sábado, 17 de junio de 2017

LA SEÑORITA CARMEN COLMENARES, UNA MUJER QUE CURABA CON ENSALMOS.


El personaje que describimos en esta oportunidad fue una mujer con infinitud de virtudes, sencilla, bondadosa, de gran valor humano. Vivió todo el tiempo en la parroquia Las Mercedes donde toda su vida disfrutó de sus lindos atardeceres, dotada por la voluntad y misericordia de Dios de facultades naturales para tratar malestares en los humanos, muchas veces  difíciles de curar hasta por los mismos médicos con títulos oficiales. 

Enfermedades nada extrañas en la población urbana y rural de mediados del siglo XX, como erisipelas, tortícolis, culebrillas o herpes, inflamaciones, mal de ojo en niños y descomposturas musculares, tendían a desaparecer cuando llegaban a las manos de esta humilde mujer que desde tierna edad estuvo dedicada a la curación de estos males, los cuales no encontraban rápida solución en un hospital o en el consultorio de cualquier doctor.

Carmen Colmenares debió ser una de las últimas personas en curar y aliviar con métodos naturales y espirituales que quedaba rezagada en La Villa. Recuerdo que una vez le tocó  reforzarnos  una sobada en un músculo falseado, para lo cual  le bastó ofrendar un rezo, con una ramita de romero en la mano y una velita de sebo encendida apretada entre sus dedos. Sorprendido la mirábamos. 

Carmen Colmenares fue una mujer que brotó de las entrañas de estas tierras próximas al el hermoso Valle de Tucutunemo. Ella fue una mujer de las más respetadas y queridas de la colectividad de Las Mercedes, con una existencia plena de servicio y entrega generosa a sus semejantes. 

Las Mercedes de antaño fue una vecindad pequeña. Sin embargo, a partir del siglo XIX que se construye su Iglesia, se convierte en una floreciente Parroquia, patrimonial hoy de la jurisdicción territorial del municipio Ezequiel Zamora del Estado Aragua.

Uno se atreve a decir que esta primigenia Parroquia del municipio Zamora, nunca ha poseído la atención y el progreso que se merece, si tomamos en cuenta que el Valle de Tucutunemo fue uno de los sectores de mayor fertilidad para la producción agrícola del municipio. Puede observarse hoy con sus servicios públicos  en decadencia y calles abandonadas. No hay quien ordene el arreglo y pavimentación de sus vías. No podemos olvidar que todas sus tierras  cercanas al rio,  en un tiempo eran abundantes en materia prima para la elaboración de artesanía, tejas, ladrillos y terracotas, elementos esenciales para la construcción de viviendas. No era raro ver entonces en los solares de las casas de Las Mercedes de otra época,  fogones  de leña y hornos ardiendo todo el día para la quema de arcilla proveniente de sus playas.

La niña Carmen nació en este sector cuando sus calles y las vías de acceso para El Cortijo  eran todas de polvo pero transitables, Nació un 16 de abril de 1921 durante el gobierno del General  J. V. Gómez. En una casa no muy grande hecha de bahareque y palma. Casa campestre rodeada de árboles y en  la entrada  una arboleda y huerto-jardín con perfume de rosas y hojas aromáticas. La casa además llamaba la atención porque estaba levantada en todo un paso del río Tucutunemo, para  aquel que se dirigiese hacia la comunidad de El Cortijo. En la otra orilla del río estaba asentada la casa que también fue conocida como la Tejería de Don Juan López. Allí a la orilla de este cauce, surcando estos caminos y en la hermosura de sus campiñas vio la muchacha vivir sus años de infancia y adolescencia al lado de sus padres.

Sus progenitores fueron Rafael María Colmenares y Arnalda Carrasquel, una pareja de agricultores poseedores de sus propios conucos, que bastante cultivaron y cosecharon en estas fértiles tierras. La prole habida de este matrimonio no fue tan corta,  todos nacidos en este sector, en total fueron siete hijos: Luisa, Juan Pablo, Antonio, Lorenzo, Rafael, Arístides y Carmen. Hombres y mujeres de formación hogareña preocupados por el trabajo del campo y la ciudad desde pequeños. 
                  
