domingo, 25 de junio de 2017

¡AREPITAS DULCES…DULCES AREPITAS!


Catira la chica,
parece un lirio de seda,
sale como el sol 
todas mañanas

La veo muchas veces
por la calle pasar,
cuando la tarde abre
su  anillo de colores

Delgada, liviana de trato
parece una muñeca hecha de algodón,
suelto su pelo
como una alegre cascada.

Arriba y abajo,
recorre calles y largas avenidas,
porta un cesto
extendido sobre el brazo

Lleva para la venta
una camada de doradas arepitas
salpicadas con semillitas de anís
que semejan oscuros lunarcitos.

Creo que por ella cultivadas,
alineadas todas
como si fueran infladas

La rubia pone una  encantadora
sonrisa,
cuando pensativa
las va entregando una a una.

Dando vueltas,
bajando y subiendo esquinas

No se cansan mis ojos
de mirarla con angustia,
Ni sus labios
de  vocearlas todo el día
¡Arepitas dulces…dulces arepitas!


Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, junio de 2017

sábado, 17 de junio de 2017

LA SEÑORITA CARMEN COLMENARES, UNA MUJER QUE CURABA CON ENSALMOS.


El personaje que describimos en esta oportunidad fue una mujer con infinitud de virtudes, sencilla, bondadosa, de gran valor humano. Vivió todo el tiempo en la parroquia Las Mercedes donde toda su vida disfrutó de sus lindos atardeceres, dotada por la voluntad y misericordia de Dios de facultades naturales para tratar malestares en los humanos, muchas veces  difíciles de curar hasta por los mismos médicos con títulos oficiales. 

Enfermedades nada extrañas en la población urbana y rural de mediados del siglo XX, como erisipelas, tortícolis, culebrillas o herpes, inflamaciones, mal de ojo en niños y descomposturas musculares, tendían a desaparecer cuando llegaban a las manos de esta humilde mujer que desde tierna edad estuvo dedicada a la curación de estos males, los cuales no encontraban rápida solución en un hospital o en el consultorio de cualquier doctor.

Carmen Colmenares debió ser una de las últimas personas en curar y aliviar con métodos naturales y espirituales que quedaba rezagada en La Villa. Recuerdo que una vez le tocó  reforzarnos  una sobada en un músculo falseado, para lo cual  le bastó ofrendar un rezo, con una ramita de romero en la mano y una velita de sebo encendida apretada entre sus dedos. Sorprendido la mirábamos. 

Carmen Colmenares fue una mujer que brotó de las entrañas de estas tierras próximas al el hermoso Valle de Tucutunemo. Ella fue una mujer de las más respetadas y queridas de la colectividad de Las Mercedes, con una existencia plena de servicio y entrega generosa a sus semejantes. 

Las Mercedes de antaño fue una vecindad pequeña. Sin embargo, a partir del siglo XIX que se construye su Iglesia, se convierte en una floreciente Parroquia, patrimonial hoy de la jurisdicción territorial del municipio Ezequiel Zamora del Estado Aragua.

Uno se atreve a decir que esta primigenia Parroquia del municipio Zamora, nunca ha poseído la atención y el progreso que se merece, si tomamos en cuenta que el Valle de Tucutunemo fue uno de los sectores de mayor fertilidad para la producción agrícola del municipio. Puede observarse hoy con sus servicios públicos  en decadencia y calles abandonadas. No hay quien ordene el arreglo y pavimentación de sus vías. No podemos olvidar que todas sus tierras  cercanas al rio,  en un tiempo eran abundantes en materia prima para la elaboración de artesanía, tejas, ladrillos y terracotas, elementos esenciales para la construcción de viviendas. No era raro ver entonces en los solares de las casas de Las Mercedes de otra época,  fogones  de leña y hornos ardiendo todo el día para la quema de arcilla proveniente de sus playas.

