jueves, 29 de diciembre de 2016

¡VENGAN QUE TENEMOS DULCES!

   



Gilberto Montilla, miembro de la familia Pèrez
¡Pura tradiciòn dulcera villacurana!
         

Por  Oscar Carrasquel


Dulcero o dulcera, es un término muy usado en todos los pueblos de Venezuela para denominar a aquellos hombres y mujeres que se dedican a la fabricación de dulces de la receta criolla, ellos formaron o forman parte de nuestras tradiciones y costumbres culinarias. Algunos no son conocidos por las nuevas generaciones. 

En la Villa de Cura de las décadas del 40 y 50 del siglo pasado los hubo por montón, cocinaron artesanalmente en fogones de leña y en hornos de barro; básicamente para vender sus productos en forma ambulante, o colocados en grandes y aromosos azafates  ubicados  en bodegas, posadas, bares y otros establecimientos menores. Siento que no son todos los nombrados por lo dificultoso de la pesquisa. La búsqueda se centró en épocas diferentes.

DULCEROS DE LA PLAZA MIRANDA
Como todo pueblo acumula valores y experiencias de otros lugares, también transitaron por el pueblo dulceros que venían de otras localidades a exhibir en sus azafates la dulcería criolla, queriendo imponer su estilo y calidad. Famosos y tradicionales dulceros y dulceras  procedentes de la ciudad de Turmero frecuentaban La Villa en época de Semana Santa, diciembre y Peregrinación.  Se dispersaban con sus mesitas y bandejas  alrededor de la Gruta y la plaza Miranda.  Traían catalinas, roscas, conservas de leche, conservas de coco, pepitas de leche, bizcochuelos, bocadillos (mitad leche y mitad guayaba), rosquitas de pan de horno, róscanos, polvorosas, ponquecitos, papitas de leche, cortados, besitos de coco, y bocadillos de guayaba. 
Unidos como cooperativistas y en espléndida hermandad se reunían para vociferar  en voz alta una pegajosa consigna  para promocionar sus productos, la cual  aplicamos para titular esta nota:


¡Vengan que tenemos dulces!…


DULCES DE DOÑA MARIA PALUMBO
En la Villa recuerdo yo de mis años mozos que existía el “Bar Palumbo”, situado en la calle Bolívar o Principal, cruce con Urdaneta, donde se asomaban en sus vidrieras una llamativa variedad de dulces servidos en tazas para postres: lechosa, quesillos, rodajas de toronja, higos, cascos de guayaba,  cabello de ángel, arroz con coco,  arroz con leche,  tortas de queso de concha negruzca, con su toque de almíbar por encima. Cualquiera de estos bocados se conseguía por el precio de 0,50 (un real) cada uno. Toda aquella gama de dulcería criolla era puesta para la venta por la señora María Palumbo que tenía su residencia por la calle Real (Bolívar) cerca del botiquín de su hermano Carlos Palumbo.


DULCES DE PANADERÌA CON FÓRMULA DE ANTAÑO
La panadería El Comercio de Juan Pancho Rodríguez, patroneada últimamente por mi compadre Juan Alayón “Loco Lindo”, quedaba frente a la tienda de “La Casa de los Cuadros” por la calle del Comercio. Fue famosa por la dulcería que exhibía en el mostrador, la lista incluía la famosa catalina (blanca y oscura), pan redondo azucarado, cortados,  rosquillas coloradas, pan de pavo, besos de coco, acemita, clinejas dulces, rebanadas crujientes, golfeados y los populares “recortes”. Otra referencia similar la tenemos cuando nombramos también a la Panadería de don Miguel Calvo, situada hace bastantes años por un costado de la casa parroquial, que siempre tenía un buen inventario de esta dulcería doméstica sobre un mesón. Sin olvidar la panadería de Don Pancho Parra, situada por la calle Sucre. 

DULCES LAS 24 HORAS DEL DIA
Un amplio y muy antiguo currículo como  panaderos, pero especialmente como dulceros, acumula la familia  Pérez Torrealba, por la prolongación de calle Páez de Villa de Cura. Se criaron y trabajaron todos juntos. Simón Pérez  fue el patriarca y glorioso fundador de esta dinastía de dulceros, fue quien abonó el camino para que su huella la continuaran  plasmando Armando, Miguel y Vicente Pérez, como  gajos de un mismo ramaje y de la misma fibra. Todavía se pueden seguir probando los deliciosos dulces criollos elaborados por este eslabón familiar. Se consiguen de la misma  muestra y variedad de los vendidos antes en la plaza Miranda. Para adquirirlos hoy solo tienen que dirigirse a la parada de autobuses del Parque Niño Simón, antiguo CVN. Con toda seguridad  se encontrarán de frente todos los días de la semana con uno de los miembros de la familia  Pérez, con su azafate lleno de dulces de diferentes formas y colores.

JALEA  DE MANGO EN LAS TABLITAS 
En un especialista en la fabricación de jalea de mango verde se convirtió  el valenciano Víctor Rojas Esaa, cofundador de la  comunidad de Las Tablitas. En La Villa le decían por apodo “Washington”, y con igual gusto respondía el llamado; vestido de riguroso lino blanco y luciendo siempre un fino sombrero Borsalino. Los años transcurridos detrás de un taller como talabartero no le detuvieron el impulso para el desempeño de otras  labores. Lo cierto es que tenía su centro de operaciones en el propio solar de su casa, de allí  salía  cocinado el postre hecho de mango  verde que él mismo salía a vender y a repartir por las calles de la población.

LAS INIGUALABLES  “PELOTAS”
Iguales cualidades gastronómicas para hacer jalea de mango tenía la señora Agripina Izaya; quien también fabricaba un dulce en forma de bola de béisbol que se llamaba “Pelota”, muy exquisito, envuelto en hojas de plátanos sin amarre. A locha la unidad. Su casa de habitación era en la calle Páez, y desde luego, aprovechaba para poner en exhibición sus ricos manjares en la bodega de don Gerardo Breto, ubicada a cien metros de la esquina “El Coco”. 

TORTAS PARA BODAS Y CUMPLEAÑOS
Otra dulcera reconocida en Villa de Cura que se dedicó casi toda su vida a la fabricación de dulces de toda clase, incluyendo tortas para bodas y cumpleaños, fue la señora Alicia Melo, hasta que la muerte decidió venir  a recogerla. Tuvo  esta matrona su casa por la calle Páez de Villa de Cura.

JALEA DE CARLINA PADRON
Esta doña, delgada y alta, de sonrisa tímida y largo camisón, vivía de la hechura y venta de exquisiteces criollas para sostener su hogar con sacrificios. Famosa fue la jalea hecha de mango verde o maduro de  doña Carlina Padrón, con aquel sabor ácido-dulce característico de su manjar. También hacia los famosos bizcochuelos. 
Con el riguroso propósito de  cumplir los encargos,  se  podía observar diariamente su caminar parsimonioso por las calles  de la Villa, con un gran azafate sobre su cabeza, sin sostenerlo con las manos, haciendo una perfecta armonía, como si fuese una equilibrista circense. Los dulces eran para satisfacer encargos y distribuirlos ella misma entre su clientela fija.

