sábado, 25 de febrero de 2017

HOTELES, PENSIONES Y HACEDORAS DE AREPA DE LA VILLA DE CURA VIEJA



Por Oscar Carrasquel


Aprovecho para dedicar esta nota plena de hermandad, y al mismo tiempo felicitar muy efusivamente a los auspiciadores, así como a la recién constituida junta directiva de la Fundación Foro de la Villacuranidad, que tiene como  fin  enaltecer nuestro gentilicio.


Arranqué esta nota para en primer lugar referirme a  la no muy larga lista de hoteles distinguidos de hace más de medio siglo en Villa de Cura, entre los cuales figuró en la calle Bolívar frente a la plaza Miranda el Hotel y Heladería Mario, fundado por Vicente Diana, de aquellos inmigrantes italianos con sentido de progreso que llegaron a la Villa cuando Pérez Jiménez y acá se sembraron como los árboles. Siguió su periplo de progreso creando el Hotel Miranda, todavía vigente en su tradicional dirección de la avenida Aníbal Paradisi,  casi  llegando a la plaza Bolívar de Villa de Cura. Se  caracteriza este italiano como un  hombre  trabajador,  visionario y emprendedor. Junto a sus hijos  desarrollaron la famosa factoría Heladería Mario, que florece todavía  como distribuidora y venta de helados al mayor, situada en la calle Briceño Irigorri de la Villa.

En la esquina donde se cruzan la calle Bolívar con la Bolívar y Villegas, diagonal con la panadería La Reina, existió un caserón de grandes corredores que en los tiempos modernos fue convertido en un edifico de apartamentos y en la planta inferior un local comercial, ahora franqueado por ventorrillos de quincalleros.  A mitad de las décadas del siglo XX, funcionó en este sitio un restaurant muy famoso de comida criolla y platos de variadas nacionalidades, lo atendía y probablemente era su dueño un señor llamado Fabriciano Cardozo, quien allí vivía con toda su familia. Anteriormente, en las primeras décadas del siglo XX también fue una posada restaurant propiedad de la señora Rosario Mercedes Domínguez, madre de la costurera Ana Isabel  Domínguez de Lombano, quien siempre habitó en la Villa la quinta “Las Palmas” en la calle Sucre; aun vive Ana Isabel  con más de 100  años a cuestas. Su padre fue el General portugueseño Pedro Pérez Delgado.

En plena calle Real, ahora llamada avenida Bolívar, casi llegando al cruce con calle doctor Rangel, en una casona de portones de madera y gruesas paredes toma parte de la historia hotelera villacurana un hospedaje denominado hotel “Valles de Aragua”, propiedad de la señora Amanda de Coll, una mujer blanca de finos modales, “adecos  hasta la muerte”,  decían ella y su marido sin pensarlo dos veces. Yo la recuerdo bien como una mujer sinónimo de bondad, más  conocida  por su quehacer de hospedar a personas que nos visitaban de otros lugares, especialmente agentes viajeros ligados con el comercio mayorista y también tenían cabida de cuando en cuando gente venida de Caracas. Yo estuve allí pequeño en compañía de mi padre.

Hundido en iguales reflexiones  en otro artículo me he referido al Hotel Continental, en la misma calle Bolívar, entre  calles doctor Urdaneta y doctor Morales, el cual poseía entrada y salida, tanto por la calle  Bolívar, como por la calle Miranda, regentado por una familia admirada y respetada como fue la familia Cuenca, de manos amables y tendidas para viajeros, especialmente del sector comercial y ganaderos que debido a  sus actividades tenían que pernoctar en el pueblo. Para aquel que llegara siempre había comida a cualquier hora. En fechas emblemáticas se llenaba de coleadores y turistas de otros pueblos.

