sede en el sector La Providencia en Turmero estado Aragua, Integrante de la novena promoción de Peritos Agropecuarios egresada  el  año 1947, siendo director el ciudadano Alfredo Lozano Villegas; institución que realizó labor de extensión agrícola y pecuaria, siembra completa y pioneros de la mecanización de la tierra en todo esa zona, poco antes de que surgiera la facultad de agronomía de la insigne Universidad Central de Venezuela. Egresados de las  promociones en los años 44-46 de esta escuela agropecuaria se recuerdan los nombres de Jesús Filardo Rodríguez, Alfredo Fontiveros Contreras, Tirso Ramos Graterol, Ciro Añez Fonseca, Waldemar Cordero Vale, Eduardo Cholett, Concepción Quijada, Ildegar Pérez Segnini, Julio Montenegro S, Argenis Vivas, así como  otros empresarios del campo que comenzaron desde abajo y  después de mucho esfuerzo y trabajo se hicieron grandes patrones. Casi todos los nombrados fueron a tener a territorio del estado Portuguesa, convirtiendo esa región en unos de los más importantes polos de desarrollo agrícola y pecuario que conoció el país en toda su historia. Protagonistas del Plan Nacional Arrocero, y  orientando la marcha de los centrales azucareros, impulsado y puesto en ejecución por el apureño Saaverio Barbarito desde la otrora Corporación Venezolana de Fomento; estaba en ese momento en ejercicio de gobierno la Junta de Gobierno presidida por el coronel Carlos Delgado Chalbaud. El  que  escribe esta nota vivió por espacio de 40 años en esa zona portugueseña y le resulta muy triste decir  que, lastimosamente hoy no queda sino la sombra de todo aquel emporio de progreso.
Félix Hernández Castillo, sintió que el amor es para toda la vida, conoció,  compartió  canciones y paseos, se hicieron novios y casó con Piedad Bencid Olivo, de origen marroquí, nacida en San Juan de los Morros el 28 de abril de 1928; de esta unión surgen cuatro hembras: Gloria Coromoto, Diana María, María Soledad y Cecilia Isabel; toda la camada nacida en Villa de Cura. Fue un padre responsable que supo encaminar a su familia. No se dejó abatir por ninguna dificultad que pudiese haberse hecho presente y siempre estuvo alerta para hacerle frente. 


Félix, en el apogeo de su juventud desechó la idea de acogerse al plan de entrega de tierras y créditos del gobierno a los técnicos de La Providencia y se quedó  anclado en La Villa; pasado el tiempo   logra crear en sociedad  con su primo Luis Besson Carabaño, un pequeño negocio distribuidora de alimentos para animales, medicina veterinaria y demás insumos   para la industria agrícola y pecuaria,  ensanchada con la comercialización de textos y folletos para la enseñanza de la agricultura y la cría, y al mismo tiempo fomentar las bibliotecas en los fundos de los valles de Aragua y de los llanos centrales. Esta agencia tuvo su sede única al final de la avenida Bolívar salida de Villa de Cura hacia San Juan de los Morros. En un aviso grande  hacia la calle podía leerse visiblemente: “Hernández & Besson”. 


Cargado de años, a veces de alegrías, de tristeza, de satisfacciones y sinsabores  y con la acumulación de  una gran experiencia y consagración al agro y la cría en Venezuela,  Félix,  gracias a Dios, se mantiene activo todavía, aprovechando el tiempo para contar las sonrisas que pudieran llenar un día y recordar los sueños  que tienen sus noches.
Muchas veces nos  hemos encontrado en una esquina, detenidos hora y pico en un banco de la plaza Bolívar, repasando recuerdos; o  dejando pasar un chubasco  bajo el saliente alero de algún sobreviviente caserón de nuestro pueblo, con sus ojos perspicaces palpitando detrás unos espejuelos oscuros, y su robusto cuerpo sostenido por las dos manos apoyadas sobre su bastón que de vez en cuando golpea lento en la áspera acera.