La niña Carmen nació en este sector cuando sus calles y las vías de acceso para El Cortijo  eran todas de polvo pero transitables, Nació un 16 de abril de 1921 durante el gobierno del General  J. V. Gómez. En una casa no muy grande hecha de bahareque y palma. Casa campestre rodeada de árboles y en  la entrada  una arboleda y huerto-jardín con perfume de rosas y hojas aromáticas. La casa además llamaba la atención porque estaba levantada en todo un paso del río Tucutunemo, para  aquel que se dirigiese hacia la comunidad de El Cortijo. En la otra orilla del río estaba asentada la casa que también fue conocida como la Tejería de Don Juan López. Allí a la orilla de este cauce, surcando estos caminos y en la hermosura de sus campiñas vio la muchacha vivir sus años de infancia y adolescencia al lado de sus padres.

Sus progenitores fueron Rafael María Colmenares y Arnalda Carrasquel, una pareja de agricultores poseedores de sus propios conucos, que bastante cultivaron y cosecharon en estas fértiles tierras. La prole habida de este matrimonio no fue tan corta,  todos nacidos en este sector, en total fueron siete hijos: Luisa, Juan Pablo, Antonio, Lorenzo, Rafael, Arístides y Carmen. Hombres y mujeres de formación hogareña preocupados por el trabajo del campo y la ciudad desde pequeños. 
                  
Carmen fue siempre una mujer de hogar, de raíces y costumbres rurales, en este ambiente creció con los trabajos que le encomendaban sus padres y los diversos altibajos y circunstancias, pero siempre con voluntad  de servicio a favor de la gente, cuestión que la comunidad de las Mercedes ha sabido agradecer, reconocer y respetar.

Tratar, aliviar, curar y ensalmar males de salud no era fácil tarea, pero fue el destino de aquella muchacha que  correteaba por el curso del riachuelo, buscando en sus corrientes los pozos que sirvieran para lavar los trapos y realizar sus menesteres domésticos en su limpio caudal y disfrutar de eventuales zambullidas en sus aguas.

Me contó en una oportunidad la niña Carmen que su mamá adicionalmente le enseñó la práctica de la repostería y a confeccionar dulces tradicionales y ella misma aprendió la confección de ramos y coronas que también surgieron  como expresión laboral de su profunda humildad, en busca de ayudar el sustento de la casa y compartirla con otras personas desvalidas de pan, pero sin apartarse de las bondades derivadas de las plantas con una efectividad que convencía.

Carmen, como es sabido, no tuvo descendencia biológica. No es tarea difícil imaginar que los oficios de la casa que nunca terminan, el desempeño de prácticas medicinales heredadas de sus ancestros desde que era pequeña y el hecho de estar pendiente de la atención de sus hermanos menores y mayores,  no le dieron tiempo para amoríos.

Fue considerada una persona amorosa y cariñosa con los niños en general, con sus hijos de crianza, con sus nietos, sus yernos. Por ello fue que sin saborear la dicha de dar a luz, fue madre protectora  comprometida con la crianza de hijos de otras madres, con el mismo amor como si fueran fruto de sus entrañas. Diríamos que fue madre para todos los niños. Era de esas mujeres que estaba donde era útil y necesaria su presencia y así se mantuvo toda su existencia, soportando situaciones adversas sin ningún reproche y enfrentando el duro trajinar de la vida.

Para orgullo de toda su familia, de sus hijos y nietos  y toda la comunidad de en general de Las Mercedes hoy  el nombre de Carmen Colmenares ocupa un sitial de honor en la memoria colectiva, Muchos personas propias y extraña pasaron por la magia de sus manos y fueron parte de sus curaciones físicas y espirituales.

Recuerdo la vez que la visitamos en su casa  localizada en el callejón Cinco de la Parroquia  Las Mercedes, en la frontera con Manuare, donde transcurría su recorrido por la vida, alejada de la vida citadina, entregada a sus quehaceres cotidianos, con la ayuda de la divina Providencia  y su entrañable fe y devoción por la madre de Dios en la advocación de Nuestra Señora de Las Mercedes. Si algo distinguía su personalidad era su gran sensibilidad por la humanidad y su acendrado amor por la Iglesia de Cristo. El  sentir lo que era la solidaridad y lo que vale un amigo y un buen vecino. Entonces daba gusto oírla pronunciar aquella lacónica y acostumbrada frase que aun resuena en nuestros oídos: “Aquí  en este barrio nací y aquí me quedo”, como en efecto ocurrió. Falleció acá el 7 de febrero de 2015 a los  94 años de edad. 

