lunes, 5 de junio de 2017

DON VÍCTOR ROJAS ESAÀ



Por  Oscar  Carrasquel



Víctor Manuel Rojas Esaà, siendo todavía un muchacho soñador conoció aquella vieja Villa de Cura, desolada, tranquila y pastoril, de calles de tierra, sin energía eléctrica, ni acueducto, de primeras décadas del siglo XX. Fue un hombre de pueblo, trabajador incansable, padre de familia. Aunque no era nativo de la Villa, sin embargo era muy conocido en el barrio Las Tablitas; donde luchó al lado de su familia buscando un mejor destino. Fue testigo del nacimiento de esta barriada y por tanto uno de sus más antiguos pobladores.
A pesar de que uno y otro figurábamos en generaciones distintas y como  este servidor desde pequeño se acostumbró a reunirse y tratar con personas mayores, nos hicimos grandes amigos, una de las verdaderas razones del existir.
Víctor Manuel vino al mundo en la ciudad de Valencia finalizando el siglo XIX, durante el gobierno del general Cipriano Castro. Sus padres fueron María de Jesús Esaà y Federico Rojas, oriundos y vecinos de la capital carabobeña. Desde muy joven llegó y se radicó en Villa de Cura, sin saber que acá  se sembraría para siempre en el corazón de sus habitantes.
Víctor Rojas Esaà, se casó en Villa de Cura con la villacurana Rosa Margarita Picot, tuvieron cinco hijos, dos hembras y tres varones, después la familia se prolongó en nietos y bisnietos; todos sus hijos a quien la pareja les brindó todo su protección y abrigo nacieron en Villa de Cura, fueron ellos: Guillermina, María Marcelina -a quien se conoció siempre como “chela- Martin Emiliano, Julián y Eustoquio Jorge, de los cuales hoy sobrevive sólo Julián Rojas.
En mi memoria conservo todavía la imagen de Víctor Manuel, caballeroso, escrupuloso, pulcro, acostumbrado a vestir pantalones de lino blanco bien aplanchados y blusa abierta de arriba hasta abajo, zapatos negros de patente y sombrero italiano marca “cabaliero” de ala corta. Víctor Manuel siendo un joven veinteañero, en las tardes se le veía vestido de liqui liqui  de lino blanco  impregnado de la parisina fragancia Jean María Farine, luciendo  sobre su cabeza una refinada “camarita”, de las que usa el grupo musical “Los Antaños del Stadium”.
Ya entrado en años en la década de los años 50 y 60  Víctor Rojas vivió siempre atrincherado en su trabajo, pero también era bohemio por naturaleza. Pero no sólo eso, sino que además vivió envuelto en la ilusión y deseo de algún día  conocer la capital de los Estados Unidos, como si alguna vez su ingenuidad le hubiera dictado que desde allí era más fácil contemplar y tocar una por una las estrellas en el firmamento .Por eso la gente le puso ese sobrenombre. Uno lo encontraba en la calle lo saludaba con esa especie de piropo ¡"Washington" ¡ y el enseguida repicaba  ¡"Washington"!. Este trato casi cotidiano se convirtió en una postura que casi buscaba borrarle su verdadero nombre.
El oficio primordial que desempeñó en el transcurso de su vida es bastante viejo y tradicional en Villa de Cura. Mastro Víctor fue un laborioso talabartero de larga experiencia que nunca se quejó de que estaba cansado, dedicado todos los días a la fabricación artesanal de fustes de madera, en aquellos días cuando la economía de nuestro pueblo era muy precaria, y escaseaban las fuentes de trabajo.

Por todos es sabido  que  fuste, es una pieza esencial del armazón de una silla de montar caballo, es como decir su espina dorsal.  Nuestro pueblo  es muy conocido en todo el ámbito nacional porque acá se hacen sillas de montar modelo clásico, tipo americana y mexicana, las que se utilizan en el deporte de coleo y también las que usan los llaneros en su cotidiana faena. Desde tiempos antiguos Villa de Cura tiene fama de fabricar las mejores sillas de montar y aperos en toda Venezuela, lo que nos debe llenar de complacencia y orgullo. Poetas, cronistas y compositores de música llanera se han ocupado de recoger este criterio en sus composiciones literarias y musicales
Pero antes de ser carpintero Don Víctor tuvo otra ocupación, trabajó la herrería en el taller  de  Don José Manuel Albert, ubicado por los lados de “La Jabonera” en la antigua calle “del ganado”, hoy Avenida Lisandro Hernández en Villa de Cura.
Trabajando, escofinando a mano y cortando rolas y trozos de madera de cedro fue que conocimos al afable “Washington” en el taller Don Hermógenes Rodríguez, en la calle Páez cruce con Doctor Manzo, desde entonces sus manos se volvieron  ásperas y callosas, signo del rudo trabajo que desempeñó  toda su vida. Sus eternos compañeros que laboraron junto a él bajo el alero de la reconocida carpintería de don Hermógenes no le llamaban “Washington”, sino “Mastro Víctor”. La vida le dio la oportunidad de tener allí como nobles compañeros de trabajo a  Félix González apodado “El Niño”; Antonio Izaya a quien le decían “El Mono” y Miguel Ascanio; y agréguese a Don Luis Albert, un catire descendiente de inmigrantes, muy conocido porque siempre andaba metido en un flux de gabardina blanco, incluso cuando estaba labrando maderas frente a su banco de trabajo.