CARAMELOS DE PAPELON
No es posible dejar de recordar los sabrosos, melcochosos y populares  caramelos de papelón, su sola mención nos hace agua la boca. Era un caramelo de color oscuro envuelto en trocitos de papel blanco de pulpería, que cuando uno lo llevaba a la boca se le quedaba adherida la miga gomosa entre la comisura de la dentadura.  Tenía muchos seguidores por lo económico, sabroso y divertido que era. En la pulpería de Don Lope Esaa, en la calle Sucre, recuerdo que nosotros los comprobamos, diez caramelos de papelón por dos centavos (10 céntimos) y los llevábamos a la escuela. En Villa de Cura fue un tipo de golosina de consumo masivo, hecho a base de papelón fundido, famosos entre la chiquillería y también buscado por los adultos. En principio los elaboraba  y distribuía hasta su muerte doña Zoila Salvatierra por la calle Páez. Continuó la tradición  patroneando el fogón la señora  Rosa Castro, que no llevaba su apellido pero fue su hija, hasta que  una horrible tragedia llegó a terminar con sus días. “Rosota”, que así le decían sus allegados por su tamañote, habitó un viejo caserón  por la calle Real donde tenía su fogón de leña. A ciegas, sin necesidad de mapa, se podía localizar su dirección, solo con perseguir el fresco aroma a papelón que invadía la atmósfera. Estos caramelos  cobraron tanta fama que finalmente  la gente,  de acá y de afuera hacía largas colas, parecidas a las que se hacen ahora en los supermercados, para comprarlos. 

CARAMELOS DE AZÚCAR Y DE PAPELÓN
Con qué orgullo villacurano recuerdo como si fuese hoy a la figura de otra mujer por la calle Rivas Castillo,  llamada Carmen Castillo, mejor conocida como “Carmen la Caramelera”, que  igualmente fabricaba el  caramelo de papelón para granjear el sostén de la familia. Este tipo de golosina despareció de nuestro radar, nadie más ha podido o se ha atrevido a resucitar esta fórmula de antaño. Igualmente fabricaba un bombón llamado “caramelo de azúcar”, envuelto en papel transparente. 

PASTELES DE MERENGUE
Al final de la calle Real  habitó una casa de esquina que aun respira en la ciudad  una familia de modales educados  que llegó de los páramos andinos a Villa de Cura, a finales de los 40.  Entre los paredones de aquella vieja casona doña Ana Suárez de Pasquier, con su saber aldeano preparaba los pasteles de merengue más deliciosos que yo haya probado.  Recuerdo con nitidez que siendo yo  un adolescente  visité su casa, paseando la amistad con uno de sus hijos, y aquella madre para todos nos sirvió en la ocasión este riquísimo pastel, calientico todavía,  recién salido del horno. Era una torta esponjosa cubierta con un blanquísimo manto azucarado por todos lados. No le daba tiempo a la matrona de exhibir los “merengues” en peldaños de vitrinas. Los rostros  de transeúntes  que atravesaban la calle se asomaban al portal, tocaban  y rápidamente se los llevaban.

DULCES TRADICIONALES 
La sangre humana a veces pareciera tener una energía que se trasmite de abuelos a nietos. Les tengo que contar que hace  tiempo ya, las hermanas Flor y Rosana Hernández Pasquier, nietas de doña Ana Suárez de Pasquier, pese a las dificultades para darse la mano con la materia prima, este par de mujeres poseen la fórmula perfecta para elaborar dulces de higo, buñuelos de yuca, dulce de lechosa verde, suspiros y variedad de dulces de otros matices. De oídas supe que ellas son silenciosas, los distribuyen entre familias amigas y conocidos, pero siempre están dispuestas para atender y satisfacer cualquier pedido a domicilio. En estos días yo pude probar alguno, la sorpresa fue mayúscula, la sensación es que son deliciosos, se los recomiendo.   

PISTOLITAS DE MIEL, CAMBUR PASADO Y BOCADILLOS
No hay que olvidar otra golosina muy delicada, popular y atractiva de principios de los años  cincuenta, se trataba de unas figuras de pistolas que parecían de verdad pero en miniatura, preparadas a base de una mezcla de azúcar blanca, con un  relleno de pura miel de abeja. Uno le pegaba un mordisquito al cañón del revólver  y le succionaba  la miel como   el colibrí a una flor, luego la pistolita azucarada la derretíamos en la boca ¡Una verdadera delicia! Los elaboraban en su casa Pedro Guirado y su hermano Félix Guirado. Esta dupla de hermanos agregó para la venta cambures pasados, suaves, de color oscuro, rociados con melado de papelón. También  hacían ellos unos incomparables bocadillos de plátanos. La dulce evocación la comparto hoy con doña Rosario Silva y nos hace imaginar la época de la niñez.

MAJARETE Y CARATO DE MAIZ
Por años, en el barrio La Represa vivía una señora llamada Carlina Casado, su especialidad era la fabricación  de majaretes hechos con leche, azúcar y  coco rallado, espolvoreados con canela molida, que le ponía a menear el paladar a cualquier cristiano. No tenía tiempo de mandarlos a vender a la calle, ni de ponerlos a la venta en los negocios, ya que  la gente corría desesperada a su casa a comprarlos por platos enteros. Estos majaretes adquirieron mucha fama en la urbe y hasta se lo venían a encargar desde pueblos vecinos. También preparaba todo el año un agradable carato de maíz  que envasaba en unas botellitas de refrescos retornables. Taponaba la boca de la botella con hojitas de naranjo o  de limón y le introducía astillitas de canela. Los entregaba acomodados en gaveras de madera para que lo expendiera don Francisco Martínez en su bodega “La Loca”, por la antigua calle Guárico. Dos centavos pagábamos por la chicha, en ese tiempo los refrescos manufactureros costaban 0.25 (medio).

AREPITAS Y BOLLITOS DULCES
En el barrio Las Tablitas,  la señora Adela Martínez era especialista en la elaboración de unas arepitas dulces doraditas que parecía que las inflaba, adornadas con semillitas de  anís,  como si se tratase de unos lunarcitos, una delicia para desayunar, acompañadas de café aguarapado.  En época navideña y misas de aguinaldo, volaba este producto entre la gente madrugadora y especialmente entre nosotros los muchachos patinadores. A 0.25 la unidad. Si se agotaban las arepitas entonces quedaba la opción de los exquisitos bollitos dulces con su toque de queso rallado. El café colado calientico iba por cuenta de la casa. Doña Adela fue abuela de un buen amigo nuestro, el desparecido pintor villacurano Carlos Martínez “Cejota”.

EL CÉLEBRE PONQUÉ
En aquella Villa de Cura apacible y airosa del 50 causó sensación un panecillo llamado Ponqué. Era un pan dulce, redondo, esponjoso, color marrón oscuro, revolcado en azúcar y con fragancia de vainilla. La materia prima era harina de trigo, mantequilla, huevo y leche. Los panes los cocinaba  doña Josefina Boiko, en el solar de una vieja casa de Las Tablitas, callejón 1, doblando para la calle del Comercio. La doña, venida de Ucrania, distribuía su producto dentro de un canasto tapado con un pañolón blanco. Sus clientes predilectos eran la población escolar a quienes les encantaban. Caminaba unas cuantas cuadras y de regreso no le quedaba ni uno. Aquel delicioso bizcocho costaba una locha (12 céntimos y medio) la unidad.