No es ninguna exageración afirmar que hoy, con el aprieto  de salud con el que estamos viviendo los venezolanos, cuando ahora no es posible conseguir en las farmacias ni  un simple sobrecito de aspirinas, es cuando a  estos conglomerados humanos les hace falta personas como la niña Carmen Colmenares. Necio sería negar su gran importancia y su utilidad en la comunidad. Por heredad, hoy una hija espiritual llamada Belyies que amablemente nos recibió y trajo en sus amorosas manos el álbum de familia que es lo mismo que un corazón de inolvidables recuerdos, Fue la encomendada por su madre para continuar su labor y aventajarla y hoy ya comienza a trasmitir su ejemplo.


                                 
Oscar Carrasquel

La Villa de San Luis, 14 de junio de 2017.


COMENTARIOS

Aleyda Garcia Que bella!! Que Dios la tenga en su gloria !!


lunes, 12 de junio de 2017

ELADIO TARIFE

     

Por Oscar Carrasquel


Sin  un ¡adiós! decirnos siquiera,
hoy  te  marchaste cantor de mi tierra.
¡Qué pronto te embarcaste poeta!
 en  el  “jueradeborda” de la muerte

Una sola vez te vi navegando el  Rio Guanare,
desembarcaste  en “Puerto Las Animas”
-era una  mañana de domingo clarita-
con una guitarra grande debajo del brazo
 Ibas rumbo hacia “Paso Arauquita”

Recuerdo que compartiste un rato
entre  amigos y cervezas,
y  almorzaste, fresco picadillo de ternera.

Viajero empedernido
de fiestas sabaneras,
vestías  liqui liqui azul  sereno
con sombrero color de zorro corriendo.
  
Del  mismo tamaño de la sabana 
-como dice el proverbio-
Es  el compromiso contraído por el llanero

Escribiste canciones a la población de Arismendi,
tu hogar nativo,
Y  compusiste “Amores en Puerto Ayacucho”,
y  cantaste “La Española”
entre tus incomparables composiciones. 

Poeta trashumante de la sabana
Y de versos fluviales
mojados de café colado

Tu  corazón a una linda damisela
llamada “Barinas” entregaste, 
 y le regalaste  tus letras encendidas
de inspiración y de canto

Le  escribiste con tinta del alma
a la ciudad Marquesa
un himno segundo a esa capital

Le ofrendaste a esta novia andina
tu inmortal canción “Linda Barinas”.

Al mundo llegaste un siete de junio,
Y un siete de junio te marchastes
por un camino de brumas 

“Mañana cuando yo muera/
Que nadie clame un lamento”

Cabrían  estos, tus versos,
como un epígrafe  en  tu tumba
sin latidos.



La Villa de San Luis, 07 de junio 2017




DOÑA PETRA APONTE DE CASTRO


UN SIGLO DE CAMINO EN LA VIDA
ELLA Y SUS DOS HIJAS FUERON GIMNASTAS DE CIRCO
SU ESPOSO FUE EMPRESARIO DE CIRCO


                                           
                                                              Por Oscar Carrasquel

¿Quién podría creer que esta matrona que hoy tenemos sentada frente a nosotros pueda tener un siglo de aguante? Y es que cien años suenan de verdad como muchos, pero  gracias a Dios, el tiempo para ella no se ha acabado. Fueron muchas las realidades construidas que la llevaron a alcanzar sueños y metas en este transitar de su vida. En la Villa transcurrió su niñez y su adolescencia al rescoldo de su padre de crianza el herrero de carretas Don Ramón Hinojosa Díaz. 