 La técnica y reciedumbre de su labor la desarrolló también en la talabartería “Venezuela”, fundada por el conocido empresario villacurano  Reinaldo Silvera, en pleno centro de la comunidad de “Las Tablitas”, una factoría reconocida no solo en el territorio nacional sino fuera de sus fronteras, ya que sus productos fueron comercializados en una oportunidad para el extranjero.
Su largo transitar por donde se paseó en la vida estuvo lleno de anécdotas,  de historias simpáticas. “Washington” no  era un hombre de carácter taciturno. En su faldiquera nunca cargó el peso del dicho que dice: “Muchacha no quiere a viejo”; Mujeriego. Nochienago.  Le gustaba disfrutar de los tragos, visitaba los botiquines de la barriada donde solía  reunirse con sus amigos alrededor de una mesa a platicar o jugar dominó. En sus días libres y los fines de semana degustaba de las copas, frecuentaba el conocido “Bar Deportivo” de Pompilio Martínez, el más concurrido del barrio “La Represa”. Él sabía de memoria que este bar  poseía una vistosa rockola con una larga lista de discos de 45 rpm grabados con música  de los años 50 y 60.
Hubo un tiempo  que las  rokolas tocaban cinco discos por un bolívar, la música preferida del viejo bohemio eran los tangos, pero también se complacía escuchando temas románticos interpretados por el trío los Panchos, Daniel Santos, Odilio González  y Julio Jaramillo. No pude preguntar la razón pero me consta que la canción que más le hacía feliz era un bolero titulado “Una Copa más”, en la voz del dominicano Alberto Beltrán, con el acompañamiento de la Sonora Matancera. La música y letra de aquella canción significaba para cualquier despechado como si le clavaran una puñalada en el pecho: “Una copa más que te brindo al despedirnos/ por nuestro cariño que no volverá/ nuestro amor fue tan grande que dejó de existir”. Derrotado pero erguido, el hombre reconocía que la vida  es ceniza y humo la alegría y el amor.

 Quiero recordar como anécdota que el maestro Víctor hubo veces que en el fondo de la noche, cuando todo quedaba en silencio le introducía un bolívar a la rokola para remarcar cinco veces seguidas “Una Copa más”. El volumen y las notas de la canción se deslizaba entre las ramas y flores que había por el solar de su casa que quedaba a una cuadra de distancia y como una saeta llegaba a los oídos de doña Margarita, quien enseguida comenzaba a rezongar: “Muchachos escuchen… su papá está en el botiquín de Pompilio". A veces el viejo amigo al notar la presencia de alguno de sus hijos, callado y sonriente partía con ellos. De dos manotazo abría las portezuelas batientes de la cantina de Pompilio y se venía por el medio de la calle con su perorata: “Washington, la gran capital”, como sumido en un mundo construido a su medida.
Hubo un momento de su vida en que don Víctor ya apaciguado por los años tuvo necesidad de dejar a un lado la fuente primaria de su labor y se fue acercando a la repostería. Me refiere Elio Agraz que su abuelo marcó pauta en la elaboración y venta de la popular jalea de mango, cuyo conocimiento y técnica heredó de antiguos maestros entroncados en la misma familia. Todavía se recuerda en los  barrios Las Tablitas y La Represa la venta de este tradicional producto que fue de mucha demanda por las antiguas bodegas, aparte de lo que  vendía a grupos de personas en la calle y las que entregaba en los hogares por encargo.
El señor  “Washington”, fue un hombre de figura campechana, respetado por todos, desprovisto de vanidades materiales. Gracias a Dios me conté entre sus amistades. El 05 de julio de 1971 la muerte con su guadaña le llegó en la noche de manera silenciosa a llevarle la vida, lo único que el viejo amigo poseía.
No sé el porqué, pero mi alma hoy amaneció evocando el nombre y el apodo de este gran amigo, aparentemente taciturno, pero bueno, francote, bohemio, honesto a toda prueba y trabajador incansable, quien se marchó a la eternidad sin haber visto cumplido su sueño de conocer a la gran capital  de los Estados Unidos, a la que tanto alabó y cuya sola mención en las ediciones radiales  del “Repórter Esso” lo llenaba de satisfacción y alegría. El epígrafe de su tumba debería de rezar: “Aquí yace el popular “Wanshigton”.




La Villa de San Luis, junio  de 2017


COMENTARIOS:

Denis Ceballos Mi familia, que gusto, yo soy Denis Ceballos Esaa


Carlos Lopez Muy.bonita.historia de.mister Washington,bueno no sabia ese apelativo,pero si llegué a pasar.por la herreria donde laboraba,en mis correrias vendiendo las Ultimas Noticias,por un simple mediecito,0,25 de los bs de plata,de aquella época. Yo empezaba con mi venta,de 50 periódicos,desde la curva de los Ascanios,pregonando los titulares,impresos en ese diario,mister Washintong,me daba mi.medio,yo alegre decia.para mis adentros: “Me quedan 48,y alpargatas pa que te teng”,seguía mi camino por la polvorienta calle del ganado,de escaso tráfico,en la epoca del 52, yo con 10 años,ayudando a mi familia,y a escondidas de mi papá,que siempre me recriminaba que esa vaina de.vender periodico no era rentable,porque.mis ganancia de 50 centavos,por patear la Lisandro desde los Ascanios hasta la alcabala de policia,que estaba a la salida,donde hoy esta la bomba de gasolina,era un trecho muy largo,y el policia de guardia,siempre me decía: “Mira carajito,te voy a dejar preso,por traer la prensa muy tarde” Pero fueron etapas de mi vida,que hoy me llenan de nostalgia de ese pueblo,donde llegué.en el año 49

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