sábado, 18 de abril de 2015

CARTA A MARIA ELENA CARRASQUEL


Por: Oscar Carrasquel
Villa de Cura, estado Aragua

     Raudos van pasando estos días con su carga de tristeza y dolor. Hoy hago un alto en el camino para decirte que allá en el cielo adonde seguramente fuiste a habitar te vas a sentir más feliz. Acá en este mundo no es posible acostumbrarse a comprender y aceptar las realidades de la vida. Una de las tantas verdades es admitir que la vida es transitoria y no se puede evitar el periplo final; que Dios es quien designa el día y la hora final de la partida, y como tu bien expresabas en unas reflexiones a tu difunto padre Raúl, lo que realmente acontece es que unos se marchan adelante y después otros seguiremos por ese sendero.

     La existencia es como los árboles que nacen, crecen, dan alegría, dan frutos, le dan vida a los manantiales, pero luego mueren; y son como las flores que dan aroma y después se marchitan quedando consumado su estremecimiento de amor; y como las mismas hojas que proporcionan sombra, pero se secan, y con el tiempo el viento las derrumba y se convierten en cenizas, y van a parar a la corriente de un rio que finalmente las llevara a perderse en el ancho mar del infinito.

     Hoy tu tío, tu padrino, tu depo, tu poeta -así es como indistintamente me llamabas- viene a recoger un describir de tu abuelo J. Eugenio Carrasquel, el cual se sentía orgulloso de ti porque nunca supiste lo que es retroceder, siempre seguiste de la mano con los que te admiraron y te quisieron. Todo en ti era más dar que recibir. Hacendosa y cariñosa con el enfermo. Siempre rogabas por un mejor futuro y bienestar para tu país, por eso soñaste. Tu corazón generoso era como el corazón del “Señor,” en el que cabían todos. Fuiste solidaria y comprensiva y juzgabas la amistad como un don imperioso. Y servir al prójimo lo exhibías como un estandarte, y como una bendición de Dios. Franca y noble en el amor por tus hijos, los amaste con locura, te merecías disfrutarlos como reza el evangelio: “Como plantas de olivo alrededor de una misma mesa”. Pero te falló la estrella. 

     Siempre supiste enfrentar la vida con hidalguía a pesar de tu corta edad. Nunca dejaste morir tus anhelos ni tus esperanzas. Supiste huir de las calamidades que significan los encerramientos y las soledades que te impuso el destino. Nada te amilanaba ni te detenía, nunca permitiste que te intimidara la derrota porque así fueron tus patrones ancestrales de la tierra nutrida con la sangre del indio Guahibo del Arauca y de la tierra guariqueña, cuna de mujeres y de hombres de mucha bizarria. De allí venias tu mujer eterna como la brisa y reluciente como sol de mediodía. Siempre soñaste con ir a un pueblecito del llano a orillas del rio La Portuguesa adonde nació el abuelo, y donde tus padres, tus tíos y primos disfrutaron de la llanura inmensa, de sus sabanas de reposo y silencio. La foto trajeada a la llanera es de la época cuando entrabas a la UCV a estudiar comunicación social, la carrera que más te apasionaba. En esos días todavía no habías cumplido los dieciocho años de edad.

     Como es tiempo para el recuerdo nunca olvido el momento en que naciste, por fortuna a mí me correspondió ser uno de los primeros que tuvo tu cuerpecito blanco y tibio entre los brazos. De las manos de tu madre y de tu padre pasaste por las mías, y las crestas de mis dedos apartaron tu exigua cabellera para que el sacerdote en nombre de Dios derramara las oraciones y aguas bautismales sobre tu frente. Por eso es que nunca podré olvidar tu tierna mirada, y menos, la ternura de tu sonrisa. Yo siendo muy joven pude disfrutar de esa estrella porque como es sabido también soy el tio-padrino de tus adoradas primas Dulce González Carrasquel y de Poelis Carrasquel.

Anímanos y danos fuerzas desde el cielo para seguir adelante hasta que el creador decida ese momento para el cual deberíamos estar preparados, para el día y la hora, cuando sin avisar la visitante llegue como ladrona a buscar en el jardin la rosa preferida, la más blanca, la más hermosa, la de mayor fragancia, como hizo contigo cuando hoy te paso a recoger.
María Elena, sobrina y ahijada, gracias por el amor que nos supiste dar a mí y a toda nuestra familia Carrasquel de cuya madera sentías un orgullo impaciente. “Primero que nada orgullosa de ese apellido”, me llegaste a escribir. Sé que me sabrás dispensar porque no haya podido hacer acto de presencia en aquel último adiós de tristeza y pesar. Recibe mi bendición. Que en paz descanse tu alma buena.

Oscar Carrasquel. Marzo 2015.

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