Guarde pues  nuestro  Dios bendito a este hombre, como ejemplo y honra de las generaciones presentes y venideras.

                                                                                                 



   
                                                                                   La Villa, invierno de 2016





CUMPLEAÑOS 90 DE JUAN HERNANDEZ CASTILLO
 (HERMANO DE FÉLIX HERNANDEZ CASTILLO)
LUGAR Y FECHA: Caracas, 24 de junio de 2016


De izquierda a derecha: María Soledad Hernández Bencid, Betsabé Flores Hernandez, Miguel Morales Pérez, Cecilia Hernández Bencid, Arlene Zamora Hernandez, Milagros Hernandez Cerró,  Diana Hérnandez Bencid, Mariela Flores Hernandez, Alfredo Rodríguez Hernandez, Álvaro Flores Hernandez, Beatriz Flores Hernandez, Gloria Hernandez Bencid y Luis Flores Hernandez

(Sentados de izquierda a derecha Félix Hernandez Castillo y Juan Hernandez Castillo)


COMENTARIOS

Cecilia Hernandez de Barroso 
11 agosto 2016


Estimado Sr. Carrasquel:

Quien le escribe, Cecilia Hernández de Barroso, la hija menor de Félix Hernández. Quisiera expresarle el más profundo agradecimiento por tan hermoso relato de la vida de mi querido papá.

Quiero felicitarlo por esa redacción tan amena y agradable, y muy especialmente por ese conocimiento que expresa de la persona de mi padre.  Como le comenté a mis hermanas usted lo conoce mejor que su sombra.

Aunque no lo conozca directamente, a través de sus líneas puedo reconocer a una persona sensible y humana, con un corazón noble y un don especial que al escribir transmite hermosos y profundos sentimientos a  sus lectores. Dios lo premió con el don de la escritura, ya que con ella puede reconocer a personas sencillas del pueblo villacurano, expresando su fidelidad y amor por esta tierra que los vio nacer, como es el caso de mi papá. 

Nuevamente mil gracias por ese hermoso escrito, que significa mucho para mi Papá y un regalo invaluable para mí y mis hermanas.

Dios lo bendiga y le permita seguir escribiendo por largo tiempo sobre mi pueblo y su gente y lo conserve con esa sensibilidad tan especial.

Reciba mi más cordial saludo,

Cecilia Hernández

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Oscar Carrasquel 
12 octubre 2016

Para Cecilia 
La Villa de San Luis, 10 de octubre de 2016

Estimada amiga y coterránea:

     Le escribo esta nota para agradecerle los elogiosos comentarios  derramados en su comunicación, los cuales guardan relación con una exaltación evocatoria, que sin pretender ser periodistas, escribimos con sentimiento de afecto sobre la figura de su padre y gran amigo nuestro, Félix Hernández Castillo, un hombre lleno de historias diferentes y con un talento quijotesco. Recuerde que el hilo de una narración depende mayormente del entrevistado.

     Hace tiempo escribimos en revistas y periódicos sobre  La Villa, su gente y el tránsito de sus personajes que son gentilicio de la tierra donde se nace. Y hace tiempo también teníamos contraída esa deuda con la figura de su padre. Y hoy, a juzgar por la satisfactoria manifestación que nos hizo saber Félix y por la buena acogida que ustedes le han dispensado  a esa modesta crónica, nos alegra el corazón de haberla saldado. En nombre del blog www.letrasdeoscarcarrasquel.blogspot.com configurado por la profesora María Teresa Fuenmayor le reitero grandemente nuestro agradecimiento por sus conceptos y mucho me complace saludarle en esta gratísima ocasión. Vayan estas palabras acompañadas de mi afecto y consideración a toda la familia.

