miércoles, 22 de julio de 2015

EL CINE AYACUCHO QUE CONOCÌ


                                                                       
              












  Cine Ayacucho, ambiente y pantalla




















Pablo Centeno en la Sala de Máquinas






 Por Oscar Carrasquel



A la memoria de dos Bardos villacuranos,
Ana Belén Aular Flores y Vinicio Jaén Landa, allá en un pedacito del cielo.


Cuando uno nombra hoy al CINE AYACUCHO, simplemente se está refiriendo a un rinconcito romántico bien ubicado en el disco de la memoria, una sala de proyección cinematográfica que a pesar del tiempo transcurrido no deja de latir en las reminiscencias de los villacuranos.  Un elegante ícono del ayer,que tuvo su auge en las décadas de los años 40, 50 y 60 del siglo XX.  Sin embargo no fue el más antiguo.  

Desapareció definitivamente de nuestra órbita en la séptima década del pasado siglo, acorralado por los avances tecnológicos,  y además los antiguos dueños tuvieron la ocurrencia de salir de la estupenda casona que no pudo soportar el peso de la piqueta y el ritmo de la modernidad que sin compasión le va cambiando el rostro a las ciudades.
Nos resistimos a entender que cualquiera de los habitantes de Villa de Cura, hombre o mujer, que pase de los 60 años de edad, haya dejado de divertirse en aquella hermosa etapa que le tocó vivir a esta portentosa  sala de cine que tuvo su accionar en la antigua calle Real, hoy avenida Bolívar, en todo el frente de la plaza Miranda de Villa de Cura.  En su lugar lo que existe ahora es un mini centro comercial, y  en  la acera, unos grotescos ventorrillos de jugos, frutas y verduras que ocupan toda la cuadra.

El Cine Ayacucho proyectaba películas mexicanas de vieja tradición, consignadas por la Distribuidora Salvador Cárcel y cintas norteamericanas producidas por la Metro Golden Meyer, cuyas corporaciones  disponían de representación en la capital de la República y  día a día despachaban expresamente los rollos de películas a los cines del interior.
Pero permítanme recordar que las preferidas por los muchachos de mi edad eran las películas basadas en el oeste americano. Recuerdo muy bien  cuando uno salía a las nueve y pico de la noche del cine, alumbrados por la luz de los postes, caminábamos con el pecho erguido  y con las piernas  arqueadas y los brazos semi curvos, tal como si fuésemos a desenfundar un par de colt 45, emulando al súper héroe  de aquella emocionante película de vaqueros que acabábamos de ver, la cual  se denominaba“Por unos dólares más”, protagonizada por el asombroso Clint Eastwood.

Estas remembranzas cobran importancia en la actualidad,  ya que entre  los habitantes de esta Villa de San Luis de Cura, casi desconocido por las nuevas generaciones, vive el maestro Pablo Centeno, un hombre humilde nacido en Cagua, con  86 años encima, pero que en la época de oro del Cine Ayacucho era un joven veinteañero, inteligente y de muchas palabras que se hizo especialista como proyector de cintas cinematográficas para ver los films en pantalla gigante.

Uno de estos días  encontramos a Pablo Centeno recostado en una cama ancha en su casa y disfrutamos una amable conversación, recorrimos viejos aconteceres caminados a través del  tiempo, de su batallar cuando fue empleado del Cine Ayacucho, por supuesto un poco más envejecido, pero con su mismo estilo y carácter amable de siempre, ahora en el silencio del retiro  y observando sorprendido el salto que nos ha obligado a dar la sociedad moderna

Pablo Centeno comenzó a prestar servicios en el Cine Ayacucho como obrero de limpieza en el área de sus instalaciones, pero al mismo tiempo y como buen pensante observaba de cerca los movimientos del señor Rafael Ávila, el cual había sido contratado en La Victoria, porque en La Villa no se disponía de operadores de cámaras cinematográficas. 
En el año 58 los empresarios del Cine Ayacucho,  Miguel Borges y Juan Luis Trujillo, se dan cuenta que las  aptitudes de Centeno eran otras y deciden admitirlo como operador fijo de esta sala de cine.

Pablo hoy habla muy bien del Cine Ayacucho y de sus antiguos patronos, cuya empresa lo cobijó  durante 18 años, tal como si fuese uno de sus hijos predilectos.

Esta sala de cine como era bastante  espaciosa, poseía un amplio auditorio. En tiempos de democracia no escapaba para la realización de mítines y conferencias de los partidos políticos y  eventualmente se presentaron en su espacio compañías de teatros y actos culturales.

Pablo Centeno  habla de su oficio y del Cine Ayacucho como si se tratasede un viaje muy largo. Y  entonces uno busca  acomodarse como si estuviera otra vez sentado en la grada del cine viendo una de esas películas de ayer, porque él va enumerando uno por uno los títulos quemás sonaron en la época:  “Las Aventuras del Capitán Maravilla” con Billy Watson,   “Lo que el viento se llevó” con Clark  Gable y Vivien Leigh,  “Tarzan, El Rey de La Selva”, protagonizada por Johnny Weissmuller, “LosPeligros de Nioska”,  “Allá en el Rancho Grande” con Jorge Negrete y Lilia del Valle,  las series “Fumanchú” y “El Fantasma•“,  “Juan Charrasqueado ,con Pedro Armendáriz,  las películas de Mario Moreno “Cantinflas”, las cuales eran devoradas por una gran masa de espectadores.

