viernes, 28 de abril de 2017

De regreso de "La Ermita"

Resultado de imagen para POETA ELIO MARTINEZ VILLA DE CURA ARAGUA VENEZUELA

Por Oscar Carrasquel

Por culpa del estallido
de las calles
un tropezòn en la acera
hizo trastabillar al poeta,
no se cayó del todo
su robusto cuerpo.
Pienso yo que fue adrede
la caída
Pues dos quinceañeras que 
pasaban
a enderezar el tronco enseguida le 
brincaron
Y siguió andando la calle el poeta
Elio
de tranquilo y sonriente enamorado.

AYER…


Por Oscar Carrasquel

En la tarde de ayer
por fin me encontré con ella 
frente a un jardín de flores
marchitas.
Hubo un gigante lirio
enganchado en su ramaje
que con furia se posaba en su dulzura
Como el vuelo enloquecido 
de un colibrí sobre una rosa.


La Villa de San Luis (Jardín de “La Ermita”)
20 de abril 2017

INGRID…


Por Oscar Carrasquel

A un lado estaba mi poeta,
La miro absorta, pensante,
con su dolor a cuestas.
-Igual que todos-
Enmudecida
de inmoladora tristeza.


La Villa de San Luis, 19-04-2017

Foto: Yadira Pérez

viernes, 14 de abril de 2017

“AMOR”… SIMPLEMENTE “AMOR”


Por Oscar Carrasquel


Hace  dos décadas y media el paisaje villacurano estirado como la palma de una mano con sus cerros circundantes le oyó pegar el primer leco,  porque  aquí en este pequeño y hermosísimo valle fue donde abrió por primera vez sus ojitos oscuros al mundo. Desde ese tiempo para acá  cada uno de sus latidos quedó encerrado entre cuatro paredes  en el Hospital Doctor José Rangel de Villa de Cura, bajo el cuido y atención de médicos residentes y especialistas, además del  personal de enfermeras y camareras  que nunca se separan de su cabecera. Los médicos y paramédicos por años llegan, pernoctan y luego se van, pero sin olvidar su triste destino y realidad, siempre pendientes de ella.  Tal día a tal hora llegó como un soplido de la brisa al servicio de pediatría del hospital y  desde entonces tomó su lugar en una habitación del nosocomio como perfecta y perenne inquilina. Hubo de haber ocurrido en cualquier día y cualquier momento. Cuentan que fue dejada desguarnecida envuelta en un pañal blanco por el rostro de una mujer joven que salió a pasos apresurados del pedestal de bronce de nuestro Libertador, por una de las coordenadas de la plaza. No tardaron mucho en pasar unos agentes del orden público que la rescataron y llevaron al hospital de La Villa. Por eso nadie sabe quién la trajo a este mundo,  y menos, cuando fue su nacimiento. Nunca se sabrá si llegó del campo o de la dispersión de la ciudad. Progresivamente la mocita fue creciendo  bajo el manto de sábanas blancas y al calor de su nueva familia. A su manera, buscaban aquellos  ojitos escudriñadores descubrir el por qué las luciérnagas alumbraban la penumbra de sus noches. La niña fue creciendo poco a poco sin sentir lo que es  jugar,  ni andar por los pasillos con los otros niños de su edad, ni  correr en medio del jardín detrás de maripositas y caballitos del diablo, ni oír los pajaritos dialogar y cantar; sin aprender lo que es jugar con vajillas de cocina y muñecas que lloran y caminan. Viviendo en un mundo diferente al nuestro. Impedida de contar la cantidad de luceros que habitan la colcha oscura del cielo aragüeño. Ella no puede  diferenciar las brillantes  mañanitas villacuranas, ni cuando llega   la noche. Ni cuando comienza  y termina la lluvia y el relámpago. ¿Cómo puede hacerlo? Si esta joven de condición especial  desde que nació hace veinticinco  años lleva una vida completamente vegetal, es decir, tiene vida pero carece de impulso voluntario. Es muy probable que dialogue en forma espiritual sin que ninguno lo sepa, con Dios y la Virgen María de Lourdes. Se pasa el tiempo apoyada sobre una almohada día y noche, procurando seguramente  estirar su ilusión, tratando de mover  su cabeza y a veces se encoge de hombros,  quizá en un gesto de impotencia. Percibe los movimientos y la voz de la gente  que la rodea meneando  unos ojos grandes que casi se salen de sus órbitas. En sus años que van de prisa no ha podido elegir qué le van a regalar en Navidad o en su inédito cumpleaños. Nunca ha podido contar las   ocasiones  en que su cuarto de habitación pintado de “amarillo pollito”  se llena de regalos, de cintillos y bonete pascual  y de mensajes llenos de palabras lindas. Pero sí los escruta o los intuye meneando sus ojos de arriba abajo. De pronto dibujan sus labios una tendida carcajada como un pájaro cuando se libera de su cautiverio. No tiene documentación de reconocimiento en la Jefatura Civil ni partida  de bautismo en los libros de la Iglesia parroquial. Fue bautizada, por  así decirlo, por la comunidad del hospital  “Doctor José Rangel” que le dio un nombre brotado de la sensibilidad de la gente, probablemente arrancado de las páginas de un cancionero. Le pusieron por nombre “Amor”…. Ella no ha escapado de la crisis, y sus cuidadoras y cuidadores tampoco. Hoy en día se la ven “fritos” y se “rascan la cabeza”  cuando se trata de conseguir el inventario de artículos de uso personal que necesita. La dieta alimenticia no es adecuada y  la medicina, porque su salud  ya no es plena, ya no llega puntualmente, ni hoy se consiguen en las farmacias como antes, y por   la situación que estamos afrontando, la gente ahora es indiferente y poco dadivosa. Acá en el hospital de la Villa, el personal continúa  aportando su valioso granito de arena. Al menos ella tiene amor, tiene hogar, atención médica,  le consiguen los comestibles. Finalmente, me han dicho que esta niña-mujer ahora es cuando mucho más necesita del apoyo, del cariño y la solidaridad de todos. Uno a veces por una cuestión natural nunca termina de asimilar las tempestades de los demás ni su dolor. La exhortación es que repitamos juntos aquellas palabras que nos recuerda el Apóstol Mateo “Lo que quiero en que seas compasivo, sin que tengas que ofrecer demasiado sacrificio”.



