martes, 1 de noviembre de 2016

EL PINO DE LA SUERTE Y EL AMOR



                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Por Oscar Carrasquel


Como es sabido por todos el pino es un árbol silvestre de corteza dura y resistente con forma de cono, de la familia de las Pináceas, de vertical y abundante ramificación. Es para la patria de Honduras lo que es el Araguaney para  Venezuela, “El árbol Nacional”; por ser el más pródigo y cultivable en aquel país centroamericano para múltiple usos, tanto ornamental como de aprovechamiento industrial y artesanal. Las numerosas plantaciones de pino en Venezuela son aprovechadas para la producción de papel. Los estudiosos describen, según algunas estimaciones, que existen en el país alrededor de siete especies conocidas de Pino o Pinus. Más allá de estas consideraciones, acorde a todo lo que hemos escudriñado, esta especie vegetal es símbolo de mucha importancia  para el Feng Shui en la sabiduría oriental, que lo vincula con la prosperidad y como símbolo de  longevidad, suerte en la salud y generador de fuerza física y espiritual. 

Hago esta natural exaltación para referirme a un paradero que conocí allá en  un pueblo sencillo y pacifico llamado Villa Bruzual, capital del municipio Turèn, situado en el sureste del estado Portuguesa, por allá en los años ochenta. Quiero que se recuerde que Turèn además de nacido para la agricultura, al igual que otras ciudades posee diversidad de sitios y lugares de tradición y leyendas. Casi pisando las primeras casas de la población de Villa Bruzual, en las afueras del pueblo, al borde de la carreta de asfalto, en una loma a la entrada de un fundo de campo abierto, existía un hermoso árbol de pino, alto, gacho, con su ala inclinada buscando la luz del horizonte, frondoso, bonito, bien conservado, con un refulgente ramaje color verde-azul, que se atisbaba desde lejos cuando uno rondaba por la carretera, con aquella característica bastante curiosa,  que todo su tallo lo tenía torcido y que de vez en cuando columpiaba con el soplido del viento. Parecía como si un fuerte vendaval salido del monte, de aquellos que abren y cierran puertas y ventanas hubiese doblado su  larguirucho tronco. Allí estaba esta curiosísima especie  de la naturaleza regocijado de la luz y el aire que le brindaba el siempre atractivo paisaje de la selva turenense, muy visitado por turistas y por conductores que transitaban aquella vía; todo el mundo se paraba en aquel sitio considerado por la curiosidad  de la ciudadanía como un auténtico milagro de la madre naturaleza. 

Cuentan que por todas sus cualidades benefactoras fue bautizado por la nomenclatura ciudadana como “El Pino de la suerte” y con este nombre también se conocía el lugar. Curiosa planta que según las viejas tradiciones solo en horas de la noche regresaba a su posición de verticalidad. Era raro el conductor, solo o acompañado, que transitaba por esa carretera que no se detuviera a visitarlo, tal como si fuese un santuario histórico; lo rigorosamente cierto es que todos querían verlo y sentir su energía de cerca. Algunos se paraban a  demandar un deseo de salud. Vi más de una vez a gente  que se colocaba debajo de su fronda, aunque fuera por unos minutos, para nada más tocar su tronco y besar su frondosidad,  asegurando que ello les proporcionaba buena suerte y hasta  trozaban para llevar un manojo de sus flaquísimas ramas. Se le consideraba como un árbol que cumplía la mayoría de los deseos, en especial cuando se resquebrajaba la coexistencia familiar. Siempre se oyó decir que activaba la energía de las parejas con incompatibilidad de convivencia. Se le vinculaba con el romance, por eso las parejas  jóvenes de enamorados se alborozaban bajo su ramaje, le formulaban  un deseo matrimonial que generalmente se le concedía. Los viejitos  también lo frecuentaban con un solo propósito,  buscando descubrir aires  de permanente juventud y para cocinar un bebedizo con sus hojas para lo que llaman los llaneros la hora de la verdad.

Yo ignoro si esta planta fue sembrada allí por algunas manos piadosas en medio de aquella  empalizada de chaguaramos y arboleda de mangos, lo que sí  se puede asegurar es que su creación y vigorosidad fue por gracia de Dios. Como ya ha pasado tanto tiempo, nada he sabido si hoy en día todavía existe este  árbol de pino milagroso en aquel lugar, o cual sería hoy su destino. Lo que si me atrevo a decir con propiedad es que el suelo de Turen es  sagrado y que sus tierras son fértiles por excelencia. En verdad,  se trata de un extenso territorio  totalmente verde bautizado con sobradas motivos como “El granero de Portuguesa”. 

Como colofón me encuentro  obligado a decir que, no se imagina aquel señor renco de ojos verdosos, de sombrero y de sonrisa ingenua, cómo le estoy  de agradecido, ya que sin yo pedírselo,  en la semi oscuridad de una tarde  se me apareció de sopetón  en veloz carrera pedaleando  una vieja bicicleta, como si tratase un pájaro solitario escapado de su cautiverio, se paró a mi lado, trabamos una conversación y me echó completico el cuento bajo aquella mata. Sus datos dados como verídicos y me experiencia de transeúnte por esas tierras me sirvieron para construir, ya transcurrido varios años, esta menuda historia de mi inolvidable parada de seis años en la bucólica  y deliciosa población de Turèn. 

La evidencia  de “El árbol milagroso” la obtuve por casualidad  en una elocuente fotografía acreditada a la periodista Ana Colmenares.




La Villa de San Luis, octubre de 2016.



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