POLVOROSAS
De las manos y el recetario de la señora Ana Flores es la fórmula para hacer las  agradables polvorosas caseras que yo conozco. Son unas galleticas consistentes, dulces y abombaditas, espolvoreadas con azúcar, tienen forma de arepitas, de un riquísimo sabor. Poseen muchos años de tradición. Todavía las hace y distribuye la susodicha señora  en el sector de Las Tablitas de Villa de Cura. Ella las pone a la venta en los negocios con los cuales está relacionada, pero también cumple con pedidos para fiestas y reuniones. 

CONSERVAS DE COCO
Conservas de coco blancas hechas con azúcar, gordas y consistentes, las hacia hace más de medio siglo la señora Liduvina Linero. 0.25 valía la unidad. Pero sacaba un modelo de su especialidad concebido a base de papelón que era de color negro y melcochosa,  fue la conserva más exigida por los clientes en la bodega “Las Brisas”. El aroma que producía su confección y hasta su traslado en bandejas por un zagal inundaba todo el espacio de la llamada “cuadra larga” o calle Urdaneta, adonde muchachos siempre jugábamos pelota de goma y lugar en que tuvo su residencia esta dama.

PAN DE DULCE CASERO
Don Pedro Linero, un hombre bajito y muy ágil, mejor conocido como “Pedrito Linero”, en los años 50-60,  siempre cargaba dos cestas grandes de mimbre atestadas de pan dulce de diferentes tamaños y características, montadas en el cajón y la parrilla de una bicicleta tipo de “reparto”. Todos los días desde las primeras horas de la mañana cruzaba las calles de La Villa en su caballito de dos ruedas. Se paraba en las puertas de los colegios, pero también cargaba una libretica para anotar las casas donde dejaba fiado. En casa, recuerdo que dejaba las sabrosas acemitas y rebanadas envueltas en una bolsa de papel en el quicio de la puerta, en esos tiempos  nadie se metía con ello.

TABLETAS DE COCO DE VARIADOS COLORES
Tabletas o conservas a base coco rallado y azúcar, semanalmente todavía los vemos desfilar en una bandeja de aluminio a la bodega de don Régulo Ortega, por la calle del Comercio, duras, quebradizas; las hay de variados colores: rosado, blancas, negras, ambarinas. Son elaboradas por doña Paulina Aponte. Ella es una viejecita de pasos lerdos, y de cuerpo dobladito por el paso del tiempo. La ultima de la cola que queda de las tradicionales dulceras de Las Tablitas. Casi frisa los noventa años de edad de los cuales lleva más de setenta elaborando estas conservas como legado de su estirpe familiar. 

RÓSCANOS
Llamados indistintamente: rúscanos, aliados o templones; creo que es uno de los pocos confites de contenido animal,  su materia prima es el tuétano de la pata de ganado. En La Villa hasta no hace mucho, cobraron fama por el arte casi mágico de la señora Josefina Valera. Muchos años los oímos pregonar a todo grito en las calles por el popular Celso Valera; un hombre muy activo y ocurrente que salía a pie a vender sus dulces, hasta que los años como una tormenta, le cayeron encima a su cansada humanidad. 

PANADERO Y DULCERO
Antes, por ahí entre los años 60 y 70, si se encontraba usted por la calle a un hombre  trigueño, de pequeña estatura, vestido de kaki gris , que andaba encima de  una bicicleta igual que un águila solitaria; con la mano derecha siempre apoyada sobre el manubrio y con la otra sosteniendo una cesta, seguro que se trataba de Pablo Rondón, a quien por cariño llamábamos “El negro Rondón”, con su cargamento de catalinas, cortados, roscas coloradas, polvorosas y toda esa escalada de la dulcería autóctona, ofertándolos por todas las calles villacuranas. Para ponerlas también en exhibición en los negocios vecinos. El hombre tenía su centro de elaboración por el oeste de la ciudad, donde llaman Las Rurales, detrás del viejo cementerio municipal. Con más de 90 años de edad ya se encuentra retirado de estos menesteres.

COROLARIO
Hoy  nos vino a la cabeza abordar este  tema para ejercitar un pelo la memoria, o debió ser también porque en días recientes me asomé con timidez, “como muchacho pobre ante juguete caro” (rememorando los versos de Andrés Eloy) a la vidriera de una  panadería en La Villa y pude observar el importe  de una tortica, cuyo precio estaba marcado en 16000. Si la cortamos en 8 pedazos, cada bocado sale por la bicoca de 2000 (dos millones de antes). Desde luego me puso a pensar y dije:-“ Yo añoro mis remotos tiempos de muchacho dulcero que fueron los mejores y más sabrosos”.   



La Villa de San Luis, Navidad de 2016






miércoles, 28 de diciembre de 2016

MARIA LAURA

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Por Oscar Carrasquel


Al mundo llegaste 
María Laura,
En una fecha cercana
Al nacimiento de Jesús.
Como primer nombre llevas
El de la madre del Mesías.
El aroma de un mes de diciembre 
Te trajo en la Valencia señorial
Viste someter en tus sueños
A Herodes en Belén
Hoy también mi verso 
Acariciando el alma
se regocija placentero
Porque olorosa a jazmines 
Mi querida María Laura
Por la gracia de Dios eterno
Hoy celebras tu cumpleaños.



VALENCIA, 28 DE DICIEMBRE DE 2016

domingo, 18 de diciembre de 2016

RECADO DE CUMPLEAÑOS

                   

                                                   Por Oscar Carrasquel


             Así como un arroyo, de lo natural,
             igual es Elio Martínez. 
             Muestra un  mirar de flor de girasol
             cuando toma la luz cristalina del sol. 

Hoy añades un peldaño más a tu vida,
te van  cayendo primaveras 
como caen las gotas de lluvia
en una corriente crecida.

El bardo continúa cabalgando
             el potro del  tiempo,
gracias al Dios del cielo
y a la Divina Providencia.

Gota a gota de vino,
hoy estarás libando
hasta que la noche te rinda
Y  te sentirás extasiado 
oyendo gauchescas melodías. 

             Por eso yo aprovecho
para regalarte en este día
un puñado de laureles,
como los que llevaba Ulises, 
             (el coloso griego) 

Para que venzas los vendavales,
te protejas del “mal de ojo”
y  de los quebrantos te resguardes.

¡Feliz onomástico pues, cantor
de lirica gracia! 
Allá…
en la quietud de tu búnker lejano.

Que ese pastel carente de melado
para celebrar tu aniversario,
lo cubras con pétalos de claveles
             y  lo envuelvas, en vez de dulce,
             con las mieles de tu poesía.





