lunes, 3 de abril de 2017

YA NADIE QUIERE SER COSTURERA…

                                

                                                            Por Oscar Carrasquel

Se le nombraba costurera a aquella mujer encargada de cortar y confeccionar ropas  cumpliendo  una jornada de trabajo todos los días, incluyendo domingos y días feriados, sentada en una butaca desde que “Dios amanece” hasta que oscurecía  pedaleando una máquina de coser, dedicadas a producir ropa para damas, pantalones, camisas, blusas y elaboración de vestidos para adultos y niños, para mercadear o para los miembros de la casa.

La mayoría combinaba su faena con labores propias de atención a la familia porque realizaban el trabajo bajo la sombra de sus casas. Generalmente cortaban y diseñaban a la medida de manera autodidacta. Acordaban el precio de la costura, algunas veces se acostumbraba que las marchantes retiraban el encargo y posteriormente pagaban el importe, por cuota sabatina, o a final de quincena, según como fuera acordado. Entre estos consumidores se contaban: maestras de escuela, amas de casa, oficinistas y empleadas de trabajo fijo y duradero.

El oficio de costura es antiquísimo, data de hace muchos años atrás cuando los franceses lograron mostrarse de acuerdo con solemnizar el arte por allá en 1700, pero en mi caso particular   comencé a divisarlo y a convivir con él desde mis años de niño en Villa de Cura, casi rozando con la quinta década del siglo XX, cuando mi mamá, nativa de de la Villa de Todos Los Santos de Calabozo  llegó a Villa de Cura y comenzó  por elemental necesidad a desempeñar este trabajo. Emprendía la lucha para ayudar a levantar la familia. Según me contaba ella, el oficio lo aprendió desde chiquita “con las viejas de la casa”, lo traía moldeado  de la familia de su padre, doctor Carlos Segundo Madera, hogar donde se crió apenas nacida y allí se levantó hasta su casamiento.

MARÍA CARRASQUEL

Yo siempre he dicho que si alguien se atreviera a escribir sobre este oficio de la Villa de Cura antañona, fácilmente podía tomar como referencia para resumirlo a María Flores de Carrasquel. Mi mamá fue un ser humano  con  ímpetu de llanera con profusa fortaleza, llegó a ser  maestra en el arte de confeccionar vestidos para damas y niñas,  militante del arte de la fe y la esperanza,  comprometida con la naturaleza y de una laboriosidad asombrosa; solo fue vencida  por la fuerza de los años y de las enfermedades que la arrinconaron y acabaron con su existencia a la edad de 82 años. Muy respetuosa de la dignidad humana, siempre supo sembrar amor y solidaridad con sus semejantes. En la Villa desde su llegada acumuló una gran clientela. Me contaba que en este pueblo -entonces pequeño- parte de su clientela eran mujeres que despedían olor a colonia barata, pero que también brillaron como madres para todas las alegrías. Para éstas  siempre hubo de tener puertas abiertas. Aquellas, eran  mujeres que llamaban “de la calle” despectivamente, que deambulaban entre botiquines, quioscos y mabiles -no importa el nombre que se le quiera dar- de los entornos de la festiva Alameda crespera, a mitad de siglo XX más o menos. La verdad es que a ellas les gustaba su estilo de coser y mamá las consentía y  recibía en casa con particular deferencia,  “La razón -decía mamá- es  que estas damas eran muy formales y respetuosas,  además ganaron fama  de pagar los trabajos de contado y muchas veces por  adelantado”. 

Es cierto que en casa había un espejo grande de escaparate donde se asomaban ellas  para verse la silueta y medirse los vestidos. No decían nada, porque en medio de  ilusiones infantiles y por tremenduras, los varones las fisgábamos cuando alguna entraba al vestuario a medirse las telas. Recuerdo  que en aquellos bonitos tiempos de bailes carnestolendas  mamá les hacia los suntuosos disfraces de “Negrita”, “Conejitas”” y unos gabanes de relucientes colores que llamaban “Dominó”. Claro que, unas seis cuadras más o menos, debía caminar yo con una bandeja en  los brazos para entregar las costuras terminadas.  Esperaba en la puerta mientras cogía pausa un merengue rucaneado que molía  una pianola de manilleta que maniobraba el recordado Ramoncito Trujillo. Un peso (4 bolívares) obtenía por cada vestido que entregaba.  Podría admitir que aquel fue mi primer contacto como  muchacho de mandado.

Igualmente, mi madre fabricaba vestiditos para niñas  los cuales envolvía en papel trasparentes y los ubicaba a consignación en la bodega de la esquina El Sapo (Urdaneta con Sucre).  A la par hacia los uniformes a las peregrinas de la parroquia. Un detalle novedoso y muy peculiar es que a mamá no le gustaba coser ropa masculina. Pero cada traje para mujer o niña  que hacía era una creación diferente.

