lunes, 12 de junio de 2017

DOÑA PETRA APONTE DE CASTRO


UN SIGLO DE CAMINO EN LA VIDA
ELLA Y SUS DOS HIJAS FUERON GIMNASTAS DE CIRCO
SU ESPOSO FUE EMPRESARIO DE CIRCO


                                           
                                                              Por Oscar Carrasquel

¿Quién podría creer que esta matrona que hoy tenemos sentada frente a nosotros pueda tener un siglo de aguante? Y es que cien años suenan de verdad como muchos, pero  gracias a Dios, el tiempo para ella no se ha acabado. Fueron muchas las realidades construidas que la llevaron a alcanzar sueños y metas en este transitar de su vida. En la Villa transcurrió su niñez y su adolescencia al rescoldo de su padre de crianza el herrero de carretas Don Ramón Hinojosa Díaz. 

Es sorprendente, porque uno la conoció ya mujer, delgada, garbosa, vestida con un traje más abajo de la rodilla, maquillada y con unos ojos bien  bonitos y  grandes, con cejas arqueadas al estilo de la diva mexicana María Félix. Hace de eso una cantidad de años. Hoy por hoy, el tiempo se encargó de minar su sonrisa de alegría y turbar su mirar profundo. Juana  cambió de color, se le arrugó el pellejo, se le encorvaron sus huesos, se volvió cansina, los  brazos y  piernas son unos rolos  secos; pero aun así no se le ha doblado el espíritu; acá está  todavía  como  todo mortal,  hasta que Dios decida apagarle  el suiche de su  luz. 

Su frágil cuerpecito se ve siempre acomodado, desde que aparece el alba hasta el anochecer, en una poltrona en el portal de su casa  de la calle doctor Manzo, en la que fue casa de su juventud y de su adolescencia, con su original fachada y su estirado y sombreado patio, testigo de tantos amaneceres y atardeceres. Donde conoció de soledades, de alegrías, de llantos, de despedidas y bienvenidas, de ese incansable batallar que es la vida. De cuando en cuando, en la intimidad de sus sueños debe rememorar las vivencias que solo recoge la quietud del alma. Debe acordarse que desde tierna edad  se puso pilas nuevas y se colocó alas de independencia. Que nada la detuvo. Que solo el tiempo  igual a un eco lejano se le vino encima y le pasó por arriba como un  aguacero venteado.

Petra nació en el pueblito de La Unión, perteneciente entonces al Distrito Zamora -hoy Municipio Arismendi- del estado Barinas un 19 de abril de 1917. Sus padres fueron Petra Aponte y Pedro Ernesto Linero, pero pequeñita fue traída a esta Villa. Después, ya grandecita entraba y salía de este pueblo en verano o en invierno. Hace algunas unas décadas regresó y aquí permanece todavía bajo el cuido de nietas y biznietas. De linaje Guajiba, se puede sacar de su rostro con rasgo  aborigen.

No se puede decir que esta mujer toda su vida  pudo mirarse en su cielo villacurano. Hubo un momento en que cambió su vida. Su cielo ya no era de nubes, luna y  luceros, sino que se convirtió de lona color azul o grisáceo. 

En 1948 conoció a un hombre de circo, del mundo, del camino, excéntrico,  llamado Oscar Castro Pérez, nacido en Melena del Sur, provincia de Cuba, primo-hermano de los Castro Ruz, que llegó a Venezuela en la década del 40  con el Circo Razzore de Cuba, trabajando al lado de Blakaman como Fakir y domador de animales salvajes.

En Maracay fue que comenzó un breve romance entre Juana y Oscar que luego se convirtió en  casamiento. Cuando todo estaba en su lugar Castro se separa del circo Razzore. En el 50 estando ya viviendo en Villa de Cura funda una compañía que se llamó primero “Circo Cuba Hermanos Castro”, que luego decidió cambiarle el nombre por “Circo Hermanos Castro”. Un circo con todo en escena: titiriteros, rumberas, trapecistas, malabaristas, enanos, payasos, ilusionistas,  magos y domadores de animales salvajes. Con las maletas listas en el suelo  los esposos Castro Aponte ya sabían para donde ir, a recorrer el mundo. Cualquier pueblo o caserío donde se celebraban festejos patronales era bueno para montar su escenario. Desde el primer momento Castro se dio cuenta que su esposa  podía trabajar junto a él, ya sabía de su experiencia y que tenia condiciones físicas y estaba ya mentalizada para echar adelante la nueva empresa, ella se envolvió en la magia del circo, ya actuaba como trapecista y administradora de la Compañía.