Era aquella Villa de Cura antañona, con sus casas de grandes solares sombreados de árboles, con agua fresca de aljibes. En los umbrales de los años 40, a los ganaderos y peones de vaquería que venían con los arreos del llano, luego de terminada su faena, los esperaba, y aprovechaban de acampar antes de coger camino, una pensión que alcanzó celebridad de leyenda en la Villa, porque era un sitio casi obligado de cotidianos y frecuentes encuentros,  especialista la casa en la elaboración de toda clase  de comida autóctona, cuya propietaria fue  una señora llamada Juana Rodríguez de Echegaray, que tenía especial pasión y dedicación por la cocina,  quien debido a un trío de pecas, como tres luceros   que se asomaban en su cara, sus amigos y conocidos la bautizaron como “Juanita la tres lunares”;   pensión que existió  en la  calle Páez en cuyo sitio hoy se levanta la sede del Banco Mercantil.

Había a quien le resultaba costoso pronunciar ese apellido,  entonces lo recortaban y simplemente le decían: “La pensión de Juanita Chagarà”; un lugar de buena y criolla comida y también hospedaje de hombres y mujeres que llegaban a La Villa de todos lados. Juanita era una mujer muy atenta, vestía camisón más abajo de la rodilla, carismática y de sonrisa amplia, patroneaba el fogón pero usualmente se paseaba por entre las mesas con un remillón de remover la comida blandiendo en la mano derecha, debió ser por si  surgía  alguna discusión con algún comensal, o un inquilino que no abonara la cuenta. Lo mejor es que era una dama accesible, pero eso sí rebelde de carácter,  regañona, no tenía complejos, ni se le enredaba la lengua para soltarle un “carajo” a cualquiera; me cuentan que era de estatura normal, pero tanta su vitalidad que era  capaz de bajar solita del fogón una olla de mondongo hirviendo  o una lata repleta de hallacas,  que ella hacía, así no fuera diciembre, o de levantar un marrano sacrificado y encaramarlo sobre una mesa para ser pelado con agua humeante y despedazarlo. Un personaje de La Villa con el mote de “Torcuato” era su ayudante y de confianza quien se encargaba de repartir a pie las viandas a domicilio. 
En estas mesas de comedor se conjugaban hombres de botas y zapatos con los de alpargatas. Raúl y Enrique Barreto, Froilán Aguirre, Luis Rosendo y Juan Bautista Hernández, Antonio Silva, Juan Pablo Álvarez y Martin Hernández, que se desenvolvieron en el alto comercio fueron clientes  empedernidos de la jamás olvidada pensión de “Juanita Echegaray”.
El siempre jocoso y cuentero “sordo” Víctor Criollo, metido en los tragos, mirando la casa desde la calle una vez me despachó diciéndome:
–No sé si aquí durmió acostado  en una hamaca y desayunó don Rómulo Gallegos, lo que sé es que cantaban, tocaban cuatro, bandolas y maracas noches enteras. 

El señor José Leal fue un hombre de regular estatura que procedía de familia humilde, de  trato sencillo de agraciada cortesía,  toda su vida fue trabajar, su actividad laboral no tenia límites, así lo conoció aquella Villa de Cura vieja que ya se nos escapó como un pájaro de las manos; fundó un restaurant muy peculiar por la calle del Comercio, entre doctor Morales y  calle doctor Urdaneta, cuyas mesas eran atendidas personalmente por él. Como es de suponer llevaba la estadística de los comensales que llegaban cotidianamente a su local. Por este emblemático restaurant pasaron muchas mujeres de mi pueblo, expertas en el arte de preparar comida criolla como doña Felicia Ceballos, una apreciada matrona que aun  pasea sus recuerdos, gracias a Dios, frisando los 100 años; imaginémonos hoy en día  sus relatos de leyendas, historias, tristezas y alegrías. Usted pasaba a la hora precisa y este local siempre estaba atestado de comensales. Ofrecía este restaurant los tres golpes cotidianos: desayuno,  almuerzo y  cena, pero también preparaban comida para llevar, con el requisito obligatorio que el cliente debería llevar la vianda. Si al dueño conocía a la persona, probablemente le fiaba y cobraba semanal o quincenalmente.