Fuimos aficionados de verdad a la actuación de los vaqueros más famosos del oeste americano como John Wayne, Clint Eastword, Bud Lancaster, Gary Cooper y Alan Laad. 
También veíamos con ojos infantiles las películas de corte humorístico como “Los Tres chiflados”  y “Viruta y Capulina” y las películas rancheras con Pedro Armendáriz,  Jorge Negrete, Pedro Infante, Antonio Aguilar y Luis Aguilar.

Fueron grandemente admiradas  las actrices mexicanas de la época como: Sara García, Miroslava Stern, Dolores del Río, Tongolele,  María Félix, Rosa Carmina, Silvia Pinal y otras. 

A muchas personas -adultos y chicos-les fascinaban las películas de guerra.
En 1950 hizo su debut una producción ambientada en Venezuela “La Balandra Isabel lleóo esta tarde”  protagonizada magistralmente por Arturo de Córdova y la espectacular Virginia Luque.

 En esta sala de cine disfrutamos de una de las películas más impresionantes que hayanvisto mis ojos:  “El Jorobado de Nuestra Señora de Paris”, caracterizada por QUASIMODO.  Pasado el tiempo supimo sde buena tinta que esta novela está basada en una obra escrita por el prestigioso Víctor Hugo.

Entre otras cosas que podemos reconocer es que esta sala de cine contaba con un público de muy buen comportamiento.  El área principal se denominaba “Numerado”, con butacas para las familias y donde se sentían a gusto las jóvenes villacuranas  que entraban acompañadas de sus pachucos o novios. Recordamos que a este salón de preferencia se ingresaba por un portón cruzado por una refinada cortina de terciopelo encarnado. 
El otro ambiente popular se llamaba “Galería” - que algunas personas despectivamente solían llamar“gallinero”, por las pequeñas escaramuzas que allí se formaban-  con bancos de madera en línea paralela. Una entrada por “Numerado” costaba Bs 1,00 y por “Galería” Bs 0,50.

Cuando el filme era maratónico se interrumpía el rodaje en la mitad por unos minutos, las luces del salón se encendían,  y luego  las apagaban para retomar  la proyección.
Esta parada se denominaba “Intermedio”. 

Durante la pausa hacia su aparición un muchacho de paso ligero, un catire que todos llamábamos “Red Ryder”, por su afición de leer y abrevar novelas vaqueras, vendiendo entre los espectadores unos melcochosos y  deliciosos caramelos de leche de fabricación casera.

Hoy se nos agua la boca con solo recordarlo.

Por esta sala de cine paseamos los muchachos de entonces nuestra alegría juvenil. Recuerdo como si fuese hoy, el típico sonido de un timbre pulsado tres veces, el primero insinuaba que la función estaba por comenzar, el número dos  al aproximarse la función, y al toque número tres comenzaba la proyección.

La sala iba a convertirse en un cuarto oscuro y entonces uno,ni corto ni perezoso, aprovechaba el momento especial para darse unos cuantos besitos con su pareja ¡Ah! Eso sí, sin sobrepasarse de la raya amarilla, porque entonces se ganaba un buen pellizco.Las féminas entonces no usaban pantalones, estaban de moda los vestidos con armador.
Existió en este cine de antaño un reglón que no deberíamos de obviar como eran los llamados Tráilers, como se conocía un video que tenía como objetivo anunciar y promocionar las futuras películas en cartelera, que se mostraba en la antesala de la función,  aparte de  un porcentaje de cuñas en diapositivas de anunciantes de la localidad.
En la antesala de la edificación se encontraba la taquilla de venta de entradas y en un mobiliario al lado nos proveíamos  las parejas de enamorados de las cajitas de chicles marca Adam’s, por un valor de 0.25, con sabor a menta, canela o yerbabuena. También a locha los cucuruchos de maní  y las raciones de cotufas que costaban 0.25, y algunos saboreaban barquillas y tinitas de una heladería ubicada en el mismo local, tenían un valor de  0,25 las pequeñas y 0.50 los vasos grandes,  atendido el negocio por la gentil señorita Belén Álvarez y más adelante por el popular Macuto.

Entre los expendedores de “entradas” al cine de  trato exquisito, recordamos a   María Sulpicia Parra e igualmente a la simpática Inés Terán. Entre los taquilleros se recuerda a Juan P. Álvarez, Manuel Zapata “Pelón” y Héctor Mena “El Chino”.

Y recorriendo las principales calles sobre una bicicleta, José Gregorio Lovera, quien tenía a su cargo amarrar en los postes de las principales esquinas las carteleras que anunciaban las películas del día a día, con exposición de fotos verdaderas.
Los días domingo en toda la entrada, le obsequiaban a uno  unas cartulinas con indicación de la programación de las películas de toda la semana.
En resumen,Centeno nos contó muchos pasajes de esta historia menuda que  traduce y representa el alma popular de Villa de Cura. Todo como si fuese un sueño largo capaz de estrujar el aliento, muchos episodios y argumentos inolvidables como para hacer la trama de una película de largo metraje y convertirla en  una sola verdadera.


