martes, 14 de febrero de 2017

RAFAEL ALMEIDA "PETIT" EN LA VILLA YA CASI NO SE VEN MÚSICOS VIEJOS



Por Oscar Carrasquel

El rostro de uno es como la fisonomía de los pueblos que cambia con el ritmo del tiempo. Todo en la vida evoluciona y la edad no escapa de esa premisa, con sus altibajos y tormentas. Hace días me había propuesto yo el afán de reencontrarme con Rafael Almeida “Petit”. Su rostro serio lo hace aparecer mal humorado pero es todo lo contrario, un hombre cordial y amable que no cambia por nada el culto de la amistad. Basta conocerlo o conversar un rato con él para comprobarlo. Su mirada languidece detrás de unos blancos espejuelos con una cabellera medio canosa. Rafael Almeida cuando joven era el símbolo del hombre serio, bien apuesto y de vestir impecable que aun sonríe alegremente por  haber abrazado desde muy joven el arte musical. En su vida algunas  cosas se le presentaron  por su paciencia,  otras asegura que fueron  por casualidad. De la historia musical villacurana – de una época - es cuantioso lo que tiene  este hombre que contar.

Sobre el  remoquete “Petit”, se lo arriman los músicos de la orquesta entre risas y echaduras de broma  por su baja estatura, y así  se le nombra por vieja costumbre.  Interpretaron aquellas lenguas encendidas de comparaciones  que  Rafael Almeida era “más bajo que el mismo Bajo”.  

“Petit” casi forma parte de nuestro patrimonio viviente para que quede su nombre en la historia menuda. Bajista y bongoncero autodidacta,  más de una vez lo vimos en los años 60 sobre una tarima agarrar el Bajo por el cuello y tocarlo con destreza con su mano maestra. El profesor Germán Cordero fue su buen amigo,  maestro y  consejero. Me confiesa con melancolía, y quizás tenga que darle la razón, que la modernidad y los sonidos electrónicos acabaron con el retumbo del tradicional Bajo, por eso y por el avance de los años prefirió retirarse.  

Nunca dejaba  escapar oportunidades para la música. Por intuición, porque casi no tuvo escuela, aprendió el lenguaje del Contrabajo y los cueros y a descifrar el sonido de los instrumentos de una orquesta. Luchador incansable en la vida, abnegado secretario detrás de un escritorio en el Registro Público de Villa de Cura. No fueron días ni meses sino cuatro décadas; eso sí, siempre estricto en su días y horas de entrada y salida a su trabajo. Sin embargo ya  del hogar traía la tesis de que la palabra empeñada tenía mucha más fuerza que un escrito y una firma. La escuela artesanal de Artes y Oficios que funcionó en la calle Real o Bolívar fue su inicial fuente de trabajo como obrero de mantenimiento. 

Lo vimos pisar y repisar estos espacios desde el esplendor de su juventud, ahora éstas calles están mustias y extrañadas de  tocadores de guitarras y de trovadores noctámbulos. Ya no están Chingolo, Pedro Ezequiel, José Pérez, Martin González y José Linero. Parece que se fugaron debajo de las alas de un pájaro que canta.

En la Villa y otros pueblos del centro y del llano dejó la huella de su arte musical en tremendas orquesta bailables como la “Siboney” - en sus dos ediciones - y  en la banda “Juan de Landaeta”, esta última creada por el maestro Víctor Ángel Hernández, entre otras más. Animó como integrante de orquestas infinidad de eventos bailables en el salón de fiestas de Los Baños Termales  de la capital guariqueña y el tradicional club militar Los Cocos de San Juan de los Morros y en clubes sociales de La Villa y el centro del país. Como olvidar las veladas, los desfiles y retretas. Estuvo presente tocando cuando las viejas campanas  repicaban de alegría, animando  las fiestas patronales  en pueblos de casi todo el llano.