Es sorprendente, porque uno la conoció ya mujer, delgada, garbosa, vestida con un traje más abajo de la rodilla, maquillada y con unos ojos bien  bonitos y  grandes, con cejas arqueadas al estilo de la diva mexicana María Félix. Hace de eso una cantidad de años. Hoy por hoy, el tiempo se encargó de minar su sonrisa de alegría y turbar su mirar profundo. Juana  cambió de color, se le arrugó el pellejo, se le encorvaron sus huesos, se volvió cansina, los  brazos y  piernas son unos rolos  secos; pero aun así no se le ha doblado el espíritu; acá está  todavía  como  todo mortal,  hasta que Dios decida apagarle  el suiche de su  luz. 

Su frágil cuerpecito se ve siempre acomodado, desde que aparece el alba hasta el anochecer, en una poltrona en el portal de su casa  de la calle doctor Manzo, en la que fue casa de su juventud y de su adolescencia, con su original fachada y su estirado y sombreado patio, testigo de tantos amaneceres y atardeceres. Donde conoció de soledades, de alegrías, de llantos, de despedidas y bienvenidas, de ese incansable batallar que es la vida. De cuando en cuando, en la intimidad de sus sueños debe rememorar las vivencias que solo recoge la quietud del alma. Debe acordarse que desde tierna edad  se puso pilas nuevas y se colocó alas de independencia. Que nada la detuvo. Que solo el tiempo  igual a un eco lejano se le vino encima y le pasó por arriba como un  aguacero venteado.

Petra nació en el pueblito de La Unión, perteneciente entonces al Distrito Zamora -hoy Municipio Arismendi- del estado Barinas un 19 de abril de 1917. Sus padres fueron Petra Aponte y Pedro Ernesto Linero, pero pequeñita fue traída a esta Villa. Después, ya grandecita entraba y salía de este pueblo en verano o en invierno. Hace algunas unas décadas regresó y aquí permanece todavía bajo el cuido de nietas y biznietas. De linaje Guajiba, se puede sacar de su rostro con rasgo  aborigen.

No se puede decir que esta mujer toda su vida  pudo mirarse en su cielo villacurano. Hubo un momento en que cambió su vida. Su cielo ya no era de nubes, luna y  luceros, sino que se convirtió de lona color azul o grisáceo. 

En 1948 conoció a un hombre de circo, del mundo, del camino, excéntrico,  llamado Oscar Castro Pérez, nacido en Melena del Sur, provincia de Cuba, primo-hermano de los Castro Ruz, que llegó a Venezuela en la década del 40  con el Circo Razzore de Cuba, trabajando al lado de Blakaman como Fakir y domador de animales salvajes.

En Maracay fue que comenzó un breve romance entre Juana y Oscar que luego se convirtió en  casamiento. Cuando todo estaba en su lugar Castro se separa del circo Razzore. En el 50 estando ya viviendo en Villa de Cura funda una compañía que se llamó primero “Circo Cuba Hermanos Castro”, que luego decidió cambiarle el nombre por “Circo Hermanos Castro”. Un circo con todo en escena: titiriteros, rumberas, trapecistas, malabaristas, enanos, payasos, ilusionistas,  magos y domadores de animales salvajes. Con las maletas listas en el suelo  los esposos Castro Aponte ya sabían para donde ir, a recorrer el mundo. Cualquier pueblo o caserío donde se celebraban festejos patronales era bueno para montar su escenario. Desde el primer momento Castro se dio cuenta que su esposa  podía trabajar junto a él, ya sabía de su experiencia y que tenia condiciones físicas y estaba ya mentalizada para echar adelante la nueva empresa, ella se envolvió en la magia del circo, ya actuaba como trapecista y administradora de la Compañía.