                            La Villa de San Luis, 18/12/2016

domingo, 11 de diciembre de 2016

CON MARIA TERESA FUENMAYOR


Por Oscar Carrasquel


Si buscar a María Teresa,
yo me propusiera,
en las páginas  de un cuento
de Tío y Tigre y Tío Conejo.
libre de asombro seguro me encontraría:
con las gotas de rocío que sueltan  los campos,
con el relumbre de un cocuyo,
con la danza de una mariposa,
con un día de labor de una hormiga
con el aleteo de una abeja en su panal
con el canto a dúo
de un arrendajo y un turupial.
y al final,
¡Con una noble  y generosa amiga
que me doy por exaltar!
                                       


Navidad, de 2016


TODO UN MILAGRO

         

         
 Por Oscar Carrasquel

  A  Carelis  y Luis Alberto




Primera vez que noto
un helecho
brotar del ras de la tierra

Primera vez que conozco
a una gran mujer
que vence tantos dolores

Hoy, para Judith Buitrago, 
desde la  quieta calma
de mi oratorio, 
va este recuerdo filial

Su fe al Creador le sirve de acicate
porque al destino debe enfrentar

Lo demás, con infinita confianza, 
lo deja  entre  bragas verdes 
y  batas blancas

Empatía, día y noche, 
Jesús concede a sus hijos
para que el sufrimiento apacigüen

Ella sale airosa de tan gigantesca
experiencia,
Ya siente que  el dolor a veces
es sordo

La osada mujer al fin, 
alcanzó a coronar
tan empinada cuesta

Gracias a Dios bendito,
y a la cadena de oraciones
que abren el camino opuesto.

domingo, 4 de diciembre de 2016

LA VIDA EN UN SUEÑO

     
Por Oscar Carrasquel


Sueño con un poema lírico
roto en mil pedazos
Rompen la alta noche
como una punzada certera
fantasmas que toman por asalto
la ilusión
como un narrador interpretando
una novela
Síntomas de una nostalgia
que tuvo su ritmo
Cada capítulo tiene una historia
de herir diferente
Capítulos de la vida
que lastiman lo pretérito
Viejas cicatrices retornan como lanzas
Traspasan el viejo músculo
todavía fingiendo melodías.

Navidad 2016



viernes, 2 de diciembre de 2016

CONRADO MONTEVIDEO, EL “SAN NICOLAS” DE LA VILLA



                                                              A  Carmen Rivero, su mujer, también a  sus hijos, nietos y demás familiares con el más puro afecto.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                         Por Oscar Carrasquel

Se sabe que la muerte viene a ser como  una feroz lucha entre dos oponentes que termina cuando uno de los dos contrincantes muere, pero sabemos también que la muerte  es incubadora de un sentimiento de dolor difícilmente de ignorar. Hoy Conrado perdió esa batalla, su cuerpo físico al fin se rindió. Luchar contra la corriente de aguas del destino es imposible y el viaje sin retorno  es una tarea improbable de detener. Dios en definitiva es el juez que nos fija el día y la hora. Por eso en  la vida  se sufre,  se llora, pero también hay que llegar hasta las puertas del tiempo  como  lo hizo Montevideo, sonriendo en cada momento.  

Conrado, era hijo de  Pablo Montevideo y de Juanita Cortez de Montevideo, hoy difuntos, nacidos de vieja y tradicional familia villacurana todavía con  alguna ramificación palpitante al sureste de la ciudad. 

        Hoy le correspondió el turno al amigo Conrado Montevideo, el vecino de pared por medio al costado de una arboleda, un hombre calmudo y callado nacido en el sector La Represa de Villa de Cura el 15-08-60, que variando su rumbo  se vino a vivir y fraguó familia en el callejón Ezequiel Zamora sur de Las Tablitas. Allí compartió soles y lunas al lado de una estupenda mujer del sector, vio nacer y crecer a sus  hijos y saboreó la alegría de dos de sus nietos, luchando con sus propias angustias; el patriarca, el hombre luminoso y gentil que todos conocíamos y al igual que Garritk, quien fue el más noble y aplaudido de todos los actores del mundo, Conrado, sin proponérselo casi lo empareja,  porque  tuvo la virtud de ser maestro en el arte de entretener a la gente de todas las edades, muy especialmente a los niños que fue su mayor riqueza y siempre los hubo a su alrededor. Así de esta manera, divirtiendo al mundo infantil comenzaba su marcha inmortal en la comarca, La sonrisa y la alegría de un niño le sabían a gotas de lluvia y burbujas de rocío y al frescor de cuando llega una tarde lluviosa.

En la mente conservo aun la imagen de un hombre de rostro pálido con   un extraordinario parecido  a  la popular figura de San Nicolás, llamado también Santa Claus, era una especie de doble de este personaje pascual. Y así queremos personificarlo. 

           No escapa de nuestra memoria que en algunas ocasiones  irrumpía como una sombra  por el frente de casa, mientras un niño jugueteando con su hermanita , corrían exclamando por los pasillos: ¡Abuelo,  llegó  Navidad,  pasó San Nicolás ¡ Y desde luego, uno no  puedo dejar de evocar su estampa navideña de cuando avanzaba la fragancia decembrina, convertido en un genuino Papa Noel. 

             Su contextura obesa, su piel rubia, enfundado en su vestimenta roja y blanca y su abundante barba de azucena, su boina de piel de oveja, con sus claros espejuelos como si fuesen dos anillos,  sin poder esconder unos  ojos que eran radiantes y resplandecientes. En sus manos traía   una mochila llena de golosinas, caramelos y globos de colores,  y aviones en miniatura,  para el niño que volar quisiera  y buscara aterrizar en el regazo de aquel  caminante muy admirado por ellos.

En días Pascuales, sin falta ¿Qué niño de nuestros barrios de la parte sur de Villa de Cura no conoció a este Santa Claus? cuando llegaba y  se bajaba de su trineo cada 24 de diciembre, se posaba en cada casa y seguía,  recorriendo las mismas calles de su pueblo; dotado de una fuerte y ronca voz saludando a todos  los presentes, llevando su mensaje navideño que simbolizaba la llegada de Papa Noel:
 “Joooo…joooo. ¡Feliz Navidad!...

 Hoy aparto mis ojos y  noto  su ausencia, segado por la oscuridad de la negra noche de su partida, pero no es extraño que  todavía escuche surgir  su voz, cuando llegaba y se instalaba  en el solar de su casa a platicar con los pequeños. Y uno sin pensarlo, le entra  una profunda nostalgia, como  queriendo fundir la risa con las lágrimas. 

         En el hogar de cada niño de esta manzana y en especial la de nosotros dejó con su accionar una huella difícil de borrar, porque era llamado y siempre estaba dispuesto,  sin cobrar emolumento alguno, para  servir de cauce y  llevar  los obsequios del Niño Jesús a los pequeños de la casa y alegrar sus rostritos de cristal. No hay duda que llegará la próxima Nochebuena y los niños con sus inocentes caritas, prestos para las alegrías,  continuaran reclamando y repitiendo su nombre, sin saber que este viejo peregrino con su morral terciado al hombro, montado sobre una nube, ya emprendió su último vuelo para llegar al cielo.

Cada  hogar que visitaba  aquel San Nicolás se llenaba de chicos, se derramaba la música de aguinaldos y también los ornamentos pascuales, tanto en  la entrada como en los rincones de la casa. Y la luna con las estrellas con su fresca sonrisa  posaban  alrededor del arbolito y del pesebre iluminados, mientras  los más grandes de entregaban a tomar fotos para el recuerdo.

 Como era costumbre, la escena se repetía cada Noche Buena de Pascua. Solo Conrado Montevideo (el célebre San Nicolás de  Villa de Cura) gozoso de esa apoteosis sabía trasmitir la sensación de alegría que compartía con toda la chiquillería, porque tal vez ya contaba a Dios  alojado   en su generoso corazón colmado de tantísima pureza.

