lunes, 14 de agosto de 2017

EL NEGRO JOSÉ NÚÑEZ MURIÓ A LOS 46 AÑOS DE EDAD, HACE 46 AÑOS




En el seno de nuestra familia fue el “Negro” José  Núñez un ser muy especial y querido. En casa de los Carrasquel, todos los hermanos lo respetábamos y  lo teníamos como primo; todo indica que  su madre doña Virginia Núñez tuvo una amistad de mucha cercanía con nuestra madre María Carrasquel, lo que  la convirtió en tía de todos nosotros. Protegido por el calor y los brazos de la madre habitaron una casa  en la calle doctor Manzo en Villa de Cura, entre Miranda y Sucre, estaba residenciada nuestra familia en la calle doctor Urdaneta y de ella -la tía Virginia-  recibíamos casi todos los días su bendición.

Nosotros quisimos mucho al “Negro Núñez”, algo así como el hermano mayor que aconsejaba. Nacimos en el mismo pueblo. Su nombre completo era José de la Concepción Núñez. Fue el nombre que le puso doña Virginia por haber abierto los ojos al mundo un  8 de diciembre de 1924, día de la Santísima Virgen de la Inmaculada Concepción. En conversaciones familiares conocimos que el padre de José Núñez fue Don Plácido García, sastre de profesión y al mismo tiempo jefe de la oficina de Registro Público del otrora Distrito Zamora. Su renombrado taller de sastrería y la oficina pública se movían en un mismo espacio por la calle Comercio, frente a la gruta nuestra señora de Lourdes. Mi mamá  en aquellas tardes tranquilas de conversa me contaba  que don Plácido lo consentía y quería mucho.

Desde pequeño anduvo metido en un salón de clases, mirando al mundo a través del cristal de la alegría. Estudió la primaria completa en la Escuela Arístides Rojas bajo la rígida disciplina  del músico y pedagogo don Víctor Ángel Hernández; incontables reprimendas recibió de la maestra calaboceña de primer grado misia María Amparo Rodríguez. El bachillerato casi completo lo cursa en un colegio  para varones regido por sacerdotes diocesanos, internado por don Plácido en la ciudad de Calabozo. Su padre muere cuando estaba a punto de diplomarse  de bachiller. José regresa a La Villa, no le queda otra alternativa que inscribirse en la  escuela artesanal de Artes y Oficios, situada por la calle Bolívar donde aprendió contabilidad o teneduría de libros de firmas comerciales, como se decía antes.

Ya mayor de edad,  con estas credenciales y la elegancia de su caligrafía, las firmas comerciales de Villa de Cura más representativas como: Francisco Álvarez Rodríguez, Froilán José Aguirre, Manuel Melo y Antonio Silva, conocieron de su talante como excelente contador que era. Luego se emplea como contabilista a tiempo completo en el almacén de Don Norberto Ramón Vásquez, por los lados de La Alameda.  Allí se vendían víveres para surtir al comercio menor de la Villa y el llano, a la vez era la fábrica de alpargatas “El Abanico”. Y durante los últimos años trabaja en el almacén de Tomás María Hernández, sucesores, ubicado en la calle Páez. Fue  agente viajero de esta importante casa comercial y en ese desempeño tuvo que regender muchos caminos del estado Guárico y  el sur de los valles aragüeños.

Doña Virginia Núñez, su madre, era natural de El Sombrero, capital del municipio Mellado del estado Guárico. A Villa de Cura llega hacia las primeras décadas del siglo XX.  Una mujer hecha para la brega, una llanera acostumbrada a los tiempos buenos y malos (Aunque en esos dias no se conocía lo que era pasar hambre).

Obesa, irascible,  recia de carácter, en un altar veneraba un cuadro coloreado de  Nuestra Señora del Carmen, patrona espiritual de El Sombrero. Aprendió con las “viejas” que la criaron allá en el llano a fabricar toda clase de dulces criollos para la venta. Muy reconocida en La Villa por las hallacas navideñas que hacia todos los fines de semana. Sus clientes mañaneaban los sábados buscando sus hallacas y tamales. Madrugaba cotidianamente para poner en venta las arepas asadas en budare y en fogón, mi hermano las salía a repartir y vender, siete unidades por un real. Una mujer de una gran fortaleza corporal. Era tanta su fuerza que era capaz ella solita de alzar un lechón que había sacrificado y lanzarlo para luego rasparlo sobre un mesón de madera.