Invierno de 2015.


Nota: Mi agradecimiento a la  diagramadora, Profesora María Teresa Fuenmayor, al coleccionista y poeta Elio Martínez y a Manuel Vicente Zapata, hijo.




















Antiguo proyector





Tarzán, Jane, Boy y Chita





COMENTARIOS:
De: Anónimo
23 de julio de 2015, 4:51 p. m.
¡¡Que maravillosos recuerdos del cine Ayacucho en nuestra Villa de Cura!  realmente así era nuestro cine y solo quiero acotar que en Semana Santa proyectaban películas como "Los diez mandamientos".  Realmente espectacular. Agradecida al Sr. Oscar por tan lindas remembranzas.


De: Anónimo
5 de agosto de 2015, 10:21 p. m.
Me encantó el relato, maravillosamente explicado. Aunque fue en la década terminando los 60 y los 70 que fue cuando asistia al Cine Ayacucho, vienen a mi memoria el Sr. Rómulo Bermudez y Pancho, quienes también laboraron en la proyección de películas y mantenimiento de la sala... 
Qué tiempos, cuánta historia y vivencias.
 Lastimosamente, hoy no tenemos Cines en el pueblo, no hay a donde llevar a nuestros nietos a ver películas y que también experimentaran de esa pantalla gigante, como nosotros lo hicimos...

 
De: Luis Utrera 

13 de septiembre de 2015, 4:37 p. m.

Excelente artículo sobre la historia del cine Ayacucho de La Villa. Es importante destacar que existieron otros 2 cines como lo fueron el Central y el cine Pineda.

 En los años que yo iba al cine Ayacucho quien pasaba las películas era el compadre de mi papá, señor Romulo Bermúdez quien aun vive y cercano a cumplir 100 años. El domingo era el único día en que muchos de nosotros iba al cine a la función vespertina y cuando queríamos entrar a la función nocturna no nos dejaban porque eramos menores de edad. Pero igual pasábamos coleados porque había un portero que era muy bromista, el inolvidable Cariaco. 
Otra cosa que aprovechabamos hacer era el intercambio de suplementos que uno compraba con real y medio, o sea 0,75 Bs. y ese te servía para intercambiar siempre.
 Si tenias una noviecita tenías que conseguir por lo menos dos cincuenta (2,50 Bs) para pagar 2:entradas y 2 barquillas que yo disfrutaba como nadie en este mundo porque para que papá me diera 2 bolívares tenia que limpiar el gigantesco patio de mi casa que aun existe por allá en la calle Perez Bonalde, sector Guayabal.
 Tiempos aquellos de grandes carencias materiales pero de infinita libertad y felicidad sencilla.

3 comentarios:

  1. ¡¡Que mararavillosos recuerdos del cine Ayacucho en nuestra Villa de Cura, realmente asi era nuestro cine y solo quiero acotar que en Semana Santa proyectaban películas como "Los diez mandamientos" realmente espectacular. Agradecida al Sr. Oscar por tan lindas remembranzas.

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  2. Me encanto el relato, maravillosamente explicado. Aunque fue en la decada terminando los 60 y los 70 que fue cuando asistia al Cine Ayacucho, me viene a mi memoria el Sr. Romulo Bermudez y Pancho, quienes tambien laboraron en la proyeccion de peliculas y mantenimiento de la sala... Que tiempos, cuanta historia y vivencias. Lastimosamente, hoy no tenemos Cines en el pueblo, no hay a donde llevar a nuestros nietos a ver peliculas y que tambien experimentaran de esa pantalla gigante, como nosotros lo hicimos...

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  3. Excelente artículo sobre la historia del cine Ayacucho de La villa. Es importante destacar que existieron otros 2 cines como lo fueron el Central y el cine Pineda. En los años que yo iba al cine Ayacucho quien pasaba las películas era el compadre de mi papá, señor Romulo Bermúdez quien aun vive y cercano a cumplir 100 años. El Domingo era el único día en que muchos de nosotros iba al cine a la función vespertina y cuando queríamos entrar a la función nocturna no nos dejaban porque eramos menores de edad. Pero igual pasábamos coleados porque había un portero que era muy bromista, el inolvidable Cariaco. Otra cosa que aprovechabamos hacer era el intercambio de suplementos que uno compraba con real y medio, o sea 0,75 Bs. y ese te servía para intercambiar siempre. Si tenuss una novuecuta tenías que conseguir por lo menos dos cincuenta (2,50 Bs) para pagar 2:entredas y 2 barquillas que yo disfrutaba como nadie en este mundo porque para que papá me diera 2 bolívares tenia que limpiar el gigantesco patio de mi cssscque aun existe por allá en la calle Perez Bonalde, sector Guayabal. Tiempos aquellos de grandes carencias materiales pero de infinita libertad y felicidad sencilla.

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