domingo, 20 de noviembre de 2016

MENECO, UN PERSONAJE POPULAR



                                                         Por Oscar Carrasquel

      ¡Natividad¡ Así de sencillo lo mandó a bautizar su madre porque nació en el mes más alegre y feliz, como hace poco solían llamar al último mes del año. Aquellos diciembres de estreno de telas, hallacas, de Niño Jesús, de cantadores de aguinaldos de casa en casa y de paz en la mente y en el alma. Su apellido, el mismo de la madre: Bermúdez.  Nació en Tucupido, capital del municipio José Félix Rivas, estado Guárico. Su madre, buscando el rumbo del centro.  ancló en Villa de Cura para el resto de su vida, cuando eso el chaval contaba seis años de edad. Pero siendo un adolescente la gente logró borrar su verdadero nombre (Natividad Bermúdez) y lo reemplazó por un apodo muy corto pero sonoro: ¡Meneco¡  Y así se quedó y lo conoce todo el mundo. “Ese me lo pusieron los jodedores” -Fue la frase que me soltó-.

      Fue  un personaje con una estampa jocosa y muy singular en Villa de Cura, estrechamente conocido entre amigos de grupo de una época considerada dorada. Juegos tradicionales, travesuras, diversiones, chanzas, largas conversaciones y amistad, siempre fueron piezas que unieron a estos muchachos forasteros  con los del patio. Algunos llamaron a estos grupos: “cuerdita de jodedores”; pero fueron jóvenes sanos, juntos siempre, incapaces de irrespetar ni de provocar daños a nadie. Aquel que entraba a esta órbita no quería salirse nunca. 

      Después de pasados tantos años a Meneco ahora se le ve  en La Villa con su voz apagada, con sus pasos hundidos por las calles tumultuosas, visitando alguna plaza, mirando hacia adelante y a veces parado viendo hacia atrás. Rememorando nostalgias, sueños,  amores que llegaron, renuncias y recordando nombres lejanos de sus antiguos compañeros de aventuras juveniles. La mayoría emprendieron el viaje sin regreso. 

Ya han disminuido sus movimientos y ahora es lento su andar, por la carga de los años que se le vinieron encima. Ahora es solo la sombra de aquel hombre joven que pedaleando un caballito de dos ruedas veíamos pasar velozmente por las calles todos los días. Fue un muchacho vestido siempre de ropa limpia,  un pachuco de su época. Después que se alargó los pantalones, sin ser bebedor, nunca se apartó de los ambientes de bares y de visitar barras de cantinas olorosas a hembras. En los salones de  billares siempre lo veíamos haciendo de coime, o cazando y pagando apuestas en el viejo caserón de los Palumbo por la calle principal. Su lobby, era un sonado bar por la calle Bolívar donde además de bebidas, se conseguía la variedad de dulces de la cosecha de misia María Palumbo: dulce de arroz con leche, de cabello de ángel,  rodajas de toronja en almíbar y tortas de queso a un costo de 0,50 la ración; y además, Sándwiches rellenos de jamón y queso amarillo holandés a 1.50 (tres reales).

      Meneco fue preparador,  seleccionador y jugador de gallos de pelea, adonde reinaba la popular cuerda gallística denominada La Molinera. Con el popular Ángel Molina (Molinita) se hizo buen gallero. Aprendió bien el oficio, centímetro a centímetro. Por su modo de ser adquirió popularidad entre la gente que asistía a los grandes desafíos en galleras de la localidad y foráneas.  Jugador y apostador al azar.  Su historial se ubica entre las décadas de cincuenta y sesenta. 

      Gregorio García, el célebre vendedor de chicha de La Villa irónicamente le decía “doctor”, porque Meneco despectivamente y adrede lo llamaba “chichero”, sabiendo que le disgustaba al extremo que le identificaran por el oficio. 
      Narrador de cuentos y amigo de jugar tretas. Genial para derrochar jocosidades. Era la picardía hecha hombre.  

Hubo un día que  se le ocurrió colocar una enorme corneta de pera en un cruce de esquina de la calle Real, y cuando “el burro” Leopoldo Figueroa venía muy tranquilo frente al volante de su camión ganadero, Meneco activó el  sonido largo de la corneta, lo que provocó  que su amigo Leopoldo pegara un frenazo que casi lo hizo salir de cabeza por el parabrisas. “El burro”  le mentó la madre, mientras él salía en disparatada carrera.

      Otro día se apareció a la lonchería de Míster Botta, exigiendo que le preparara un sándwich “económico” y cuando el comerciante italiano le preguntó si era con jamón o queso, Meneco le dijo que lo quería con galleta de soda.

      Aquellos pequeños episodios humorísticos del personaje causaban hilaridad entre la poca gente que deambulaba por el silencio de la calle. Se peinaba su ondeada y relumbrante cabellera con brillantina Palmolive y siempre llevaba sus  patillas y bigote bien arregladito, al  mismo estilo del galán del cine norteamericano Errol Flynn, con lo cual sentía una especie de fantástica placidez, como si fuese dueño de todas las pinceladas de Hollywood.

      Fue un llanero convertido en villacurano, de familia humilde, dinámico y con una voluntad  decidida para ganarse con claridad  los centavos. Así, llevando la vida tranquila y felizmente  le recordamos los vecinos de su generación. Hoy, en una acera de la calle Blanca (Miranda) metidos en la conversa me dijo que ya debe pasar los ochenta y pico de garzón.                 

      Ahora, obviamente no es el mismo, en la ancianidad se entregó a representar al hombre solitario y triste que cotidianamente vemos caminar por las calles del pueblo. Casi no me reconoció por no contar con unos apropiados prismáticos, ni con el aroma fresco de la memoria. Pero posee el mismo trato amable y sonrisa de muchacho inocente. Hay días que en un cruce de calle o  en una acera, circulando en fila india para no tropezar  con buhoneros y personas haciendo cola o sentados en las aceras esperando productos, sencillamente lo saludamos y le decimos adiós Meneco. Y por supuesto nos responde atento el saludo de vieja amistad.

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