miércoles, 15 de marzo de 2017

MAESTROS DE CASAS EN VILLA DE CURA


Por Oscar Carrasquel

Vale la pena  recordar que en las décadas del 40 y 50 del pasado siglo decir en nuestra Villa de Cura: ingeniero, arquitecto, dibujante de planos, agrimensor y constructor, era exactamente lo mismo que referirse a un aquilatado conjunto de hombres que se encargaban de dirigir albañiles, ayudantes y  trabajadores rasos, para construir viviendas de bloques y armadura de concreto; aquellas viviendas nuevas que comenzaron a sustituir las estrechas rancherías de paredes de paja y barro, de techos de caña amarga y  palmeras,  coloreadas de cal y almagre, en aquella Villa de Cura lejana y semirural de tiempos remotos.

Estos “Maestros de Obras” se consagraron no solamente en dirigir la edificación de una casa, sino que se entregaban a trazar el terreno, hurgaban planos, sabían carpintería,  plomería, fluido eléctrico,  y, por supuesto, eran los responsables de las obras. Estaba de moda en esos años 50 y 60 que un trabajador podía hacer mercado y sacar a pasear  la familia  con un salario de 8 bolívares diarios.  El saco de cemento Carabobo se compraba a 4 bolívares; un camión de arena 20 bolívares y  1000 bloques marca Alfaragua costaban 200 bolívares. Un jornalero  trabajaba siempre con el estomago lleno.

Algunos de estos calificados  maestros fueron además constructores de vías, alcantarillados y aceras de cemento, cabe mencionar los  nombres de los maestros Juan Vicente Michelena, Carlos López y José Morales que fueron jefes de cuadrillas del Concejo Municipal del entonces Distrito Zamora. También es digno de aludir a Mister Macklin, un hombre que sigue hablando con frases cortas en inglés, constructor de obras hídricas para el abastecimiento de agua potable de pueblos y ciudades, además  de canales de riego para las zonas agrícolas. Me informaron que hoy por hoy vive en la parte norte de La Villa.

Así mismo, refrescando la memoria de los años de mi adolescencia  evoco de ese pasado  villacurano a un humilde y laborioso artesano que se llamó Felipe Aular Bolívar. Su patria chica y su recinto sagrado era el  hogar que él mismo edificó situado frente a la placita Ayacucho, hacia la salida del pueblo nativo, a pocos pasos de “Puente de Hierro”.  Respetuoso,  sereno, taciturno,   nada impaciente. Fueron muchas las veces que lo vi cuando se echaba a trajinar las calles acompañado de un camioncito tipo volteo que si todavía rodara tuviera más de 60 años, marca Ford, casilla de color rojo, modelo 1954, de esos con motor que roznaba como un toro desafiante por la calle y en letras doradas estampada en ambas puertas  “Construcciones Aular”. Arriba en el asiento del copiloto  solía llevar al albañil y el ayudante y  los materiales e implementos de trabajar los cargaba en el cajón de voltear; aquel señor ostentaba el orgulloso vocablo de “Maestro de Casas”, como se le decía en aquella época a los constructores de casas, quintas y edificios. Lleno de resplandores de sabiduría en esa hora que Venezuela requería de urgente transformación en materia urbana y social. Fue considerado un hombre que abarcaba todos los conocimientos para lucir  la jerarquía de “Maestro de Obras”, asumiendo ese trabajo como un don de Dios, porque fue también Maestro para trasmitir enseñanzas a las futuras generaciones. Era un hombre de acción que no solo sabía conducir con pericia un camión, sino que animaba, era guía y ayudaba a levantar con sus manos callosas quemadas por el sol, una quinta o una vivienda honrosa y digna. En ese ayer lejano había que pasar trabajo para ganar el sustento diario y sostener  una familia hermosa como el Señor Aular en La Villa fundó.