En ciertos años atrás,  las calles y avenidas de La Villa eran estrechas  para  albergar la cantidad de gente, grandes y chicos, que deseaban admirar, o también tocar con sus las manos a  Santa Claus montado sobre aquel carruaje, precediendo los grandiosos desfiles escolares  organizados por  instituciones educativas, públicas y privadas cada diciembre.

         Esta fueron apenas una de las tantas ejecutorias que la sensibilidad  humana  de Conrado Montevideo  supo realizar en su paso por el camino de la existencia;  sin embargo algo me faltaría por decir de sus cualidades preponderantes; que en la etapa auroral de sus días fue un avanzado estudiante  y luego excelente cabeza de familia, ejerciendo una vocación de trabajo particular para subsistir, en la Venezuela presente  sumergida en múltiples problemas y calamidades.


Adiós pues Conrado Montevideo, cronista del buen humor y  la alegría de este pueblo, auspiciador de  sonrisas de la muchachada reunida cada diciembre; te fuiste luego de acompañarnos la Navidad   de 2015, evento que cumpliste haciendo un extraordinario  esfuerzo, no obstante estar resistiendo el avance de una enfermedad que venía minando progresivamente tu salud. Atrás dejaste una estela de recuerdos sin que ninguno haya logrado venir a reemplazarte… Te despediste de manera física de este mundo el pasado 09 de enero de 2016, pero nos queda tu presencia espiritual y tu imborrable huella en el rostro y en el corazón de cada adulto y niño de nuestro pueblo, ¡debemos aprender a reír llorando, y también a llorar con carcajadas! Este fue el  último de los mensajes inmortales que nos dejaste inspirado en el bardo mexicano Juan de Dios Peza. 

Conrado Montevideo, hoy elevamos una oración a Dios por el eterno descanso de tu alma.

La Villa de San Luis, Año Nuevo  2016






















domingo, 20 de noviembre de 2016

MENECO, UN PERSONAJE POPULAR



                                                         Por Oscar Carrasquel

      ¡Natividad¡ Así de sencillo lo mandó a bautizar su madre porque nació en el mes más alegre y feliz, como hace poco solían llamar al último mes del año. Aquellos diciembres de estreno de telas, hallacas, de Niño Jesús, de cantadores de aguinaldos de casa en casa y de paz en la mente y en el alma. Su apellido, el mismo de la madre: Bermúdez.  Nació en Tucupido, capital del municipio José Félix Rivas, estado Guárico. Su madre, buscando el rumbo del centro.  ancló en Villa de Cura para el resto de su vida, cuando eso el chaval contaba seis años de edad. Pero siendo un adolescente la gente logró borrar su verdadero nombre (Natividad Bermúdez) y lo reemplazó por un apodo muy corto pero sonoro: ¡Meneco¡  Y así se quedó y lo conoce todo el mundo. “Ese me lo pusieron los jodedores” -Fue la frase que me soltó-.

      Fue  un personaje con una estampa jocosa y muy singular en Villa de Cura, estrechamente conocido entre amigos de grupo de una época considerada dorada. Juegos tradicionales, travesuras, diversiones, chanzas, largas conversaciones y amistad, siempre fueron piezas que unieron a estos muchachos forasteros  con los del patio. Algunos llamaron a estos grupos: “cuerdita de jodedores”; pero fueron jóvenes sanos, juntos siempre, incapaces de irrespetar ni de provocar daños a nadie. Aquel que entraba a esta órbita no quería salirse nunca. 

      Después de pasados tantos años a Meneco ahora se le ve  en La Villa con su voz apagada, con sus pasos hundidos por las calles tumultuosas, visitando alguna plaza, mirando hacia adelante y a veces parado viendo hacia atrás. Rememorando nostalgias, sueños,  amores que llegaron, renuncias y recordando nombres lejanos de sus antiguos compañeros de aventuras juveniles. La mayoría emprendieron el viaje sin regreso. 

Ya han disminuido sus movimientos y ahora es lento su andar, por la carga de los años que se le vinieron encima. Ahora es solo la sombra de aquel hombre joven que pedaleando un caballito de dos ruedas veíamos pasar velozmente por las calles todos los días. Fue un muchacho vestido siempre de ropa limpia,  un pachuco de su época. Después que se alargó los pantalones, sin ser bebedor, nunca se apartó de los ambientes de bares y de visitar barras de cantinas olorosas a hembras. En los salones de  billares siempre lo veíamos haciendo de coime, o cazando y pagando apuestas en el viejo caserón de los Palumbo por la calle principal. Su lobby, era un sonado bar por la calle Bolívar donde además de bebidas, se conseguía la variedad de dulces de la cosecha de misia María Palumbo: dulce de arroz con leche, de cabello de ángel,  rodajas de toronja en almíbar y tortas de queso a un costo de 0,50 la ración; y además, Sándwiches rellenos de jamón y queso amarillo holandés a 1.50 (tres reales).

      Meneco fue preparador,  seleccionador y jugador de gallos de pelea, adonde reinaba la popular cuerda gallística denominada La Molinera. Con el popular Ángel Molina (Molinita) se hizo buen gallero. Aprendió bien el oficio, centímetro a centímetro. Por su modo de ser adquirió popularidad entre la gente que asistía a los grandes desafíos en galleras de la localidad y foráneas.  Jugador y apostador al azar.  Su historial se ubica entre las décadas de cincuenta y sesenta. 

      Gregorio García, el célebre vendedor de chicha de La Villa irónicamente le decía “doctor”, porque Meneco despectivamente y adrede lo llamaba “chichero”, sabiendo que le disgustaba al extremo que le identificaran por el oficio. 
      Narrador de cuentos y amigo de jugar tretas. Genial para derrochar jocosidades. Era la picardía hecha hombre.  

Hubo un día que  se le ocurrió colocar una enorme corneta de pera en un cruce de esquina de la calle Real, y cuando “el burro” Leopoldo Figueroa venía muy tranquilo frente al volante de su camión ganadero, Meneco activó el  sonido largo de la corneta, lo que provocó  que su amigo Leopoldo pegara un frenazo que casi lo hizo salir de cabeza por el parabrisas. “El burro”  le mentó la madre, mientras él salía en disparatada carrera.

      Otro día se apareció a la lonchería de Míster Botta, exigiendo que le preparara un sándwich “económico” y cuando el comerciante italiano le preguntó si era con jamón o queso, Meneco le dijo que lo quería con galleta de soda.

      Aquellos pequeños episodios humorísticos del personaje causaban hilaridad entre la poca gente que deambulaba por el silencio de la calle. Se peinaba su ondeada y relumbrante cabellera con brillantina Palmolive y siempre llevaba sus  patillas y bigote bien arregladito, al  mismo estilo del galán del cine norteamericano Errol Flynn, con lo cual sentía una especie de fantástica placidez, como si fuese dueño de todas las pinceladas de Hollywood.

      Fue un llanero convertido en villacurano, de familia humilde, dinámico y con una voluntad  decidida para ganarse con claridad  los centavos. Así, llevando la vida tranquila y felizmente  le recordamos los vecinos de su generación. Hoy, en una acera de la calle Blanca (Miranda) metidos en la conversa me dijo que ya debe pasar los ochenta y pico de garzón.                 