 Atentamente,

 Oscar Carrasquel.

martes, 26 de julio de 2016

EL RASTRO DE LOS AÑOS


                                                                Por Oscar Carrasquel



Aquí estoy otra vez
frente a la estatua erigida de LEO
Reventando otra hoja
de mi almanaque
Recorriendo la vía por donde ha transitado
el vetusto ferrocarril por el sendero
Veloz como errante estrella
con  su  ruido de tripas retorciéndose.
La luz de la mañana se abrió
como por un agujero de sombras,
para abrirse paso por entre el boscaje
sin pájaros.
Hoy ese montón
de flores blancas de mi apamate
se esparcían con el sonido del viento.
Afuera se oye un silbido largo,
De paraulata anhelante
siguiendo la luz del relámpago.
rebuscando la  nueva estación que vendrá.
.
                                                           Julio27 de 2016

jueves, 21 de julio de 2016

DOÑA EVENCIA



                                                     Por Oscar Carrasquel



Vivió entre legados de cordura
capturando  la noche para soñar
cada mañana.

Los avatares nunca le quebraron
el alma
la naturaleza era su arte,
debió ser porque surgió 
entre montañas y quebradas.

Aprendió de las tempestades,
del silencio de tantas auroras
y del mensaje que deja 
la voz de Dios en los altares.

Cada retoño y cada nieto
era para ella como una espiga de amor
un montón de satisfacciones atesoró
compartiendo con todos el mismo mesón.

Hace seis años que se convirtió en luz
dejó de recorrer el camino de la vida
para viajar donde moran las estrellas.

Sus ojos hablaron el lenguaje de
de las aves
que en cada paso de los ríos
saben la historia de Morín y  de sus valles.



   

          La Villa,  18 de julio de 2016

COMENTARIOS:

gilda elena carrasquel cordova17 de agosto de 2016, 19:49

Doña Evencia, mujer humilde y sencilla. Madre y abuela, de propios y ajenos... Un corazón inmenso en amor y bondad.


viernes, 15 de julio de 2016

ANA ISABEL



   
                                                           Por Oscar Carrasquel



Con su ojos achinados
Y su rostro por el sol iluminado,
Cuando  la noche haya prendido todos
sus luceros
por ser tú la dueña de las nubes
y  todo su esplendor
al unísono y  en una sola voz
bajo los aleros  del reencuentro
encenderemos el penacho 
para desearle a Ana Isabel
¡Feliz cumpleaños!




                                                                                        La Villa, 12 de julio de 2016

                                             


COMENTARIOS

Gilda Elena Carrasquel Córdova 16 de julio de 2016, 17:55

Hermoso poema. Inspirado en un ser humano especial, un Ángel, mi Anita


Sitio web de la imagen:  http://eldesastredemaria.blogspot.com/2013/11/gifs-animados-y-glitters-de-felicidades.html

sábado, 9 de julio de 2016

LOS MILAGROS DE LA LUNA





Por Oscar Carrasquel



A la poeta Ivone Luna Francès



Una primicia trae hoy el cable
que tiene de cabeza a los Astrónomos
Resulta que en Marte, el  planeta,
por el blanco azul de su firmamento
en las noches destacan dos lunas a la vista:
Fobos y Deimos -los científicos las bautizaron-

Dulcemente el planeta Tierra
posee una preciosa luna de manso silencio
Que se mira  de noche en el estanque 
escoltada de su gabinete de luceros
Ivone, llamamos  a nuestro magnifico Astro.
Ella se juega con las flores y  se peina con el viento.
Siempre vence los dolores,
nunca está ausente,
ni se esconde de los humanos.

                                                                    La Villa, julio 2016


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COMENTARIOS

IVON LUNA FRANCES 
10.07.2016  7:21 a,m,
Waaoooooooo Diossss Mioooooo...¡QUÉ BELLEZA! DIOS BENDIGA TU PLUMA, POETA CARRASQUEL, ESTA LUNA MAÑANERA  TE BRINDA UN APLAUSO SINCERO POR TUS VERSOS ROMANCEROS EN LA DISTANCIA INEXISTENTE
Mil millones de sincera gratitud por visualizarme en tus letras

OSCAR CARRASQUEL
10.07.2016  7:56 a,m,
Recibido, poeta, que tenga un domingo dichoso. Gracias a usted por esa pose magnífica, Un abrazo.