El matrimonio tuvo solo dos hijas: Petra y Erlinda Castro Aponte, que por enseñanzas de sus padres también  desde pequeñas se hicieron excelentes trapecistas y gimnastas dentro del circo. La primera nació en Seboruco estado Táchira y la segunda en Acarigua estado Portuguesa. Después siguieron las presentaciones, Petra dirigida por Castro realizaba perfectamente las acrobacias sobre el trapecio de aro. Me parece verla en la retrospectiva del tiempo en las décadas de los años 50  cuando levantaban aquellas lonas en la sabana de Villa de Cura en fiestas patronales, allí pudimos los niños admirar a Petra bajo una carpa, haciendo piruetas en el aire y balanceándose como un papagayo sobre un trapecio. Sujetada por una cuerda y con un garfio incrustado en su boca, volaba como una saeta  por los aires y realizaba  “saltos mortales” junto a otras hembras y jóvenes saltarines, ese era el número estelar de la función. Como es sabido, abajo había una malla enorme que servía para prevenir cualquiera caída.

Petra me contó hace años atrás, que anteriormente  se había conducído en el Gran Circo Razzore como “Alambrista” y en su circo también realizaba este número, que consistía en cruzar una cuerda de extremo a extremo en zapatillas,  haciendo equilibrio con un balancín, y de regreso  la pasaba sin necesidad  de utilizar el báculo.

Con el “Circo Hermanos Castro” hizo muchas giras, además de ciudades y pueblos de Venezuela también viajó con el circo a varios países de Latinoamérica como Cuba, Colombia, Perú, Argentina, Chile y Ecuador. El sonido de aplausos y vítores resonarán todavía en los oídos de esta ancianita que hoy pasado tantos años apenas escuchan.

La familia Castro Aponte junto con el circo se estableció varios años en Guasdualito, territorio apureño fronterizo con el Arauca colombiano. Allí murieron su esposo y  también de corta edad su dos hijas, quienes quedaron allá en esas tierras sepultados. Juana no pudo seguir  sola con el circo  y  vendió la carpa, y poco a poco salió de tableros, animales, utilería, trapecios, etc.

La Juanita que yo conocí en mis lejanos días de la niñez, la describo como buenamoza y servicial, excelente como vecina. Acaso porque la casa de mi madre estaba cerca de la suya. Una vida de sacrificios, itinerante, nada fácil. Su vivienda en La Villa es una casa que ahora posee puerta de rejas, pero siempre abierta para cualquiera que desea visitarla. No es necesario tocar. Uno saluda sin miedo desde el portal y  cuando  entra, la primera que te contesta las ¡Buenas tardes! es Juanita, con su ronca y perceptible voz. Muchas lagunas en su mente. Primero te pregunta si eres Masón; debe ser repisando que su esposo Oscar Castro perteneció a la masonería donde alcanzó el grado de  Maestro grado 33. Y luego se queda en silencio y te señala con el  dedo índice hacia la pared, el único reconocimiento hasta ahora recibido del gobierno municipal, una cartulina montada en vidrio que le otorgó en  el año 2015 el “Parque de Recreación dirigida Niño Simón”. Y luego al final te despide remachando el nombre de  Oscar Castro y  el de sus dos difuntas  hijas y diciéndote que las tardes de la Villa son muy hermosas.

 La Villa de San Luis, junio de 2017



FUENTES:
Testimonio oral de su nieta Janet Sabina Castro
O. Carrasquel/ El Vigía 154/año 2000
Coleccionista y poeta Elio Martínez (Infinitas gracias).





    Con sus dos hijas.
En una posición de equilibrio.


Foto de su esposo Oscar Castro Pérez 

COMENTARIOS:

Zuleima Hernandez Que Dios la bendiga y que disfrute de muy buena salud

jueves, 8 de junio de 2017

PADRE SALVADOR RODRIGO EN SUS BODAS DE ORO SACERDOTALES


        Por Oscar Carrasquel




Originario de muy lejos,
de una pequeña aldea de España
arribó a esta citadina tierra
el Padre Salvador Rodrigo

Cinco décadas, ni más ni menos,
de trayectoria sacerdotal,
con paciencia y loable labor 
ha cumplido su  evangélica misión 

Que al parecer hace medio siglo
desde los cielos
le encomendó nuestro Señor

Allá en su tierra peninsular
comenzó su titánica labor
y  Villa de Cura fue el último destino
escogido por Dios.

