domingo, 6 de agosto de 2017

URBANO PADILLA, TALABARTERO DE LA VIEJA GUARDIA



                                                                                            

Este hombre llamado Urbano Padilla es uno de los personajes más populares que tiene  el sector de Las Tablitas  de Villa de Cura, por ser un hombre con muchas historias que contar, destacado  por ser un viejo artesano de la talabartería, excelente  padre de familia, conocedor de caminos y encrucijadas. Más de medio siglo en La Villa no es cualquier cosa. Urbano se ha  dedicado a la talabartería, además de ser un humorista de rápida improvisación y de muchas ocurrencias. Tiene un buen repertorio de anécdotas y las cuenta tan sabroso que uno no quiere cambiar la conversa, conocido por todos simplemente como “Urbano”. Hombre modesto y conversador. 
La pura verdad es que lo conocí por vez primera, un madrugón  de fin de semana, metidos en una fila para entrar a un mercado; me lo presentó el señor Chito Navas, desde entonces entablamos una sólida amistad que  se mantiene intacta. Su trato, su corazón abierto y una discreta sonrisa que siempre dibuja en su rostro, son tan amplios como  la vieja  Alameda, con sus casas de techos rojos,  tarantines y bares, donde ejercían su oficio las mabileras. De él guardamos un cúmulo de buenos encuentros y recuerdos. Algunas veces aprovechamos para pasearnos por los recuerdos y saboreamos juntos un cafecito calientico, cuando salgo a mis acostumbradas caminatas matutinas.

En Villa de Cura nació el 05 de diciembre de 1947, sus padres fueron Manuel Isidoro Hernández y María Padilla. Su vida de soltero finaliza el año 1971 cuando se rejunta para siempre con Gladys Custodia Oliveros, de cuya unión nacieron dos hijos: Jairo Antonio y Deayanira. Hasta allí fue la meta de aquella vida de soltería, de buen bebedor en la barra de una taberna, peleón a puños para hacerse respetar en el barrio, buscador de diversiones y nochiernago. No obstante, su vida no ha sido nada fácil, porque supo fajarse duro para forjar una hermosa familia.

Sin embargo, es interesante saber que este conocido personaje en la década del setenta, viviendo en la capital de la República fue aficionado al deporte del boxeo, y conoció todas sus secuencias y detalles. Por solo 20 bolívares –según cuenta- se desempeñó un tiempo junto con  Luis Navas, sirviendo de sparring en las sesiones de entrenamiento de peleadores ranqueados,  como Luis Vallejo, Pedro Gómez, Cruz Marcano y el Toro Paiva, allá en el viejo cuadrilátero del Nuevo Circo en Caracas.

Urbano fue muy amigo de la bohemia y fanático de interpretar tangos de Gardel y de otras canciones del repertorio de Julio Jaramillo y de Olimpo Cárdenas; todavía  es muy interesante oírlo cantar rancheras igual  como lo hacen Pedro Infante o José Alfredo Jiménez, con ellos se cansó de cantar a dúo a la orilla de una rokola en el bar que regentaban Rafaelito y la Gorda acá  en La Alameda. 

Cuando contaba 13 años de edad tuvo su primer encuentro con un empleo, se integra en la famosa Talabartería Venezuela, fundada por el señor Reinaldo Silvera, allí comienza su vida de trabajo haciendo roseticas, guruperas y cabezadas, cuando  estaba en pleno apogeo el grupo Silvera; aquello fue como su escuela primaria de labor. Lo más importante en todo caso, es que fue  allí  donde se paseó por  el arte de la talabartería y se convirtió con el tiempo en un maestro fabricando sillas para montar a caballo. 

Urbano sabe lo que es una buena montura y sus aperos; cómo no lo iba a saber, si desempeñó durante más de 50  años el oficio, y las pudo producir tipo llanera para trabajo y coleo, la chocontana americana y la mejicana, y  también hizo sillines para montar  caballos pura sangre de carrera.  En su vida fue muy significativo tener de llaves a veteranos talabarteros; además de su maestro Reinaldo Silvera, a  Enrique Pérez, Lucio Pérez, Jesús Pérez, Heriberto Parra, Tomás Anzola, Juan Flores y otros más, quienes fueron testigos de su dedicación y esfuerzo.

Urbano es un hombre sereno y muy cuidadoso al hablar, de una gran agilidad mental, jamás le hemos oído pronunciar palabras disonantes o chocantes. Nunca lo hemos visto arreglado de paltó ni de corbata de lazo, pero  siempre anda impecablemente con su vestuario limpio y bien planchadito y ninguna vez le falta una gorrita de pelotero. 

Ya Urbano llegó a la edad en que a uno se le envejece  la piel pero no el corazón. Aun anda desafiando las hojas del calendario. Hombre de buenas acciones que se dedicó a laborar toda su vida al servicio de la importante industria talabartera, tan prestigiosa y floreciente en Villa de Cura en todas las épocas, como reconocida en toda Venezuela y otros países latinoamericanos.

De repente, como un aleteo de pájaro lo vemos cruzar la plaza Bolívar, mensura uno y otro lado y se acomoda en un banco a rumiar sus peroratas con muchos que conoce.  A este Urbano Padilla lo meto en la crónica  para que sus ejecutorias y sus virtudes personales no queden sepultadas en el olvido.

Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, invierno de 2017


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