Carmen fue siempre una mujer de hogar, de raíces y costumbres rurales, en este ambiente creció con los trabajos que le encomendaban sus padres y los diversos altibajos y circunstancias, pero siempre con voluntad  de servicio a favor de la gente, cuestión que la comunidad de las Mercedes ha sabido agradecer, reconocer y respetar.

Tratar, aliviar, curar y ensalmar males de salud no era fácil tarea, pero fue el destino de aquella muchacha que  correteaba por el curso del riachuelo, buscando en sus corrientes los pozos que sirvieran para lavar los trapos y realizar sus menesteres domésticos en su limpio caudal y disfrutar de eventuales zambullidas en sus aguas.

Me contó en una oportunidad la niña Carmen que su mamá adicionalmente le enseñó la práctica de la repostería y a confeccionar dulces tradicionales y ella misma aprendió la confección de ramos y coronas que también surgieron  como expresión laboral de su profunda humildad, en busca de ayudar el sustento de la casa y compartirla con otras personas desvalidas de pan, pero sin apartarse de las bondades derivadas de las plantas con una efectividad que convencía.

Carmen, como es sabido, no tuvo descendencia biológica. No es tarea difícil imaginar que los oficios de la casa que nunca terminan, el desempeño de prácticas medicinales heredadas de sus ancestros desde que era pequeña y el hecho de estar pendiente de la atención de sus hermanos menores y mayores,  no le dieron tiempo para amoríos.

Fue considerada una persona amorosa y cariñosa con los niños en general, con sus hijos de crianza, con sus nietos, sus yernos. Por ello fue que sin saborear la dicha de dar a luz, fue madre protectora  comprometida con la crianza de hijos de otras madres, con el mismo amor como si fueran fruto de sus entrañas. Diríamos que fue madre para todos los niños. Era de esas mujeres que estaba donde era útil y necesaria su presencia y así se mantuvo toda su existencia, soportando situaciones adversas sin ningún reproche y enfrentando el duro trajinar de la vida.

Para orgullo de toda su familia, de sus hijos y nietos  y toda la comunidad de en general de Las Mercedes hoy  el nombre de Carmen Colmenares ocupa un sitial de honor en la memoria colectiva, Muchos personas propias y extraña pasaron por la magia de sus manos y fueron parte de sus curaciones físicas y espirituales.

Recuerdo la vez que la visitamos en su casa  localizada en el callejón Cinco de la Parroquia  Las Mercedes, en la frontera con Manuare, donde transcurría su recorrido por la vida, alejada de la vida citadina, entregada a sus quehaceres cotidianos, con la ayuda de la divina Providencia  y su entrañable fe y devoción por la madre de Dios en la advocación de Nuestra Señora de Las Mercedes. Si algo distinguía su personalidad era su gran sensibilidad por la humanidad y su acendrado amor por la Iglesia de Cristo. El  sentir lo que era la solidaridad y lo que vale un amigo y un buen vecino. Entonces daba gusto oírla pronunciar aquella lacónica y acostumbrada frase que aun resuena en nuestros oídos: “Aquí  en este barrio nací y aquí me quedo”, como en efecto ocurrió. Falleció acá el 7 de febrero de 2015 a los  94 años de edad. 

No es ninguna exageración afirmar que hoy, con el aprieto  de salud con el que estamos viviendo los venezolanos, cuando ahora no es posible conseguir en las farmacias ni  un simple sobrecito de aspirinas, es cuando a  estos conglomerados humanos les hace falta personas como la niña Carmen Colmenares. Necio sería negar su gran importancia y su utilidad en la comunidad. Por heredad, hoy una hija espiritual llamada Belyies que amablemente nos recibió y trajo en sus amorosas manos el álbum de familia que es lo mismo que un corazón de inolvidables recuerdos, Fue la encomendada por su madre para continuar su labor y aventajarla y hoy ya comienza a trasmitir su ejemplo.


                                 
Oscar Carrasquel

La Villa de San Luis, 14 de junio de 2017.


COMENTARIOS

Aleyda Garcia Que bella!! Que Dios la tenga en su gloria !!


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