Director y arreglista  musical.  
Los “Niños cantores de Villa de Cura”
fue su obra bienhechora para la ciudad

Como Diácono, llanamente,
figura en los cánones de la Iglesia,
pero  hoy  como devoto de su religión
con estos versos lo vengo a reedificar

Con el beneplácito del único Redentor
que mora en el Reino Celestial, 
como digna alegoría a su realización
hoy le coloco el solideo de “Monseñor”.

¡Felicitaciones pues, patriarca Rodrigo Salvador!
Jamás canto alguno estará repleto de tanta devoción.


La Villa de San Luis de Cura, junio de 2017


COMENTARIOS

Ana Bell Boullon Felicitaciones por tan fina letra!!

lunes, 5 de junio de 2017

DON VÍCTOR ROJAS ESAÀ



Por  Oscar  Carrasquel



Víctor Manuel Rojas Esaà, siendo todavía un muchacho soñador conoció aquella vieja Villa de Cura, desolada, tranquila y pastoril, de calles de tierra, sin energía eléctrica, ni acueducto, de primeras décadas del siglo XX. Fue un hombre de pueblo, trabajador incansable, padre de familia. Aunque no era nativo de la Villa, sin embargo era muy conocido en el barrio Las Tablitas; donde luchó al lado de su familia buscando un mejor destino. Fue testigo del nacimiento de esta barriada y por tanto uno de sus más antiguos pobladores.
A pesar de que uno y otro figurábamos en generaciones distintas y como  este servidor desde pequeño se acostumbró a reunirse y tratar con personas mayores, nos hicimos grandes amigos, una de las verdaderas razones del existir.
Víctor Manuel vino al mundo en la ciudad de Valencia finalizando el siglo XIX, durante el gobierno del general Cipriano Castro. Sus padres fueron María de Jesús Esaà y Federico Rojas, oriundos y vecinos de la capital carabobeña. Desde muy joven llegó y se radicó en Villa de Cura, sin saber que acá  se sembraría para siempre en el corazón de sus habitantes.
Víctor Rojas Esaà, se casó en Villa de Cura con la villacurana Rosa Margarita Picot, tuvieron cinco hijos, dos hembras y tres varones, después la familia se prolongó en nietos y bisnietos; todos sus hijos a quien la pareja les brindó todo su protección y abrigo nacieron en Villa de Cura, fueron ellos: Guillermina, María Marcelina -a quien se conoció siempre como “chela- Martin Emiliano, Julián y Eustoquio Jorge, de los cuales hoy sobrevive sólo Julián Rojas.
En mi memoria conservo todavía la imagen de Víctor Manuel, caballeroso, escrupuloso, pulcro, acostumbrado a vestir pantalones de lino blanco bien aplanchados y blusa abierta de arriba hasta abajo, zapatos negros de patente y sombrero italiano marca “cabaliero” de ala corta. Víctor Manuel siendo un joven veinteañero, en las tardes se le veía vestido de liqui liqui  de lino blanco  impregnado de la parisina fragancia Jean María Farine, luciendo  sobre su cabeza una refinada “camarita”, de las que usa el grupo musical “Los Antaños del Stadium”.
Ya entrado en años en la década de los años 50 y 60  Víctor Rojas vivió siempre atrincherado en su trabajo, pero también era bohemio por naturaleza. Pero no sólo eso, sino que además vivió envuelto en la ilusión y deseo de algún día  conocer la capital de los Estados Unidos, como si alguna vez su ingenuidad le hubiera dictado que desde allí era más fácil contemplar y tocar una por una las estrellas en el firmamento .Por eso la gente le puso ese sobrenombre. Uno lo encontraba en la calle lo saludaba con esa especie de piropo ¡"Washington" ¡ y el enseguida repicaba  ¡"Washington"!. Este trato casi cotidiano se convirtió en una postura que casi buscaba borrarle su verdadero nombre.
El oficio primordial que desempeñó en el transcurso de su vida es bastante viejo y tradicional en Villa de Cura. Mastro Víctor fue un laborioso talabartero de larga experiencia que nunca se quejó de que estaba cansado, dedicado todos los días a la fabricación artesanal de fustes de madera, en aquellos días cuando la economía de nuestro pueblo era muy precaria, y escaseaban las fuentes de trabajo.

