jueves, 10 de marzo de 2016

PRISCILA BOLIVAR DE IZZO, NOVENTA Y TRES AÑOS DE DIGNIDAD Y CON MAS DE TREINTA EN EL MAGISTERIO

                                    
                                                                

                                                          Por Oscar Carrasquel


Para conocer y hablar de la condición humana de Priscila Bolívar de Izzo  y  de su carrera como maestra  es  necesario abrir y desgajar el alma hasta  más allá del infinito. La conozco  de trato desde que  yo era un niño, era mi vecina de la misma cuadra, la vi crecer en ideas y mentalidad, conozco su estatura humana y supe de sus vínculos con la educación. Primero en su casa, y después al servicio de Instituciones educativas públicas. 

Priscila, como es sabido, es actualmente maestra jubilada disfrutando del hogar y entregó algo más de treinta años de  su fructífera vida al ejercicio de la educación en Villa de Cura. Todo este tiempo (1947-1978) en las aulas de la escuela “Arístides Rojas”. Ella viene de una familia de educadores: Su hermana Tulia Isabel, también abrazó la carrera de las aulas desde muy joven  y Josefina, su hermana más chica, se inició en el trabajo docente y hubo de retirarse después de casada para atender y cuidar el hogar y su familia. Y el único varón, Aníbal José, se gradúa de clérigo en el “Instituto Interdiocesano Mayor de Caracas”, ejerció el sacerdocio y luego de renunciar a su vocación sacerdotal siguió cumpliendo misiones vinculadas con la iglesia y con Dios. De allí salió  bien preparado. Le tocó cumplir misión en varios países de América del Norte y Europa, por eso era multilingüe, dominaba nueve idiomas. Desarrolló además una importante labor pedagógica religiosa. 

Priscila nació  el 16 de enero de 1923,  al igual que todos sus hermanos en la Villa de San Luis de Cura.  Casó con Francisco Izzo Maure, de familia italiana, conocido en todo lugar como “Musiù Izzo”.  Trabajar la tierra era  la rutina diaria de su marido, el hombre sembraba una parcela en el hermoso valle de Tucutunemo, en aquellos días de grandiosidad cuando estas tierras eran un emporio en la producción de rubros agrícolas y de ganadería. De esta feliz unión nacieron José Francisco, José Aníbal y Thaimi Rafaela Izzo Bolívar. No se detuvo aquí  este interminable recorrido, todo lo contrario, el camino se  hizo más ancho, multiplicándose en nietos y biznietos, hoy   los más chicos los vemos que corretean y danzan inocentes por los corredores.

Fue su padre don Aníbal Bolívar, oriundo de Valencia, un hombre alto y de sombrero, de poco hablar y de noble trato; acá en La Villa ancló para quedarse el resto de su vida. De profesión herrero, conocedor del arte de fabricar hierros para marcar ganado y restaurador de empuñaduras para armaduras. La experiencia la trae de Rio Negro, adonde aprende a alistar caballos para el combate, en el cuerpo de caballería del Coronel barloventeño Tomás Funes, toda una leyenda en el Territorio Amazonas a mitad del siglo XX. En aquel entorno de hostilidades y refriegas había que poseer arrojo y acaso tener presente la delicada advertencia de su jefe que “Sin una buena herradura no había caballos”.

Instalado en Villa de Cura, el maestro Aníbal Bolívar se dedicó  a lo que sabía,  al trabajo de herrería e instaló su propio  taller en la calle Sucre.  A un niño de mi edad en aquel tiempo le resultaba curioso ver a aquel hombre parado firme trabajando toda la semana, soportando calor frente a una fragua de fundición y golpeando un yunque. Claro, debía de entregarse a esa jornada para garantizar el sustento familiar y el estudio de sus muchachos.

La madre de Priscila fue  doña Elvira  Antonia  Rodríguez de Bolívar, nativa de San Juan de los Morros, generosa como pocas, de quien no podemos olvidar en la vida su enorme sonrisa de cariño. Parecía una monja. Católicos fervientes y sembradores de valores, de sueños y esperanzas. Un hogar con el Corazón de Jesús y  María Santísima  de Lourdes como estandartes. Rezábamos todos los niños y niñas junto con ellos;  visité siempre el altar que tenían y que adoraban en un espacio de la casa. Allí nos enseñaron que debíamos amar a Dios por sobre todas las cosas, como primer mandamiento. La devota familia acudía a oír misa todos los domingos y días de festividad religiosa apenas las añejas campanas de la Iglesia Matriz  anunciaban con su alegre repicar que la Misa iba a comenzar.

Aquella trilogía de jóvenes maestras para la educación y para la vida, ejemplo a seguir por muchas generaciones, en plena gestión del gobierno del maestro Rómulo Gallegos logró con voluntad y sacrificio poner a marchar una “Escuela Unitaria” de su pertenencia. Utilizando técnicas educativas tradicionales,  empezó funcionar en su modesta casa de habitación de la calle Urdaneta, entre Miranda y Sucre. Y allí comenzaron  las hermanas Tula, Priscila, y Josefina Bolívar esta hermosísima carrera. Recuerdo que en la acera de enfrente había  una casa de grueso portón habitada por la ospinera Petra Pérez Delgado (mejor conocida como la “señorita Petra”)  allí vivía sola la única hermana conocida del general Pedro Pérez Delgado “Maisanta”… Y  c{omo no dedicar un recuerdo  al humilde taller de carpintería del afable “Juan Rafal”, que quedaba al lado de la escuela, quien siempre descuidaba su trabajo para fabricarnos los trompos y perinolas a los niños de la cuadra.