El Maestro Aular fue además creativo de la cultura y genuino para todo. Sin ánimo de lucro marcó pauta como experimentado escultor, tanto que moldeó con sus manos un busto de El Libertador que duró más de 40 años engalanando la pila central de la Plaza Bolívar de Villa de Cura. Algo encomiable fue que el maestro y artista se identificó con los ideales y con los sueños del aquel hombre metido en la estatua. Él sabía al dedillo cuál  era la infalible función de las estatuas. Irrespetada y desmontada la escultura por los iconoclastas en el año 1972, ahora puede verse   resucitada en una plazoleta rodeada de soledad en la comunidad de Los Tanques adonde fue trasladada. Ese mismo Simón Bolívar que  estuvo muerto…muerto; hasta  que fue sacado de madrugada de su sarcófago sagrado donde reposaba ¡Imagino que se indignó! porque dicho daño jamás podrá ser resarcido. El busto de Leopoldo Tosta, erigido en la escuela que lleva su nombre y el rostro del Doctor Alberto Smith, en un Liceo de su nombre  en Villa de Cura, fueron igualmente otras de sus obras escultóricas.

No quiero dejar en el olvido que el maestro Aular fue además un hombre de cultura musical. Dicen que ejecutaba muy bien el cuatro llanero.  De tiempo en tiempo lo acompañaba su amigo, el profesor Ángel Briceño, el flautista solista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela.  El viento del anochecer soplaba la flauta y chasqueaba el cuatro sentados debajo de un samán en un banco de la placita Ayacucho donde la pareja dejaba escuchar el joropo “Adiós”, una de  las piezas inmortales del maestro Briceño, y otras en complicidad de unos  buchitos de ron.

En  Villa de Cura  son muchas las viviendas que hoy  pueden conceptuarse dentro del nuevo modelo de construcción que fueron hechas íntegramente por este Maestro de Obra. Construyó don Felipe Aular, entre otras,  las casas de Narciso Pérez Acosta, frente a la gruta de Lourdes, así como también levantó las residencias de los hermanos Juan Bautista y José Rafael Hernández Pérez, que todavía señorea en la calle del C.omercio. La casa de Don Adolfo Ramírez, en la calle Real con Bolívar y Villegas y el edificio que hoy ocupa la Arepera La Única, en el cruce de la calle Comercio con Doctor Urdaneta ( O. Botello. Expresión No 47/ 2002). Honda repercusión ocasionó el fallecimiento del maestro Felipe Aular Bolívar cuando contaba 73 años el 6 de agosto de 1974.  Conversando con el poeta Elio Martínez me dice que en el Museo de Tradición “Inocencio Utrera” de la ciudad de Villa de Cura hay un compendio de fotografías y una exposición sobre su obra, y posiblemente una  historiografía de su baquianìa de esposo, padre y abuelo.

Es preciso recordar que en aquellos lejanos tiempos los habitantes de La Villa se dedicaban fundamentalmente a la alpargatería, la talabartería, a la agricultura  y otros oficios domésticos.  La construcción de viviendas  fue también una de ellos. El pueblo era de lo más tranquilo, distante de tantas angustias, en un ambiente de seguridad y de mediano desarrollo.  Existieron también en la pequeña ciudad otros “Maestros de Obra” que  destacaron en esta especialidad, que se ganaron un espacio en la historia de la construcción de viviendas en Villa de Cura, a quienes hoy  venimos a recordar en lo profundo del dolor, porque ya no están, como son estos nombres que extraje de la memoria de un coterráneo llamado Jesús González, un albañil ya retirado del oficio, que vive en la Parroquia Las Mercedes, son ellos: Felipe Aular, Aurelio Pacheco, Juan Vicente Michelena, Carlos López, José Morales, José Isabel Berroterán, Víctor Berroterán, Marcelo Almeida, Juan Berroterán, Tarsicio Moreno, Jesús María Jaspe y Pedro Blanco, artesanos que prestaron su decidida contribución a la apertura de la incipiente edificación de viviendas modernas en Villa de Cura

La Villa de San Luis, marzo de 2017


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