sábado, 14 de enero de 2017

DON RICARDO MONTILLA EL GOBERNADOR 30-30


Por Oscar Carrasquel

Al comenzar a escribir la presente nota o  simplemente relato, confieso y reconozco  que San Fernando de Apure fue una de las capitales que en nuestros años mozos  aprendimos a querer bastante, y una de las partes  en que  yo hube de tener contacto con la vida del llano. Allí anduvimos por motivos de trabajo alrededor de siete años.  Como es de suponer, de aquella hermosa estadía en esa importante capital llanera, conocimos a otra gente y obviamente tenemos algunos recuerdos interesantes que referir, hasta donde alcance la memoria.

Uno de esos episodios estelares fue en una ocasión  que yo me encontraba reunido con dos amigos más. Después de cumplir nuestras labores, nos sentábamos a tertuliar en un banco de la  plazoleta J. A. Páez  o redoma Páez, ubicada a la entrada de San Fernando,  igual como lo hacíamos casi todas las noches, cuando de repente se estaciona un auto muy cerca de nosotros, y lo primero que llamó la atención es que de la parte detrás del chofer desciende un caballero circunspecto, bien trajeado de flux y con corbata, cortés y muy formal, tendría como 60 años de edad e iba acompañado de una doña y una jovencita. Recuerdo bien,  a pesar de la distancia en el tiempo, que sin pronunciar palabra aquel hombre que bajaba del auto nos saludó cortésmente a todos los presentes con las dos manos  abiertas como si fuese un mago. 

Ellos tres, probablemente marido, mujer e hija, lo primero que hicieron  después de saludarnos, fue dar una vuelta al contorno y ocuparon al igual que nosotros un banco contiguo al borde de la plazuela.  Conversaron, comentaban sonrientes y  respiraban el aire puro de la llanura apureña del anochecer,  inhalaban a la par los evapores de un rio burbujeante. Un río pacifico en verano que llevaba y traía embarcaciones con pescadores. No había pasado mayor tiempo (menos de una hora) cuando llegó el mismo automóvil a recoger al hombre y sus acompañantes. Giró buscando la ruta entre dos hileras  de chaguaramos todavía pequeños que habían sido sembrados de lado y lado de una limpia vereda.

Cierto que la persona que había llegado y  a quien nos referimos acá era el gobernador  del estado Apure (sin  aspavientos de patrullas, ni motocicletas, ni nada) designado por el Presidente de la República antes de que se produjera  la reforma que todos conocemos. En vida se llamó Don Ricardo Montilla. Su esposa se llamaba doña Gosvinda Rugeles de Montilla, hermana del poeta y ensayista tachirense Manuel Felipe Rugeles.  Quienes ya lo habían conocido le decían simplemente El Chino Montilla, y pasado  el tiempo, especialmente en Apure donde fue muy apreciado, le llamaba la opinión pública de la ciudad y de fuera  con una designación bastante coloquial y pegajosa: “El gobernador 30-30”.

A no pocos le resultará extraño, menos a quienes le conocieron, o bien han escrito o estudiado al personaje, el calificativo  numérico dado al gobernador  Ricardo Montilla, un hombre de interacción y de enormes cualidades humanas. Su gestión al frente de la gobernación del estado Apure durante el trienio 65-67 contó con el apoyo de la mayoría de la colectividad regional y nacional con justicia y ponderación. Igualmente satisfactoria para su partido AD y el Presidente Raúl Leoni.

De frente, en medio de una redoma, esculpida en bronce y  base de mármol,  sobre su caballo apoyado en su cuarto trasero la figura del  General en Jefe del Ejército Nacional José Antonio Páez, héroe de las Queseras del Medio,  de Mucuritas en Mantecal y de Carabobo, El León de Payara, blandiendo su espada de gloria, la primera lanza de América, como le distinguió Martí. “Mientras haya americanos tendrás templo”, estampado en una placa.

Independientemente, los más jóvenes que nosotros seguramente se preguntarán: ¿Y bajo qué circunstancia le viene un apodo tan extraño al primer magistrado de una entidad federal tan importante como el estado Apure? De manera sucinta voy a tratar de explicar tan sonado concepto. 