PEDRO MEJIAS (EL POLLINO)





 Por Oscar Carrasquel



Como es sabido, casi todas las ciudades, pueblos y vecindades de Venezuela tienen sus personajes emblemáticos que por su manera particular de simbolizar un hecho, con el transcurrir del tiempo entran a formar parte de su memoria y tradición. En  Villa de Cura,  en una época lejana,   fue Pedro El Pollino uno de ellos. Así le decían con afecto y él nunca se ofendía ni se disgustaba, y como prueba un botón: Cuentan que una vez ingresó encervezado a la casa de una dama que él desconocía apodada   Rosenda La Burra,  dueña de pensión de la época, entró de sopetón pidiéndole la bendición a la doña, cuando Rosenda sorprendida le preguntó porque le besaba la mano, él enseguida le respondió con su risa jodedora: ¡Tú eres la burra y yo  el pollino! Y uno y otro estallaron de hilaridad.  Así sería el comportamiento campechano de este personaje popular que adondequiera irradiaba alegría. 

La verdad que el trajinar de la vida de Pedro Mejías  o El Pollino, no fue nada fugaz, más bien  fue largo,   incesante y de sacrificios. Yo que lo conocí de mi niñez voy a hablar de algunas de sus cosas las cuales todas llevan el sello de lo local. 

Extraordinario trabajador que se destacó en varias actividades y  oficios. Su nombre de pila era Pedro Mejías, pero, como dije, nunca tuvo inconveniente de atender por su sobrenombre. Pequeño de estatura, de cabellera  abundante que le caía de un lado, la frente ancha como un parabrisas, delgado, medio catire y dentadura curva. Hombre de pueblo sin torcer su rumbo, decidido a asumir cualquier trabajo honesto que se le atravesara para poder sobrevivir y sostener a una familia; de espíritu guasón, responsable, buen amigo, vendedor de raspados, peón de almacén, por  allí  lo vimos aquellos días por la calle cargando víveres, empujando un carretón de tablón con el cual distribuía en ocasiones los pedidos a  las pulperías. 

Se desempeñó como barman, para lo cual debía de arreglarse y vestirse con  traje de sastrería  y corbata encarnada de lacito para servir en  el Club más elegante de La Villa y otras localidades vecinas  y particularmente en celebraciones de boda y fiestas de 15 años, siempre bajo las ordenes de su cuñado Samuel Flores. Fue caletero a pulso en el comercio de don Manuel Melo y  en el almacén de don Enrique Piñero, mesonero de sitios noctámbulos  como el bar Sabery, un lugar de esparcimiento donde los fines de semana se reunía un grupo heterogéneo de la juventud villacurana a disfrutar de la música bailable. Igualmente fue dependiente del botiquín de Palumbo,  un negocio que tenía adosado un salón de billar siempre atestado de parroquianos, ambos establecimientos ubicados por la calle Bolívar.  

Samuel Flores, quien mucho lo apreció, fue quien le enseñó  el oficio de alpargatería que desempeñó algún tiempo. En sus años de adolescente reunió todos los requisitos para  competir en pruebas ciclísticas, con todo y sus hazañas. Muchas veces lo veíamos andar por las calles pedaleando con destreza una bicicleta marca Raleigh, ring 28, que había adquirido por 100 bolívares. 

Habitó  siempre una casa con su esposa y todos sus hijos en la calle Doctor Rangel de Villa de Cura, haciendo frente con la casa de don Pedro Ezequiel González.

Durante una larga temporada se dedicó a vender raspados cuando costaban medio, conduciendo un carrito con el cual se desplazaba a los sitios de mayor aglomeración de personas.

 Dondequiera se le veía irrumpir, pero su parada tradicional fue en la Plaza Miranda donde ofrecía cotidianamente sus raciones de cepillados de distintos sabores y colores, en todo el frente del cine Ayacucho. 

