domingo, 27 de diciembre de 2015

LAS ALPARGATAS VILLACURANAS FUERON DE MARCA REGISTRADA

   
En la imagen: Julián Rojas, experto en tejido, montura y fabricación
de preciosas alpargatas villacuranas


Por Oscar Carrasquel


Suelen subrayar los ensayistas modernos que la fabricación de alpargatas no es tan antigua, razón tienen,  porque  surgen   en  España a partir de la primera década del siglo XX. También  se atribuye su originalidad a los países árabes, debido a la situación inestable vivida como consecuencia de la segunda guerra mundial. Al Poco tiempo este oficio se fue  expandiendo a los países de América, principalmente Perú,  Argentina, Colombia y Venezuela.

En las décadas de los años 20, 30, 40, 50 y 60 fue muy común el uso de las alpargatas  en Venezuela. Hasta  los años cuarenta estuvo muy restringida la venta de zapatos manufacturados en el país. La alpargata  se usaba  en  la vida cotidiana y resultaba   una solución para el habitante del campo, pero igualmente era calzado diario por la élite de la ciudad. La gente la usaba no solo por  comodidad en los pies, sino principalmente por su bajo costo y durabilidad. Hubo una época en La Villa que era muy frecuente ver  a un ganadero, vestido de liquilique recién planchado, leontina de oro en un ojal de la blusa, sombrero Borsalino y calzado de alpargatas nuevas.

De allá venimos, de haber sido muchachos escolares de alpargata diaria, porque los zapatos que teníamos   eran  para uso especial de los domingos y días de fiesta. El resto de la semana permanecían guardados en su caja.  Las damas calzaban  una alpargata completamente cerrada  de color negro llamada “Chinela”, confeccionadas  en tela. Las hermanas acostumbraban  prestarse el calzado. 

Recordamos que en los años 40 y 50 funcionaban en Villa de Cura alrededor de una docena de alpargaterías de marca registrada, la más grande y  emblemática era  del sello “El Cometa”, fundada por Enrique Flores, un catire risueño, estirado y desgarbado,  dirigente deportivo; empleaba alrededor de cuarenta operarios que trabajaban dentro de un local,  en  la faena había como una especie de hermandad, acostumbraban  gastarse  bromas y  echaban cuentos, establecida en la calle Comercio, en lo que se conoce hoy como arepera “La Única”. Por la misma calle se  localizaba “El Abanico” de Rafael Correa; y  ”El Cojo” de Celestino Parra,  y siguiendo la misma acera “La Mano” gerenciada  por Norberto Ramón Vásquez;  “El Sol”  de Rafael María Martínez,  funcionando en la calle Páez; “El Esfuerzo” de Leandro Nieves, ubicada en la calle Bolívar y Villegas; “El Caballo” propiedad de Arturo González, situada en la calle Comercio; “El Ancla” de Juan Pablo Álvarez, en la calle Real o Bolívar; por la misma calle alpargatería “PF”  de don Pablo Flores. A todas ellas se agregó “El Martillo”, fundada en  la subida de Los Colorados por Alfredo Gutiérrez.

Un promedio de cuatro docenas de pares de alpargata cosía y entregaba diariamente un operario  a su patrono a cambio de un salario modesto, a punta de aguja, lezna y un montón de macetazos. Era muy raro en esos tiempos encontrar en el barrio Las Tablitas un obrero que no hubiera desempeñado el oficio.

Por espacio de muchos años estas fábricas de alpargatas surtían a todos los negocios, no solo  de Villa de Cura y pueblos colindantes, sino también en  todo el llano apureño y guariqueño, y  a través de agentes viajeros. 

Las alpargatas fabricadas y distribuidas por  estas pequeños comercios, llevaba troquelado debajo de la suela el sello de la casa, con el propósito de  identificar su procedencia, marcando igualmente  la talla. En cualquier pulpería de esquina un par de este calzado no llegaba a costar más de tres reales. A nosotros siempre nos las compraban  en  la bodega “La Loca” de Francisco Martínez. Hoy en día (de conseguirse) se cotizan por un precio muy alto.

Hubo muchos operarios independientes cabezas de familia que laboraban en un espacio de sus propios hogares y que adquirieron por parte de sus colegas alpargateros  el calificativo de “Fogoneros”;  Julián Rojas, vecino de  “La Tigrera”,  hoy con ochenta años de edad se  desempeñó una cantidad de años como  “fogonero”. A ese grupo pertenecía también Ernesto Rojas, Ramón Díaz  y Juan Nieves; la última vez que  vi a Ernesto,  manejaba una camioneta panel vendiendo alpargatas en un pueblo apartado del llano.

Las piezas que integraban  la fabricación de alpargatas  eran la capellada, la  talonera y las tiras laterales, casi siempre de color negro, aunque las hubo con dibujos a colores 
(tramados) y  la denominaban “capelladas caladas”; estas piezas eran tejidas y urdidos por mujeres batalladoras  en sus  propias viviendas, empleando maquinitas y telares de madera de talento artesanal.  La materia prima era el cuero de ganado  de donde sale el trazado de  la suela;  provenía de la tenería “El Águila”, ubicada al  comienzo de la llamada recta de Cagua, que igualmente proveía de materia prima a las talabarterías.

Me contó una vez Pablo Rondón, un artesano  que hoy alcanza  94 años de edad  que, corriendo  el año cuarenta y ocho, los trabajadores de la alpargata se unieron y crearon en La Villa, sin mucho espaviento, el Sindicato de Trabajadores de la Suela; y de este gremio de trabajadores surgió en La Villa un aguerrido equipo de béisbol amateur  nombrado “Sindicato de la suela”, de actuación exitosa en estos valles aragüeños, de grata  recordación.  Aún resuena  en la memoria de Rondón, el nombre del manager  José Arnaldo González, y destacados   jugadores entre ellos Dimas “chivo” Zambrano, José Ramón “cuellito” González y el “gato” Alberto Pérez. 

Fue en los años setenta, cuando  comenzó a extinguirse con el tiempo ido la esencia natural de las alpargatas en Villa de Cura;  el mercado foráneo  se fue proveyendo de  zapatos de marca industrial.  En  los años cincuenta  comenzarían a llegar  los fabricantes manuales  de zapatos de patente y  botas a la medida.  En La Villa todavía resuenan  en la recordación   tres inmigrantes  ítalos muy respetados en el pueblo llamado: Carlo Gallo,  su hijo Críspulo Gallo y George Rocco.

La popularidad de la alpargata  en Venezuela fue un tema generalizado,  hasta  encontró  su componente  y ocurrencias en  el campo político, lo cual fue expresado de varias maneras; por ejemplo, durante la campaña presidencial del maestro Rómulo Gallegos a los partidarios de  Acción Democrática,   despectivamente fueron llamados “alpargatùos” por sus contrincantes políticos.  Igualmente  existió un presidente llanero (Luis Herrera Campins) muy refranero; cuando el mandatario avizoraba una situación económica como la que estamos ahora viviendo,  acariciaba  un aforismo muy vernáculo que decía: “A comprar alpargatas nuevas porque lo que viene es joropo”. 

Todo el logro y rigor de la alpargatería en Villa de Cura,  no fue hecho, ni se debió  a la iniciativa de personas ricas o magnates, ni ayudados por los gobiernos, sino por el propio esfuerzo de hombres y mujeres trabajadores   que  tuvieron que despegar solos y sacaron adelante esta pequeña industria cuando Villa de Cura más necesitó de su concurso, en unos tiempos relativamente difíciles.
                                                                                      




   S. J. de los Morros, diciembre 2015

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