Por todos es sabido  que  fuste, es una pieza esencial del armazón de una silla de montar caballo, es como decir su espina dorsal.  Nuestro pueblo  es muy conocido en todo el ámbito nacional porque acá se hacen sillas de montar modelo clásico, tipo americana y mexicana, las que se utilizan en el deporte de coleo y también las que usan los llaneros en su cotidiana faena. Desde tiempos antiguos Villa de Cura tiene fama de fabricar las mejores sillas de montar y aperos en toda Venezuela, lo que nos debe llenar de complacencia y orgullo. Poetas, cronistas y compositores de música llanera se han ocupado de recoger este criterio en sus composiciones literarias y musicales
Pero antes de ser carpintero Don Víctor tuvo otra ocupación, trabajó la herrería en el taller  de  Don José Manuel Albert, ubicado por los lados de “La Jabonera” en la antigua calle “del ganado”, hoy Avenida Lisandro Hernández en Villa de Cura.
Trabajando, escofinando a mano y cortando rolas y trozos de madera de cedro fue que conocimos al afable “Washington” en el taller Don Hermógenes Rodríguez, en la calle Páez cruce con Doctor Manzo, desde entonces sus manos se volvieron  ásperas y callosas, signo del rudo trabajo que desempeñó  toda su vida. Sus eternos compañeros que laboraron junto a él bajo el alero de la reconocida carpintería de don Hermógenes no le llamaban “Washington”, sino “Mastro Víctor”. La vida le dio la oportunidad de tener allí como nobles compañeros de trabajo a  Félix González apodado “El Niño”; Antonio Izaya a quien le decían “El Mono” y Miguel Ascanio; y agréguese a Don Luis Albert, un catire descendiente de inmigrantes, muy conocido porque siempre andaba metido en un flux de gabardina blanco, incluso cuando estaba labrando maderas frente a su banco de trabajo.

 La técnica y reciedumbre de su labor la desarrolló también en la talabartería “Venezuela”, fundada por el conocido empresario villacurano  Reinaldo Silvera, en pleno centro de la comunidad de “Las Tablitas”, una factoría reconocida no solo en el territorio nacional sino fuera de sus fronteras, ya que sus productos fueron comercializados en una oportunidad para el extranjero.
Su largo transitar por donde se paseó en la vida estuvo lleno de anécdotas,  de historias simpáticas. “Washington” no  era un hombre de carácter taciturno. En su faldiquera nunca cargó el peso del dicho que dice: “Muchacha no quiere a viejo”; Mujeriego. Nochienago.  Le gustaba disfrutar de los tragos, visitaba los botiquines de la barriada donde solía  reunirse con sus amigos alrededor de una mesa a platicar o jugar dominó. En sus días libres y los fines de semana degustaba de las copas, frecuentaba el conocido “Bar Deportivo” de Pompilio Martínez, el más concurrido del barrio “La Represa”. Él sabía de memoria que este bar  poseía una vistosa rockola con una larga lista de discos de 45 rpm grabados con música  de los años 50 y 60.
Hubo un tiempo  que las  rokolas tocaban cinco discos por un bolívar, la música preferida del viejo bohemio eran los tangos, pero también se complacía escuchando temas románticos interpretados por el trío los Panchos, Daniel Santos, Odilio González  y Julio Jaramillo. No pude preguntar la razón pero me consta que la canción que más le hacía feliz era un bolero titulado “Una Copa más”, en la voz del dominicano Alberto Beltrán, con el acompañamiento de la Sonora Matancera. La música y letra de aquella canción significaba para cualquier despechado como si le clavaran una puñalada en el pecho: “Una copa más que te brindo al despedirnos/ por nuestro cariño que no volverá/ nuestro amor fue tan grande que dejó de existir”. Derrotado pero erguido, el hombre reconocía que la vida  es ceniza y humo la alegría y el amor.