En su casa tenía un hermoso jardín de vistosas flores y el patio sembrado  de naranjos. Le importaba poco que no llegara agua por medio de la tubería de acueducto, pues en el centro del solar había un tremendo jagüey o aljibe que surtía toda la casa y mantenía fresco el rosal. Recuerdo muy bien que se tomaba agua  fresca y cristalina que destilaba de una piedra de tinajero verdecita de musgos. En una “Corona” molía el maíz ya pilado para obtener la masa para las arepas y las hallacas.

El “negro” Núñez fue una de esas personas que despertaba en todos el deseo de tenerlo como amigo, porque tenía un don especial para tratar a la gente. No tomaba licor pero tampoco le faltaba un tabaco “Habano” cubano bailándole entre los labios. Era de contextura gruesa, piel morena, pelo enredado, cara de manzana como la madre, cachetes abombados, inspiraba respeto, aunque era especial haciendo comparaciones y poniendo sobrenombres de esos que no se quitan nunca. Cualquiera endulzaba sus penas con su jocosidad. Cuando el chiste era bueno soltaba una  centellante y sonora carcajada jamás borrada de mi mente. Fue un personaje amable, simpático y muy querido en La Villa. De probada honestidad que  todos conocían.
  
Entre sus más íntimos  amigos se contaron el yaracuyano Humberto Blanco y sus hijos Humbertico y Rebeca; Pedro Ezequiel González, Doña Hilda Romero de González y su hija Yajanira que era su ahijada; Jesús María Blanco, Germán Cordero, Luis Nieves, Ramón Vásquez Montaña, Víctor Hernández Ramos, Alcides Álvarez, Rafael Ortega, Rafael Montaña, Teodoro Maury, Rita Álvarez, Arístides Melo, Manuel Melo, Antonio Moreno, José Manuel Morgado, el “Negro” Testamar, Luis Manuel Botello, Oscar Morgado y otros que sería muy largo de enumerar.

Jugando beisbol, Núñez también fue cosa seria. En su juventud aprovechaba los ratos libres y los domingos en un juego de beisbol no oficial, errante, conocido como “Caimaneras”. “El Negro” ocupaba una buena posición en la alineación porque era un reconocido y temible bateador de líneas largas. Lo que se llama un sluger. Su compadre Pedro Ezequiel, el escogedor de la partida, siempre lo colocaba de cuarto bate en el lineup.  Fue un frenético Magallanero y siempre demostraba su fidelidad por esa divisa del beisbol profesional en Venezuela.

Se enamora y se casa  con  una de las muchachas más hermosas y atractivas de la época, vecina de calle doctor Urdaneta,  amigos de la cuadra larga, llamada Hilda Álvarez, nacida en tierras guariqueñas de Valle de La Pascua. Quizá  la que mejor  conoció sus sueños, derrotas, sus rutinas y cansancios. A La Villa llega siendo  pequeña de la mano de su madre Rosario Álvarez y su hermana Josefina “Chepina”. En este pequeño valle se hizo mujer y encontró en José Núñez el amor para toda su vida, ese que se vuelve llama y fuego en el alma, de cuya unión nacieron 8 hijos: Rosa Elena, Edith Virginia, Hilda del Rosario, José Rafael, Rebeca Josefina, Aidee Columba, Luisa Elena y Rafael Enrique. Ellos se encargaron de acrecentar la familia en 14 nietos y 12 biznietos. Vivieron y se levantaron sus hijos en dos direcciones de la calle Miranda. Luego cambiaron de domicilio para la calle Sucre y supe que algunos se residenciaron en la capital de la república.

Hoy su hija, la profesora Luisa Elena Núñez de Rosales, conocida mejor como “La Negra Luisa”, con quien dialogué lo suficiente, retrotrayendo el tiempo, convencida que el mundo gira y que nada bueno es eterno, en medio de su  herida recuerda a su padre como incansable trabajador, esposo ejemplar, padre amoroso y consecuente.

El negro Núñez murió prácticamente en la plenitud de su vida el 15 de diciembre de 1970, pocos días hacían  que había cumplido  los 46 años de edad, víctima de un fulminante ataque cerebro cardiovascular, que a todos nos dejó sobrecogidos. Refresco 46 años en la distancia y aun le recordamos y todavía lloramos inconsolables su ausencia.

En el viejo camposanto de Villa de Cura, en la misma  ciudad donde tía Virginia le dio a luz y lo crió para la vida, entrando al cementerio cruzando a la izquierda, bajo  el silencio de las soledades  reposa su huesera.

Que descanse eternamente  tu alma y la tierra te siga siendo liviana, primo hermano.



                                                               Oscar Carrasquel, La Villa de San Luis, 14 de agosto de 2017

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