Ésta fue mi primera escuelita  y funcionó en la misma cuadra y acera donde vivíamos, a tres o cuatro solares por medio. Fue en una habitación de esa confortable y aireada casa  donde las hermanas Bolívar comenzaron a enseñarnos a un grupo de niños y niñas de diferentes edades y niveles las primeras letras. Era una de las pocas que existían en La Villa en aquellos lejanos años. Tendría yo algo más de siete años cuando me inicié. De allí pasamos directamente con suficiente preparación a estudiar cuarto, quinto y sexto grado en la escuela nacional “Arístides Rojas”. En esta casa de estudio nos dio el visto bueno sin presentar examen su director, el siempre recordado bachiller, exquisito violinista y tribuno  Víctor Ángel Hernández.

La maestra Priscila,  hoy ya supera la barrera de los 93  años de edad.  Camina lento pero positiva. El tiempo le arrugó la piel pero no la memoria. Me hizo comprender que conserva una lucidez sorprendente,  aunque ya debe apoyarse en un bastón para no perder el equilibrio. Está pendiente y recuerda con nitidez a todos los seres que la rodearon ayer y hoy,  y de todas sus antiguas amistades, cuando los  apellidos de sus pequeños discípulos y conocidos en la vecindad se pronunciaban: Infante, Linero, Matute, Pineda, Barrueta, López, González,  Paredes, Almeida, Carrasquel, Sarramera, Hernández, Mendía, Martínez, Garrido, Arteaga-Montenegro, entre otros. 

Maestra de generaciones enteras de villacuranos. Cuántos de ellos después fueron graduados en universidades de prestigio en Venezuela,   destacados en distintas especialidades y profesiones. Fueron los mismos que desfilaron por acá y cada uno se llevó sembrada su escuela primaria al lado izquierdo de su corazón. Con el recuerdo de aquellos humildes mesones y bancas de madera en hileras, y su salón de clase oloroso  a broza de lápiz nuevo y a tiza de pizarrón, y el resonar de aquel bullicio juvenil. 

¿Quién no evoca a su primera aula de clases? ¡Quién no recuerda su primera escuelita! Quién no retiene el nombre de su primera maestra o maestro. La que nos metió en la cabeza las primeras letras. La que nos enseñó a deletrear. A juntar aquella cantidad de signos del abecedario para formar silabas y oraciones. La primera que vio  el dibujo sin buen cálculo que hicimos del Escudo y  el Pabellón Nacional.  La que muchas veces nos llamó la atención y nos reprendió. La que nos ayudó a enriquecer la memoria. La que nos enseñó a  venerar  el retrato de nuestro Libertador Simón Bolívar, con su rostro desprovisto de maquillaje.  La que nos acercó al hábito de la lectura. La que le oíamos en silencio aquellos “dictados” salidos de sus labios ingenuos. La que nos inculcó que deberíamos ser honestos y responsables y la que nos hizo sentir que las letras eran para toda la vida.

Priscila fue la maestra de agudeza natural que sabía conducir el trabajo escolar. Que era capaz de dar hasta su respiración por no quitar el ojo a sus alumnos; fue la maestra guía que irradiaba bondad y  gozaba de un  ilimitado amor y pasión por las niñas y niños. Podía decirse que ésta fue una familia de educadores por antonomasia,  desde el mismo momento que descubrieron que educar es entregarse al mundo de la enseñanza, trasmitir lo que por dentro se siente, orientar,  investigar los distintos  avances y el conocimiento de nuevos programas educativos de interés.

Cuánto diéramos por ver de nuevo reunido aquella cantidad de niños de diferentes estratos sociales que nos rodearon en la primera aula escolar; entonces nos sentiríamos como si hubiésemos nacido otra vez. Porque   tenía la virtud la maestra Priscila de enseñar como si fuese una madre. Como si todos sus alumnos fuesen sus hijos predilectos.  Tan noble   que uno nunca se sentía su alumno, sino su propio hijo. Con el transcurrir del tiempo la perdimos de vista. Quizás porque ya nos encontrábamos en otra parte. Pero no perdimos la brújula de las principales lecciones que nos enseñó para que fijáramos nuestro camino.

La maestra Priscila fue, por lo demá,s  una dinámica activista en la defensa de los derechos de los educadores, y sobre la marcha de su acción docente, arrima el hombro para impulsar la fundación de la seccional  del Distrito Zamora de la “Federación Venezolana de Maestros”. Y luego  de retirada  dedicó sus esfuerzos junto a  Lourdes de Cáceres, Ligia Montenegro, La Nena Cira Esaà y un grupo de maestros y maestras, a la creación de la sede zamorana de la “Asociación de Maestros Jubilados y Pensionados”. En diversidad de ciudades y pueblos de Guárico y Aragua y hasta en Caracas fue muy conocida por sus actividades gremialistas.