La Villa de San Luis, Semana Santa de 2017

sábado, 8 de abril de 2017

MISTER ALBERT


Por Oscar Carrasquel


Ternura de abuelo,
sonrisa de chiquillo despabilado
y ojos de cocuyo en medianoche

A  esos árboles que brotan
en la llanura, se asemeja.
Sus hilos de cabellos  cenicientos
como tierra recién quemada.

A veces bien temprano
nos brinda un guiño de salutación,
bambolea  sus manos
cual lucero peregrino.

De frente nos vemos súbitamente,
por el  estrecho de una vereda,
de sombras de eucaliptos y palmeras.

Ataja el ritmo de su camioneta
y  baja del asiento para saludarnos

Mira a su alrededor
a través de sus  cristalinos anteojos
de buen capitán

De un azul marino su camisa
destilando esencia de perfume fino.  

Yo, con uno de esos robles 
de una montaña,
también  lo comparo

Es fuerte, castaño, da sombra,
y  se asoma de noche como viajero,
para contar una a una las estrellas.

Hoy, mi verso 
como lejano relámpago
se  antoja en recordarlo,
así no  sea su día de cumpleaños.

                    La Villa de San Luis, Semana Santa de 2017

jueves, 6 de abril de 2017

ISMAEL CARRIZALES “CORREÍTA”

Por Oscar Carrasquel



En las soleadas calles de la Villa
frescas están  todavía
las huellas de las pisadas
de sus desflecadas alpargatas

¡Quién no supo de sus afanes!
Si calle arriba,  calle abajo
lo vimos diariamente pasar

Con un fajo de periódicos 
sobre su hombro apilados,
y su carita  risueña de muchacho
con  voz de clarín redoblado

De alegría irrestricta,
con sombrero de cogollo,
Y  unos pantalones abombados
más amplios que su tamaño

Más… y más primicias nuevas
con alusión regional y nacional,
le oyeron los portales de las casas 
pregonar:

--¡Cayó la dictadura y el tirano
A  Dominicana  fue a parar!”

Similar a un paseo de redoblantes,
-El año cincuenta y ocho- 
deslizaba los tubazos por la calle
de los periódicos de la Capital.

Una triste mañana de sol matinal
la noticia corrió como pólvora
por toda la ciudad.

En un  ataúd  sin desmayo
por el propio camino Real 
llevan a “Correita” a sembrar
al camposanto municipal.