      Ahora, obviamente no es el mismo, en la ancianidad se entregó a representar al hombre solitario y triste que cotidianamente vemos caminar por las calles del pueblo. Casi no me reconoció por no contar con unos apropiados prismáticos, ni con el aroma fresco de la memoria. Pero posee el mismo trato amable y sonrisa de muchacho inocente. Hay días que en un cruce de calle o  en una acera, circulando en fila india para no tropezar  con buhoneros y personas haciendo cola o sentados en las aceras esperando productos, sencillamente lo saludamos y le decimos adiós Meneco. Y por supuesto nos responde atento el saludo de vieja amistad.

LA LUNA GRANDOTA




                                                             Por    Oscar Carrasquel  

                                                                                                

                               A la poeta Luna Francés, amiga,  como un silbido lejano.



La luna grandota del lunes,
esa noche insomne
la tuve cerquita en la mirada.

Pero no era la misma luna
que juglares y poetas retratan,

Era una luna de obeso desarrollo,
la vi desde mi oscuro lecho
de un color rojizo con negro.

A los astrónomos despierta
interrogantes.
Dicen que pertenece esta luna
a otro cielo de  astros extraños.

Yo sigo buscando a mi luna,
la que vislumbra el camino
a aquella que le cantó Legido,
la que “se mira en el espejo del rio”.

La mía es una luna rosada,
descuélgale  dos aretes amarillos,
viste de color violeta salpicado,
y del sol se resguarda con un paraguas.

La luna villacurana, a veces no es redonda.
De tanto rodearse de versos y cantares,
existen noches, en su paseo,
que su torso se ve agujerado.
                                                                   




  La Villa de San Luis, verano de 2016






martes, 1 de noviembre de 2016

EL PINO DE LA SUERTE Y EL AMOR



                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Por Oscar Carrasquel


Como es sabido por todos el pino es un árbol silvestre de corteza dura y resistente con forma de cono, de la familia de las Pináceas, de vertical y abundante ramificación. Es para la patria de Honduras lo que es el Araguaney para  Venezuela, “El árbol Nacional”; por ser el más pródigo y cultivable en aquel país centroamericano para múltiple usos, tanto ornamental como de aprovechamiento industrial y artesanal. Las numerosas plantaciones de pino en Venezuela son aprovechadas para la producción de papel. Los estudiosos describen, según algunas estimaciones, que existen en el país alrededor de siete especies conocidas de Pino o Pinus. Más allá de estas consideraciones, acorde a todo lo que hemos escudriñado, esta especie vegetal es símbolo de mucha importancia  para el Feng Shui en la sabiduría oriental, que lo vincula con la prosperidad y como símbolo de  longevidad, suerte en la salud y generador de fuerza física y espiritual. 

Hago esta natural exaltación para referirme a un paradero que conocí allá en  un pueblo sencillo y pacifico llamado Villa Bruzual, capital del municipio Turèn, situado en el sureste del estado Portuguesa, por allá en los años ochenta. Quiero que se recuerde que Turèn además de nacido para la agricultura, al igual que otras ciudades posee diversidad de sitios y lugares de tradición y leyendas. Casi pisando las primeras casas de la población de Villa Bruzual, en las afueras del pueblo, al borde de la carreta de asfalto, en una loma a la entrada de un fundo de campo abierto, existía un hermoso árbol de pino, alto, gacho, con su ala inclinada buscando la luz del horizonte, frondoso, bonito, bien conservado, con un refulgente ramaje color verde-azul, que se atisbaba desde lejos cuando uno rondaba por la carretera, con aquella característica bastante curiosa,  que todo su tallo lo tenía torcido y que de vez en cuando columpiaba con el soplido del viento. Parecía como si un fuerte vendaval salido del monte, de aquellos que abren y cierran puertas y ventanas hubiese doblado su  larguirucho tronco. Allí estaba esta curiosísima especie  de la naturaleza regocijado de la luz y el aire que le brindaba el siempre atractivo paisaje de la selva turenense, muy visitado por turistas y por conductores que transitaban aquella vía; todo el mundo se paraba en aquel sitio considerado por la curiosidad  de la ciudadanía como un auténtico milagro de la madre naturaleza. 

Cuentan que por todas sus cualidades benefactoras fue bautizado por la nomenclatura ciudadana como “El Pino de la suerte” y con este nombre también se conocía el lugar. Curiosa planta que según las viejas tradiciones solo en horas de la noche regresaba a su posición de verticalidad. Era raro el conductor, solo o acompañado, que transitaba por esa carretera que no se detuviera a visitarlo, tal como si fuese un santuario histórico; lo rigorosamente cierto es que todos querían verlo y sentir su energía de cerca. Algunos se paraban a  demandar un deseo de salud. Vi más de una vez a gente  que se colocaba debajo de su fronda, aunque fuera por unos minutos, para nada más tocar su tronco y besar su frondosidad,  asegurando que ello les proporcionaba buena suerte y hasta  trozaban para llevar un manojo de sus flaquísimas ramas. Se le consideraba como un árbol que cumplía la mayoría de los deseos, en especial cuando se resquebrajaba la coexistencia familiar. Siempre se oyó decir que activaba la energía de las parejas con incompatibilidad de convivencia. Se le vinculaba con el romance, por eso las parejas  jóvenes de enamorados se alborozaban bajo su ramaje, le formulaban  un deseo matrimonial que generalmente se le concedía. Los viejitos  también lo frecuentaban con un solo propósito,  buscando descubrir aires  de permanente juventud y para cocinar un bebedizo con sus hojas para lo que llaman los llaneros la hora de la verdad.

Yo ignoro si esta planta fue sembrada allí por algunas manos piadosas en medio de aquella  empalizada de chaguaramos y arboleda de mangos, lo que sí  se puede asegurar es que su creación y vigorosidad fue por gracia de Dios. Como ya ha pasado tanto tiempo, nada he sabido si hoy en día todavía existe este  árbol de pino milagroso en aquel lugar, o cual sería hoy su destino. Lo que si me atrevo a decir con propiedad es que el suelo de Turen es  sagrado y que sus tierras son fértiles por excelencia. En verdad,  se trata de un extenso territorio  totalmente verde bautizado con sobradas motivos como “El granero de Portuguesa”. 

Como colofón me encuentro  obligado a decir que, no se imagina aquel señor renco de ojos verdosos, de sombrero y de sonrisa ingenua, cómo le estoy  de agradecido, ya que sin yo pedírselo,  en la semi oscuridad de una tarde  se me apareció de sopetón  en veloz carrera pedaleando  una vieja bicicleta, como si tratase un pájaro solitario escapado de su cautiverio, se paró a mi lado, trabamos una conversación y me echó completico el cuento bajo aquella mata. Sus datos dados como verídicos y me experiencia de transeúnte por esas tierras me sirvieron para construir, ya transcurrido varios años, esta menuda historia de mi inolvidable parada de seis años en la bucólica  y deliciosa población de Turèn. 

La evidencia  de “El árbol milagroso” la obtuve por casualidad  en una elocuente fotografía acreditada a la periodista Ana Colmenares.




La Villa de San Luis, octubre de 2016.



jueves, 20 de octubre de 2016

TREMARÍA, UN ÁRBOL QUE CAMINA

                                                                            



                                                                                                                                                                                                      Por Oscar Carrasquel                                                                                                                                

Tremaría, a secas, así se le conoce en casi toda La Villa, principalmente en la comunidad de Las Tablitas, en donde hace tiempo está radicado y es ampliamente conocido. Flaco y estirado como un madero y la piel chamuscada igual a una palma quemada en medio de una sabana. Los pies llanos  de tanto andar y desandar solitario la calle  del Comercio villacurana. Secas las cuencas de sus ojos, iguales que el fondo agreste de un extinguido rio. 