 Quiero recordar como anécdota que el maestro Víctor hubo veces que en el fondo de la noche, cuando todo quedaba en silencio le introducía un bolívar a la rokola para remarcar cinco veces seguidas “Una Copa más”. El volumen y las notas de la canción se deslizaba entre las ramas y flores que había por el solar de su casa que quedaba a una cuadra de distancia y como una saeta llegaba a los oídos de doña Margarita, quien enseguida comenzaba a rezongar: “Muchachos escuchen… su papá está en el botiquín de Pompilio". A veces el viejo amigo al notar la presencia de alguno de sus hijos, callado y sonriente partía con ellos. De dos manotazo abría las portezuelas batientes de la cantina de Pompilio y se venía por el medio de la calle con su perorata: “Washington, la gran capital”, como sumido en un mundo construido a su medida.
Hubo un momento de su vida en que don Víctor ya apaciguado por los años tuvo necesidad de dejar a un lado la fuente primaria de su labor y se fue acercando a la repostería. Me refiere Elio Agraz que su abuelo marcó pauta en la elaboración y venta de la popular jalea de mango, cuyo conocimiento y técnica heredó de antiguos maestros entroncados en la misma familia. Todavía se recuerda en los  barrios Las Tablitas y La Represa la venta de este tradicional producto que fue de mucha demanda por las antiguas bodegas, aparte de lo que  vendía a grupos de personas en la calle y las que entregaba en los hogares por encargo.
El señor  “Washington”, fue un hombre de figura campechana, respetado por todos, desprovisto de vanidades materiales. Gracias a Dios me conté entre sus amistades. El 05 de julio de 1971 la muerte con su guadaña le llegó en la noche de manera silenciosa a llevarle la vida, lo único que el viejo amigo poseía.
No sé el porqué, pero mi alma hoy amaneció evocando el nombre y el apodo de este gran amigo, aparentemente taciturno, pero bueno, francote, bohemio, honesto a toda prueba y trabajador incansable, quien se marchó a la eternidad sin haber visto cumplido su sueño de conocer a la gran capital  de los Estados Unidos, a la que tanto alabó y cuya sola mención en las ediciones radiales  del “Repórter Esso” lo llenaba de satisfacción y alegría. El epígrafe de su tumba debería de rezar: “Aquí yace el popular “Wanshigton”.




La Villa de San Luis, junio  de 2017


COMENTARIOS:

Denis Ceballos Mi familia, que gusto, yo soy Denis Ceballos Esaa


Carlos Lopez Muy.bonita.historia de.mister Washington,bueno no sabia ese apelativo,pero si llegué a pasar.por la herreria donde laboraba,en mis correrias vendiendo las Ultimas Noticias,por un simple mediecito,0,25 de los bs de plata,de aquella época. Yo empezaba con mi venta,de 50 periódicos,desde la curva de los Ascanios,pregonando los titulares,impresos en ese diario,mister Washintong,me daba mi.medio,yo alegre decia.para mis adentros: “Me quedan 48,y alpargatas pa que te teng”,seguía mi camino por la polvorienta calle del ganado,de escaso tráfico,en la epoca del 52, yo con 10 años,ayudando a mi familia,y a escondidas de mi papá,que siempre me recriminaba que esa vaina de.vender periodico no era rentable,porque.mis ganancia de 50 centavos,por patear la Lisandro desde los Ascanios hasta la alcabala de policia,que estaba a la salida,donde hoy esta la bomba de gasolina,era un trecho muy largo,y el policia de guardia,siempre me decía: “Mira carajito,te voy a dejar preso,por traer la prensa muy tarde” Pero fueron etapas de mi vida,que hoy me llenan de nostalgia de ese pueblo,donde llegué.en el año 49