En aquel momento hubo cantidad de costureras buenas de verdad exponentes del arte en Villa de Cura, algunas se disputaban la preferencia de la persona de acuerdo con el gusto y según el estilo y la forma de cada individualidad. De estas señoras  solo quedan recuerdos en la memoria colectiva. La gran mayoría se las llevó la  cruda realidad de la muerte. Sin embargo, remitiéndonos a esa antigua franja, de la memoria de un gran villacurano llamado don Félix Hernández Castillo, extraje los nombres de Ana Isabel Domínguez de Lombano, María de Carrasquel, Isabel de Hernández, Claudia de Pálima, Rosita Acosta, María Luisa Nieves, María Ambrosia Martínez de Sanabria, Sinforosa Núñez, María Desideria López, María Teresa Castillo de Hernández, Eduviges Hurtado. Rupertina Ramos, Providencia de Montesino, María Eugenia Morgado, Damiana de Ascanio. ¡La lista es larga!

MATEA GALINDO

De la década de los años 40-50, de mi época de muchacho de pantalón corto, traigo  el hermoso recuerdo de una vecina de la “cuadra larga”, amiga fortuita de mamá, y sobre todo porque después que se conocieron  se hicieron buenas amigas, compartieron la ilimitada dedicación al mundo de la costura. Es decir, soñaban y se ayudaban recíprocamente. Hablo de la señora Matea Galindo. Yo a esta matrona la comparo sencillamente como mi madre, debió ser porque más de una vez puso en mis manos un bollo de pan de trigo, o medio real  que me alcanzaba para llevar a la escuela.  La vengo a resumir como una mujer generosa y digna de admiración, menuda de tamaño, del tamaño de su paso por la vida, de pelo liso y largo, de esos que no requieren ser  peinados a cada rato; nacida en el asentamiento campesino de El Cortijo hacia 1930. Toda una vida de entrega a su trabajo, desde que clareaba el sol hasta altas horas de la noche, había que arrimar el hombro al “viejo Marcos” para ayudar al sustento de la casa. Para ella no había imposibles que valieran. Fue costurera de confianza de los labriegos que llegaban de las aldeas aledañas a Villa de Cura hasta que el pueblo empezó a cambiar. Aparte de ello, debía atender un hogar compuesto de su  marido más 9 hijos, 5 varones y 4 hembras.  Tomaba las medidas a la figura de varones, cortaba tela en el extremo de una mesa de madero y después cosía ropa en una vieja máquina marca Singer de pedal, bajo la mortecina luz de una lamparilla que iluminaba  el corredor de su morada. Así era  como iba transcurriendo su vida. De forma repentina, Dios desde el cielo detiene su noble corazón y se acaba  aquella vida todavía útil en 1960, con escasos 47 años de edad. 

En nuestros días han mermado las costureras a causa de la proliferación de tiendas y almacenes de distribución de ropa.  Sin embargo, en estos momentos algunos de forma valiente se encuentran representando este arte tradicional en la Villa, conocedoras con precisión de la confección de vestidos para ocasiones especiales, como graduaciones, fiesta de 15 años y bodas. No tardaron en aparecer también las llamadas costureras exprés, aquellas que se encargan de arreglar, adaptar prendas y corregir tallas de ropa, según el gusto y los antojos de la clientela.

En épocas pasadas en muchas casas de la Villa las modistas se dedicaban exclusivamente a ser auxiliares de sastres para la confección de trajes y ropa a la medida para caballeros. Un buen operario de una máquina de coser se descubría de inmediato. Él o ella era quien daba el toque final a la costura, por eso  seguiría siendo tan importante como el sastre que trazaba y punteaba.

Anteriormente el volumen de trabajo de las modistas de ropa básica se incrementaba en las fiestas tradicionales como por ejemplo diciembre y para un festejo muy especial como grados y fabricando disfraces para niños y adultos para desfiles y  fiestas de carnaval.

Fueron varias las costureras que se dedicaban a hacer títeres, artesanía y crear muñecas de trapo para exhibirlas sobre muebles o para venderlas al público. En la Villa conocí dos cosedoras artísticas de muñecas de trapo: la señora Emiliana de Nadal y doña Angelina  Bolívar de Utrera. Esta última amiga de vieja data del poeta Aquiles Nazoa. Conversaban de lo que más sabían, de humanismo y de poesía. Por cierto, un amigo en la cercanía una vez me mostró un retrato, en el cual el  poeta de Catuche comparte animadamente sentado en un sillón de madera con una muñeca de trapo de su misma talla.

Finalmente,  no puedo dejar de acotar que no hace mucho tiempo, cuando pasaba la moda o cambiaban de talla, las damas por regla general  regalaban la ropa de poco uso a un familiar o a un allegado; ahora, con este brinco atrás que hemos dado, de grandes consternaciones económicas, lo pasa a un comercio nuevo denominado: “Venta de garaje”. Un espacio estratégico  de la casa para exhibición y venta de toda prenda de vestir. Muchas personas  participan y  se resuelven en este tipo de comercio en virtud de los precios tan elevados que ha llegado todo. 



La Villa de San Luis de Cura, marzo de 2017




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