Fue un vendedor muy pulcro, usaba su bata limpia  almidonada y una cristina blanca sobre su cabeza. Uno lo admiraba por sus  hechos esenciales, ya que se pasaba limpiando con una toalla su máquina que cuidaba con esmero como si fuera parte de su vida.

Esa secuencia la fue cambiando y él mismo acondicionó un viejo auto  con un cajón atrás bien equipado, donde llevaba su raspadora de hielo y acomodaba los ingredientes para acompañar su trabajo. Cuando eso, ya se había establecido el Concejo Municipal en Zamora presidido por el señor José Tomas Ojeda, quien se preocupó porque las principales calles  de la población estuvieran debidamente encementadas y lisas como la palma de la mano. En definitiva, Pedro El Pollino encontró en la rutina de este trabajo una forma de ganarse la vida y mantenerse por mucho tiempo activo.

                                                     

La última labor que le vimos realizar, ya bastante disminuido por los años  y con la voluntad casi resquebrajada, fue la de recolectar latas  vacías adentro de una mochila,  colgada sobre su hombro. Esto fue  lo último que su fuerza física le permitió realizar los últimos años de su  existencia. Como bien pudimos apreciar su vida fue siempre un reemprender caminos.
Pedro Mejías murió hace años, pobre pero apreciado por todo el mundo,  su figura quedó en la memoria  de un pueblo sano y tranquilo como era antes  Villa de Cura, terrón que lo  vio  nacer, crecer y trabajar y que fue testigo de su transitar  por sus diferentes espacios. Un hombre desprendido, muy alegre y optimista en su juventud, fácil de adaptarse a cualquier tarea para enfrentar la vida y así habremos de recordarlo siempre.





                                                                               Villa de Cura, invierno de 2016

COMENTARIOS:


Graciliano Aponte10 de julio de 2016, 17:47

La historia viva de un pueblo donde sus grandes protagonistas nunca gozaron de alabanzas pero si del cariño y el reconocimiento moral y afectuoso de quienes han tenido el honor de compartir esos gratos recuerdos


miércoles, 6 de julio de 2016

DOS ARRENDAJOS Y UNA PARAULATA


             
          Por Oscar Carrasquel


Yo sabía desde las aulas de mi  escuela,
que  eran del Viejo Mundo originarios.

Atiné la pareja de arrendajos
cuando mis manos alcanzaron 
a tocar  un canasto
en una rama gacha guindado.

un día que yo andaba a las iguanas silbando.
Eran todavía polluelos
pero ya estaban emplumando.

El humilde Ángel María 
-El del rancho de “El paso”-
Me explicó que los chiquillos eran hermanos,
por eso les puse por nombre:
“Plimo” y “Plimiano”.

El viejo me advirtió de antemano,
como mi maestra de primer grado,
que los pájaros no deben  estar enjaulados
pero yo, zagal travieso, le puse poco cuidado.

Fue creciendo  su plumaje
de colores encantados,
sus rostros oscuros de ancianos,
sus alitas de color azul,
con sus pechos anaranjados.

Con sus picos afinados,
flechaban los insectos
que pasaban por su lado.

Pero su dieta era de un solo color:
pulpa de plátano maduro
y corazón de cundeamor.

Tras su mundo sencillo,
apenas despuntaba el alba
oía sus alegres silbidos
entre los balaustres de mi ventana.

La otra, era una paraulata de canto fresco,
con sus candiles de fuego.

Se recreaba con el ruido de un par de loros
y  con unos periquitos “cara sucia”
planteaba una discusión.

Remedaba el agujerear
de un  pájaro carpintero 
que llegaba cotidianito a laborar
sobre una rama seca de guayabo.

Mi corazón se doblaba 
de mediodía para abajo 
cuando imitaba el golpear
de las horas que daba
el badajo en el campanario 
Las horas viejas fueron pasando
y mucho dolor me causó 
cuando  por el remoto sendero,
su rumbo  callada escogió. 

                                               La Villa, invierno de 2016