En su mano derecha blandea erguida una varita apuñada entre los dedos, agitándola como si fuese el péndulo de una brújula que busca direccionar el horizonte de un barco extraviado. La varilla le va mostrando la ruta a seguir, la esgrime  para tantear  arriba y abajo los postes de la luz. De  esta manera se abre paso por el claro de la avenida con la natural reacción de los escasos transeúntes que lo miran conmovidos. 

Tremaría, no distingue con el brillo de sus pupilas pero Dios le dio la fortuna de ver todo su alrededor con los ojos de la mente y del alma. Entonces recordará que ayer fue un joven en plenitud de condiciones,  sin olvidar que fue desde  la tierra agreste de Santa Rosa de Anzoátegui de donde salió un día para anclarse definitivo en Villa de Cura. Una vez hecho un hombre en su terruño natal se enfrentó a la vida como ayudante en un puerto y luego se hizo chofer de camión,  sentado cotidianamente frente a un volante donde la vida le curtió los mil caminos de la geografía venezolana. Recuerda que en su pueblo natal asistía al colegio y allí se tragó los primeros libros y se divertía igual que cualquier muchacho de su pueblo.

 Desde chico nada de lo tocante al deporte le era ajeno. Practicó béisbol en su tierra oriental y en Villa de Cura por muchos años.  Acá en La Villa fue árbitro de béisbol menor lo cual desplegó en la liga menor zamorana y luego fue entrenador en serio de esa disciplina deportiva. En este último campo su siembra fue fructífera porque contribuyó a la formación de muchos jóvenes que luego incursionaron en el campo profesional, sin embargo se lamenta que ni siquiera ha sido acreedor de un homenaje de recordación por la dirigencia deportiva del municipio Zamora, aunque sí ha sabido que en el estadio vuelan los diplomas y reconocimientos a granel. 

 Golpe duro el que se llevó cuando siente perder el contacto visual con el paisaje, idéntico como un barco que en la noche pierde la luz del faro. Ayer viernes andando en una cola he podido observar de nuevo a este hombre taciturno  afincado de la puerta  cristalina de un Banco, estirando su mano de caricia implorando “una ayudita por favor”. La mayoría de las veces saborea el amargo polen de la indiferencia y sordidez de las personas que pisan, entran y salen por aquella puerta, en un país que se da el lujo de salir afuera a regalar sus riquezas.  

En la penumbra de cada tarde viene de regreso por la calle  del Comercio,  y uno lo ve cuando se aleja como un navegante perdido, con una varita bailándole  en la mano diestra, tanteando el borde y el centro de la acera y contando las esquinas, silbando canciones apropiadas con la identidad de sus desengaños, cortos sus pasos, sin fatiga, apostando a ganar. 

Una noche entera soñó con  un ángel que le decía que nuestro Señor  de los espacios alcanzaría a tocar sus pupilas con la punta de los dedos y ante una interrogación él le respondería: “Veo los árboles que caminan”. Cuando Tremaría se hace eco de esa bíblica expresión el mundo se le llena de esperanzas y alzan vuelo los sueños que sustentan su vida de invidente y caminante. Pero nada, solamente fue un hermoso  sueño.



La Villa de San Luis, octubre de 2016


COMENTARIOS;

Vane Sputnik El Señor Tremaria <3 Qué gran ser humano.


Yurmary Teresa Pino Oporto Tremaría tiene una particularidad que las personas no conocen: A pesar que no ve, sabe cuando va pasando por el frente de cada casa en particular, por ejemplo,  cuando pasa al frente de mi casa se le escucha decir: -"La casa de mi amiga Emiliana Caracho, Dios la tenga en la gloria"  Es su decir. 
Hace poco,  como cuatro meses acaba de enviudar por la falta de medicamentos, su Sra. esposa portaba un marcapasos.........

Cotejito
20 de octubre de 2016, 22:26
No soy de Villa de Cura, pero pasé 19 años viajando todos los días hacia el Cortijo, Ocumo , los Bagres porque teníamos 3 parcelas grandes las cuales sembrábamos con varios rubros al año: papas, caraotas , maiz, tomates, hasta que todo lo fuimos perdiendo desde que llegó Chavez al poder. Tengo 4 años que no voy a la Villa, la recuerdo con tristeza. esos días felices que pasaba todo el día bajo el sol y la lluvia para sacar de las entrañas de la Tierra lo más preciado para el ser humano como lo es la comida. Todo eso se perdió por culpa de este nefasto gobierno ladrón y hambreador


miércoles, 12 de octubre de 2016

ANHELO



 Por Oscar Carrasquel



Si pedir Dios me permitiera, 
llegada la hora postrera
de la fija mirada
al manto oscuro de la noche.

Para el árbol caído del seco cauce
yo  demandaría:
Que este madero de tallo marchito,  
nunca vaya a reposar 
en una mansión de oscuro barro,
de silencio y de olvido.

Que se convierta en humo
su encrespada hojarasca
y en polvo gris su dura raíz.

Que le brinde a su  quebrantado
corazón,
su  última súplica 
que perennice su alegría.

Que los polvillos de un solo soplo
se los lleve  la brisa de la noche
para que regresen 
en  agua de mar convertidos.

Y como una gran masa,
lavados en un torrente de  olas cristalinas
se rieguen expandidos por la playa.


                          

   Verano, 2016



martes, 11 de octubre de 2016

UN DIA DOMINGO POR LA TARDE…

De izquierda a derecha: Teresita Diaz, Isabelita Còrdova, Gisela Còrdova y Consuelo Pulido



 Por Oscar Carrasquel


A la memoria de Isabelita Córdova de Carrasquel, en el vigésimo séptimo aniversario de su fallecimiento.
A Oscar, Elizabeth, Gilda, Yelitza y Rafael.
A los 10 Mosqueteros
                                                                                                                             