Sencillamente Don Ricardo llevaba en su corazón y en los cinco sentidos su afán de aplicar correctivos con la finalidad de proteger y defender la naturaleza y el medio ambiente. Aquel escrupuloso ciudadano, haciendo uso de sus facultades  suscribe un decreto con fuerza de ley identificado con el número 30. La disposición establece en uno de sus apartes la pena administrativa de 30 días de arresto  en el comando policial para todo aquel ente particular o  públicos, llámese ingeniero de obras, funcionario de la Gobernación, Institutos Autónomos, Ministerios o Concejo Municipal que incurra en delitos indiscutibles de caracteres conservacionistas y ambientales, que tuvieran que ver con quemas forestales, tala o derribo de árboles, deposición de basuras y desechos en plazas y en vías de tráfico público, contaminación sónica y también actos atentatorios de la moral ciudadana. No había posibilidad de exoneración, no valía padrinazgo, ni podía ser sustituida la medida pecuniariamente, es decir, aquella providencia  era de cabal y estricto cumplimiento para cualquier ciudadano.

En sentido general se debe reconocer que se vieron disminuidos de manera notable los impactos y delitos ambientales, por lo menos en la capital del estado, así como también en algunas zonas rurales y se regeneró el comportamiento ciudadano. No recuerdo  saber si aquel gobernante tomaba el epíteto  (30-30)  con buen humor o al contrario con rechazo y desagrado.

Las críticas no faltaron porque la norma  salpicó entre tantos a un Magistrado  que se pasó de maraca; contaban en los corrillos que su señoría con unos tragos caía en  clímax de Don Lorenzo Barquero  en la novela “Doña Bárbara”, se ponía a torear el viento con el paltó y a formar escándalo en la vía pública  despertando a las almas dormidas, y ello le ganó un puesto en la galería de visitantes del comando policial; ese acontecimiento por supuesto jurungó ronchas y “gelviò” la sangre a muchas personalidades especialmente de altas esferas de la Judicatura en Caracas. La sanción de toda forma debió de cumplirse.

Afanoso trabajador en asuntos concernientes a la protección del ecosistema,  el gobernador Montilla  se convierte, aparte de construir importantes obras de infraestructura, en impulsor y realizador en parte de un proyecto para la defensa de la ciudad de San Fernando por las frecuentes inundaciones, producto de la crecida año tras año y el desbordamiento del caudaloso río Apure; como la que nos tocó presenciar en el invierno del 1967, una de las crecientes más devastadoras que se conocieron. De los tiempos duros allá recuerdo ese momento, cuando nos vimos en la  necesidad de navegar en bote, a punta de canalete y palanca toda la calle Colombia. Yo vivía en una terraza en la avenida 1ro de mayo.

Don Ricardo Montilla Jiménez era nativo de El Sombrero, Municipio Julián Mellado del estado Guárico, donde nació en el año 1904, va a morir en Caracas en 1976; fue un buen entendedor  de lo que significa democracia, periodista, escritor; gobernador como queda señalado,  del estado Apure, también de su estado Guárico, diputado al Congreso Nacional, Ministro de Agricultura y Cría; Comisionado de la Presidencia de la República en el estado Guárico; miembro prominente de la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales de Venezuela; institución que ayudó a fundar y mantener y para más señas, amigo y Secretario Privado del novelista y expresidente de la República Don Rómulo Gallegos.

Es epónimo hoy en día de muchas instituciones educativas públicas y privadas y de algunos parques nacionales diseminados por todo el territorio nacional. En Acarigua, ciudad adonde también nos llevó la vida por varios años, visitamos  por su extraordinaria belleza una escuela experimental de conservación ambiental que  lleva el nombre de Ricardo Montilla; desde su fundación esta escuela aporta su granito de arena a la agroindustria, muy especialmente la vinculada con la preservación de la naturaleza y la producción agrícola del estado Portuguesa.

La Villa de San Luis, enero 2017


NOTA: Foto de los archivos del historiador Oldman Botello

COMENTARIOS:
Rafael Rodriguez Galindo El señor Ricardo Montilla recibió, no se en qué año, el Premio Nacional de Conservación!!!


Matilde Roldan de Bello Excelente narrativa

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