Hoy devuelvo atrás la mirada,
la nostalgia  me embarga,
me dan  ganas de llorar,
veo el silenciar de sus voz
por las calles de mi ciudad.


La Villa de San Luis, abril 2017



Foto  Revista Expresión. No 30 /1990


COMENTARIOS:

Raúl Aular Flores Hermanazo: Hermosa descripción. Ojalá que Dios te de muchos años de vida para que continúes proyectando tus estampas villacuranas...Un afectuoso abrazo extensivo a la familia.


Oscar Carrasquel Gracias a mi generoso amigo por su comentario. Un abrazo Raúl. Hace poquito por casualidad estuve metido en tus letras.

Matilde Roldan de Bello Fue realmente un personaje , recordado por los Villacuranos .
6 de abril a las 23:46

Carmencita Hernandez Oscar, extraordinaria la semblanza que plasmaste de Correita...icono de nuestra villacuranidad. Fueun ser especial, sin maldad..con una alegria innata y esa siempre disposición a colaborar..GRACIAS POR TODOS ESOS RECUERDOS QUE NOS TRAES DE ESA VILLA HERMOSA que tenemos que rescatar....recibe un abrazo bien villacurano....

Oscar Carrasquel Gracias Carmencita, me alegra mucho que se sienta complacida esta catira hija del "Catirito" Fernando, que quería mucho y llevaba en el alma a este pueblo lleno de magia.

lunes, 3 de abril de 2017

FÉLIX LISANDRO

       

    Por Oscar Carrasquel


Ya su maciza corpulencia acusa,
un doblar de cartílago vencido
por el paso inclemente de los años

Baja y sube diez peldaños de grada
para salir afuera.

Agachadito… 
como aquel que pasa por abajo
de un árbol derribado por la brisa.

Lentamente…
sus pasos se deslizan
auxiliado por un tambaleante 
bastoncillo

Cruza la romántica calle
de sol matinal,
mientras el “tictac” de su bastón
márcale la senda por el frente.

Sencillo, desprendido de cualquier
afición de grandeza,
camina como Jesús sobre la arena

Si una  dama de colorida  gracia
se le acerca,
alza su voz de sonoro acento,
eleva  la vista, detiene el paso.

Y a la bella, enseguida le lanza
una fulgida flor abrevada de sus labios.



                                               La Villa de San Luis, abril de 2017


FOTO: Marìa Teresa Fuenmayor


COMENTARIOS


NY AN Bello mi novio, Dios lo bendiga!!! Y bendiga las manos de quien escribió tan hermoso poema!!
3 de abril a las 17:15

America Salvatie Agui Senor Félix siempre tan amable agradable no deja a su pueblo siempre andante por el centro Dios lo bendiga con mucha salud
3 de abril a las 20:18

Liseth Torrealba BELLO MI NOVIO DIOS ME LE DE MUCHA SALUD
3 de abril a las 20:45

Ana Sofia Dios lo bendiga grandemente
4 de abril a las 0:07

Jagger Utrera Félix mi primo eres excelente caballero y tremendo ser humano. Te queremos mucho.

Flor Aleyda Pulido Don Félix, muy apreciado en la comunidad, humilde...

3 de abril a las 17:03


YA NADIE QUIERE SER COSTURERA…

                                

                                                            Por Oscar Carrasquel

Se le nombraba costurera a aquella mujer encargada de cortar y confeccionar ropas  cumpliendo  una jornada de trabajo todos los días, incluyendo domingos y días feriados, sentada en una butaca desde que “Dios amanece” hasta que oscurecía  pedaleando una máquina de coser, dedicadas a producir ropa para damas, pantalones, camisas, blusas y elaboración de vestidos para adultos y niños, para mercadear o para los miembros de la casa.

La mayoría combinaba su faena con labores propias de atención a la familia porque realizaban el trabajo bajo la sombra de sus casas. Generalmente cortaban y diseñaban a la medida de manera autodidacta. Acordaban el precio de la costura, algunas veces se acostumbraba que las marchantes retiraban el encargo y posteriormente pagaban el importe, por cuota sabatina, o a final de quincena, según como fuera acordado. Entre estos consumidores se contaban: maestras de escuela, amas de casa, oficinistas y empleadas de trabajo fijo y duradero.