Como se pone el chubasco en la llanura en una tarde de invierno. Igual que una masa de agua borbotando de su nacimiento. Como una fresca y  limpia rosa  recién  segada por el jardinero. Rebosante de frescura. Así fue aquel dichoso atardecer cuando Graciela y Enzo se intercambiaron  una lenta y sostenida mirada, como casi siempre lo hacían.  Sus rostros se notaban  más que enrojecidos, una larga sonrisa eternizaba el encuentro. Al fin se cruzaron  las primeras frases. En la timidez de aquellas palabras estaba segura la esencia de un juramento de amor que se iniciaba en ese momento. Los contornos de la plaza les daban disfrute; se trataba de la plaza principal de una Villa sana, limpia y bonita, se podían pasar horas recorriéndola. En un mes de febrero,  le confesó ella que había nacido y le señaló el día  de su nacimiento. Lo cierto es que ambos estaban rebosantes de mocedad,  al mundo  vinieron en  el mismo  pueblo, el mismo año, pero en meses diferentes. Se estrecharon suavemente las manos. Campo limpio y sombreado por el verde  follaje de una arboleda, gozosa de trinos de pájaros, son las estiradas avenidas de la plaza por donde inauguraron el paseo aquella tarde. No les importó  nada la curiosa mirada de un anciano de arqueado cuerpo  y desgastado sombrero  y  alpargatas nuevas -el eterno barredor de la plaza- que emergió de pronto por una de las bocacalles de la plaza, con una cola de palmera bailándole entre sus manos, quién además retocaba unos avisitos sobre el engramado con una inscripción que decía: “Prohibido pisar la grama”, lo cual ellos no vieron con asombro ya que en esos días, mientras más joven y más ingenuo, mayor era el respeto por aquel vergel y su entorno…Pasaron a pocos metros de  unos jóvenes que se encontraban sentados a la orilla de un banco de cemento, donde siempre se juntaban para oír a un anciano vestido de kaki, con  raído sombrero de copa, contando sus vivencias y relatando  largas y remotas historias de temas pedagógicos. No se trataba de gente desconocida para uno y otro. Un domingo por la tarde se volvieron a encontrar en el mismo lugar. La plaza central vivía hermosamente encerrada entre unas barandas de hierro que circuían la manzana. ¡Tal vez me vaya…acabo de regresar de tierras distantes y la tarde me repetía tu nombre! Con estas sobrias palabras, Enzo, daba continuidad a un emocionado encuentro que se extendería por mucho tiempo. Caminaron lentamente dando vueltas  a la plaza como si se tratase de un ruedo con murmullo de pasos y de voces.  Más de una vez ya habían recorrido aquellos pasillos y linderos. Ese día como era normal  le acompañaba  una graciosa amiga  y  una prima hermana.  Luego el grupo se sentó a conversar y a mirar las hileras de agua de luces y colores que emergían por las boquillas de unas de las  fuentes  esquineras de la plaza. Los domingos por las tardes se oía la música caribeña de categoría que salía de unos altoparlantes colocados entre las ramas de los árboles de mamón y cedro; y era domingo de vespertina por el grupo de rostros juveniles que impacientes esperaban para adquirir los tickets para entrar al cine, una de las pocas distracciones que había en el pueblo. Ella le advirtió  que desde chica profesaba la religión católica, y él, le respondió que ya la había contemplado en la mañana a las puertas de la Iglesia vestida de “Hija de María”, y no perdió  tiempo para lanzarle un nuevo piropo de buen gusto: “Yo sentí y me creí  el  rosario y el misal que llevabas en tu mano”. Corría la década de los años 50-60. Hablaron acerca de un cura culto, de encendida oratoria, puntilloso, con  sotana desabotonada en el cuello, que en los sermones  en el templo criticaba las barbaries de un mal del gobierno y lo calificaba de impío;  el anciano sacerdote  hacía un llamado a la moral y a devolver la democracia y la libertad que es un don de Dios y la calidad de vida perdida. Hablaron  acerca del trabajo de la muchacha y de los caprichosos arreglos florales y lazos multicolores que diseñaba en una tienda que quedaba por la calle  principal de la urbe, lo cual Enzo no ignoraba, ya que trabajaba al frente del establecimiento, y además, en algunas oportunidades le acompañaba caminando el trayecto de la tienda a su casa. Graciela, le habló gratamente de su participación en presentaciones artísticas desarrolladas en el auditorium de la escuela donde estudiaba, que tanto le fascinaban; y de aquellas veladas culturales donde una terna de guitarristas del pueblo, de esos que puntean la guitarra como Los Panchos, le acompañaban toda suerte de canciones de moda. Y  agregaba que en ese mismo  escenario ella cantaba y bailaba flamenco, zapateando con tacones altos, con abanico y castañuelas en mano…Y así, sin que Graciela y Enzo se dieran cuenta siquiera, fueron pasando  las horas, los días y los años. Los vecinos del lado comentaban que no había otra pareja que se quisiera y entendiera como ellos; y fue porque aparte del amor, se profesaban un afecto profundo…Se casaron, enfrentaron la vida en las horas buenas y en los malos momentos y tuvieron descendencia. Aprendió  lo que era la entrega y la protección maternal hasta el infinito y no pocas veces hizo de padre. Lo que más recordaban fue que juntos recorrieron pueblos, ciudades, supieron de  la aridez y del verdor de los campos, de las playas con su espejo azul y vuelo de gaviotas, visitaron parques y montañas de aires marinos; disfrutaron junto a su prole  del calor familiar en casas campesinas del llano, atravesaron sabanas olorosas a mastranto, de día, de noche, de madrugada y tuvieron sueños hermosos, al fin y al cabo los sueños eran sus temas favoritos y era de lo que más hablaban. Ella admitía y lo repetía, sentirse orgullosa de haber  compartido  junto a sus dos primeros, de los cinco hijos que tuvieron, cuando recibieron y le brindaron sus respectivos títulos universitarios (el resto de tres hijos, ya en su ausencia definitiva, dejaron colgados sus títulos de grado junto al retrato de la madre en un armario)...Resulta que hubo un día  inesperado que  el Padre que mora en los cielos le detuvo la vida y le interrumpió sus sueños.  Octubre  16 de 1989 fue la fecha que marcaba la hoja pálida del almanaque. Solo medio siglo fue el tránsito de ella por la vida. Dos décadas y media de unión matrimonial. No se equivoca el calendario la fecha en que se nace  ni falla el día en que se muere. La orden hubo de obedecerse. La misma Iglesia Matriz donde recibió la bendición de su bautizo y confirmación,  y el altar mayor donde tomó sus esponsales, la misma plaza con su estatua de bronce de un paladín de la patria y a la vez Mariscal de Francia, el par de relojes que marcaban la hora en el campanario y los mismos árboles fueron testigos de la tormenta. Muchos se enteraron de las consecuencias de aquel naufragio, unos lloraron, sus grandes amigos oraron y vivieron el terror de esa partida. Las exiguas ramas del caimito plantado entre la cocina  y el lavadero no ofrecieron más su fruto,  mustios se pusieron en el terrenal los crisantemos y se entristeció la flor de otoño; debió ser porque sus manos cuidaban su frondosidad para que llenaran de aromas el otro lado del patio. Hubo  músicos que emplearon  guitarras, hicieron llorar sus cuerdas y  diapasones. Un poeta amigo recientemente desaparecido le escribió unos versos sobre un pañuelo blanco guardado en una gaveta,  articulistas lo reseñaron en una revista, en periódicos, en hojas  sueltas.  Hace 27 años se despidió del mismo pedazo de tierra que la vio nacer y crecer. Una mezcla de rumor y  silencio inundaba la casa y la última calle del pueblo. Su cuerpo  material se marchaba al encuentro con la misma tierra de sus orígenes.  A sus hijos le adviene muy bien el pensamiento de Vargas Vila, que fue quien escribió: “Que la madre, como la escala de Jacob, es el lazo que nos comunica con Dios.” No tuvo tiempo de sentir el gigante regocijo de disfrutar del ruido  y de las risas de  sus  10 nietos, los primeros marchando con su espíritu juvenil transparentando ideales, y dos, aún muy niños, corretean ahora con sus risitas y voces inocentes vestidos de monito deportivo. A todos  aqueja el mismo dolor en el alma. Siguieron transcurriendo los años y  hoy se volvió a recordar una vez más su nombre entre añoranzas e ilusiones, los mismos que nutrieron y estuvieron presentes en su existencia.


La Villa de San Luis,  octubre de 2016