Me dijo  henchido de orgullo que en este círculo conoció y se hizo amigo de Simón Díaz  y también de Leo Rodríguez, su compadre de sacramento. Estas dos grandes figuras de la canción integraron orquestas donde él participó como músico. Y de  otros acompañantes recuerda sus orígenes y caracteres entre ellos a Germán Cordero Padrón, Eduviges Estrada, Domingo Esaá, Manuel Luna, Agustín Muñoz, Chucho Bustamante, Humberto Bustamante, José Del Valle Bustamante, Rafael Garaicoechea, Carlos Torres, José Torrealba, Eladio Lovera, Pedro Flores, Pedro Ramírez y Gerámel Meléndez; y recordó  a respetables cantantes  villacuranos como Víctor Córdova, Raúl Agraz y Armando Corniel.

- Excelentes estos cantantes… Una vez que tocábamos un baile con la intervención de la Billo’s Caracas Boys,  el maestro Billo Frómeta se quedó abismado oyendo cantar a Córdova una de sus composiciones.

           Parte fundamental de su vida son sus dos hijas, Nilda del Valle y Lisbeth Amalia, un par de lamparitas que resplandecen su vida, un presente de Dios, criadas al rescoldo de su madre, María Dolores Montes de Almeida, ya fallecida. Una y otra levantaron la bandera del estudio. También  esencial la casa que hoy  habita con ellas en la calle doctor Manzo entre Páez y Comercio. Dispuestas siempre las jóvenes a ofrecer amablemente atención y una tacita de café hirviente a sus amigos.

             Almeida a veces se convierte en prisionero de sus emociones. En muchas ocasiones la soledad le sale de los rincones como un fantasma y recorre con ella a cuestas los espacios de la casa; pero la mayoría de las veces logra deshacerse de estos sufrimientos celebrando otras cosas maravillosas que ofrece la vida.

              Anteriormente yo conocí esta casa solariega, era agachadita,  pared de bahareque, de horconadura y de techo rojo, ahora se encuentra modernizada con el paso del tiempo. Recuerdo una vez bajo estos aleros con su estela de silencio  en las páginas de “El Vigía” con José Seijas, nos pusimos a conversar y a reconstruir vivencias en un intento de  remozar tantos recuerdos de su vida, recorrimos  remembranzas como viajeros que se encuentran y que luego  se pierden cual pañuelos que van repitiendo  adioses.

              No deja de hablar de su infancia y de su vejez y dice que cuando llegue el día y la hora está listo y dispuesto sin ningún temor, para cruzar brazo a brazo las aguas de otros mares lejanos. Pude evidenciar que sus pasos ya no van solos, necesitan la ayuda de un solidario bastón. Fui a parar a su cuarto dormitorio donde conserva varios libros y manuscritos, y adosado a una pared al lado de un escaparate reposa en silencio un poema de J.M. Morgado, como una hoja seca  caída por la brisa  que  le brindó la inteligencia del siempre recordado poeta.  

              Ahora Almeida se aproxima a los 83 años de edad, camina lento, habla pausado, se mueve poco ,como las ramas de un árbol al atardecer, pero cuando se arrellana en una silla a conversar con uno, lo hace sabroso con voz fuerte sin detener la conversa. Tiene la memoria todavía fresca, suelta las palabras como quien lanza  avioncitos de papel al viento; pocas veces se le pierden las palabras, pero que va, de inmediato las recobra y enseguida las clava en la memoria. Ahora se le notan las huellas del tiempo, la rigurosidad de las enfermedades y sus frecuentes crisis de desasosiego que  hicieron cansino su cuerpo.

                Como todo cristiano que habita este terruño, no deja de lamentarse porque ahora  no se consiguen fácilmente los alimentos, ni tampoco en las boticas las pastillas para la tensión, entonces el viejo músico para la supervivencia no le queda otra que utilizar la medicina de Dios. Gracias a ese Señor que mora los cielos y a su divina  protección su corazón palpita todavía.

              
Rafael Almeida “Petit”, interprete del Bajo, timbales y tumbadora o conga





 La Villa de San Luis, 13  febrero de 2017

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