El oficio de costura es antiquísimo, data de hace muchos años atrás cuando los franceses lograron mostrarse de acuerdo con solemnizar el arte por allá en 1700, pero en mi caso particular   comencé a divisarlo y a convivir con él desde mis años de niño en Villa de Cura, casi rozando con la quinta década del siglo XX, cuando mi mamá, nativa de de la Villa de Todos Los Santos de Calabozo  llegó a Villa de Cura y comenzó  por elemental necesidad a desempeñar este trabajo. Emprendía la lucha para ayudar a levantar la familia. Según me contaba ella, el oficio lo aprendió desde chiquita “con las viejas de la casa”, lo traía moldeado  de la familia de su padre, doctor Carlos Segundo Madera, hogar donde se crió apenas nacida y allí se levantó hasta su casamiento.

MARÍA CARRASQUEL

Yo siempre he dicho que si alguien se atreviera a escribir sobre este oficio de la Villa de Cura antañona, fácilmente podía tomar como referencia para resumirlo a María Flores de Carrasquel. Mi mamá fue un ser humano  con  ímpetu de llanera con profusa fortaleza, llegó a ser  maestra en el arte de confeccionar vestidos para damas y niñas,  militante del arte de la fe y la esperanza,  comprometida con la naturaleza y de una laboriosidad asombrosa; solo fue vencida  por la fuerza de los años y de las enfermedades que la arrinconaron y acabaron con su existencia a la edad de 82 años. Muy respetuosa de la dignidad humana, siempre supo sembrar amor y solidaridad con sus semejantes. En la Villa desde su llegada acumuló una gran clientela. Me contaba que en este pueblo -entonces pequeño- parte de su clientela eran mujeres que despedían olor a colonia barata, pero que también brillaron como madres para todas las alegrías. Para éstas  siempre hubo de tener puertas abiertas. Aquellas, eran  mujeres que llamaban “de la calle” despectivamente, que deambulaban entre botiquines, quioscos y mabiles -no importa el nombre que se le quiera dar- de los entornos de la festiva Alameda crespera, a mitad de siglo XX más o menos. La verdad es que a ellas les gustaba su estilo de coser y mamá las consentía y  recibía en casa con particular deferencia,  “La razón -decía mamá- es  que estas damas eran muy formales y respetuosas,  además ganaron fama  de pagar los trabajos de contado y muchas veces por  adelantado”. 

Es cierto que en casa había un espejo grande de escaparate donde se asomaban ellas  para verse la silueta y medirse los vestidos. No decían nada, porque en medio de  ilusiones infantiles y por tremenduras, los varones las fisgábamos cuando alguna entraba al vestuario a medirse las telas. Recuerdo  que en aquellos bonitos tiempos de bailes carnestolendas  mamá les hacia los suntuosos disfraces de “Negrita”, “Conejitas”” y unos gabanes de relucientes colores que llamaban “Dominó”. Claro que, unas seis cuadras más o menos, debía caminar yo con una bandeja en  los brazos para entregar las costuras terminadas.  Esperaba en la puerta mientras cogía pausa un merengue rucaneado que molía  una pianola de manilleta que maniobraba el recordado Ramoncito Trujillo. Un peso (4 bolívares) obtenía por cada vestido que entregaba.  Podría admitir que aquel fue mi primer contacto como  muchacho de mandado.

Igualmente, mi madre fabricaba vestiditos para niñas  los cuales envolvía en papel trasparentes y los ubicaba a consignación en la bodega de la esquina El Sapo (Urdaneta con Sucre).  A la par hacia los uniformes a las peregrinas de la parroquia. Un detalle novedoso y muy peculiar es que a mamá no le gustaba coser ropa masculina. Pero cada traje para mujer o niña  que hacía era una creación diferente.

En aquel momento hubo cantidad de costureras buenas de verdad exponentes del arte en Villa de Cura, algunas se disputaban la preferencia de la persona de acuerdo con el gusto y según el estilo y la forma de cada individualidad. De estas señoras  solo quedan recuerdos en la memoria colectiva. La gran mayoría se las llevó la  cruda realidad de la muerte. Sin embargo, remitiéndonos a esa antigua franja, de la memoria de un gran villacurano llamado don Félix Hernández Castillo, extraje los nombres de Ana Isabel Domínguez de Lombano, María de Carrasquel, Isabel de Hernández, Claudia de Pálima, Rosita Acosta, María Luisa Nieves, María Ambrosia Martínez de Sanabria, Sinforosa Núñez, María Desideria López, María Teresa Castillo de Hernández, Eduviges Hurtado. Rupertina Ramos, Providencia de Montesino, María Eugenia Morgado, Damiana de Ascanio. ¡La lista es larga!