Y así  como ocurre en las funciones de cine  quiero referirme antes de cerrar el telón a un oficio muy peculiar de  la década del 50, de mucho antes que comenzara el boom de la harina pre cocida, o harina “Pan”, como es conocida hoy  la marca más  popular en el mercado, invento que arrancó a principios de los años 60 del pasado siglo.

En aquella bella época de mis años mozos fue costumbre generalizada la hechura hogareña de arepas para vender de casa en casa, por encargo, o para ponerlas a consignación en aquellas pulperías antañonas de mostradores de gruesa madera forrados de hojalata, donde montaban todo clase de mercancía. Siempre  trabajadoras estas mujeres no conocían de días feriados ni días libres. Colocaban la camada de  arepas asadas en un canasto tapado con un blanco mantón para mandarlas a la bodega; no es nada  exagerado  decir que siete arepas asadas, que usted encomendaba costaban medio (0,25). Fue una costumbre que se propagó en aquel tiempo en toda la Villa. 

Recuerdo que hace más de 60 años muchas mujeres pilaban en horas de la tarde, salcochaban el maíz en la noche, el siguiente día dejaban el lecho bien de madrugada y se dedicaban a moler en casa, o  subirse una lata de  maíz cocido a la cabeza para agarrar camino hacia el molino de los hermanos Savery -difícil acabar de entender que,  hoy en pleno siglo XXI innovemos lo mismo y hayamos retrocedido tanto- en el llano hay un refrán que dice: “Pareciera que la mula se nos vino è culo”.

Areperas muy famosas fueron hace ya más de  seis décadas: Petra María Lugo, María Abaa y Cupertina Lugo. Y  sobre este afán de hacer arepas para la venta traigo el  emocionado recuerdo de una mujer que fue un símbolo del oficio en el barrio Las Tablitas de Villa de Cura, se trataba de la señora María de Jesús Esaà,  pobre de recursos como todas. Según me cuenta el viejo Julián Rojas, uno de sus nietos, su abuela entonces suplía los encargos de arepas a las contadas familias de alcurnia de Villa de Cura.

Quizás muchas personas de generaciones anteriores no recuerden el nombre de José Rafael Hernández (el pobre). Su técnica culinaria y especialidad consistía en dejar remojando arepas  en leche  por espacio de uno o dos días, creo recordar que  sin necesidad de freír, las punteaba para fraccionar en  cuatro  elementos,  rellenaba las rendijas con queso fresco rayado y las arropaba con abundante salsa de tártara. Bastante probé en los años 50 estas tostadas –que así las llamaba- costaban un real (0,50) . El fraternal  J R, laboró muchos años en el negocio de Salvatierra frente a la plaza Miranda, al lado de la Comandancia de Policía y después en un local que  ocupó en la arepera “La Única”. 

Ciertamente, no se juntan a mi memoria por los momentos otras remembranzas sobre este tema  de pensiones y lugares para comida, y de mujeres y hombres que se ganaban la vida fabricando arepas para la venta. Lo que sí perfectamente recuerdo es lo que me explicaba una vez el poeta Vinicio Jaén Landa, que en aquellos lejanos días Villa de Cura era un pueblo pequeño de muchas historias y caminos, pero a la vez una casa grande, una sola familia, donde vivíamos tranquilos y cabíamos todos, ajenos y naturales.



                                      La Villa de San Luis, febrero de 2017



 Doña Felicia Ceballos, una apreciada matrona que aun  pasea los recuerdos de sus 99 años, con plena lucidez,  gracias a Dios

 Sitio web de la imagen de las arepas:https://uk.pinterest.com/explore/como-hacer-un-desayuno-961080380805/


COMENTARIOS:
Juan Jose Contreras Rivas No hay mas que decir: EXCELENTE!!!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Deja tu huella en este blog con tu comentario.