El matrimonio tuvo solo dos hijas: Petra y Erlinda Castro Aponte, que por enseñanzas de sus padres también  desde pequeñas se hicieron excelentes trapecistas y gimnastas dentro del circo. La primera nació en Seboruco estado Táchira y la segunda en Acarigua estado Portuguesa. Después siguieron las presentaciones, Petra dirigida por Castro realizaba perfectamente las acrobacias sobre el trapecio de aro. Me parece verla en la retrospectiva del tiempo en las décadas de los años 50  cuando levantaban aquellas lonas en la sabana de Villa de Cura en fiestas patronales, allí pudimos los niños admirar a Petra bajo una carpa, haciendo piruetas en el aire y balanceándose como un papagayo sobre un trapecio. Sujetada por una cuerda y con un garfio incrustado en su boca, volaba como una saeta  por los aires y realizaba  “saltos mortales” junto a otras hembras y jóvenes saltarines, ese era el número estelar de la función. Como es sabido, abajo había una malla enorme que servía para prevenir cualquiera caída.

Petra me contó hace años atrás, que anteriormente  se había conducído en el Gran Circo Razzore como “Alambrista” y en su circo también realizaba este número, que consistía en cruzar una cuerda de extremo a extremo en zapatillas,  haciendo equilibrio con un balancín, y de regreso  la pasaba sin necesidad  de utilizar el báculo.

Con el “Circo Hermanos Castro” hizo muchas giras, además de ciudades y pueblos de Venezuela también viajó con el circo a varios países de Latinoamérica como Cuba, Colombia, Perú, Argentina, Chile y Ecuador. El sonido de aplausos y vítores resonarán todavía en los oídos de esta ancianita que hoy pasado tantos años apenas escuchan.

La familia Castro Aponte junto con el circo se estableció varios años en Guasdualito, territorio apureño fronterizo con el Arauca colombiano. Allí murieron su esposo y  también de corta edad su dos hijas, quienes quedaron allá en esas tierras sepultados. Juana no pudo seguir  sola con el circo  y  vendió la carpa, y poco a poco salió de tableros, animales, utilería, trapecios, etc.

La Juanita que yo conocí en mis lejanos días de la niñez, la describo como buenamoza y servicial, excelente como vecina. Acaso porque la casa de mi madre estaba cerca de la suya. Una vida de sacrificios, itinerante, nada fácil. Su vivienda en La Villa es una casa que ahora posee puerta de rejas, pero siempre abierta para cualquiera que desea visitarla. No es necesario tocar. Uno saluda sin miedo desde el portal y  cuando  entra, la primera que te contesta las ¡Buenas tardes! es Juanita, con su ronca y perceptible voz. Muchas lagunas en su mente. Primero te pregunta si eres Masón; debe ser repisando que su esposo Oscar Castro perteneció a la masonería donde alcanzó el grado de  Maestro grado 33. Y luego se queda en silencio y te señala con el  dedo índice hacia la pared, el único reconocimiento hasta ahora recibido del gobierno municipal, una cartulina montada en vidrio que le otorgó en  el año 2015 el “Parque de Recreación dirigida Niño Simón”. Y luego al final te despide remachando el nombre de  Oscar Castro y  el de sus dos difuntas  hijas y diciéndote que las tardes de la Villa son muy hermosas.

 La Villa de San Luis, junio de 2017



FUENTES:
Testimonio oral de su nieta Janet Sabina Castro
O. Carrasquel/ El Vigía 154/año 2000
Coleccionista y poeta Elio Martínez (Infinitas gracias).





    Con sus dos hijas.
En una posición de equilibrio.


Foto de su esposo Oscar Castro Pérez 

COMENTARIOS:

Zuleima Hernandez Que Dios la bendiga y que disfrute de muy buena salud

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