MATEA GALINDO

De la década de los años 40-50, de mi época de muchacho de pantalón corto, traigo  el hermoso recuerdo de una vecina de la “cuadra larga”, amiga fortuita de mamá, y sobre todo porque después que se conocieron  se hicieron buenas amigas, compartieron la ilimitada dedicación al mundo de la costura. Es decir, soñaban y se ayudaban recíprocamente. Hablo de la señora Matea Galindo. Yo a esta matrona la comparo sencillamente como mi madre, debió ser porque más de una vez puso en mis manos un bollo de pan de trigo, o medio real  que me alcanzaba para llevar a la escuela.  La vengo a resumir como una mujer generosa y digna de admiración, menuda de tamaño, del tamaño de su paso por la vida, de pelo liso y largo, de esos que no requieren ser  peinados a cada rato; nacida en el asentamiento campesino de El Cortijo hacia 1930. Toda una vida de entrega a su trabajo, desde que clareaba el sol hasta altas horas de la noche, había que arrimar el hombro al “viejo Marcos” para ayudar al sustento de la casa. Para ella no había imposibles que valieran. Fue costurera de confianza de los labriegos que llegaban de las aldeas aledañas a Villa de Cura hasta que el pueblo empezó a cambiar. Aparte de ello, debía atender un hogar compuesto de su  marido más 9 hijos, 5 varones y 4 hembras.  Tomaba las medidas a la figura de varones, cortaba tela en el extremo de una mesa de madero y después cosía ropa en una vieja máquina marca Singer de pedal, bajo la mortecina luz de una lamparilla que iluminaba  el corredor de su morada. Así era  como iba transcurriendo su vida. De forma repentina, Dios desde el cielo detiene su noble corazón y se acaba  aquella vida todavía útil en 1960, con escasos 47 años de edad. 

En nuestros días han mermado las costureras a causa de la proliferación de tiendas y almacenes de distribución de ropa.  Sin embargo, en estos momentos algunos de forma valiente se encuentran representando este arte tradicional en la Villa, conocedoras con precisión de la confección de vestidos para ocasiones especiales, como graduaciones, fiesta de 15 años y bodas. No tardaron en aparecer también las llamadas costureras exprés, aquellas que se encargan de arreglar, adaptar prendas y corregir tallas de ropa, según el gusto y los antojos de la clientela.

En épocas pasadas en muchas casas de la Villa las modistas se dedicaban exclusivamente a ser auxiliares de sastres para la confección de trajes y ropa a la medida para caballeros. Un buen operario de una máquina de coser se descubría de inmediato. Él o ella era quien daba el toque final a la costura, por eso  seguiría siendo tan importante como el sastre que trazaba y punteaba.

Anteriormente el volumen de trabajo de las modistas de ropa básica se incrementaba en las fiestas tradicionales como por ejemplo diciembre y para un festejo muy especial como grados y fabricando disfraces para niños y adultos para desfiles y  fiestas de carnaval.

Fueron varias las costureras que se dedicaban a hacer títeres, artesanía y crear muñecas de trapo para exhibirlas sobre muebles o para venderlas al público. En la Villa conocí dos cosedoras artísticas de muñecas de trapo: la señora Emiliana de Nadal y doña Angelina  Bolívar de Utrera. Esta última amiga de vieja data del poeta Aquiles Nazoa. Conversaban de lo que más sabían, de humanismo y de poesía. Por cierto, un amigo en la cercanía una vez me mostró un retrato, en el cual el  poeta de Catuche comparte animadamente sentado en un sillón de madera con una muñeca de trapo de su misma talla.

Finalmente,  no puedo dejar de acotar que no hace mucho tiempo, cuando pasaba la moda o cambiaban de talla, las damas por regla general  regalaban la ropa de poco uso a un familiar o a un allegado; ahora, con este brinco atrás que hemos dado, de grandes consternaciones económicas, lo pasa a un comercio nuevo denominado: “Venta de garaje”. Un espacio estratégico  de la casa para exhibición y venta de toda prenda de vestir. Muchas personas  participan y  se resuelven en este tipo de comercio en virtud de los precios tan elevados que ha llegado todo. 



La Villa de San Luis de Cura, marzo de 2017