Para corresponder a estos sentimientos evocadores hubiésemos querido en su momento secar las lágrimas a nuestra inolvidable maestra Priscila, cuando sintió la punzada en el corazón de perder  a  Don Aníbal, su padre,  a Doña Elvira Antonia, su madre, a Tulia Isabel, la hermana que le seguía,   el brumoso recuerdo de la muerte de su hermano Aníbal José y de José Aníbal, uno de sus hijos. En honor a la verdad, hubiésemos preferido acompañarle  durante ese momento de dolor por estas partidas. Aunque ya sabemos los cristianos que la muerte es inevitable y viene sola, cuando Dios lo dispone.

La poesía es bella y siempre hemos percibido que toda mujer algo de ella lleva muy adentro. Pues  hoy, la maestra Priscila  ha expresado ese sentir y nos ha demostrado que posee la inspiración de una mujer que escribe canciones y versos, y hasta un acróstico con el título de “Oscar”, como un puñado de florecitas recién trozadas ha puesto hoy  sobre mis manos.

Muchas veces en la quietud de las tardes veraniegas  o en noches de retozos de luceros, cuando la brisa a veces sopla por el noreste,  sus hijos, nietos y biznietos la escuchan  en un rincón de la casa, vocalizando  un manojo de  versos o de canciones viejas. 

Fueron numerosos los reconocimientos y condecoraciones recibidos durante su ejercicio profesional: entre los que se pueden contar: Condecoración 27 de junio, otorgada por la presidencia de la Rep{ublica;  Orden Hilda López Graff, Orden 60 Aniversario de la escuela Arístides Rojas, Orden al Mérito San Luis Rey, Orden Luis Beltrán Prieto Figueroa, Orden Ciudad de Villa de Cura,  entre otras más.

Son más de nueve décadas de dignidad, de bendiciones a sus seres queridos, aquellos que se fueron al más allá, y ahora los  hijos, nietos y biznietos y demás familiares que quedan disfrutando de su presencia. Bendíganos maestra Priscila Bolívar de Izzo, a todos  los  que fuimos sus discípulos ayer, que  su sola bendición es la más grande satisfacción para agradecerle tantas enseñanzas en este largo transitar de la vida. Usted fue la  maestra que les puso a estos viejos caminantes las primeras luces en este prolongado camino.  Nada nos  llenará hoy  de más alegría y orgullo que   su bendición. Que Dios la cuide siempre maestra Priscila.






























COMENTARIOS:

JOSE VASQUEZ 20 de agosto de 2016, 23:05
AMIGO OSCAR, BELLO HOMENAJE A MI MAESTRA PRISCILA, QUE DIOS LA TENGA EN SU SANTA GLORIA, ME HICISTE RECORDAR MIS AÑOS INFANTILES EN LA ARÍSTIDES ROJAS, LA MAESTRA PRISCILA, BELLA MORENA, ALTA, ROBUSTA, SU NOBLE VOCACIÓN DOCENTE. HACE POCO TIEMPO, MI HERMANA OMAIRA LE TOMO UNA FOTO EN LA IGLESIA PARROQUIAL CON LA CONDICIÓN DE QUE ME LA HICIERA LLEGAR, LA GUARDO EN EL MEJOR LUGAR DE MI CORAZÓN, BESOS MAESTRA, DONDE QUIERA QUE EL SEÑOR LA HAYA COLOCADO. Ramòn José Vásquez

MILAGRO RAFAELA ALMENAR DE PEREZ 28 de agosto de 2016, 10:33
El Ministerio de Educación y el Gobierno Nacional NO están ni si quiera considerando la posibilidad de pagar ese beneficio a jubilados ni pensionados ... y los jubilados saben eso , quien no se haya dado cuenta es muy inocente


2 comentarios:

  1. AMIGO OSCAR, BELLO HOMENAJE A MI MAESTRA PRISCILA, QUE DIOS LA TENGA EN SU SANTA GLORIA, ME HICISTE RECORDAR MIS AÑOS INFANILES EN LA ARISTIDES ROJAS, LA MAESTRA PRISCILA, BELLA MORENA, ALTA, ROBUSTA, SU NOBLE VOCACION DOCENTE. HACE POCO TIEMPO, MI HERMANA OMAIRA LE TOMO UNA FOTO EN LA IGLESIA PARROQUIAL CON LA CONDICION DE QUE ME LA HICIERA LLEGAR, LA GUARDO EN EL MEJOR LUGAR DE MI CORAZON, BESOS MAESTRA, DONDE QUIERA QUE EL SEÑOR LA HAYA COLOCADO. Ramòn José Vásquez

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  2. El Ministerio de Educación y el Gobierno Nacional NO están ni si quiera considerando la posibilidad de pagar ese beneficio a jubilados ni pensionados ... y los jubilados saben eso , quien no se haya dado cuenta es muy inocente

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